Nuria Sierra Cruzado LP 5

Sierra Cruzado, Nuria

Nació en Madrid el día de Nochebuena de 1975. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y Master en Coaching Ejecutivo. Le apasiona la comunicación y se dedica a la gestión de contenidos digitales y redes sociales. Compagina su trabajo con la lectura profesional para editoriales y agencias literarias. Nido ajeno es su primer libro de relatos en solitario, publicado por la Colección El pez volador en mayo de 2014. Inició su formación de escritora en el Taller de Escritura de Madrid. Desde 2008 participa en el Taller de Escritura Creativa Clara Obligado. Ganadora de la edición XVIII del Premio de Narrativa ‘Miguel Cabrera’ (2006) y finalista del II Premio de Paralelo Sur de Narrativa (2006), sus relatos han sido publicados en diversas antologías: El día que nos dimos cuenta de todo (2004), Cartílagos de tiburón (2005), Los inquilinos del Aleph (DeLirios 2011), Futuro imperfecto (Nuevos Narradores, 2012), Y usted ¿de qué se ríe? (DeLirios, 2013), “Lado B de la 201” (Lima, 2014).

EL VIENTO DEL NORTE SIEMPRE TRAE LLUVIA

“Se miente más de la cuenta por falta de fantasía;

también la verdad se inventa”

–Antonio Machado

Día D menos 4. Este viernes acaba todo. O no. Si me despiden o me quedo con el resto de los elegidos en el nuevo edificio es algo que no depende de mí. Después de 15 años en este periódico, la verdad, no sé qué pensar de la fusión empresarial. Desde la ventana de mi mesa, veo una plaza asfaltada y en el centro una bandera. Nada más entrar a trabajar aquí, el bedel me dijo: Antonio, si la bandera apunta a la estación de tren, tarde o temprano lloverá. Hoy se mueve hacia allí y voilá, el cielo está gris cabreado. Nunca falla, es el viento del norte. Siempre pienso qué pueden traer los otros tres puntos cardinales.

Mi trabajo consiste en documentar la vida, organizar, etiquetar y rescatar datos. Hoy el jefe de sección de Internacional me envía un email para decirme que necesita algo, mapas, cifras, lo que sea para un reportaje sobre Indonesia. Adjunta una foto (¡cómo sabe que me inspiran a la hora de encontrar!) cuyo pie es “La estación lluviosa causa estragos. Ascienden a 23 las personas muertas y ya son 64.000 los desplazados como consecuencia de las inundaciones de las últimas semanas en Yakarta”. La imagen es una enorme balsa de agua de la que sobresalen las lápidas de unas tumbas de granito. A lo lejos unos niños chapotean en el lago imprevisto. Guardo la imagen con las palabras clave para facilitar su búsqueda y pienso que me gustaría añadir algo de mi cosecha tipo ¿hay algo más irónico que un muerto ahogado? Pero me limito a cerrar el archivo.

Suena el teléfono fijo, reconozco el número de mi casa y descuelgo:

—Hola, cariño.

— ¿Tienes noticias? —dice mi mujer con su tono típico de ansiedad.

—No, todavía es pronto.

—Qué ganas de joder al personal, ¿no os lo podían decir ya?

—No sé, cariño, política de empresa.

— ¿Y si te echan?

—No lo he pensado… podría montar algo…

—Tú estás loco, hacerte autónomo a estas alturas… anda avísame en cuanto sepas algo.

Y me cuelga.

Antes de que Natalia y yo nos casáramos, queríamos viajar por el mundo. Con nuestras cámaras de fotos robándole pedazos a la realidad, picándonos para ver quién conseguía el instante perfecto. Un rollo a lo Robert Capa y Gerda Taro. Entonces se quedó embarazada y luego otra vez. Con dos hijos la logística de los viajes al sureste asiático o al centro de África se complican, ella se quedó en casa y yo conseguí este trabajo.

Ha empezado a llover fuerte, como la predicción bedélica auguraba. Saco mi tupperware. Hoy como ayer toca filete empanado, y de camino al microondas me cruzo con Gus. A-gus-ti-na, tiene un nombre horrible. La contrataron hace poco en prácticas en el departamento de Marketing. Lleva siempre camisetas con mensaje –hoy sus tetas dicen Life is a pinic. Lleva el pelo a lo garçonne y tiene ojos grandes y negros que recuerdan a Betty Bopp. Hace un mes me pidió documentación sobre las flappers, esas jovencitas que en los años 20 usaban faldas cortas, no llevaban corsé, fumaban en largas boquillas, bebían licores fuertes y aspiraban cocaína. Desde entonces no paro de imaginármela sobre tacones de aguja bailando a ritmo de swing. Reconozco que tiene algo que me pone entre tierno y cachondo. Es difícil de explicar.

