Susana Valenzuela LP 2

Valenzuela, Susana

Susana Valenzuela tiene 20 años y está en su tercer año en Arizona State Uniersity. Susana estudia dos carreras simultáneamente: Human Communication, Spanish Phonetics y un menor en francés. Es nativa de Nogales, Sonora, México. La familia se instaló más tarde en Nogales, Arizona y, después, se trasladó a Tempe, para asistir a la Universidad Estatal de Arizona. La carrera que ella quiere estudiar es la de representante de relaciones públicas. Dado que es multilingüe, Susana también quisiera aspirar en el futuro a una carrera de intérprete, ya que estudia farsi, árabe y, posiblemente más tarde, chino. Además de aprender idiomas, a Susana le gusta sobre todo pintar con acrílica, cantar y escribir. Tiene gran afinidad al estudio de las culturas y se encuentra bastante involucrada en la comunidad universitaria. Este cuento representa la primera publicación creativa de su carrera.

La mujer de rojo

Enrique nunca pudo mentir como como suelen hacer todos los demás. La acción de mentir nunca le vino naturalmente como se le pudiera ocurrir a cualquier ser humano. Y aunque todavía tenía sangre marcada en su camisola verde, Enrique nació par a decir la verdad. Si no hubiera sido por la maldita culpa de su madre, quien era bastante estricta, Enrique hubiera aprendido a mentir. Pero en ese momento no importaba la verdad, sino importaba el hecho de que la noche anterior, el color rojo seria el color más importante en la vida de Enrique.

Todo empezó en el verano del año 2002, en el restaurante italiano en un rincón de Los Ángeles. Enrique era joven y guapo y tenía todo el mundo a sus pies. Graduado de la Universidad del Sur de California, Enrique nunca fue una persona social. El hecho de haber estudiado para ser ingeniero, él quemaba los párpados en libros y números. Claro, tuvo varios encuentros románticos durante su carrera estudiantil, pero no había mujer que le interesara bastante para llevar a cabo una relación seria más allá del aspecto físico. El puro pensamiento de involucrarse emocionalmente con otro ser no le interesaba. Enrique no era un tipo especial, él era más bien lo que llamaríamos normal; se vestía bien, desempeñaba un trabajo adecuado en el banco de la Universidad y tenía amigos. Era amable, humilde y respetuoso, era el hijo perfecto para cualquier madre. La única falla de Enrique fue haber levantado la mirada esa mañana hacia afuera del restaurante. Enrique siempre fue amante del café italiano y ese restaurante tenía el mejor “expreso” del centro de Los Ángeles. Fue en ese momento, que Enrique levantó sus ojos y su mirada cayó sobre la espalda de una muchacha con un vestido rojo. Hay rojos que parecen sangre, pero este rojo lastimaba la mirada y aun así Enrique no podía evitar localizar un lunar en la espalda de la mujer. Era un lunar particular, raro y hasta feo, localizado en el medio de la espalda con la determinación de incomodar a gente ajena. Tenía forma de un cuchillo, o de un plátano afilado. Pero a Enrique no le importaba la forma del lunar, sino que el color de piel de la muchacha, café crema parecido a su café con leche. Como su café italiano.

Varias veces Enrique dudó de la existencia de la mujer en rojo. No se movía y su espalda hacia Enrique le indicaba que su cara probablemente no expresaba nada. El sol de ese día no estaba tan fuerte y el calor de los carros tampoco convertía la ciudad en un horno. Ni un poco de aire salvaría la prudencia de Enrique, con su mirada clavada intensamente en la espalda de la mujer. Todo pasó tan rápido que de un segundo al otro, la mujer giró a ver a Enrique, ajustó sus gafas de sol y disparó sus ojos hacia Enrique quien estaba sentado a siete mesas de ella. Enrique, avergonzado, se levantó rápidamente y lo hizo de una manera que causó unos segundos de pánico. Escapó. Giró hacia atrás y juró que vio la boca de la mujer suspendida en una sonrisa.

