Sergio López Molina LP 5

López Molina, Sergio

Sergio López Molina, nacido en Leganés, Madrid, el 12 de mayo de 1987.

Licenciado y doctorando en Filología Clásica, ha realizado publicaciones de carácter investigador y divulgativo en revistas y libros colectivos. Destaca la colaboración en dos libros de próxima publicación: Dioniso. Textos e imágenes de Dioniso y lo dionisíaco en la Grecia clásica, (tit. provisional, ed. Liceus, 2016) e Introducción a la religión griega (en prensa). En el campo de la pervivencia, en 2014 ha publicado un artículo donde analiza la coincidencia de motivos humorísticos en la comedia griega y en el cine de Chaplin, aunando así dos de sus pasiones (Anejo II, Estudios Clásicos). En el I Certamen de relato histórico Heródoto de Halicarnaso, abierto a escritores amateurs de habla hispana en todo el globo y organizado por la web Portal Clásico, ha obtenido el segundo puesto con el relato Entreacto: http://portalclasico.com/entreacto.

 

ENTREACTO

I

Era una de esas raras ocasiones en las que Jenócrates se felicitaba a sí mismo. Y es que no podía haber elegido un lugar más agradable para pasar su mañana libre. Había caminado durante un buen rato a los pies de las murallas de Atenas, recordando, como siempre hacía cada vez que pasaba por allí, la trampa mortal que habían resultado éstas en su niñez, cuando finalmente se impuso Esparta en aquella interminable guerra. Estaba acordándose del perpetuo aire sombrío de su padre, casi sin fuerzas esos últimos años después de haber enterrado a su mujer y tres hijos por culpa de la peste y tanta dichosa batalla naval, y por la carga que suponía llevar prácticamente solo el negocio familiar, cuando vio dos árboles bien frondosos cerca de un riachuelo. Su primer impulso fue sentarse a la sombra del plátano, por el puro esnobismo de emular a aquel sabio casi mítico que se había dado muerte con cicuta, pero lo desechó cuando vio la pelusilla blanca que soltaba el árbol y que tanto picor le provocaba en la nariz. “Pues sí que se ha adelantado este año la primavera”, murmuró para sí de buen humor mientras se acomodaba reposando la espalda en el tronco del otro árbol, una estupenda higuera cuyas anchas hojas le ocultaban del sol de mediodía.

El hombrecillo empezó su ritual de relajación: se descalzó, cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire, deleitándose en la mezcla de olores: tomillo silvestre, romero, salitre del no muy lejano puerto… Se dejó llevar por el sonido del agua que corría entre guijarros y el de las aves que cantaban despreocupadas unas ramas más arriba. Sí señor, ya sentía ese hormigueo tan agradable en sus miembros y pronto echaría mano a su morral para dar cuenta de las almendras y el vino fresquito que se había traído de su propia tienda. “Vamos allá”, se dijo, y empezó a desatar la bolsita de cuero que contenía sus frutos favoritos.

—¡Bruuuuuap…! —un sonoro y repugnante eructo rompió el idílico momento y dejó a Jenócrates paralizado, con el nudo medio deshecho entre sus dientes.

—Por Hermes, que no sea Diomedes, que no sea Diomedes… —deseó por su bien el buen Jenócrates.

—¿Qué hay Tirillas?, ¿cómo tú por aquí? —. Había aparecido por la izquierda, de detrás de unos peñascos, un tiarrón alto y forzudo como un Atlas, aunque no con las distinguidas facciones con las que los artistas de la época solía representar al Titán, sino que era un greñudo cejijunto con cara de bestia y visos de tener pocas luces. En efecto, era Diomedes, a quien Jenócrates conocía de sus años de escuela. No es que hubieran coincidido demasiado, pues el grandullón faltaba a clase cuando le venía en gana y no había ningún pedagogo que se atreviera a encararse con él, pero sí lo suficiente como para haberle amargado esa época. Por suerte aquello terminó y cada uno se fue por su lado en el camino de la vida. Jenócrates heredó el comercio de su padre, esperando que el final de la guerra trajera por fin beneficios, pero los extraños períodos políticos que se continuaron siguieron haciendo difícil proveer el local, y Diomedes, como suele ocurrir en estos casos, aprovechó su ventajosa condición física para trabajar en las fuerzas de seguridad de la polis.

