David Alberto Muñoz LP 5

Muñoz, David Alberto

David Alberto Muñoz nació en México a fines de los años cincuenta. En 1973 inmigró a los Estados Unidos de América donde hizo sus estudios universitarios obteniendo un título en Artes Teatrales de Southwestern College, Chula Vista CA. Dedicado de tiempo completo al arte teatral, durante esta época escribió, dirigió, produjo y actuó en varias producciones tanto en inglés como en español. Posteriormente obtiene una licenciatura en Estudios Religiosos en Gran Canyon University, Phoenix, AZ, una maestría en Teología en Fuller Theological Seminary, Pasadena, CA, una maestría en Literatura Hispana de Arizona State University, Tempe, AZ y un doctorado en Filosofía de Religión de Trinity Seminary en 1997. Es profesor de Filosofía y Estudios Religiosos en Chandler-Gilbert Community College y ha escrito una variedad de libros tanto en inglés como en español que incluyen, colección de cuentos, ensayos, crónicas y algunos libros de texto. Muñoz vive en Glendale, Arizona con su esposa Mireya, docente de música, y tienen una hija de 21 años de edad que actualmente asiste a California State University en Northridge.

CHOLITA SIN NOMBRE

Un cuento hecho leyenda urbana

Mi High School estaba en la Palm Avenue, en el 3250, San Diego, California, y el zip code era y es, 92154. En la esquina este de la escuela, había un Alpha Beta, era como un supermercado dónde vendían comida y demás. Recuerdo que dentro de ese pequeño centro comercial había una licorería dónde compré mis primeras cervezas. A mí me gustaba tomar la cerveza Olympia Light. En esa época fue cuando empezaron a salir todas las cervezas light, Miller Light fue la primera si no me equivoco, pero a mí me gustaba más la Olympia. No sé por qué. Me hice yo mismo una I.D. para que me vendieran. Tenía apenas 17 años pero tomé mi identificación de la universidad de Mexico City, y le puse una fecha de nacimiento más antigua para aparentar que yo tenía 21 años. Ahora que lo pienso ya ni la chingo, no sé cómo me la aceptaban.

Todos los viernes nos juntábamos los batos que estábamos en la estudiantina, porque yo tocaba la guitarra en la Estudiantina Olmeca, así se llamaba. La directora era una gringa de nombre Carol Murray. A ella siempre le llamó la atención la música mexicana. Hablaba español muy bien pero siempre me preguntaba cómo decir las cosas. Como yo venía de Mexico City. Ella daba clases de historia en español. En aquellos tiempos nos ayudaban a todos los Mexicans para que aprendiéramos inglés. Aunque siempre hubo huevones, como el Sergio, ese güey nada más quería andar cogiéndose a la Carmen, bueno, la verdad todos nos la queríamos coger. Era la chava más buena de toda la escuela. Yo nunca pude, porque nunca tuve el dinero suficiente. Era una trigueña muy bonita, delgada, de muy buena figura.

Había un parque no muy lejos de la escuela que se llamaba el Parque del Ala, bueno, al menos así le decíamos todos. Tenía el ala de un avión como monumento, y creo que era de un avión de la segunda guerra mundial o algo así, no me acuerdo, pero para nosotros era simplemente el lugar al cual íbamos para fumar mota y manosearnos con las chavas. ¡Qué tiempos aquellos! Nuestra única preocupación era el ponernos bien High, y lograr meterle la mano a alguna hembra porque en un descuido estaba tan borracha como nosotros, y a lo mejor nos daba la base completa.

Pero bueno, no era eso lo quería decir…

Necesito platicar lo qué pasó ese día cuando… cuando me di cuenta que era mortal, cuando supe que me iba a morir. Yo mismo a veces no lo puedo explicar. Cuando eres joven eres medio pendejo, no te das cuenta de muchas cosas. Quizás no tenemos conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor o simplemente no lo vemos o no queremos verlo.

