Anónimo LP 5

ESTABLECIMIENTO DEL PRESIDIO DE TUBAC – PARECERES

DOCUMENTO ORIGINAL

[AGI, Guadalajara 419, ff. 22-25, 85-89, 101-2, 102-3, 103, y 104-112]

Informe del muy reverendo padre prepósito provincial de la Compañía de Jesús.

Excelentísimo señor,

En obedecimiento del superior mandato de vuestra excelencia, expedido este mismo día, procuraré con el mayor esmero a que mi pequeñez al­canza, para no demorar las eficaces providencias de vuestra excelencia responder, aunque sin prolijidad a lo que vuestra excelencia se digna de ordenarme.

El señor gobernador ha acudido con toda prontitud a medida de los impulsos de su celo al inopinado frangente del alzamiento de los pimas altos. Ha dado muy acertadas disposiciones que sin duda producirán los deseados buenos efectos de atajar la rebelión y pacificar a los alzados sin permitir que el espíritu de la suble­vación ni penetre ni contamine a los indios de otras naciones. El valerse de medios suaves para apaciguar a los atumultuados es sin duda conforme a toda razón y a la piadosa intención de nuestros católicos monarcas. Lo cual practi­cando dicho señor gobernador, como en su consulta insinúa, justificará su proceder, pues aunque me recele que por este medio no se conseguirán todos los fines pretendidos. Pero acrisolarán y acreditarán por justos a los demás medios a que acaso podrá verse precisado.

Como quiera que en este punto no se debe procurar solamente el poner fin a los estragos causados por los alzados, sino débese también atender o conseguir pacificación sólida y no aparente o solapada, es preciso que vuestra excelencia se digne de dar la providencia que en los meses y años próximos vean aquellos in­dios el vigor de las armas católicas aprontadas y dispuestas en modo que no sólo se concilien el debido respeto, mas también corten las esperanzas a los alzados de poderse conservar en sublevación o de poder disfrazar su alevosía con las en­gañosas muestras de fingido rendimiento.

Y porque por tanto tiempo ni los milicianos de aquellos países pueden ser obligados a ausentarse de sus casas, ni los demás presidios reales de aquellos con­tornos pueden carecer de sus soldados, será por esto preciso, a mi corto parecer, expedir orden al dicho señor gobernador para que prontamente reclute el número de cincuenta soldados que debajo de cabo experimentado y alentado ponga el real y asiento de su tropa, en la misma Pimería Alta en donde fácilmente pueda acudir a los partidos y poblaciones más inmediatos que han sido el objeto del furor enemigo. Hállase en el medio de las misiones de San Ignacio y Tubutama un plan ca­paz y proveído de agua y pastos, que será lugar muy acomodado para que por el tiempo que fuere necesario se continúe en él la dicha escuadra, pues no solamente resguardará las citadas misiones, mas también la de Sáric en donde comenzó a descargarse la furia de los sublevados, y el pueblo de Oquitoa en donde cometieron otras maldades con la misión de Caborca. Pues de todos estos parajes dis­tará poco el real de esta escuadra y con facilidad podrá acudir a donde la necesidad lo pidiere y se hallará en aptitud de perseguir a las reliquias de los alzados hasta llegar a extinguirlas.

Con esto los presidios de Terrenate y Fronteras, podrán emplear sus esfuerzos en resistir a las entradas del bárbaro apache, sin ser dividido su cuidado en la pacificación de los pimas. Y el presidio de San Miguel Horcasitas estará en la buena y plena disposición de disfrutar los intentos de aquellos seris, que no ha­biendo escarmentado de los castigos pasados provocan nuevamente el vigor de las armas. Y viendo no solamente estos seris, mas también los pimas bajos y los yaquis, completado aquel presidio no se atreverán, aún cuando quisieran, a inten­tar la menor inquietud.

