Francisco Martínez Bouzas LP 5

Martínez Bouzas, Francisco

Francisco Martínez Bouzas es natural de Arnuide, Orense. Es docente y crítico literario. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona y en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma. Completó además estudios de grado en la Universidad de Comillas de Madrid y en la Universidad Gregoriana de Roma. En la actualidad ejerce como catedrático de Filosofía. Realiza además una amplia labor como crítico literario. Miembro de la Asociación Española de Críticos literarios (AECL). Pertenece así mismo a la Sección de Crítica Literaria da Asociación de Escritores en Lingua Galega (AELG).

Como docente dirigió o coordinó distintos cursos y proyectos de formación para el profesorado, organizados por la Consejería de Educación de la Junta de Galicia. Así mismo, colaboró durante varios cursos en calidad de profesor tutor con la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Santiago de Compostela. Es autor de los siguientes títulos de su especialidad: En sociedade. Cavilemos e fagamos. Materiáis didácticos de Filosofía (1994), Reflexións sobre a vida moral (1995, en colaboración con varios autores), A ética na que vives (1995, en colaboración con varios autores), Filosofía (2000) en colaboración con Susana Abuín Chaves y Henrique Tello León.

Ha sido miembro de diversos jurados de premios literaios y en el año 2004 recibió el Premio Xerais a la Cooperación Editorial como crítico literario. Tiene y mantiene un magnífico blog que lleva el título de “Brújulas y espirales” en donde el lector puede ver y disfrutar de gran cantidad de reseñas de obras literarias.

http://brujulasyespirales.blogspot.com/

Brújulas y espiarles, 01/10/2015

 

DESPUÉS DEL INVIERNO

Por Guadalupe Nettel

Maquetación 1

Editorial Anagrama (Barcelona), 2014, 272 páginas

Después del invierno, concede su autora, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es una novela de rapiña, porque este libro arranca, como todos los suyos, de historias reales y, a partir de ellas, se exploran otras posibilidades y se constata especialmente cómo las cosas pueden ir a peor. Una novela tejida en buena parte con hilos ajenos, con fragmentos de vidas de otras personas, con pedazos de historias vividas o contadas por los amigos de la escritora. Trenzada sobre todo con obsesiones, con fascinaciones que a veces ella misma comparte: la afición y el apego por los cementerios. Mas al margen de los orígenes de su escritura, es preciso dejar constancia de que Guadalupe Nettel obtuvo con esta novela el prestigioso Premio Herralde de Novela, 2014 -quinto escritor mexicano en obtenerlo- y forma parte de esa fértil eclosión de narradores que, generación tras generación, tiene lugar en México. Y lo hizo con una gran novela, rutilante, poderosa,  a pesar del desasosiego que puede producir la lectura de su trama. Uno de esos textos enramados de ficción y realidad que aparecen de vez en cuando y son capaces de reconciliarnos con la literatura. Y de paso nos conmocionan, ponen ante nuestros ojos, de forma a veces vitriólica y estremecedora, otras, sumamente tierna o incluso humorística las punzantes brechas que acechan a los seres humanos en la posmodernidad.

En menos de media línea Guadalupe Nettel describe su obra: encuentro chocante entre dos neuróticos. Efectivamente, también eso es Después del invierno, pero también mucho más y quizás sea preciso recurrir a las palabras de Julio Ramón Ribeyro, un ilustre compatriota  de César Vallejo, a su vez ilustre habitante de uno de los cementerios parisinos: “Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar solo migajas de felicidad”. Son, en efecto, esas migajas de felicidad las que guían y con frecuencia destrozan las existencias de los dos seres que sienten pasión por los cementerios y que, sumidos en infinitas carencias, sostienen con sus voces narradoras la trabe de oro de este novela. Son Claudio y Cecilia. Dos seres con vidas solitarias. Sobre ellos, sobre sus personalidades neuróticas, psicóticas, solitarias y obsesivas  recae el gran peso de la novela. Él, Claudio, una suma de muchos hombres misóginos, fatuos, machistas. Cubano que comienza  a odiar a los cinco años y que ahora vive encapsulado en su apartamento neoyorquino, presa de sus rutinas sobre las que descansa su existencia, que no acepta que nadie se inmiscuya en su vida, ni siquiera su amante, quince años mayor, y que le atrae por su inquebrantable tranquilidad dopada. Ella, Cecilia, mexicana, estudiante de tesis en París, economía precaria, víctima de múltiples complejos y carencias, encerrada así misma en un miserable apartamento, situado -ese es su atractivo- al lado del cementerio Père-Lachaise. Cecilia vive agobiada por el sinsentido de su propia vida, atada a la enfermedad de su novio y  en algún momento de la narración termina vegetando como un paria, sumergida en la soledad de un despojamiento absoluto que nos hace recordar al austeriano Marc Stanley Fog de El Palacio de la Luna, que vivía como un animal en una cueva de Central Park.

