Ricardo Reyes LP 5

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció. A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya. Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad. Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

EL ZARCO

Se acordó de la cita que tenía con Clementina cuando vio que el sol se estrellaba en el horizonte como un tomate maduro caído del firmamento. Parado frente a los vitrales de la sala, observó su Omega y supo que todavía tenía tiempo. Su chofer lo podía llevar al centro de Lima en menos de media hora y así salir de este compromiso que le andaba carcomiendo la paciencia.

Era un sábado, y desde su dormitorio podía escuchar los latidos que mantenían viva esa casa: el golpe de ollas y platos en la cocina, que encontraban su lugar en ganchos y repisas después de acabada la cena, los residuos de conversaciones en el salón de juegos y la resonancia de las cuerdas de guitarra que le llegaban desde el ala donde vivían las mujeres, al extremo opuesto de la casa. Esto último precipitó su decisión, e inmediatamente pidió a su chofer que tenga el Peugeot listo para salir, sin contestarle cuando éste le preguntó que a dónde iban. El hombre se extrañó de lo misterioso que se andaba comportando su amo en los últimos días. Había trabajado para él por más de veinte años y se consideraba, aparte de su chofer, también su confidente, su mano derecha, el compinche que cubría sus fechorías; su amigo. Fernando, un hombre alto, apuesto y de intensos ojos azules se acomodó la corbata frente al espejo, se colocó uno de sus sombreros fedora que dejaba siempre emperchado a la entrada de la casa sobre su despoblada cabeza y salió meditabundo. Odiaba la idea de que este encuentro le fuese a arruinar su fin de semana. Al día siguiente toreaba Ordóñez, uno de sus matadores preferidos, y tenía el presentimiento de que sería una buena tarde en Acho. Iría a la plaza acompañado por algunos de sus familiares, incluyendo a uno de sus nietos, aficionado a la fiesta brava desde muy joven.

Al sentir los pasos de Fernando salir de la casa a esa hora y sin avisar, su todavía esposa Dolores cogió su guitarra e intentó encontrar paz en sus canciones… “El nombre de las estrellas, saber quería…”   A los pocos minutos quedó tarareando algo irreconocible pero de melodía angelical mientras sus ojos se regocijaban con los últimos y débiles rayos del sol. Mientras esta melodía hacía reverberar las hebras de filigrana que pendían de su alma, recordó cómo este hombre, ahora un fantasma maltrecho al que veía entrar y salir de la casa sin decir una sola palabra, fue alguna vez el caballero apuesto de los ojos zarcos, quien llegaba a cortejarla a la hacienda de sus padres, montado en un hermoso azabache, luciendo un blanquísimo traje de lino, envolviéndose al verse con sus cabellos larguísimos y oscuros como la noche, para robarle un beso. Aquel hombre interesante y cautivador que le engendró tres hijos, convivía ahora con ella bajo el mismo techo, pero en otro lecho. Ambos vivían en casa de Marga, la única hermana de Fernando, y quien al nunca poder tener hijos, se dedicó a dar asilo a los miembros de la familia que iban cayendo, de alguna u otra forma, víctimas de las miserias que engendran la pobreza, la vejez y la soledad. El único momento en el que convivían era al comer, cuando la familia se sentaba junta en la misma mesa después de escuchar la campanilla con la que el personal de servicio anunciaba que la comida estaba servida. Inclusive entonces, estas interacciones eran breves e incomodas… “Fernando, me pasas la sal, por favor”, y él que le acercaba la sal sin quitarle la mirada a su plato. Nadie sabe exactamente cuándo es que esa relación se fue al carajo y se convirtió en una entidad muy singular que ya no tenía función alguna. Se presume que todo empezó cuando Fernando llevó a vivir a su familia fuera de Lima, donde él había realizado una inversión que al final resultó un fracaso, pero que requirieron que la familia permaneciera fuera de la capital por algún tiempo. Durante este periodo, Fernando usó su irresistible carisma para mantener una relación clandestina con una mujer casada, a quien le hizo dos hijas. Cualquiera sea el caso, el matrimonio entre Fernando y Dolores había terminado implícitamente, cuando la persistencia del amor y la paciencia de ella cedieron el paso al conformismo de los buenos recuerdos y a la esperanza de llevar una convivencia cordial y respetuosa. “Que noche aquella, que noche aquella, en que inventé mil nombres, a cada estrella, a cada estrella….”