“Estupendo, ahora el bestiajo este vendrá a gorronear como siempre y me contará alguna anécdota estúpida de su fantástico trabajo”, profetizó en su mente Jenócrates, pero lejos de manifestar su desagrado forzó una sonrisa y dijo:

—Mi buen Diomedes, qué bueno verte. Pues aquí me tienes, descansando de mis obligaciones por un día. Cosa rara, no sé si me entiendes…

—Perfectamente: es una de esas ocasiones en que dejas tu tienducha de verdulero, no sin antes agarrar algo rico de manduca para devorarlo solo y aburrido. Pero mira, yo que te he seguido para velar por tu seguridad y la de tu bolsa haré el sacrificio de compartir este rato contigo. Trae el saquito… ¿Qué son?, ¿aceitunas?

—Almendras. Son justo las pocas que me han quedado del pasado otoño.

—Y están cojonudas, amigo mío. Me están poniendo de buen humor, tanto como para amenizarte con alguna de mis interesantes vivencias. ¿Te he hablado ya de la denuncia que nos llegó sobre la prostituta del Pireo? Te cagas de risa, los marineros acudían a ella pensando que iban a ser ellos los que iban a meter, pero resultaba que…

—Sí, Diomedes, sí —interrumpió Jenócrates con impaciencia—, esa historia me la cuentas cada vez que me sorprendes en una excursión. Mejor explícame, si es que estás enterado, qué pasó el otro día en el teatro, durante las Grandes Dionisias, cuando un loco interrumpió la comedia que presentaba Aristofonte.

—Bueno, es más divertida y corta la otra, pero si me das algo para bajar estos almendrucos podré extenderme lo que quieras. A ver, destapemos esta ampolla.

—Despacio, que es vino de Naxos y ya sabes que no es cosa barata…

—Tranquilo, hombre, que no caerá gota fuera de mi boca. Veamos, lo del viejo chiflado… Sí, claro que estoy enterado, en esta ciudad no se mueve nada sin que yo me entere, ya lo sabes. (Qué rico el vino este, oye). La verdad es que nos llevó varios días aclarar el asunto. Recordarás, pues estabas entre el público, que un abuelete bastante feo saltó del graderío al proscenio y la emprendió a bastonazos con los actores, el coro y todo lo que estuvo a su alcance. ¡Y menudo palo llevaba! Un hermoso ejemplar de rama de olivo lleno de nudos…

—Vaya, justo como el que traías contigo ahora y has dejado ahí apoyado —observó socarronamente Jenócrates mientras señalaba un bastón con dichas características. Diomedes, que no solía o no quería captar este tipo de comentarios, aprovechó la pausa para echarse otro trago al coleto, se limpió la boca con el dorso de la mano y continuó:

II

—Rápidamente llamamos a la guardia escita y los arqueros redujeron al viejo sin problemas. Una vez en los calabozos y tras apretarle un poco las tuercas, descubrimos que se llamaba Escatónides y que era uno de esos mendicantes, los asquerosos que vienen a nuestras respetables ciudades predicando un Más Allá lleno de lujos y placeres para quienes se inician en su religión. Este en concreto decía ser un orfeotelesta, un iniciador en los misterios de aquel poeta tracio que descendió y salió del Hades como el que va al ágora de compras, ya ves tú.

»Le tuvimos tres días en una celda para él solo, pues el tío harapiento apestaba tanto que ningún otro recluso era capaz de compartir el cubículo con él sin echar la papilla. La tercera mañana enviamos a un esclavo a que buscara a la parte afectada, quiero decir, al comediógrafo y al corego, para ver si podíamos resolver de una vez el asunto y deshacernos del sujeto. Enseguida volvió con Aristofonte, que, como ya has dicho, era el escritor, y Androcles, el que ponía la pasta.

»Yo mismo fui a buscar al Mendicante a su celda. Tendrías que haberlo visto, ¡eso sí que era una comedia! Iba lleno de andrajos, incluso tenía apolillado un gorrito frigio que llevaba sobre su cabeza totalmente despeinada. Su barba grisácea se confundía con la maraña que era su cabellera y me apuesto esta anforita vacía que tengo en la mano a que piojos y pulgas correteaban libremente desde su barbilla a su coronilla. De cuatro dientes con los que llegó, ya sólo le quedaba uno gracias a nuestros suaves interrogatorios. Pero lo mejor era que al no disponer de su bastón, que habíamos requisado, se podía apreciar mucho mejor que el tío era patizambo y caminaba como un pato.

