Rocío Ramírez Castillo LP 5

Ramírez Castillo, Rocío

Soy originaria de Monterrey, Nuevo León. Abogada, Contadora Pública y Escritora. Editorialista en el Periódico El Norte, del Grupo Reforma. Ganadora del Tercer Lugar del Certamen de Literatura Joven Universitaria 2006 de la UANL, la obra con la que gané fue publicada en la compilación literaria “Imágenes para leer”. He publicado los libros “El vendedor de abrazos”, “Conversaciones ajenas” y “El príncipe bufón”. Autora del blog www.chicabloguera.com

SÓLO QUIERO SABER CÓMO ESTÁS

De todos los mensajes que recibe una persona de su ex pareja al tiempo de haber terminado la relación, éste es el que se repite en una mayor cantidad de casos.

–Fabio Fusaro

“Hola, sé que tal vez no debería escribirte, pero sólo quiero saber cómo estás.”

Cuando Julieta recibió este mensaje en su correo electrónico, se quedó perpleja. El corazón se le paralizó por una fracción de segundo, y al siguiente aceleró sus latidos de manera vertiginosa, como si quisiera escaparse por su boca.

De todas las personas que pudieron haberle mandado un mensaje, Mario, su ex, era el último del que ella hubiera imaginado. Ya habían pasado más de seis meses desde que él había terminado con ella. Después de cinco años de casados, un día anunció que tenía otra mujer y que llevaba meses saliendo con ésta. Lo dijo durante el desayuno, cuando Julieta le servía café y pan tostado, y en el noticiero pronosticaban un día soleado y sin probabilidad de lluvias.

Mario fue simple y directo. De un tajo dio fin a la relación, y sin decir nada más, bebió el café recién servido.

Julieta volteó a ver el retrato de boda que colgaba en la pared. El Mario sonriente y juvenil que la abrazaba de la cintura, ya no era el Mario que estaba sentado en esa mesa, apático, frío y que acababa de confesarle su infidelidad como si se tratara de una insignificancia.

Cuando él se marchó al trabajo, ella se desmoronó y se dejó caer en una silla. Buscó a tientas el trapo de cocina y se lo llevó a la cara, para secarse las lágrimas.

Al principio lloró mucho, primero frente a Mario, quien en todo momento se mostró estoico e inflexible; luego con sus amigas en los restaurantes, entre tazas de café con leche y galletas espolvoreadas de azúcar, y después a solas, en la cama que ambos solían compartir. Pero luego reflexionó que no tenía caso continuar con un matrimonio en donde ya no existía el amor y la confianza, así que ya no hizo nada por retenerlo. Pensó que si él quería irse con esa mujer, pues que se fuera.

El divorcio fue rápido dado que no tenían hijos y se dividieron los bienes de común acuerdo. Después de firmar las actas, ya no había nada que los uniera. Todos los lazos se habían disuelto.

O al menos eso creía, hasta que recibió ese correo electrónico.

Julieta volvió a leer el mensaje. Frunció el entrecejo, preguntándose:

—¿Qué es lo que busca Mario? ¿Qué pretende al enviarme esto? ¿Realmente quiere saber cómo estoy? ¿Me extrañará acaso? ¿Se habrá dado cuenta de que yo era el amor de su vida? ¿Se habrá aburrido de la otra y por eso quiere regresar conmigo?

Recordó cómo una semana después del divorcio, cuando él vino a recoger sus cosas, se mostró indignado con ella.

—No puedo creer que me hayas bloqueado en el Facebook —le dijo mientras echaba una caja a la camioneta.

—Pues ya estamos divorciados ¿no?

—¿Tan rápido te olvidaste de mí? —replicó él con cierto aire de victimismo.

Julieta sintió tanto coraje, que hasta el estómago comenzó a arderle como si hubiera tragado fuego.

—¿Y tú no?

Él no respondió. Julieta no terminaba de comprender por qué Mario la eliminaba de su vida sin contemplación alguna, pero en cambio se resistía a eliminarla de una página de internet.