Ya casi había oscurecido por completo cuando el chofer se enrumbó hacia el centro de Lima con Fernando en el asiento trasero del 404. Los dos permanecieron en silencio durante el corto viaje y no andaban de muy buen humor: el chofer porque odiaba tener que trabajar los sábados por la noche y Fernando por la incertidumbre de este encuentro con Clementina.

Al día siguiente, Fernando se levantó más tarde que de costumbre, desayunó y se sentó a leer el periódico en la sala. Un anuncio sobre la Feria del Señor de los Milagros le mejoró el humor. Se acordó que debía comprar tabaco para su pipa y llenar su bota con un buen tinto. Recordó también sus temporadas en España y las grandiosas faenas que vio en Las Ventas y en la Monumental de Sevilla. Por sus venas corría sangre española y durante su vida aprovechó cualquier oportunidad que se le presentara para visitar la tierra de su padre, quien dejó su natal Palma de Mallorca durante su juventud para trasladarse al nuevo continente permanentemente en busca de vientos favorables. Recordó sus veranos en la casa de playa de Mallorca y sus inviernos en Andalucía. Sonrió ligeramente y continuó leyendo el periódico sin la menor prisa, matando tiempo hasta que dieran las doce y media y su chofer lo llevara a la plaza de Acho. Por el rabo de sus ojos pudo ver a su hermana Marga desplazarse por la planta baja en su silla de ruedas, impartiendo órdenes al personal de servicio que andaba por la casa puliendo la platería, tendiendo camas y picando las cebollas para el almuerzo. Los domingos de fiesta brava se almorzaba un poco más temprano para que los abonados pudieran llegar a tiempo a la plaza. Marga le preguntó después al chofer a donde había llevado a su hermano la noche anterior, pero él no supo decirle más que al hotel Crillón, pues era en realidad todo lo que sabía del asunto aquél. Y este asunto sin mayor importancia casi pasa desapercibido hasta el día en que una mujer llamó a la casa de Marga preguntando por Fernando. Era Clementina.

Desde muy temprana edad, Fernando asumió las riendas de la familia en muchos aspectos. Su personalidad opacó en cierta forma la figura de sus hermanos. No era el mayor, sin embargo asumió responsabilidades normalmente asignadas a un primogénito. Quizá era el más apuesto, aunque su hermano menor era también un buenmozo, que tal vez carecía el deseo o la habilidad de administrar. Es imposible precisar el momento exacto en que ocurrió, pero de pronto y, pareciese que desde siempre, Fernando empezó a tomar decisiones que involucraban a toda la familia. Cuando su padre condujo malos negocios y optó por quitarse la vida, Fernando era aún muy joven. Quizá crecer bajo la tutela de su madre lo impulsó a tomar la iniciativa de coger estas riendas familiares que, en su opinión, necesitaban una mano firme. Esto causó ciertas fricciones en el matriarcado que comandaba su hermana Marga, pero ser hombre y tener un buen balance de carácter y carisma resultaba ventajoso a mediados del siglo XX.

Al morir su padre, la familia sólo se quedó con baúles llenos de piedras que llegaron al Callao en un barco carguero proveniente de Europa y que debieron contener mercancía exclusiva y fina para su venta en Lima. Nunca se supo si fueron piratas o mercaderes inescrupulosos los causantes de esta vil estafa, pero fue un capítulo importante en la vida de sus descendientes. Regresar a España no fue al parecer una opción a considerarse seriamente, pero los lazos con la familia de Palma fueron bastante sólidos. Es más, al quedar en la isla ya sólo las tres hermanas solteronas, la familia decidió mandar de Lima a Consuelo, sobrina de Fernando, para que velara por sus tías. Consuelo nunca volvió al Perú y vivió en Mallorca el resto de su vida con un agujero en el corazón. Se dice que en realidad su padre la desterró a la isla porque ella andaba siendo cortejada por un hombre mayor y casado, y de esta manera resolvería esta amenaza que ensombrecía el nombre de la familia. Consuelo se carteó intensamente con sus primas del Perú, y algunas inclusive la visitaron. Se casó, cuidó de las tías solteronas hasta que fallecieron todas y formó una familia, pero nunca se ubicó completamente en Palma. Sus descendientes se convirtieron en el único vestigio de la familia que aún permanecía en la isla española.

