Mariana García Luna LP 5

García Luna, Mariana (Ciudad de México, 1974)

Es escritora y correctora de estilo. Cofundadora del grupo Escritores Independientes Capítulo Monterrey (EICAM). Autora de los libros: Frutario. Cuentos de frutas, amor y desamor, Cuentos del más allá, para vivir en el más acá y La hora del té. Cuentos líquidos. Su columna Las cosas que nos inspiran se publica actualmente en la revista BCM Woman. Imparte clases de escritura creativa en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO).

LA HORA DEL TÉ

(Extraído de La hora del té. Cuentos líquidos)

No cerró los ojos. Toda su vida los mantuvo bien abiertos, no lo haría ahora que estaba por llegarle el final. Quería ver hasta el último resquicio de luz, gozar una vez más la silueta de su mujer que, a pesar de los años, aún seguía conservando aquellas curvas que lo enloquecían; grabarse en las pupilas aquella sonrisa doble, repetida, redundante de sus gemelas, siempre cómplices hasta para sonreír. Y así, sin pronunciar palabra porque ya no podía, dijo adiós con la voz de su mirada. A las 4:30 de la tarde, a la hora del té, Cipriano murió. Dio un último sorbo a su té, agarró sus tenis y de camino al cielo los colgó en el cable de luz más alto que encontró, según las costumbres de su pueblo.

La hora del té no era una de aquellas costumbres, su mujer la impuso a la familia un año después de que Mr. Lloyds, aquel extravagante inglés que llegó a esconderse al pueblo de quién sabe que oscuro pasado, muriera. Fue él quien instruyó a Cipriano en el arte de tomar té.

Cipriano y Mr. Lloyds tenían la misma edad y la misma creencia de que al morir, si uno cerraba los ojos, no vería el camino al cielo (o al infierno, según el caso). Desde que se conocieron y se saludaron por medio de señas, ya que ninguno hablaba el idioma del otro, se hicieron grandes amigos. Con el tiempo, a fuerza de convivir y por algún proceso mágico-osmótico, Cipriano se levantó una mañana hablando en inglés; por la tarde, cuando fue a visitar a su amigo, Mr. Lloyds lo recibió hablando español.

De eso ya han pasado más de treinta años, y cuatro desde que Mr. Lloyds, Henry, como sólo Cipriano podía llamarlo, se le adelantó. Igual que él murió con los ojos abiertos, pero lo único que pudo ver antes de irse fue a su gato lamiéndose las patas: Mr. Lloyds había llegado solo al pueblo y de la misma manera se fue. Pero como no estaba seguro de adónde tenía que ir, si abajo o arriba, se quedó. Y todas las tardes esperaba sentado en su mecedora de la terraza a que Cipriano apareciera. Él así lo hizo, como si hubiese intuido la confusión de su amigo; todas las tardes, a la hora del té, llegaba puntual por su tan codiciada taza del brebaje inglés. Nunca le espantó el vaivén suave de la mecedora ni su crujido: treinta años habían sido suficientes como para acostumbrarse. Lo único que a veces lo incomodaba un poco era que debía tomarse las dos tazas de té, y la teína le aceleraba el pulso. Pero él, siempre comprensivo, entendía la situación de Mr. Lloyds, y nunca le hizo reclamo alguno.

Cipriano se presentó siempre a la hora, cada tarde, durante el primer año después de la muerte de Mr. Lloyds. Hasta que un día, en el lugar de la mecedora de su amigo, se encontró a una mujer alta y flaca como un farol y blanca como las tazas de porcelana en las que bebían el té. Dijo ser la señora Lloyds, Mrs. Lloyds. Cipriano se sorprendió mucho porque la creía muerta, por lo menos eso es lo que Henry le había contado. Ella, sin darle más explicaciones, empacó todas las cosas de la casa: los libros, la ropa, la vajilla con sus tazas de té, los cuadros de las cacerías de patos que tanto gustaban a Mr. Lloyds y a Cipriano le parecían horribles, su reloj de oro, su anillo de bodas (el que sólo se quitaba para dormir); en fin, se llevó todo, todo lo que pudiera recordárselo, hasta la mecedora. Un gran camión fue el encargado de transportar las pertenencias de su difunto amigo a nunca supo dónde, porque la flaca y alta como el farol no tuvo a bien informarle.

Cipriano regresó los días siguientes, pero Mr. Lloyds ya no estaba ahí. La señora Lloyds se había encargado de empacarlo también.

Cipriano se puso muy triste y le salieron unas ojeras de perro viejo; extrañaba tanto a su amigo… Fue cuando su esposa se dio cuenta de la desilusión de su marido y convocó a las gemelas con esposos e hijos. Les informó que a partir de ese día, a las 4:00 de la tarde sin excepción, se tomaría el té en esa casa, aunque fuera de canela y no inglés, pero se tomaría el té.

Al principio todos se sentían muy incómodos, ignoraban qué clase de temas debían platicarse a la hora del té, tampoco estaban seguros de si la taza había que tomarla con el dedo meñique al aire, o si ésta tenía que ser necesariamente de porcelana, porque ellos sólo tenían de cerámica. Cipriano tampoco se sentía muy cómodo, le resultaba vulgar tener que hablar en español; con Henry, a esa hora, siempre hablaba en inglés. Sin embargo, poco a poco empezaron a tomarle gusto a esa costumbre inglesa. La acompañaron con galletitas hechas por las nietas y de la música que las gemelas ejecutaban con gran maestría en el viejo piano. De pronto, y casi sin darse cuenta, todos se vieron envueltos en un ambiente de alegría que continuó hasta el momento mismo de la muerte de Cipriano.

La muerte lo agarró desprevenido: las gemelas cantaban Júrame con aquellas voces que parecían provenientes del cielo. Cuando Cipriano sintió que su cuerpo se estremecía, lo atribuyó al sentimiento tan profundo con el que sus hijas interpretaban su canción favorita y no a su viejo y romántico corazón. Se desvaneció en el sofá; con los ojos abiertos se despidió de quienes tanto lo amaban.

***

—Cipriano, Cipriano… Soy yo, ¿a poco ya no te acuerdas de mí? Pues ni que hubiera pasado tanto tiempo.

—¿Henry?… ¿Eres tú?… No puedo creerlo. Pero ¿qué haces aquí?…

—Esperándote, my friend, esperándote.

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