El mismo señor gobernador encargado por vuestra excelencia de reclutar y alistar la mencionada escuadra según su actividad, práctica y conocimiento en tales materias, en breve dará cumplimiento. Y entre los muchos que, al llegar esta orden de vuestra excelencia, habrán ya concurrido no sólo de la Sonora, mas tam­bién de la Sinaloa y Nueva Vizcaya, hallará bastantes que sean aptos e idóneos y aún deseosos de alistarse a la dicha escuadra. La sola dificultad que pudiera en al­guna manera retardar y demorar la ejecución de esta idea, pudiera ser la escasez de armas y municiones proporcionadas y la gran arduidad de poderse proveer de ellas en aquellas tierras tan remotas y por lo común poco abastecidas de seme­jantes provisiones. En esto la vigilancia y gran acierto de vuestra excelencia se servirá de dar las providencias y disposiciones que fueren más oportunas para proveer aquellos soldados con los medios que los hagan expeditos para servir con provecho y poder promover y felizmente concluir la pacificación deseada.

Tiene también éste mi corto dictamen los visos de otra utilidad nada despre­ciable, porque si como espero, se sosegaren en breve los alborotos e inquietudes que causaron tan justo sentimiento al pacífico gobernador de vuestra excelencia que habíamos gozado hasta el presente, tendrá en tal caso vuestra excelencia ade­lantada la mitad de la empresa que se disponía y trazaba para las conquistas ulte­riores de la numerosa gentilidad confinante con esta misma Pimería Alta, porque asegurada la quietud de estos indios y habiéndose vuelto de nuevo a entablar su asistencia y doctrina en los pueblos que afiance y pruebe su quietud, será fácil poder adelantar el asiento de esta misma escuadra a las tierras y naciones inte­riores, engrosándola a medida de lo que el tiempo y la necesidad dictare ser más conveniente, y aún los mismos cabos, como más cercanos podrán inquirir y venir en conocimiento de los parajes más oportunos, en donde a su tiempo pueda colo­carse. Tendrá vuestra excelencia con esto la gloria y el nuevo mérito de haber, aún entre las mayores adversidades, escogido un arbitrio que no solamente conserve a nuestro monarca los vasallos que ya se habían adquirido, mas también, abra la puerta y franquee el camino para nuevas conquistas, conforme al deseo de su ma­jestad católica insinuada en sus reales cédulas.

Yo no añadiré cosa acerca del dinero necesario para todo lo expresado, pues fuera necedad mía el presumir que a vuestra excelencia se oculte que sin este so­corro, nada se intentará, nada se obrará, nada se conseguirá, y me consta que vuestra excelencia tiene la acertada resolución de no perdonar en tan críticas co­yunturas a los gastos necesarios.

Por lo que toca al cabo de la escuadra que asista con ella y la dirija en la Pimería, el señor gobernador que conoce aquellos soldados y capitanes, sin duda desempeñará con su acertada elección la confianza que vuestra excelencia hiciere en dejarla a su arbitrio. Yo solamente sé que don Juan Tomás de Beldarraín ha dado pruebas de esforzado, animoso y pronto para todos los combates, es práctico de las tierras y se ha hecho respetar. Y creo que por tal los experimentarán los mismos pimas alzados y en su cargo que actualmente ejerce es más fácil poder substituir otro.

Digo por último, ya que en la consulta se insinúa, que el nuevo capitán don Juan Antonio Menocal merece, si no me engaño, que vuestra excelencia y el señor gobernador se dignen de perdonarle como nuevo y aún poco práctico las faltas que hubiere tenido en haberse adelantado ni debidamente comunicado sus opera­ciones, pues habiendo acudido con tanta prontitud al partido de Soamca, se puede justamente discurrir que su presencia por aquel lado a lo menos atajó el curso a la sublevación. Y cuando el señor gobernador se halle informado de los [méritos] ra­zones que asistieron al dicho capitán en la resolución que apresuró, creo que se mitigará su sentimiento.

En lo demás justamente expresado en su consulta, espero también, que dicho señor gobernador tendrá la bondad de reflejar que aunque los méritos pasados del capitán Luis, autor de la sublevación, hayan sido muchos y aunque se verificase como parece que quiere insinuarlo el dicho señor gobernador que el dicho Luis, a causa de algún maltrato, se haya movido a tan desesperada resolución. Que no ob­stante es innegable que ni de los padres misioneros ni de los demás vecinos, de quienes todos era estimado y honrado, no podrá alegar razón por la cual se justifi­quen los excesos, daños, ruinas, escándalos y malos ejemplos a que se ha precipi­tado, pues si algo de esto hubiera acaecido, sin duda hubiera llegado a los oídos del señor gobernador de quien bien sabía que como había sido honrado y pro­movido por su valor, así también hubiera, con más razón, sido defendido en sus agravios.