Vuelvo a mi mesa con el filete recalentado y un refresco de la máquina de bebidas. La tarde se está poniendo fea y me acuerdo de una frase que leí o inventé o qué se yo, las tormentas borran huellas, arrasan paisajes, desvían responsabilidades.

Día D menos 3. Llueve sobre mojado, como dice la canción. No hace falta que mire la bandera. Anoche Natalia y yo discutimos, en silencio para no despertar a los niños, como hacemos siempre. Los insultos en un susurro me resultan un contrasentido, así que me eché a reír. Ella acabó la discusión dando un portazo mudo. Igual que una escena de Chaplin.

Necesito un café. En la máquina está Andrea, la diseñadora gráfica, y Charly, el maquetador, moviendo como autómatas los palitos de plástico. Ella tiene la cara llena de manchas rojas de diferentes tonalidades.

—¿Qué te pasa? —le digo señalando esa especie de lava en erupción.

—Creo que estoy somatizando

Charly y yo la miramos en silencio, calibrando una respuesta que parezca inteligente.

—Pues eso, ya sabéis, el estrés, la ansiedad, que si me despiden no sé cómo voy a pagar la hipoteca. Y si no me despiden no sé cómo voy a ir al edificio nuevo, no sé conducir y aquello está en el jodido culo del planeta. ¡Está rodeado de campo!

Se toma el café de un trago con la cabeza hacia atrás y golpea el vaso en el fregadero. Como si se acabara de tomar un copazo de bourbon.

Busco en el ordenador la palabra somatizar. Transformar los problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Ahhh, vale. Charly planta el culo en mi mesa, se sorbe los mocos y mordisquea la tapa del boli.

—No quiero volver a casa de mi madre, me dice, si me echan no voy a poder pagar el alquiler. Tú no sabes lo que es vivir con mi vieja…

—No, ni idea.

—¿Tú qué crees? ¿Crees que te quedarás?

—No sé Charly, no sé si será necesario un documentalista

—Joder, tío, dicen que el edificio nuevo es de esos inteligentes, que las persianas suben y bajan solas según la intensidad de la luz, que hay que entrar por unos tornos con tarjetas identificativas…

—Perdona, Charly, tengo mucho lío —le corto.

No quiero seguir esta conversación. Me levanto a por un café. Gus está hablando con una chica de contabilidad apoyada en la máquina. Lleva una camiseta con la frase “Alice in Wonderland” y un dibujo de la rubia de Lewis Carrol vestida de dominatrix, pegándole con un látigo al conejo. Gus chupa el palito del café, dándole vueltas con la lengua y yo noto cómo mi sangre se va almacenando más abajo del estómago. Voy al servicio. Me encierro en uno de los wáteres y me bajo la cremallera. Cuando estoy a punto de empezar a meneármela, oigo la puerta. Es Charly, puedo escuchar cómo se sorbe las mucosidades con fuerza. Entra en el baño de al lado, suena una tremenda explosión contra la porcelana del inodoro y un suspiro de alivio. Bien, vale, aquí cada uno somatiza a su manera.

Día D menos 2. Cajas por todas partes. La comunicación interna da instrucciones precisas. Vaciar y embalar. Los objetos personales por un lado, los archivos históricos y material de la empresa por otro. De los armarios surgen carpetas amarillentas, archivadores con fotos antiguas y hasta una calculadora eléctrica. La enchufo y funciona. La tinta está algo gastada y hace ese ruidito de máquina registradora. Busco su precio actual en una página de subastas. 50 euros. La echo en mi caja personal, que nunca se sabe. Antes me aseguro de que nadie me ve.

Charly no ha venido trabajar, le ha atacado un virus gástrico. Tampoco he visto a Gus en toda la mañana. Después de comer, recibo un email del editor de internacional, se titula ¡qué marasmo! Y adjunta una foto de la planta de arriba. Se ven los despachos arrasados, como por un tornado. Saco una libreta que siempre llevo en el bolsillo y apunto marasmo, al lado de contumaz, montante y anejo. Estoy creando un diccionario de palabras viejunas. Es una frikada pero me divierte. Bedel la tengo entre interrogaciones, no estoy muy seguro de que queden bedeles, en cualquier caso, se me llena la boca al decirla.

De pronto, de la sala de descanso se escuchan a voces por toda la planta:

—Eres un gilipollas, has sacado chocolate de la máquina sin avisarme y ahora el café me sabrá a la mierda esa dulzona.

Me acerco a cotillear junto con otros compañeros que ya están asomados a la puerta. El editor de Cultura y el de Deportes, colegas y amigos desde hace una década, se han lanzado el contenido de los vasos a la cara y están a punto de tirarse uno sobre el otro cuando entra a separarlos el becario de Sucesos.

Menos mal que la nota de prensa publicada en los medios dice que esta fusión está siendo tranquila e higiénica. En fin, me queda todavía una caja por cerrar y fuera la lluvia racheada se estampa contra los ventanales. Estoy refugiado del temporal dentro de otro.