Mario terminó de subir la última caja y cerró la portezuela. Intentó darle un beso de despedida, pero ella apartó su rostro.

—Hasta luego —dijo Mario y se marchó.

No fue un “adiós”, sino un “hasta luego”. Hasta su despedida sonaba a posibilidad de regresar, cuando era obvio que ya no había nada entre ellos.

Así que ahora Julieta estaba desconcertada. ¿Por qué Mario le había enviado ese mensaje? Justo cuando ella ya estaba superando la angustia y la depresión que él había provocado con su infidelidad. Ese correo electrónico de un solo renglón, esas simples palabras “Sólo quiero saber cómo estás”, comenzaron a perturbarla, como si de pronto su corazón, que ya había sido resanado, otra vez se agrietara y se resquebrajara.

—¿Le responderé? —se preguntó Julieta, dubitativa, llevándose la mano izquierda al rostro, mientras que con la derecha, su dedo índice permanecía suspendido en el aire, antes de dar clic en el mouse.

Su mente trajo de vuelta los recuerdos de sus primeros encuentros con Mario, sus besos, sus caricias. Ella creía ya haberlos destruido y sepultado, pero esa frase “Quiero saber cómo estás” de alguna manera los había revivido.

Y se puso furiosa. ¿Por qué Mario quería restablecer el contacto? ¿Qué ganaba con eso? ¿Qué le importaba si ella estaba bien o mal?

Julieta volvió a leer el mail, intentando descifrar el verdadero significado de éste, desmenuzando cada una de sus palabras, analizándolo letra por letra.

Quizá ese “quiero saber cómo estás” podía traducirse en algo como: “Quiero saber si todavía sientes algo por mí”; “Me duele que ya no platiques conmigo”; “No pensé que te olvidaras tan pronto de mí”, “Quiero saber si aún me amas”, “Quiero saber si ya estás saliendo con alguien o si todavía esperas que yo regrese”.

Aunque también podría significar: “Te extraño, sólo quiero saber que sigues ahí y que en cualquier momento puedo buscarte”; “Aunque no estemos juntos, tampoco quiero perderte”.

Julieta estaba confundida. ¿Y si en realidad él quería intentarlo de nuevo?

Al pensar en esa posibilidad, Julieta sintió un vuelco en el corazón. Un atisbo de esperanza envolvió su interior, provocándole la misma sensación que experimentó la primera vez que él la invitó a salir.

Entonces, la mujer se lanzó sobre el teclado y escribió:

“¡Hola! Bien, ¿y tú?”

A los pocos minutos, él respondió:

“También bien, con mucho trabajo.”

Julieta se quedó pensativa, con los dedos sobre el teclado. El corazón se le abría a pedazos, y el amor que ella creyó haber desterrado brotaba de nuevo a borbotones. Una leve señal de esperanza revoloteaba en su cabeza, rescatando recuerdos sepultados, besos apagados y caricias extinguidas.

Después de la lucha de sus manos entre escribir y oprimir la tecla DELETE varias veces, finalmente tecleó:

“Te extraño mucho.”

Esperó su respuesta, la cual demoró varios minutos. Cuando vio el correo, de inmediato dio clic sobre él.

El mensaje era muy breve.

“Ah, ok.”

Una sensación de desasosiego se apoderó de ella.

“¿Cuándo nos podemos ver, para platicar?”, escribió.

Pasaron los segundos y éstos se convirtieron en minutos. Julieta permaneció ansiosa, pegada frente a la computadora, esperando que Mario contestara. Por fin, apareció un nuevo correo. El ícono de un sobre sin abrir brillaba sobre la pantalla y a Julieta le pareció crucial.

Ansiosa, nerviosa, y por qué no, ilusionada, Julieta dio clic sobre el correo electrónico y lo leyó.

“No te confundas. Yo no quiero volver. Sólo quería saber cómo estabas.”

Y todas las emociones y esperanzas que Julieta había sentido se desplomaron súbitamente, estrellándose contra el suelo.

 

 

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