»Entramos en una salita que tenemos para aclarar este tipo de litigios menores que no requieren un juicio oficial. Allí nos esperaban, sentados al extremo de la mesa y echando chispas, Aristofonte y Androcles, además de unos cuantos compañeros que nos quedamos para que la cosa no se descontrolase. Perdido entre las sombras del fondo de la sala, aunque ayudado por la débil luz de un candil, estaba Arsames, un esclavo persa dispuesto para ir registrando sobre el papiro el cruce de acusaciones que estaba a punto de empezar. Aristofonte se levantó con los ojos desorbitados nada más ver al apestoso y echando espumarajos por la boca le espetó:

—¡Viejo cabrón! ¡Por tu culpa mi obra no se ha llevado el primer premio! Mi mejor comedia ni más ni menos… Y va y deja a mis actores inconscientes. ¡Cerdo, te vas a enterar!

—Yo no me muevo de aquí hasta que el guarro este me devuelva mi dinero —dijo más tranquila y pausadamente el corego, pero con un tono que helaba la sangre—. Y si, como parece, no puede pagar la deuda, me lo llevo como esclavo a mis tierras para que se pase los pocos años que le queden cargando sacos de trigo.

—¡Callad estúpidos! Yo actué en nombre de Dioniso para poner fin a semejante despropósito —empezó a defenderse el Mendicante, soltando las mismas incoherencias con que nos había estado martirizando esos tres días.

—¡En nombre de Dioniso, dice! Si precisamente has echado a perder su fiesta… ¡Yo lo mato! —Aristofonte seguía mostrando su indignación entre berridos. El anciano continuó:

—Tú, tú eres el que más tiene que callar, comediante. ¡Qué impiedad la tuya, revelar así, ante cientos de personas, los preceptos secretos de nuestros misterios!

—A mí no te me dirijas con esos humos, chivo chiflado. Además, no sé de qué me hablas, ya nos han dicho que dices ser un órfico y mi obra se estaba burlando de los pitagóricos. Si ya lo dijimos el día de la representación, estúpido: “Aristofonte presenta su obra El Pitagorista”. ¿No será que mientes más que hablas y te hemos sorprendido en un renuncio?

—Siempre has sido el mismo. Desvías la atención hacia otro lado para ocultar tus verdaderas intenciones y así salirte con la tuya. Pero por Protógono que esta vez no será así.

—No, si ahora resulta que nos conocemos —dijo entre risotadas el comediógrafo—. ¿Qué pasa, abuelo, hemos tenido sueños húmedos últimamente con la gente del espectáculo? ¿O es que la vista ya no es la que era y te crees que esa mancha borrosa que te encuentras en cada ciudad somos siempre la misma persona?

—Muy ingenioso, no me extraña que hayas acabado escribiendo las groseras mascaradas con las que se divierten aquí —dicho lo cual, el muerto de hambre se dirigió a los que formábamos la concurrencia—. Señores, creedme si os digo que el ínclito Aristofonte no ha nacido en Atenas ni es hijo de ciudadano ateniense. Bueno, nunca se sabe, después de todo su madre era una prostituta de origen semítico que trabajaba en Éfeso, ciudad natal de este estafador. Qué más da, en cualquier caso no sería un hijo reconocido…

—¡Cuidado viejo! —estalló el aludido—. Tus desvaríos tienen un límite. Sigue propasándote y haré todo lo posible para que te condenen a muerte por afrentas personales sumadas al desorden público.

»Todos los allí presentes pensamos que tenía todo el derecho del mundo de hacerlo. Después de todo el Mendicante no era más que un recién llegado con claros síntomas de locura y ya sabes que Aristofonte pertenece a una familia adinerada de nuestra ciudad.

—Si se me permite continuar, nobles señores, podré terminar de explicar mis motivaciones antes de la hora de comer y entonces decidirán ustedes qué hacer. Pero si este joven sigue interrumpiendo… —dijo a su vez Escatónides. Yo, ante la poco apetecible perspectiva de saltarme una comida, decidí sentar de nuevo a Aristofonte empujándolo hacia abajo en los hombros con fuerza. El gesto bastó para que el cómico comprendiera mis motivaciones y dejara hablar al otro—. Pues bien, cuando lo solemne de mi oficio me llevó a la ciudad de Éfeso, hará ya doce años, para proclamar las verdades del vate Orfeo y salvar así a las pobres almas de su interminable círculo de reencarnaciones…

—Al grano, Mendicante —le insté yo—. En ningún momento te hemos dado permiso para que nos intentes vender tu religión.