Yo más me persuado que las honras recibidas lo han engreído y lo han persua­dido que habiéndose distinguido en valor, tenía derecho para poder mandar y dominar sobre todos sus parientes. El señor gobernador tiene sobrada perspicacia en distinguir los méritos de cada uno, y por esto me hace alguna fuerza verlo tan empeñado en favor de Luis, que se puede confundir o dudar si mayores son sus prendas pasadas que sus presentes alevosías y maldades. Vuestra excelencia en este punto se servirá de disponer y ordenar lo que a su alta comprensión parezca ser más conveniente.

Y perdonándome la libertad de haberme extendido en este informe. Se dignará de darle el peso que merecieren las razones alegadas, mientras pido al Señor guarde la importante vida de vuestra excelencia en toda felicidad por dilatados años. Casa Profesa de México, 18 de enero de 1752.

Juan Antonio Baltasar

 

CARPIO SOBRE PRESIDIOS, 1752

Dictamen y parecer del don Joseph Díaz del Carpio, capitán del real presidio de Terrenate, y los vecinos de los valles de Santa Ana y San Luis:

En dicho pueblo de San Ignacio en 1o días del mes de abril de 1752 años, estando juntos y congregados mediante las citaciones que se hicieron, yo don Joseph Díaz del Carpio, capitán del real presidio de Terrenate; don Bernardo de Urrea, capitán miliciano y teniente de justicia mayor; don Joseph Ignacio de Salazar, alférez miliciano; don Antonio Olguín, alférez, y Pedro de Es­pinosa, sargento del dicho real presidio; don Francisco Javier Padilla, sargento miliciano; don Joseph Romero, alférez reformado; don Ignacio Romero, comisario de justicia, y demás vecinos (que irán firmados) de los valles de Santa Ana y San Luis en esta Pimería Alta, quienes mediante el tráfico continuo, ya en correrías por unas partes y ya casi en todo el recinto de ella, en los propios negocios y dili­gencias, los unos como vecinos, radicados de más de veinte años y los otros por sus ejercicios militares, le tienen trasegado su terreno, con lo que han adquirido conocimiento pleno y formal de todos ellos, y han inspeccionado, visto y recono­cido sus sitios proporcionados, útiles y convenientes.

Y habiéndoles pedido atención, yo, el expresado capitán, les hice notorio y leí en claras e inteligibles voces de verbo ad verbum el despacho expedido por el señor teniente coronel de los reales ejércitos, don Diego Ortiz Parrilla, gober­nador y capitán general de estas provincias, contenido en las tres primeras fojas de estas diligencias. De que oídos y bien inteligenciados de su tenor y puntos sub­stanciales a que se dirige, comenzaron a proponer y tratar sobre la materia lo que a consideración de cada uno le parecía ser conveniente y favorable. Y después de dos horas, poco más, de conferencia en dichos puntos, atendiendo y premeditando cada uno las objeciones y resultas que ocurrían sobre unos dictámenes, y el acierto y buena elección de otros, en cuanto se pueda apetecer para una constante y perpetua seguridad, sobre la materia conferida, se resolvieron unánimes y con­formes a dar de común sentir su dictamen, reduciéndolo a uno concordes todos.

Y asentando que la superior determinación del excelentísimo señor virrey de estos reinos de que se sitúe una escuadra de cincuenta hombres en dicha Pimería, dicen que de colocarse en el centro de ésta, la referida escuadra, resultaría sólo el reprimir y sujetar en lo futuro otra sublevación que acaeciera, como la que acaba de experimentarse en sus naturales, sin servir para otras prontas providencias las armas de dicha escuadra, por la dispersidad y lejanía que tienen los pueblos de esta nación pima, que unos caen al norte y otros al poniente. Ni podrán servir para el reparo y contención del enemigo apache, porque internándose éste como suele hacerlo) en esta Pimería y retirándose luego con los robos de caballada, que se llevan y extorsionando a los vecinos que encuentran descuidados, no les será muy fácil a dichas armas el seguirlos, y cuando lo sea, ya la fuga los habrá puesto en salvo sin que logren el castigo.