Pepita, así se llamaba, era una de tantas chavalas del barrio, le decían la Cholita sin nombre, porque no le gustaba que la llamaran por su nombre de pila. Y pues si lo piensas, está curado ¿qué no?

—Don’t call me pinches names cabrones! ¡Yo soy la Cholita sin nombre! ¿Entiendes?

Tenía el típico hablar de todas las cholas que iban a la escuela. Ya ni me acuerdo de qué barrio era, pero era muy peleonera, y buena para los catos. No se dejaba de nadie. A veces nos daba risa porque aparecía con unos pinches chupetes y pues todos sabían que el Cóndor era el que se los dejaba bien marcados en el cuello. Pinche Cóndor, siempre se burló de ella, nada más se la cogía y luego la mandaba a la chingada. Bueno, era el mero mero del barrio, al menos entre nosotros, los chicos, su hermano mayor estaba en la grande, y pues tenía muchos conectes.

El día en que pasó todo la Cholita sin nombre había desayunado con su jefe, lo quería mucho, era buena onda el señor. Don Ramiro le decíamos todos. Ya estaba ruco, nunca había aprendido English, ese sí era Mexican 100% per cent. Pobre viejo, cansado, ya sin chambear y teniendo que mantener a sus hijos. Eran 4, la Cholita era la más chica. Ella le daba su feria de cuando en cuando por lo menos para que comiera porque sus hermanos eran unos jijos de su pinche madre, la mera verdad.

Pues tuvieron un meeting los cholos del barrio. Yo no pertenecía porque cuando quise, y me estaban dando la madriza, me puse a llorar y me dijeron que no necesitaban putos en la Ganga. Ahora que lo pienso, que bueno que lloré, si no ya me hubieran matado. Pues en esa ocasión le dieron una consigna al Cóndor, precisamente el bato de la Cholita sin nombre.

—Listen Ese, I think you are a Baby Gangster, nunca has disparado a nadie. Vas a tener que probar que eres chingón. You know what I mean?   Guacha, agarra tu filero, y tu cuete, ¿sí me entiendes? Tu pistol pendejo, y vas a ir a la brava a meterle un tiro al jefito de la Cholita sin nombre. ¿Entiendes Méndez?

El bato se puso blanco de repente.

—Y why carnal? ¿Qué te ha hecho el jefito de la Cholita?

—Caiga pa acá bato—dijo el Cholo mayor—Si quieres ser compa de la Clica, es tu deber, si no vete a la chingada. ¿Entiendes? Aquí hay leyes que no puedes violar, it is the honor de la Ganga. Because if you don’t do it, te vamos a quebrar.

El Cóndor afirmó con la cabeza. Pero se podía ver en su rostro algo que no sé, se miraba mal.

Se fue al cantón de la Cholita sin nombre. A mí, me mandaron para ser testigo junto con el Perico, porque ese güey le iba a decir a medio mundo. El jefito de la Cholita lo recibió muy bien, ya lo conocía, le ofreció una beer, una Olympia Light precisamente, y se pusieron a platicar largo rato. Estaban contentos, así se miraban. Pero en eso entró la Cholita de pronto. Se vieron a los ojos y el Cóndor sacó su cuete, y le dio tres tiros al jefito de su Jaina. La ruca quedó paralizada. Él tomó su filero en la mano, y se lo entregó a ella, quien se lo metió más de cien veces en el estómago y en el corazón para después caer llorando ante el cuerpo de su jefe.

Shit, hasta suena como de telenovela ¿qué no?

Eso fue lo que pasó. Ese fue la leyenda de la clase del 77. Sucedió cerca del Palm Avenue, en San Diego, Califas. Yo nací ahí, en el barrio, y a todos nos dolió lo qué pasó aunque nos hagamos pendejos.

Pinches gangas cabronas, hacen cosas que ni ellos mismos entienden. Nunca jamás volvimos a ver a la Cholita sin nombre, se llamaba Pepita, pero no le gustaba su nombre de pila.

Ese día descubrí mi propia mortalidad.

 

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