—Está bien, está bien. Decía que me encontraba en los barrios más pobres de Éfeso intentando que los más desfavorecidos abrazaran nuestro estilo de vida para que al menos disfrutaran en el Hades de los lujos que aquí les han sido negados, cuando encontré a este farsante —y señaló a Aristofonte— tirado en una esquina semiinconsciente. ¡Que Perséfone, madre del muy resonante y multiforme Eubuleo, maldiga el día en que yo me apiadé de él! Pero, ¿qué podía hacer yo? Era un pobre crío de unos quince años, agonizante entre moratones y pegotes sanguinolentos. Fui en busca de un compañero de mi comunidad que se encontraba predicando en las cercanías y entre los dos lo arrastramos hasta un bosquecillo fuera de la ciudad donde estábamos acampados. Tras unos pocos días de cuidados, se vio con fuerzas para revelarnos su triste historia: cómo su madre emigró de Magdala, una región bajo dominación persa, buscando una vida mejor entre los civilizados helenos para acabar como prostituta, cómo se había buscado la vida, prácticamente desde que tuvo uso de razón, formando parte de un grupo de pilluelos que se dedicaba a robos menores y timos sin importancia…

—¡Qué imaginación! —intervino Androcles—. A este le financio yo un coro el año que viene para que me escriba una tragedia. Con tanta desgracia junta, seguro que nos llevamos el primer premio.

—¡Una prostituta del culo del mundo! ¿Una magdalena decías? ¿Se habrá oído alguna vez semejante excentricidad? —secundó Aristofonte animado por la ocurrencia de su compañero. El viejo hizo caso omiso y continuó su historia:

—Para terminar nos contó que, poco antes de conocernos, había seducido a un poeta con el que convivió un tiempo para que le enseñara a leer, escribir y otros rudimentos básicos, pero que el hombre era un celoso enfermizo y le sometía a frecuentes palizas. Por lo visto, yo lo había encontrado después de haber recibido uno de esos correctivos —hizo una pausa para coger aire y soltarlo lentamente en un sentido suspiro—. La verdad, a día de hoy no sé qué creerme y qué no de aquellas palabras. Ya poco importa. Cometimos el error de aceptarlo y vivió tres años entre nosotros como un recién iniciado o, como nosotros decimos, un portador del tirso. Le fuimos educando, se sometió a los preceptos secretos de la vida órfica… —en este punto tenía fija la vista en el frente sin vernos, con la mirada iluminada mientras recordaba aquella época—. ¡Y qué desparpajo tenía! Jamás se vieron mejores aptitudes para predicar nuestra religión. Este hombre es capaz de venderle arena a un egipcio y, gracias a él, nuestra comunidad creció sensiblemente. Fue, en definitiva, nuestro mejor momento. Yo estaba convencido de que ya estaba preparado para pasar al último y más perfecto grado de iniciación, el de baco, por el que se habría liberado de la culpa primigenia que impide a nuestras almas alcanzar su condición divina, fijaos qué honor. Así que empecé a preparar los detalles necesarios para el rito correspondiente, pero una mañana descubrimos que había huido con la bolsa donde guardábamos los ahorros comunitarios, que habían aumentado en proporción a la nueva cantidad de iniciados.

—Apunta esclavo: “falsa acusación de robo”. Me lo escribes en un documento aparte, junto al resto de delitos cometidos por el piojoso, para ir gestionando su condena a muerte —interrumpió con altivez Aristofonte.

—Por desgracia mis compañeros consideraron que me correspondía a mí dar caza a este parásito por haberlo introducido entre los nuestros. ¿Tenéis idea de lo difícil que es encontrar a alguien en estos tiempos? Nueve años he estado detrás de su pista, en medio de vuestras refriegas sin sentido. Le seguí hasta Halicarnaso, luego a la isla de Cos, Naxos, Delos… En un sitio había vivido bajo un nombre fenicio como comerciante, en otro fue un proxeneta tebano que atendía a la más selecta clientela… ¿Cuántos papeles no habrá interpretado el muy embaucador? Por eso poco me extrañó encontrarlo en esta ciudad dedicándose a inventar personajes para vuestro entretenimiento.

—Eso no explica por qué echaste a perder nuestra obra, anciano —le dijo Androcles—. Bien podrías haber esperado a otro momento más oportuno para hacer frente a mi comediógrafo.