Por lo cual, venerando rendidamente la superior providencia del excelentí­simo señor virrey, y sin que en manera alguna se entienda ni presuma oposición a tan soberana determinación son de parecer y sentir el que sería de más importan­cia al real servicio y bien público, que la dicha escuadra se compusiera de sesenta hombres, para que dividida en dos trozos de a treinta cada uno, se colocarán los unos en el potrero del Tupo y los otros en el puesto de Tubac, cuyos parajes tienen bien reconocidos ser cómodos y muy a propósito para ocuparlos, así por los buenos y muchos estalajes y permanencia de agua en ellos, como de tierras para cultivo y más circunstancias que los hacen apetecibles. Y asentada en cada uno de ellos los treinta hombres, quedaría sin duda alguna toda la frontera acor­donada, en figura de un semi-círculo desde el presidio de Santa Rosa Corodéguachi hasta la Pimería Alta del poniente. De cuya inteligencia resultaría, no sólo tener sujeta, con el respeto de las armas, toda la nación que comprenden los pueblos del norte y el poniente, sino que también podrá impedirle el paso para la introducción que hace en ella el enemigo apache. Que hasta ahora lo frecuenta libre, a su voluntad, hostilizando aquellos terrenos, hasta internarse adelante de este pueblo pasando los términos de la pimería.

A más de que si se situase el todo de la compañía sola en un puesto, y habiendo de ser este el del potrero del Tupo, por ser el mejor que cae a la parte del poniente de dicha Pimería, quedarán estas armas muy distantes de la parte del norte, donde habitan muchos indios y los más esforzados belicosos y guerreros de esta nación. Con que colocándose (como llevan dicho) en los dos puestos del Tupo y Tubac las dos escuadras de a treinta hombres se asegurará con el respeto de las armas, la obe­diencia y sujeción de los indios, así del norte como del poniente, y en esta forma las dos escuadras están fácilmente prontas para en cualquier caso repentino, unirse con las armas de Terrenate o para acudir por sí, cada uno, sin dilación a aquella parte inmediata que necesitare socorro.

Y también estando guarnecido el puesto de Tubac (acaso de que los indios del norte se rebelasen) estorbaría ésta la unión que los dichos solicitarán con los del poniente, igualmente a éstos les impedirá lo mismo, atento a su proporcionada situación, pues la del referido puesto de Tubac a San Xavier del Bac, se cuenta veinticinco leguas y del propio Tubac a los sobaipuris veinte y a Terrenate vein­ticinco. Y estando estas armas en esta disposición sólo atenderán las de Terrenate a guardar la otra parte de esta provincia y contener la introducción de dicho ene­migo apache en ella. Y también todo lo que por contingencia quieran intentar las naciones que confinan con dicha Pimería Alta como eudeves, jovas y ópatas.

Y que en cuanto a la seguridad con que se debe preparar cada puesto y presidio a poca costa de real hacienda, haciéndose cargo de las armas de los indios y de las circunstancias de la guerra que hacen, y de que forma. Hallan que quedará sufi­cientemente seguros y defendidos, cerrándolos con una pared de adobe, de corres­pondiente ancho y altura con dos o tres puertas. Lo que les servirá de una muralla incontrastable para los indios y desde donde con facilidad (caso que se atrevan a avanzarlo) fueran rechazados. Con cuya única providencia, aunque destaquen el mayor número del presidio, con el corto que quedare estará bien defendido en­trando en su interior a las familias y mujeres, pues sólo la perspectiva del cerco o muralla será de mucho respecto a dichos indios considerándole inexpugnable e imposible de batirla con sus armas.

Que este es el parecer y sentir de los informantes juntos y cada uno de por sí, y es el mismo que por mi parte doy, por haber sido en todo conforme con los referidos, quienes lo firmaron conmigo y testigos de asistencia.

Joseph Díaz del Carpio.

Testigo:

Juan Antonio Ramírez.

Bernardo de Urrea.

Isidro Sánchez Tagle.

Francisco Javier de Padilla.

Juan Martínez.

 

Otro sí que hemos discurrido, por más propicio paraje el de el Ocucac por estar más a los seris y pimas y mejores aguajes y lo mejor para la fundación.

Señalado con una rúbrica:

Juan Joseph de Ochoa.

Luis Domínguez.

A ruego de Antonio de Alviso: Francisco Pérez Serrano.

