Manoli Pérez Fernández LP 5

Pérez Fernández, Manoli

Manoli Pérez Fernández nació en un pequeño y pintoresco pueblo de la provincia de Orense. Su interés por la lectura y la narrativa se remonta a su niñez a través de los cuentos e historias que oía contar “al amor de la lumbre” en su Galicia natal.

Escribe poesía y relato corto de estilos variados. Fiel seguidora de las tertulias de los martes en el café Boulevar, actualmente (edificio La bolsa) Bilbao, fue miembro de la Asociación Cultural Botxo Alai durante 7 años.

Se define como una romántica que ama todo lo que encierra belleza y sensibilidad.

Fue segundo premio en el 2003 y primer premio en el 2004 en el lV y V Concurso Kiskitinak de relatos cortos. Sus relatos han sido publicados en varias revistas culturales “El club de los poetas “diálogos” “Alborada”.

FUERZA PODEROSA

Eladio era un hombre enjuto, de ojillos vivarachos y manos excesivamente largas para su estatura. Aquella mañana soleada, haciendo caso omiso a las campanas de la iglesia que tocaban a misa, agarró su bastón, su sombrero y salió a recorrer las tierras y viñedos de su propiedad. Sabía que eso le iba a costar una regañina de su esposa que se preocupaba en exceso de que no se fatigase, se enfriase o dejase de ir a misa.

Con mirada pícara y sonrisa de quien se sabe a punto de cometer una travesura salió por la parte trasera de su casa. Según subía sendero arriba por la loma que llevaba hasta su tierra más valiosa, sintió que sus fuerzas flaqueaban y se apoyó en el tronco de un viejo roble que parecía puesto allí para que él descansara.

Los pájaros revoloteaban a su alrededor inquietos y hacendosos construyendo sus nidos para la reproducción. La vida no se paraba, se renovaba cíclicamente cada primavera.

Extendió su mirada por toda la superficie que configuraba su pueblo y no pudo evitar recordar, como siempre hacía cuando sus ojos se posaban en lo que quedaba de aquella casona inmensa, aquél Pazo que en su día fue sinónimo de fuerza y poder. ¡Cuantos recuerdos le traía!… Ahora era una vieja ruina. La vida daba muchas vueltas pero al final siempre se vengaba de los desalmados que abusaban de su poder y se aprovechaban de los menos afortunados porque la suerte no les había favorecido como a ellos. Al fin y al cabo, quién puede elegir nacer aquí o allá, en cuna de oro o entre harapos y miseria.

Su madre siempre había trabajado en aquella casa, servil y sumisa, a cambio de nada, como tantos otros del pueblo para pagarle los favores. Allí había dejado su vida y juventud; y él mismo, aún hoy, no comprendía porqué siempre les había hecho los recados, y porqué cuando le daban una galleta o un caramelo, como pago, se había sentido el niño más feliz de la tierra.

Su padre había fallecido apenas nacieron ellos dejándoles indefensos. Cuando él o alguno de sus hermanos estaba enfermo como no tenían dinero para pagar al médico, su madre desesperada acudía a ellos que, solícitos se lo ofrecían. Así, se habían ido apropiando, poco a poco de las tierras y los enseres que poseían amasando una gran fortuna a cambio de unas pocas monedas. Cuando podían acudían a la escuela, aprendieron a leer y escribir lo suficiente para poder defenderse por el mundo. Su madre les recordaba continuamente lo importante que era eso. Apenas tuvieron edad suficiente se marcharon, como aves migratorias en busca de una vida mejor para ellos y su madre. De esa forma había conseguido todo lo que hoy tenía. Las tierras de su familia y las de los Cardero, los Señores más ricos y poderosos de la comarca.

Recordaba con gran satisfacción el día de la subasta, cuando la vida se había encargado por si misma de vengarse y las tierras y viñedos del Pazo salieron a la venta. El despilfarro de aquellos sucesores, acostumbrados a gastar alegremente acabó por agotar aquella inmensa e injusta fortuna. Él había pujado ofreciendo la cifra más alta. Así, había recuperado las tierras de su familia y las del Pazo, que pasaron a ser suyas.

Su madre ya había fallecido. Fue una enfermedad extraña, sin explicación aparente la que la llevó a la tumba. Eladio estaba convencido de que murió de pena. Aquél día lloró amargamente, no sólo por haber perdido al ser más querido de su vida, sino porque se había marchado sin ver cumplido su sueño: recuperar las tierras que habían sido suyas y de sus antepasados.

Prometió ante ella que él lo haría y desde ese día sólo había vivido para conseguirlo, sin descansar ni un solo instante hasta lograrlo. Sintió cómo sus ojos se humedecían, con mano temblorosa sacó el pañuelo del bolsillo derecho de su pantalón y lo pasó por su rostro enjugándose el llanto.

El cuco cantaba desde un árbol cercano.

Echó a andar cuesta arriba por la empinada loma hasta alcanzar la cima. Desde allí la panorámica era fantástica, se veía la iglesia, parecía que ya salían de misa. Miró hacia arriba, hacia las nubes con insistencia, hasta que le pareció ver como una nube de algodón, la más grade de todas, empezaba a difuminarse. Era la segunda vez que esto le ocurría. Fijó los ojillos en el azul del cielo y vio claramente el rostro de su madre a través de la nube que desde lo alto le sonreía dulcemente. Extendió los brazos hacia ella hasta sentir como le abrazaba, mientras le susurraba al oído con su voz melodiosa: “Lo conseguiste hijo mío, lo lograste, descansa tranquilo”.

Una quietud intensa, una paz maravillosa y una enorme felicidad se fueron adueñando poco a poco de su alma. Su viejo corazón cansado empezó a latir, primero fuertemente, muy fuertemente, luego poco a poco se fue apagando… lentamente hasta alcanzar el descanso absoluto. Su rostro sereno reflejaba una gran placidez. Los pajarillos revoloteaban cantando alegremente. La naturaleza, en su máximo esplendor, bullía con su fuerza poderosa. Era un hermoso día de primavera.

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