Ma. Eugenia García Ramírez LP 5

García Ramírez, Ma. Eugenia

Me llamo Ma. Eugenia García Ramírez y trataré aquí de compartir con mis lectores algunas de las experiencias de mi vida. Pero me limitaré solamente a unas cuantas. Lo primero que me gustaría mencionar es que nací en La Colorada, Zacatecas. En cuanto al tema de la educación, además de la primaria y secundaria, estudié en instituciones universitarias. Fui, por algún tiempo, profesora de educación primaria y, seguidamente, de educación media en el campo de la psicología. Continué más tarde con mis estudios superiores y, por fin, obtuve el título de ingeniera-mecánica. Ahora mismo estoy empleada por una empresa que se ocupa en el desarrollo de parques industriales. Vivo en Monterrey, Nuevo León. Por otra parte –y además- me encanta leer mucha literatura, asistir a conferencias, a conciertos de música y a museos y, por qué no, bailar, cantar y escribir. Y, como prueba de esto último, aquí les regalo otro cuento que “La Palabra: revista de literatura y cultura hispanense” tiene a bien publicármelo. –

 

LA FIESTA

Miró a su alrededor con gozo. Encontró con satisfacción que el lugar estaba listo para recibir a los invitados a la fiesta, que ese día, se ofrecería con motivo de su cumpleaños.

Todo hacía juego con la imagen de ella y su atuendo, que hace unos instantes le había reflejado el espejo.

Aspiró el aroma a limpio. Las flores de las macetas de su abuela perfumaban el ambiente. El patio estaba listo. Por un lado, se podía ver la tarima donde estarían los músicos, esos amigos que se ofrecieron a amenizar el evento.

Las sillas estaban ya colocadas en derredor del patio, parecían formar un cerco de donde estaba segura, el hombre que amaba no podría irse esta vez sin que hubiesen bailado una bella melodía como tantas veces lo había soñado…

Las papeletas de colores, colgaban en hilos que cruzaban por todos lados el espacio abierto del patio. Por el entramado de esos hilos multicolores, si la luz artificial lo permitía, se podría asomar una que otra estrella hasta llegar a sus pupilas haciendo que el momento se tornase inolvidable.

Sintió una ligera punzada en los pies, volteó al piso y observó complacida sus zapatos nuevos. Había logrado adquirirlos, después de semanas de admirarlos, a través de la vitrina de cristal de la zapatería.

Se había hecho hábito pararse ante ellos cada tarde y hacer, mentalmente, las cuentas de lo que llevaba ahorrado, comparándolo con el costo que ostentaban y que se antojaba inalcanzable. Ellos lucían en ese sitio esplendorosos; y parecían haber sido fabricados, como a pedido, para combinar con el vestido nuevo que usaría en la fiesta.

Su constancia y persistencia lo lograron. Tan sólo un día antes de la fiesta, llegó a la zapatería con el entusiasmo de quien alcanza un triunfo equiparable a una medalla en cualquier competencia, y con la seguridad de tener en su bolso la cantidad requerida para obtener los zapatos que tanto le gustaban.

-Buenas tardes. ¿Me pude mostrar los zapatos azules que están exhibiendo en la vitrina derecha?

-Con gusto, señorita.

Intentó que entraran…una vez…otra…se dijo: debo tener el pie hinchado por la jornada de trabajo.

Al fin logró acomodar su pie en él. Dio unos pasos, le lastimaban un poco.

-¿Podría darme un número mayor?

-Lo sentimos, ese par es único.

La respuesta le cayó como agua helada sobre la espalda.

Lo pensó unos segundos y decidió correr el riesgo.

Interrumpieron sus recuerdos los invitados que llegaban cariñosos a felicitarla. En ese momento las notas musicales acompañadas de festivas voces sonaban armoniosas.

Las risas que enmarcan los momentos felices se escuchaban por doquier, algunas parejas ya bailaban. Él no aparecía. Los demás, ajenos a sus ansias, cenaron. Ella no pudo hacerlo, su vista iba de cuando en cuando a la entrada; las manecillas del reloj seguían su curso inexorables.

El dolor en sus pies iba en aumento y lo ocultaba a duras penas. De pronto, sus ojos se pusieron brillantes ya que la figura anhelada se dibujaba en el umbral de la entrada.

Como lo deseaba, caminó hacia ella y musitando una disculpa la invitó a bailar para compensarla por la espera.

Intentó caminar. Un dolor intenso se lo impidió. Sus pies palpitaban torturándola intensamente. Al grado, que ni aún sin zapatos, podría bailar. Y con gran pena en el corazón, se dio cuenta que perdería la oportunidad de sentirse rodeada por los brazos de él, en la complicidad del baile y la música.

¡Y todo por un número!

 

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