A ruego de Urbano García: Francisco Pérez Serrano. Joseph Romero.

A ruego de Nicolás Romero: Isidro Sánchez de Tagle. Ignacio Romero.

A ruego de Joseph Ignacio Salazar: Isidro Sánchez de Tagle. Pedro de Espinosa.

Antonio Olguín.

A ruego de Juan García: Juan Joseph de Ochoa.

A ruego de Juan María Quintero: Francisco Javier de Padilla.

A ruego de Vicente de Salazar: Francisco Pérez Serrano.

A ruego de Juan Manuel Martínez: Francisco de Salazar.

 

SEGESSER SOBRE PRESIDIOS, 1752

Dictamen del padre Felipe Segesser:

Señor gobernador y capitán general,

En cumplimiento del orden de vuestra señoría que con fecha 8 de mayo de este año 1752. Me remite vuestra señoría para que se le dé dictamen por mí y los padres Jacobo Sedelmayr, visitador de la Pimería Alta, y padre rector Gas­par Stiger de la misma pimería, como tan prácticos e inteligentes en su terreno.

Haciendo el debido acuerdo por el conocimiento que me asiste y arreglado el informe que vuestra señoría me pide, hallo por conveniente y necesario así para la reducción de la Pimería Alta, el que los dos presidios que vuestra señoría ha de situar en ella, el que el uno se ponga en el paraje de Santa Catalina o en el in­mediato nombrado Tucuson, por ser ambos abundantes de agua y pastos así [para] la población, como para las caballadas y cría. Con cuya guarnición se consigue la sujeción y reducción del gentilismo que abraza la parte del norte y oriente de dicha pimería. Y contiene no sólo la que habita las márgenes del río Gila, sino las rancherías de apaches apostadas más arriba, y las sierras inmediatas abrazando el terreno. Y dándose la mano con el presidio de San Felipe de Guevavi alias Terre­nate, cómodamente sus capitanes celar [celarán] el cumplimiento de los [las] ór­denes, de su majestad, civiles y políticas para la educación de los indios.

Y así, el otro presidio situándose en el Arizona o Sariqui, parajes de igual cali­dad que el antecedente de Tucuson, sujetará así los indios de poniente, papagos y demás como en el centro de la pimería. Y que con la misma comodidad, se dará la mano con los dos antecedentes. No sólo sirviendo para el fin de sujetar la pimería, mantener con seguro sus misiones, sino para reparar las hostilidades que en ella ejecuta la nación apache.

Este es mi sentir por el conocimiento que me asiste, con lo que dejo satisfecho el informe de vuestra señoría por cuyo acierto pido a Dios, y que me guarde la im­portante vida de vuestra señoría muchos años. De esta misión de San Miguel de Ures, mayo 25 de 1752.

Felipe Segesser, JHS.

 

SEDELMAYR SOBRE PRESIDIOS, 1752

Otro del Padre Jacobo Sedelmayr:

Por orden de mi padre visitador Felipe Segesser doy parecer sobre en que © paraje o parajes se haya de poner o se hayan de poner el presidio nuevo o los nuevos presidios en la Pimería Alta. Supuesto pues que se ha de poner un presidio, es mi parecer que éste se ponga en el Arivaca o si por estar este paraje sujeto a enfermedades allí no convenga, se ponga hacia el Agua Caliente o Ari­zona o Sáric. La razón es porque puestos en cualquier parajes estaría como en medio de la pimería y más a mano para atajar las alteraciones de los indios y acudir al sosiego de los pueblos. Cualquiera de los mencionados parajes tiene (la) comodidad de agua y pasto con que mantener la caballada presidial.

Pero si se han de erigir dos presidios, en tal caso es mi parecer que uno se plante como cuatro o cinco leguas más allá de San Xavier en Santa Catarina o en Tucusona, parajes abundantes de agua y pasto, y el otro en el valle de Sáric, Caborca, y Tubutama. El primero como inmediato atajará los desórdenes de los pimas norteños y papagos inmediatos, y el segundo contendrá los pimas del poniente y confinantes papagos. De esta suerte, uno y otro vendrá de estar en dónde la muchedumbre de los pimas ha ocasionado las pasadas sublevaciones y en dónde se necesita más cuidado.

Es lo que me parece y lo firmo. Ures y mayo 10 de 1752 años.

