Roberto Perezdíaz LP 5

Perezdíaz, Roberto

Roberto Perezdíaz actualmente radica desde 2013 en Montréal Québec. Se jubiló del tribunal federal de El Paso después de 27 años de intérprete oficial. Ha publicado artículos técnicos, cuentos y poesía en español e inglés en revistas literarias, digitales y profesionales. Tiene una colección de once cuentos, Más sabe el diablo publicada por Eón, DF, 2012. Hijo de padres campesinos nació en el Valle de Salinas California. Egresó de la Universidad de California Berkeley, estudió en El Colegio de México, se recibió de Antioch University con M. Ed. Ha dado cursos de traducción en UTEP (Universidad de Texas El Paso) ponencias sobre el valor del estudio del español y la necesidad de promover éste nuestro patrimonio nacional.

Actualmente se dedica a la traducción de las novelas de Armando Rendón para jovenes méxicoamericano-as al español: The Adventures of Noldo and His Magical Scooter. Ha traducido al inglés Los 1001 años de la lengua española de Antonio Alatorre. También ha traducido obras de Jorge Aguilar Mora y Edel Romay.

MATA MOSCAS

–Tanta mosca. Ya son seis esta mañana, más las cuatro que maté anoche. La erradicación de la mosca lo obsesionaba. ¡Zas! Cuatro más, son diez pinches moscas. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y seis son ocho y ocho diez y seis. Cuenta las mosquitas yo ya las conté, cuéntalas de nuevo, yo ya las maté. Parece que siguen saliendo del basurero. A la mejor no están bien muertas, sólo atarantadas y después de un rato se recuperan, se alivian y salen a rejoder.

Aunque estaba solo en la casa tenía la costumbre de hablar y cantárselas en voz alta en un ritmo regatón regañón a las moscas mismas. Desde haber empezado las lluvias de junio proliferaban las moscas todo el verano con el calorón. No tanto los zancudos, que así les decía él; los oriundos de El Paso decían moyotes. Esto no le gustaba para nada, pues pensaba en molletes y prefería siempre decir zancudos, aunque tuviera que explicarle a los paseños que eran moyotes. Eso sí, no pululaban por la aridez del desierto, como en las zonas de humedad donde se acumulaban en los charcos y las llantas abandonadas. Después de varios días de acecharlas con el matamoscas en la mano, se auto ascendió a general de campo, Mariscal León del Desierto. Era cazador profesional en África, un verdadero Jemingüey mosquicida. Como toda la fauna africana, esas moscas tendrían que ser grandísimas para cazarlas con un bate de pelota (sigilosamente se acercaba a una en la cortina).

–¡Zas! ¡Por si las moscas, cabronas! Le dio otro zas mientras que zumbaba haciendo piruetas boca arriba en el piso. Había perfeccionado el arte de levantarlas del piso con el matamoscas mismo para llevarlas al bote, la fosa común, sin preocuparse por limpiar la pequeña manchita de sangre que dejaba en el piso. Los primeros días de la plaga sí limpiaba las manchas de cada aplastada. Con la multiplicación de las moscas, como las plagas del Antiguo Testamento, apenas mataba una y volaban otras diez tentándolo a tumbarlas en vuelo con sus aspavientos desatinados y se le olvidaba dónde había matado la primera, decidido a perseguir a la mosca osada para ignorar el cadáver de la mosca muerta. Después habría tiempo para agregar los cadáveres a la latosa, la lata que era la fosa o la fosa que era la lata. Qué lata había sido sus estudios del latín.

Cuando no era África era China el lugar añorado pues de todos los éxitos de la Revolución Cultural que totalmente apoyaba, para él lo más impresionante había sido la erradicación de la Musca domestica. Pensaba que la juventud contemporánea, huevona y dejada, necesitaba que le embarraran las narices en la realidad cotidiana de los pobres. Cómo era posible que esta generación, después de haberse jugado todo los padres en los trabajos mas jodidos y peor pagados trabajando de sol a sol, cruzando a la brava la frontera, burlando la migra, ahora no querían hacer otra cosa que meterse unas chingaderas en las orejas (sabrá Dios donde más) para pasárselas moviendo la cabeza como cualquier gallina motorola. “Caminan como los avestruces con los calzones al revés”, decía.

–Sí es posible, arengaba, con una Dos Equis fría en una y el matamoscas en la otra alrededor de la parrilla con sus cuates en el traspatio de la casa. –Sobre todo los chinos, ellos sí pudieron lograrlo, pues son más ellos que moscas. Así que cuando se organizaron todos los barrios con sus cuadrillas, sus jefes de cuadrillas, sus contadores certificados, pura transparencia, la neta, para el conteo de las moscas muertas que entregaban cada semana, estuvo bien hecho. Así se debe organizar una elección para llevar los votos a las urnas y allí, jueces independientes confirman cuántas moscas llevaste y lo apuntan en la pared y sigue la tábula. Se tiene que otorgar premios, reconocimientos y medallas como las olimpiadas. Es importante para la salud pública (de todo el mundo). Seguía el abuelo soñando de poder ver algún día esas calles ausentes de moscas. Se imaginaba sentado en un café al aire libre sin tener que espantar moscas. Algo que ni siquiera se da en el mejor restaurante de El Paso ni en todo Juárez con todos sus insecticidas envenenando a cristianos más que a las moscas.

–Imagínate en un solo barrio cuántas moscas pueden matar. Suponte tú que cada cuadrilla de diez y que sean diez cuadrillas en el Segundo Barrio y que cada uno de los militantes mate diez moscas al día. ¿Cuántas son? (Se ponía a hacer las cuentas.) Luego, hacía la cuenta imaginaria que se matara lo doble cada día, por la competividad, y los fines de semana le podían entrar duro todos, hasta los niños, los ancianos (como él) hasta proponerse matar un mínimo de diez cada hora. Creo que ni siquiera las moscas podrían reproducirse bastante para sobrevivir. Y, luego si cada barrio, mejor que sea por precinto electoral, porque los barrios como antes ya no existen. El Paso podría quedar libre de moscas en un mes, dándole duro, quizás menos. Bueno, en la China sí lo lograron durante la Revolución Cultural, ese Mao era un chingón para organizar al pueblo. Y todo lo hizo a pie, acuérdate de la Gran Marcha, donde quiera que iba, organizaba las brigadas matamoscas. Claro, no solo mataban moscas, ya después de acabar con las moscas, ya tenía su equipo de base para defender la Revolución. ¿No crees que vale la pena empezar eso aquí? Mira, cuantas están llegando aquí. No más huelen la carne asada y se dejan venir volando. Como la raza, no más huele una fiesta y a eso sí le entran con tubo. Y así mismo las brigadas matamoscas, cada barrio organizado, que lleven a todos los cabrones primero a votar y solo después a la comelona. La neta, así lo hace el PRI, a poco no sabes de los acarreados.

–Abuelo, parece que a la mejor sí se puede. En todo caso, la otra cara de la moneda, con cada mosca muerta, son por lo menos, se cree, cien mocas que no nacieron. Por algo dicen que se multiplican como moscas…

–¡Zas! Mosca cabrona… ¡Toma eso! Así es, m’ijo, así es.

 

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