—Precisamente había acudido como espectador al teatro para abordarlo a la salida. Pero lo que allí vi me hizo estallar de ira: los actores describían, con todo lujo de detalles, lo que los profanos tienen prohibido conocer sobre nuestra religión. Así que decidí intervenir.

»Durante un breve instante se hizo el silencio, sólo interrumpido por el leve sonido que producía el cálamo del esclavo persa al rascar sobre el papiro. Todos esperábamos a lo que tuvieran que decir el anciano o el cómico, pero el primero no parecía tener nada que añadir y el otro se mantenía callado con el ceño fruncido, como meditando las palabras que debía utilizar en su réplica. Por fin habló:

—Desde luego no hay plaga mayor sobre la tierra que vosotros los mendicantes. Por eso nos corresponde a nosotros, los poetas cómicos, poner en escena todos vuestros vicios y supercherías, ya seáis pitagóricos, órficos o adoradores de la Gran Madre. Nuestra obligación y mayor afán es educar a los nobles ciudadanos atenienses, advertirlos de los peligros que los acechan… Vosotros os dedicáis a ir de una ciudad a otra, tergiversando para vuestro provecho las historias que nuestros ancestros nos legaron sobre los dioses, sobre el porqué de todo cuanto hacemos y nos rodea. ¿Y yo soy el inventor de historias? Pues enteraos de una vez: ni vosotros ni nadie conseguirá jamás imponer una religión basada en un estúpido complejo de culpa —había algo de solemne en su discurso, se le veía tan imbuido en su actitud teatral que por poco no arrancó los aplausos de los allí reunidos.

—Pues bien que se te daba a ti venderla en su día, amigo Aristofonte —le echó en cara Escatónides—. ¿Y por qué hablas de tus ancestros? Es imposible que sepas quiénes son, siendo el hijo de puta que eres.

»Ahora que rememoro la historia, dudo mucho que el viejo dijera aquello por caer en el insulto fácil. Algún resorte debió saltar en el interior de Aristofonte cuando perdió toda la compostura de la que había hecho gala unos instantes antes.

—¡Maldito cerdo! —estalló con la cara desencajada como cuando vio entrar en la sala al Mendicante. Rápido como el rayo de Zeus, se abalanzó sobre él, lo agarró del cuello y empezó a estrangularlo—. ¡Cabronazo! ¡Nadie se burla de mi familia y vive para contarlo!

»Cuando inmovilizamos al comediógrafo y lo devolvimos a su asiento sujetándolo firmemente para que no pudiera repetir la gracia, el viejo, que parecía no haber comprendido el peligro al que se exponía, continuó con las provocaciones entre resuellos:

—Vaya… No está mal para alguien tan afeminado como tú, comediante. ¿A cuántos más vendiste tu culo después de a aquel poeta? ¿A dos, quizá? ¿A seis? Desde luego, eres digno hijo de tu madre…

—¡Mierda seca! —empezó a berrear de nuevo Aristofonte, pero esta vez lo sujetábamos mientras se agitaba en su asiento—. ¡Vosotros, que estáis siempre celebrando ritos nocturnos, sí que sois todos una panda de sodomitas!

III

—¿Sotomitas? ¿Y eso qué es? —preguntó con extrañeza Jenócrates.

—Sodomitas —corrigió Diomedes—. Sí, a nosotros también nos extrañó. Le preguntamos qué quería decir, pero él no soltaba prenda. Inesperadamente Arsames el esclavo pidió permiso para hablar, diciendo que humildemente creía poder aclarárnoslo. Nos explicó que su padre, antes de ser apresado por la flota ateniense cuando la lucha contra los persas, había participado en campañas de pacificación en Samaria, una región sometida por su pueblo muy dada a los conflictos internos por temas religiosos. De los varios años que allí pasó, adquirió muchas costumbres del lugar, como la de mentar, cada vez que se le presentaba la ocasión, al mítico pueblo de los sodomitas.

—¿Y quiénes eran? —inquirió de nuevo el mercader.

—Pues, en resumen, eran como los atlantes de los que nos hablaron en la escuela, sólo que su dios decidió aniquilarlos no por incurrir en hybris, sino por ser demasiado dados al enculamiento.