Guadalupe Nettel dota de voz a ambos protagonistas para que nos cuenten sus vidas y sus interacciones con otros personajes, sin duda secundarios, pero excelentemente moldeados: Ruth, Tom, Susana, Haydée…A borbotones, a veces difíciles de digerir, vamos conociendo sus neuróticas extravagancias, sus insatisfacciones, la pasión por los espacios y ciudades en los que viven, sus amores, plenos o insatisfechos, con despojos de deseos, sus prácticas sexuales, violentas las de él para liberarse de la cobardía del desamor, o una página en blanco las de ella, una neófita  del sexo. Y sobre todo, sus experiencias de extrema soledad, de dolor, de pérdida, de luto, el recuerdo de aquella primera novia que eligió el suicidio.

Guadalupe Netel, foto Daniel Mordzinsky

En sus vidas hay de todo. Infancias difíciles, estigmas de abandono materno, huellas de un episodio homosexual en la Cuba castrista;  el París huraño, que no es luz, sino lluvia helada, frío invierno, apatía de sus moradores; telarañas emotivas que disfrazan el desamor a la vez que atrapan a un personaje que actúa como un robot.

Hasta que la novelista hace que sus destinos se entrecrucen, de forma puramente aleatoria y que surja la pasión, acompañada por la fascinación por los cementerios. Y la huida a tiempo de una historia destructiva. Y, a partir de de ahí, el miedo a haber perdido la cordura y la vinculación salvadora con los demás, desde la experiencia del dolor.

Novela sobre el extrañamiento, sobre la muerte, o mejor dicho, sobre sus cercanías; sobre las fragilidades, la condición pusilánime y la tullidez emocional. Pero también sobre el amor, sobre el amor como trampa, con declaraciones líricas citando a César Vallejo, pero también sobre el amor verdadero (¿o enfermizo?), capaz de darlo todo, de querer acompañar al ser amado en su dramático camino hacia la muerte y morir con él. En cualquier caso, experiencias amorosas ajenas a cualquier cursilería.

Novela así mismo sobre miserias y mezquindades. Sobre la desazón de los grandes espacios urbanos como París, una ciudad propicia a los suicidios, donde siempre es invierno -una buena metáfora de esta pieza narrativa-, un invierno desabrido, capaz de encapsular a las personas, porque también ellas, desde su soledad y desde sus neuróticas fijaciones, han embotellado a París, convirtiendo a la gran urbe en una miniatura gris, imposible de disfrutar (página 143).

Después del invierno no es una novela siniestra, pero muchas de sus páginas nos producen escalofríos, nos estremecen y al mismo tiempo nos estimulan, porque al final se apuesta por la vida y las personas recuperan el respeto por si mismas. Escritura desnuda, sin efectivismos, sobriedad narrativa que acrecienta el efecto sobrecogedor de una trama que hace aflorar lo que somos y lo que tenemos, capaz de hacer germinar, pese a sus pinceladas de humor, una solidariedad incondicional con al congoja insondable que entraña la condición humana.

Una edición que sortea el criterio de traducibilidad al español de España, respetando los localismos latinoamericanos, es un plus que enriquece, en mi opinión, un libro escrito con gran vitalidad narrativa.

(Guadalupe Nettel, Después del invierno,)

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