Por supuesto que Consuelo recibía periódicamente las visitas de su tío Fernando, quien pasaba largas temporadas en Mallorca, y quien de paso gozaba de las ferias de Sevilla: la tauromaquia, el flamenco, las zarzuelas, el buen vino, y por supuesto, Carmen Sevilla. La entonces muy joven actriz debutaba en el mundo del espectáculo en España y encontró en Fernando un caballero gentil, interesante y apuesto que le brindó toda su atención y afecto. Estos amores clandestinos siempre ocurrieron con mucha discreción durante las últimas temporadas que Fernando visitó Europa, pero fue en la postrimería de estas aventuras que, después de un artículo periodístico sobre la fama que Carmen adquiría velozmente, que el nombre de Fernando quedó comprometido y, muy a su pesar, se produjo un distanciamiento necesario y de mutuo acuerdo. Fernando regresó varias veces a España después de este incidente e hizo todo lo posible por ver a la bella actriz nuevamente, pero se dio con la sorpresa de que ella había decidido no verlo más. Pensó que ella ya había encontrado a algún galán famoso o que la diferencia de edades se había vuelto cada vez más evidente, pero en realidad Carmen, a pesar de quererlo, tenía motivos personales de alto calibre para refugiarse en el olvido. Fernando sólo la pudo ver en los afiches pegados en las paredes de La Gran Vía, cuando caminaba por del centro de Madrid, en la cartelera de algún teatro catalán o en las páginas culturales del periódico durante sus estadías en Palma. Justamente, la última vez que visitó Barcelona, durante las caminatas que hacía por las tardes desde la Plaza Cataluña hasta el monumento a Colón, se detuvo en un puesto de periódicos para comprar el ejemplar del día. Estaba deleitándose entre el canto de tanto pájaro enjaulado que abunda en Las Ramblas, cuando lo distrajo una nota periodística que lo dejó absorto: Carmen Sevilla se casaba.

“Luego pasó la noche, vino la aurora, se fueron las estrellas, quedó ella sola”…se escuchaba una voz suave y melodiosa que procedía de una de las habitaciones del ala de mujeres. Todos sabían que era Dolores, pero nunca sabían si cantaba porque estaba contenta o porque se encontraba melancólica. Fue en esta misma época en que ella gozaba llevando a su nieta menor a su cuarto y ahí le enseñaba sus canciones favoritas y algunos de los acordes de guitarra que ella misma aprendió cuando era joven, en la hacienda Providencia. Esta hacienda, regalo de Simón Bolívar a su abuelo como señal de gratitud por sus servicios durante la campaña libertadora y como muestra de amistad, resultó ser para ella un lugar propicio para crecer, escribir sus primeros versos, aprender a tocar la guitarra por parte de uno de los esclavos africanos que su padre poseía y enamorarse del hombre que la haría tan infeliz. ..”y ella decía, y ella decía, lástima que no hay estrellas, también de día, también de día”. Le decía a su nieta- esta casa necesita más alegría, más música. Mi padre me tenía prohibido cantar estas canciones en casa; decía que eran ritmos diabólicos que habían traído los negros del África”.

En cuanto Fernando escuchaba la voz de su esposa, ya sea se encerraba en su cuarto o le pedía al chofer que lo llevara a algún lugar; lo ponía de muy mal humor. Se supuso siempre que esta actitud suya nació a raíz de su incapacidad de ser él quien pudiera provocar en ella la felicidad que le daba la música, su paliativo emocional. Dolores salía muy poco de la casa, se la pasaba acompañando a su cuñada Marga, empujando su silla de ruedas de la cocina a la sala y vise versa. El doctor de cabecera de la familia los visitaba cada viernes y les daba a las dos una revisión médica, que era más en realidad una visita social, pero de igual modo, evitaba que Dolores tuviera aparente necesidad de salir de la casa. Sus nietas vivían en la misma casa, compartiendo un cuarto en el ala femenina, mientras que su nieto vivía en el ala masculina de la casa. Tenerlos cerca la hizo sentir siempre acompañada; le gustaba compartir con ellos sus poemas, ya sean originales o copiados, recortes de periódicos, reflexiones y oraciones que inclusive llego a recopilar y a escribir a mano en cuadernos para cada uno de ellos, como un legado para las futuras generaciones.

Marga, la matrona de la casa, ya había enviudado para cuando su casa se llenó de familiares refugiados que fueron llegando por diferentes motivos y que terminaron por encontrar ahí un hogar; algunos temporalmente, y otros, por lo que les restara de vida. Marga nunca tuvo hijos, y no le importó compartir su casa con la familia.