Día D menos 1. I’m the queen, dice la camiseta ajustada que lleva hoy Gus. En letras doradas. Está desayunando un donut en su mesa, donde solo queda el ordenador y un taco de post-it.

—Me gustan, le digo. —Ella baja la mirada hacia sus tetas y sonríe—. Me refiero a las camisetas —añado.

—Gracias, las hago yo. Me gusta inventar los mensajes. ¿Quieres que te haga una para tu cumpleaños?

—Es en junio.

—Ohhh, queda mucho para eso, ¿quién sabe dónde estaremos?

Seguimos hablando mientras sorbe un zumo con una pajita. Me dice que ella tiene claro que la echarán, lleva poco tiempo luego supone un gasto mínimo de liquidación. Le pregunto qué piensa hacer luego, pues quizá montar una tienda de camisetas por internet o viajar por el mundo en plan aventurera, qué se yo.

Me vibra el bolsillo. Perdona, le digo a Gus, una llamada. Mientras me alejo para hablar, ella se queda mirando la pantalla en negro del ordenador.

—Hola mamá.

—Hijo, ¿sabes algo ya?

—No, hasta mañana nada.

—¡Qué nervios! ¿Y si te echan?

—No pasará nada mamá, tranquila, es solo un trabajo.

—Tranquila, mira lo que le pasó a tu hermano.

—Ya, pero yo no soy él.

Y en este punto de la conversación, mi madre se echa a llorar y cuelgo. No tengo consuelo que valga para ella. Hace dos años la empresa de construcción donde trabajaba mi hermano quebró. Suspensión de pagos y todos a la calle sin un euro. Él siguió de chapuza en chapuza hasta que no aguantó más. Ahora mi madre sigue ayudando a mi cuñada a pagar la hipoteca y llevándole fiambreras de albóndigas a mis sobrinos.

No, me resisto a ser él.

Día D. La secretaria de dirección trae un plato con magdalenas. Son muffins de despedida… o de celebración, dice con una sonrisilla, los hago yo, ¿quieres probar uno? La pseudo repostera va más maquillada que una gheisa, creo que está muy segura de que no la van a echar. Me parece que se cree imprescindible, aunque la rumorología apunta, aunque suene a cliché del barato, que tiene un rollo con el jefe de personal. La magdalena está algo reseca, pero todos tragamos. Ummm, qué rica, se oye al fondo de la sala.

Después nos quedamos en silencio, con el culo pegado a la silla esperando la llamada. Gus tiene las manos cruzadas en el regazo y lleva un traje de chaqueta ajado que le hace las piernas gordas. Imagino entonces que cada una de nuestras mesas es una lancha de desembarco, cargada de soldados, empapados y vomitando, con las compuertas a punto de abrirse a la espera de ráfagas de ametralladora. Aún no lo saben pero los que lleguen a la playa no correrán mejor suerte.

No aguanto más, tengo que ir al baño. Al empujar la puerta, me cruzo con la secretaria de dirección, tiene los ojos enrojecidos y churretes negros en las mejillas.

—¿Qué? —me dice como si me escupiera.

—Nada, que llevas un papel de magdalena pegado al tacón.

Y vuelve a meterse en el cuarto de baño llorando.

¡¡Eyyy, Antonio!!, me grita Charly. Los de recursos humanos te llaman. Subo a la quinta planta, al despacho de personal. Hay una mesa larga con tres tipos que no he visto en mi vida. Parecen un jurado sacado de un talent show. Me siento un debutante con un ingenio oculto que mostrarle al planeta.

Desde aquí la plaza tiene otra perspectiva, como si todo fuera más pequeño y a la vez más nítido. El jurado habla de capacidades, habilidades, cualidades y un sinfín de –ades que como un mantra me hipnotiza. Hasta que la cadencia se rompe y escucho Se queda con nosotros, Sr. Ruiz. Miro por la ventana, la bandera está inmóvil, como un colgajo de piel muerta. Y yo me siento como un soldado perdido, agazapado tras una montaña de cuerpos sin vida. Cagado y tiritando.

Bajo corriendo las escaleras de mármol con mi caja entre los brazos. Gus camina por la plaza, balanceando la bolsita de plástico con sus pertenencias.

—¡Gus!— grito, se para, se vuelve.

—¿A ti también?— me pregunta señalando la caja.

—También —le miento. Miento, como le mentiré a mi mujer, a mi madre, a todos los que me conocen.

Gus se desabrocha el abrigo, ya no lleva el traje sino una camiseta que dice This is the end, or not? Y el dibujo del león de la Metro Goldwyn Mayer con un porro entre los colmillos.

—Te invito a un café, o lo que sea —le digo.

Y de nuevo, la bandera culebrea tímida. Por primera vez en toda la semana, no sopla viento del norte.

© Nuria Sierra Cruzado

Este relato pertenece al libro “Nido ajeno
Colección El Pez volador
Publicado en Madrid, mayo de 2014

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