—¡Qué bobada! Con lo aficionados que son nuestros dioses a esas prácticas —señaló Jenócrates. A raíz de su comentario sospechó que el padre del esclavo persa usaba ese apelativo para referirse a los mismísimos atenienses, pero prefirió no dar pábulo a esa idea y volver a la historia principal—. Entonces, ¿el Mendicante decía la verdad? ¿Aristofonte era de origen semítico?

—Sí señor, y el viejo zorro había conseguido que se descubriera a sí mismo. Cuando nos dimos cuenta de ello, lo llevé a la salita que tenemos aparte para interrogatorios o, como a mí me gusta llamarla, el Repasadero. Efectivamente, después de un buen repaso salió a relucir la verdad. Resultó llamarse Nehemías y en su huida desde el otro lado del mar había conocido al verdadero Aristofonte en Delos. De alguna manera le robó unos documentos, y con ellos su identidad, y vino a parar a Atenas. Nadie en la ciudad se dio cuenta del engaño pues, como recordarás, el verdadero Aristofonte y su familia habían acudido a la isla por negocios cuando él todavía era muy niño. ¿Quién iba a notar nada raro? Hablaba un perfecto ático, traía todo en regla y se hizo cargo de las propiedades familiares con toda normalidad. Al poco tiempo se dedicó a escribir comedias, a las que se había aficionado desde su llegada y para las que tiene un obvio talento natural.

—Ya veo. ¿Y qué fue del verdadero Aristofonte?

—Aún lo estamos investigando. Pero yo sospecho que debe de estar durmiendo con Egeo. Fíjate que nadie ha reclamado ni denunciado nada —Diomedes adivinó cuál iba a ser la próxima pregunta, así que se adelantó a ella—. En cuanto al viejo orfeotelesta, decidimos perdonarle la falta que cometió en el teatro, en parte por compensar los días que pasó detenido. Le devolvimos sus pertenencias, que consistían en los tres dientes que se le habían caído, y lo soltamos. Nos dijo que volvía a Jonia en busca de los suyos, quienes debían de estar predicando su religión en alguna de ciudad, pero que se iba tranquilo sabiendo que dejaba al timador en buenas manos para que pagara por todos sus delitos. Y así será, desde luego.

—Hay que ver qué cosas pasan hoy día…

Jenócrates se quedó callado un momento, en el que tuvo que reconocerse que había disfrutado de lo lindo con el relato de su antiguo compañero de clase. Lo cierto era que la mala impresión que le había causado Diomedes en el pasado le había hecho formarse una idea completamente distinta a lo que vio ese día. El gigantón resultó ser alguien muy capacitado para desempeñar su trabajo, a pesar de sus métodos poco ortodoxos, pero sobre todo una persona con muchas historias que contar. Quién sabe cuál sería la suya propia… Jenócrates dudó unos instantes, pero al final se decidió y dijo:

—¿Sabes? Dentro de diez días me tomaré otro día de descanso. Vendré a esta misma higuera, a disfrutar de la sombra de la mañana, y supongo que traeré alguna otra cosa de mi tienda como tentempié… No sé, quizá te apetezca pasarte un rato y contarme lo de aquel espía macedonio que sorprendisteis en el Dikasterion.

—Cuenta con ello, Tirillas, cuenta con ello…

 

Nota aclaratoria

Entre los cómicos del período conocido como Comedia Media, eran frecuentes las burlas hacia los vendedores de nuevas religiones (o, como se les llamaba despectivamente, agyrteis o mendicantes), a los que solían retratar con una amalgama de rasgos que abarcaba varias corrientes religiosas. Ese fue el caso de Aristofonte, de quien se conservan breves fragmentos de una obra titulada El Pitagorista. Uno de esos fragmentos, a pesar del título, hace referencia a la idea que tenían los órficos sobre una parte del Más Allá reservada a sus iniciados.

Aunque conste la existencia de un comediógrafo llamado Aristofonte, nada se sabe de su vida, que se desarrolló entre dos épocas. Por eso, todo lo relativo a él en estas páginas es puramente ficticio y se ha hecho con el mayor respeto y cariño hacia el género literario que cultivó. El resto de personajes son totalmente inventados. He procurado que los nombres fueran los que podríamos encontrar en la época, excepto, claro está, el de Escatónides, al que le podemos conceder la etimología que se prefiera. Los dioses que invoca este personaje a lo largo de la obra son los que podemos encontrar en el panteón órfico, unos particulares de esa religión y otros comunes a la canónica. De hecho, el juramento por Perséfone está tomado de un verso de los Himnos órficos, aunque en realidad su composición es posterior.

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