Para cuando sus nietos llegaron a la adolescencia, Fernando había dejado de viajar a Europa. Se mantuvo ocupado en su negocio de distribución de granos que, más que rentable, le resultaba una buena excusa para estar fuera de la casa. De su último viaje a España, sólo quedaban baúles de alcanfor repletos de abanicos, velos y mantos de Manila que nunca supo ni pudo vender, y que permanecieron en la casa como un doloroso recordatorio del mal uso del patrimonio familiar cuando vendió la casa de playa de Mallorca y resultó ser el único beneficiado de dicha transacción. Esta injusta repartición de bienes trajo como consecuencia algunos resentimientos generacionales.

Nadie puede contar la historia como se debe, pero lo primero que se sabe de esta familia es una tumba que todavía existe en el cementerio de Palma. Esta lleva grabado el nombre del primer miembro que vivió en Mallorca. De padre español y madre francesa, este hombre hizo de Mallorca su hogar. Se casó con una mallorquina y tuvieron hijos, quienes en su mayoría les resultaron con el alma aventurera y una suerte traicionera. La economía en España no era muy estable a finales del siglo XIX, y no era nada fuera de lo común que los jóvenes se lanzaran a labrarse el futuro en el nuevo continente. Dos de sus hijos tomaron un vapor en dirección al Perú, y al poco tiempo de arribar en este país, murieron de fiebre amarilla. A pesar de la devastadora noticia, la familia mantuvo al Perú en su mira. Estaba decidido; las tres hijas se quedarían en Mallorca a cargo del negocio de pasamanería que la familia tenía en el centro de Palma, mientras que el único varón que quedaba, se embarcaría rumbo al Perú para tentar a la esquiva suerte. Él llegó al Perú y se estableció en Lima, puso su propio negocio, se casó y tuvo cuatro hijos. El asunto del cargamento de baúles con mercadería sustituida por piedras lo llevaron, primero a la bancarrota, y después al suicidio. En Mallorca, las tres hermanas solterísimas llevaron bien el negocio, pero se sintieron muy solas y fue entonces cuando la familia decidió mandar a Consuelo para que viva con ellas, y el resto de la historia ya la conocen. Lo que quizá cabe resaltar es que, aun teniendo a Consuelo viviendo en Palma, el vínculo entre el Perú y Palma no fue su padre, sino su tío Fernando. Es más, su padre nunca puso pie en Mallorca y nunca más volvió a ver a su hija. Pero estas eran historias que ya pocos se molestaban en recordar.

Era sábado y Fernando había sido citado en el hotel Crillón por Clementina, y el misterio que acompañaba a esta cita le andaba triturando el hígado. El chofer lo dejó en la entrada del hotel, donde el botones lo recibió abriéndole la puerta del carro y dándole la bienvenida con una venia. Fernando entró al lobby del hotel, le entregó al mismo botones su abrigo y su fedora de fieltro y lo condujeron hacia uno de los elegantes salones del hotel. Al entrar pudo ver un par de parejas tomando cócteles a la luz de velas que creaban un ambiente cálido y romántico. En otra mesa, dos caballeros conversaban elocuentemente envueltos en una nube de humo aromático. Le gustó el olor a tabaco de puro y le hizo acordar a Acho y a la corrida de toros del día siguiente. En un rincón apartado vio a una dama acompañada solamente de un Campari y un Chesterfield encendido. Sólo podía distinguir su cabello castaño y la estola de zorro que le cubría el cuello. Por su voz, a través del teléfono, pudo imaginarse que se trataba de una delicada criatura, de mirada dulce y olores exquisitos. Sólo conocía su verbo culto y su temple firme, pero sabía que las voces a veces podían despistar. Después de un par de conversaciones telefónicas con ella, esta era la primera vez que la iba a conocer personalmente, y esto ponía a Fernando en una posición algo incómoda y vulnerable, que no le agradaba para nada. De esta señorita de acento muy andaluz, solo sabía que había viajado una larga distancia con el objetivo de verlo en persona. Aunque Fernando se negó a verla bajo el amparo de que no tenía la menor idea de quién era, Clementina lo persuadió haciéndole ver que estaba al tanto de la desordenada vida que vivió en España, y que no tendría ningún empeño en hacer pública esta información. Fernando no le comentó a nadie sobre esta cita clandestina. Ni el mismo chofer sabía la naturaleza de esta reunión. El zarco la observó por un momento y con paso firme se acercó a la mesa. El mozo lo invitó a sentarse y ya había en su lugar una copa de jerez, su licor preferido. Al tomar asiento, no pudo evitar observarla fijamente, como si quisiera descubrir su identidad con algún recuerdo desprendido de su rostro. Se vieron por algunos segundos y en el momento en que se rompió la mirada, ambos acudieron al refugio de sus copas. Por fin ella dio fin a la incomodidad del silencio.