Pasaran varios días antes de que Enrique volviera al restaurante. Era viernes, y su cafetera se había quebrado. Pensó para sí mismo, “no veo ningún problema, una mujer no me debería tener tan nervioso. Sólo dio la vuelta para mirar. Nomás fue una mirada.” Pero él sabía que no había sido su mirada, sino la manera en la cual la mujer sonrió cuando Enrique brincó de su mesa. Y ese vestido, ese vestido rojo… La mujer parecía tratar de mantener su propio lugar cuando se sentó en la mesa más alejada, y entonces ¿por qué vestirse de un color tan apasionado? A Enrique le interesaba saber por qué esa mujer lo miró como lo miró. Cerró la puerta de su apartamento cerca del restaurante, y se fue por un cafecito. No transcurrió mucho tiempo después de que se sentó para ver por el rabito del ojo a alguien de rojo que pasaba a su izquierda. Era ella. Sólo que esta vez se sentó en la misma mesa, pero con su rostro frente a la dirección de Enrique. Y los siguientes segundos, fueron los más ansiosos y tensos en la vida de Enrique. La mujer lo estaba mirando, él sentía su mirada intensamente, quemando sus gafas de sol negruzcas, enfocada en la cara de Enrique. Se levantó de su mesa, Enrique dejó escapar de su boca seca un suspiro. La mujer empezó a caminar hacia él, su vestido rojo pegado a sus caderas, abrazando esa piel color cappuccino. Enrique pretendió tomarle su café, y en cuanto la mujer tocó la silla frente de Enrique, juró que se iba a morir de nervios. Se sentó. Sin decir nada, Enrique puso su copa de café en la mesa y casualmente se atrevió a abrir la boca, “¿Disculpe, señorita, le podría ayudar?”

Nada, nada salía de la boca de la mujer y en ese entonces la cara de Enrique se volvió roja, casi como el vestido de la mujer, pero no tan perfectamente rojo. La mujer levantó la mano hacia su rostro, lentamente se quitó sus gafas y las puso en la mesa. Enrique dejó de respirar. Pareció que todo el mundo alrededor de él y de la mujer se había paralizado. Enrique se quedó hipnotizado por los ojos de la mujer. Su cabello era negro, largo y oscuro, pero sus ojos eran gris. Un gris que a Enrique le recordaba del gris de una luna que dejó de conocer cuando se mudó a Los Ángeles, una luna gris que conoció en revistas de fotografía. Gris. Todo lo que importaba en ese momento era la mezcla que formaban el negro de su pelo, el gris de sus ojos y el rojo de su vestido. Las manos de Enrique sudaban, como si las hubiera sumergido en un rio de agua caliente. La mujer abrió sus labios, y lo que salió de ellos dejó a Enrique inmóvil.

“¿Sabes quién soy yo, Enrique? No te muevas, vas a hacer lo que yo te diga, no me conoces, pero confía en mí. Tomaré tu mano, y muy lentamente te levantarás.”

La mujer tomó la mano de Enrique, suave y caliente y todo lo que Enrique podía pensar había en la voz de la mujer. La comparó con una sinfonía clásica, esas que oyen los viejos en sus casas porque es un arte perdido. La voz de la mujer consistía de una gran delicadeza que se encuentra en pianos y violines, juntos para crear una obra de arte. Cuando le llegó su mente a la realidad, la mujer estaba casi corriendo con él, sus manos juntas y apretadas. Cuando la mujer paró, estaban afuera de un callejón que tenía solamente una puerta de un condominio. Enrique demandaba saber qué demonios estaba pasando. La mujer no le daba respuestas. Se sentía raro, mareado y desorientado. Fue hasta que la mujer lo jaló hacia la puerta, que quedó seguro que Enrique olió la sangre. “Señorita, está usted sangrando”. La mujer finalmente le soltó la mano, y fue entonces que Enrique se dio cuenta de la habitación en donde lo llevó la mujer. Era un apartamento muy oscuro. Enrique llegó a dudar si estaba soñando. Tal vez todavía estaba en su cama, obsesionado por la imagen de la mujer, estaba soñando que estaba con ella. Pero no, no era un sueño. El olor de la sangre era bastante fuerte, y la cara de la mujer se convirtió en algo como adolorida. Enrique, sentado en el comedor, le preguntó a la mujer, “Señorita, no sé qué es esto, o que está pasando, ¿Cómo se llama? ¿Necesita ayuda? ¿Por qué me trajo aquí? Por favor, dígame algo, estoy muy confundido”.

La mujer se volteó, con lágrimas en su rostro, se acercó a Enrique, se puso en rodillas y tomó las manos de Enrique. “Tienes que ayudarme, Enrique, ayúdame. ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Qué fue lo que hice para que pasara esto?” Enrique no sabía qué hacer, su voz era música para él, pero no comprendía lo que la mujer le pedía. Fue hasta que Enrique miró hacia abajo, que vio la sangre que salía de la espalda de la mujer. En donde estaba su lunar de forma de cuchillo, salía un chorrito de sangre. El lunar ya no estaba en el medio de la espalda de la mujer. En su lugar había una cortada de tal vez seis pulgadas a lo largo y seis de profundidad. La mujer cayó en los muslos de Enrique, quien estaba sentado examinando la espalda de la mujer. A Enrique no le importaba la cortada, o la ausencia del lunar, sino el vestido y la sangre. No sabía en donde empezaba ese hermoso vestido rojo o el río de sangre. La mujer no se movía, y cuando Enrique se levantó, el cuchillo se le cayó de sus manos pegando en el piso y el charco de sangre a lado de la mujer.

One Comment

  1. Reply
    Kívan Romero March 3, 2014

    Está muy bien escrito!

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