  • No estaba segura que vendría.
  • Aún no sé para qué estoy aquí sentado frente a usted.
  • Es una historia que va unos años atrás, pero si me permite, se la cuento -le contestó Clementina después de expulsar una bocanada de humo por la boca.
  • Si no me hace perder el tiempo, con mucho gusto -le dijo Fernando, entre que le interesaba escuchar lo que esta dama española le deseaba contar y sus ganas de darle a este asunto un final e irse a descansar, para al día siguiente poder deleitar sus sentidos en el tendido 4, fila 9 de sombra de la plaza de Acho.
  • ¿Si viajé desde Cádiz hasta el Callao para contarle esta historia, usted piensa que mi intención es hacerle perder el tiempo? -respondió ella, escogiendo palabras directas pero sin perder la cordialidad que hasta ahora mantenía la conversación.
  • La escucho.

 

La faena del domingo no fue nada espectacular. Aparte del ganado manso y las mediocres banderillas, a la tarde le faltó el entusiasmo que normalmente se sentía en Acho. Sin embargo, se cortaron un par de orejas y hubo unos buenos capotazos y estocadas certeras que salvaron la tarde. La fragancia única que emanaba la plaza, entre el vino tinto, el tabaco de puros y el guano seco de toros y caballos, producía un efecto enajenador y placentero. Fernando se mantuvo callado durante la corrida, con la excepción de uno que otro desganado ¡ole!

Por un par de días, Fernando no salió de la casa y encargó a su chofer que atendiera el negocio. El zarco estuvo revisando documentos, cartas, recortes de periódicos y fotografías. En la casa se le vio poco; solo a la hora de la comida, e inmediatamente se disculpaba y se retiraba a su dormitorio. Luego de este par de días sedentarios que le sirvieron para recordar y reflexionar sobre su existencia, Fernando se levantó temprano, sacó de un cajón su Remington eléctrica, se afeitó la barba de tres días y salió en busca de Clementina. No concebía por qué a estas alturas de su vida, cuando él ya sólo quería descansar y vivir de sus recuerdos, tenía que enfrentar esta inesperada variante que le andaba trastornando la vida. Le había costado mucho digerir la conversación que tuvo con Clementina en el hotel Crillón; no supo identificar el sentimiento que sintió cuando esta dama le reveló que era su hija. Fernando le preguntó enseguida que quién era su madre. La respuesta lo dejó pasmado: ni más ni menos que la misma Carmen Sevilla.

“A cantar a una niña, yo le enseñaba….” Resonaba en la casona de Marga la ya conocida melodía y la nieta menor sabía que era hora de darse una vuelta por el cuarto de la abuelita Dolores y compartir con ella alguna de sus historias, alguna de sus canciones, sus secretos, sus alegrías y sus desdichas. “Y un beso en cada nota, siempre le daba…”

El zarco estuvo fuera de la casa más de lo común en los siguientes días; se vio forzado a dar algo de su tiempo a Clementina. Si bien es cierto que estos encuentros no despertaban ningún instinto paternal en el viejo, le gustaba ver el fruto del amorío breve pero intenso que vivió con la artista española. Intenso porque Carmen era una bella señorita, bastante menor que él, llena de vida y de ambiciones que llegó a la vida de Fernando en un momento en el que él le pudo ofrecer su atención, su cariño y su dinero. Una vez extinto el dinero de Fernando, y una vez establecida la fama de Carmen y el acoso de los medios de comunicación, el romance llegó a su fin. Como fue comentado anteriormente, cuando Fernando supo que su moza andaluza se casaba, mantuvo este capítulo de su vida en el cajón de los recuerdos. Ahora, después de tantos años, Clementina le hacía recordar, con sus grandes ojos y su piel morena, aquel romance que le costó el resentimiento del resto de la familia, quien esperaba paciente en Lima la llegada de su porción de una herencia que ya no existía. Se reunió con Clementina varias veces, intentando conocerla mejor, preguntándole siempre por su madre, pero recibiendo siempre parcas respuestas. El viaje de Clementina había sido en vano; en poco tiempo se dio cuenta que al viejo ya no le quedaba dinero y, decepcionada, regresó a España. Nunca se supo si realizó el viaje por iniciativa suya o si la habría mandado su madre, quien vivía en Madrid, divorciada y con una carrera artística en decadencia. “Se fueron las estrellas, quedó ella sola…”, seguía cantando la abuelita Dolores en su cuarto, guitarra en mano y con la vista fija en los pajaritos que anidaban en el gran eucalipto que alcanzaba a ver desde su ventana.

Llegó el último domingo de la temporada taurina en Acho y ya para entonces Fernando había desahogado lo que tenía que desahogar y la dinámica familiar volvió a su normalidad, si cabe decir algo semejante. A la hora de la cena, todos se reunieron a comer el asado con ensalada de costumbre. Hubo algunos comentarios y críticas sobre la faena de la tarde, pero estas conversaciones se limitaban casi exclusivamente a los varones de la casa, mientras que las mujeres se enfocaban en asuntos más prácticos y las mayores hablaban sobre el rendimiento que los jóvenes tenían en sus respectivos colegios.

La administración de las haciendas del norte estaba en las manos de la tía Marga, mas estos asuntos sólo los discutía en su oficina con selectos miembros de la familia. Aunque físicamente incapacitada, Marga era astuta para los negocios y nadie subestimaba su autoridad. Acabada la cena, Fernando se retiró a su habitación y guardó su Zeiss Ikon, con la esperanza de haber capturado buenas fotos de la corrida de toros en ella. Cerró su ropero con llave y se recostó sobre la cama con los ojos abiertos. Los sonidos de la casa fueron extinguiéndose lentamente, uno tras otro, desde los platos que se lavaban en la cocina hasta el correr de las duchas de quienes se alistaban para dormir. De pronto echó de menos Palma, España y los momentos que compartió con Carmen Sevilla. Deseó haber tenido la oportunidad de conocer a Clementina. Por primera vez sintió remordimientos por haberse descuidado tanto de Dolores y de los hijos que tuvo con ella, y por haber canjeado su estabilidad familiar por una vida de placeres mundanos desordenados e irresponsables. Sintió remordimiento, mas no arrepentimiento alguno. Pensó que, aunque lejos de la perfección, había vivido con una plenitud que le hubiera sido imposible alcanzar si se hubiera adherido al programa oficial de cumplir con los votos matrimoniales, trabajar de ocho a cinco en una oficina, entender que tener hijos implicaba más que el simple hecho de concebirlos y, finalmente, morir. Se rehusó a pensar que la vida consistía en este proceso que, para él, era casi mecánico y aburrido. Por todo esto, le era muy difícil ver a su esposa a los ojos, y aunque vivían en la misma casa, resultaba evidente para todos que él la evitaba en lo posible. Dolores se había acostumbrado ya al trato frío e indiferente de su esposo. Todavía quería a ese viejo de intensos ojos azules que le robó el corazón, montado en su caballo negro como la noche, décadas atrás. Pero había aprendido a quererlo a través de sus tres hijos y de sus tantos nietos, quienes le daban ahora tanta alegría. Fue muy feliz cuando empezó a conocer a sus bisnietos, quienes empezaron a llegar sin tregua en los años sesenta y principios de los setenta, hasta que la muerte le tocó a la puerta. Para entonces, su cuñada, la tía Marga, había ya fallecido, la casa había sido vendida, y su esposo, el zarco buenmozo, yacía bajo tierra. Cuando Fernando murió, impedido del habla por los excesos de flema y bajo los cuidados de sus hijas y la discreta vigilancia de Dolores, no hubo mucho por decir, y mucho menos por repartir. El viejo de los ojos azules sólo había dejado el huerto Mallorca, que plantó en unos arenales denunciados, y que su yerno había transformado con arduo trabajo en tierra fértil. Cada verano la familia se reunía en el huerto y se daban un festín con uvas Italia dulcísimas y con jugosas mandarinas, cuyas semillas Fernando había mandado traer desde España. No le fue difícil escoger qué tipo de mandarinas sembrar en su huerto: eran clementinas, naturalmente.

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