Jacobo Sedelmayr, JHS.

 

 

STIGER SOBRE PRESIDIOS, 1752

Otro del Padre Gaspar Stiger:

i parecer en orden a un presidio fijo y permanente que se ponga en esta pimería corresponde con él de mi padre visitador Jacobo, y tengo por más cómodo y acertado el paraje del Arizona, y si acaso pusiesen dos, me conformo, la misma manera que el segundo se ponga en Santa Catalina o Tucuson.

Para la presente urgencia, por estar robando actual los pimas caborqueños ganados y caballadas de este valle, me parece que conviene se esté hasta sujetar estos ladrones, el presidio señalado para esta pimería en el rancho del Ocuca por cuyos contornos de preciso han de cruzar los sobre dichos ladrones.

Y como de la misma suerte están robando actualmente los indios que viven en varias rancherías alrededor de Baboquivari, y algunos papagos, y algunos norteños con ellos, los ganados y caballadas del valle de San Luis y partido de Guevavi, soy de parecer que provisionalmente, en el ínterin, se atajan estos hurtos, se ponga el presidio de Sinaloa entre Tubac y Guevavi o en cualquiera de estos dos parajes, que es el camino por donde sacan y arrean los dichos ladrones los ganados y ca­balladas. Y en habiendo ya cesado los dichos latrocinios, se ponga presidio fijo o presidios en los parajes ya arriba mencionados.

Así lo siento de lo cual doy fe.

Gaspar Stiger

ministro de doctrina en el partido de San Ignacio

 

PARILLA SOBRE TUBAC, 1752

Determinación de Gobernador Diego Ortiz Parrilla:

En el real presidio de San Miguel de Horcasitas, en 2 días del mes de junio de 1752 años, yo, don Diego Ortiz Parrilla, teniente coronel de los reales ejércitos, capitán propietario de dragones de Veracruz, comandante de los destacados en la ciudad de Los Ángeles, gobernador y capitán general de este reino de la Nueva Andalucía, provincias de Sinaloa, Sonora y demás agregadas, sus presidios fronteras y costas del mar del sur, por su majestad. Habiendo visto este cuaderno de autos formados sobre la ubicación de terreno conveniente para colocar la tropa, que por última superior disposición del excelentísimo señor virrey de estos reinos se ha levantado por ahora en la Pimería Alta recién pacificada.

Visto el despacho por mí expedido a los 4 de abril próximo pasado, para que así sobre este particular asunto, como en cuanto al de la mayor seguridad, defensa y resguardo de los presidios internos de esta gobernación, me expusiesen su pare­cer los oficiales y otros sujetos prácticos de los terrenos de la pimería, cuya dili­gencia cometí a don Joseph Díaz del Carpio, capitán del real presidio de San Fe­lipe Gracia Real, alias Terrenate, quien por auto de 7 del mismo mes, mandó convocar a junta.

Visto los dictámenes y pareceres que en ella produjeron el sobredicho capitán y el capitán de milicias, don Bernardo de Urrea, con los demás oficiales, militares y milicianos concurrentes y varios vecinos prácticos de los valles de Santa Ana y San Luis, todos los cuales de común acuerdo fueron de sentir que para consultar mejor a la futura serenidad y quietud de la pimería recién pacificada, estimaban conveniente el que erigiéndose la actual compañía de cincuenta hombres sobre el pie de sesenta, se colocasen treinta en el paraje del Tupo y otros tantos en el de Tubac, con cuya disposición y arbitrio, tanto los pueblos de la parte del poniente como los que llaman norteños, comprendidos en la Pimería Alta, se conservarían sujetos y más fieles con el freno y respetuosa vista de las armas, las cuales po­drían impedir entonces fácilmente la alianza y confederación de unos y otros pi­mas, caso de intentarla para otra nueva rebelión. Y ambas escuadras desbaratarían con brevedad las máquinas, trazas o ideas sediciosas de unos y otros pimas, bien fuese operando cada escuadra por si en cualquier lance repentino o procediendo unidas sus fuerzas, por no ser difícil su breve incorporación y la de las armas de Terrenate cuando el caso lo demandase.

Y que a más de estos importantes provechos, se seguiría otra no menos provi­dencia útil al servicio del rey y seguridad del común, porque presidiada la parte de Tubac, se cerraría al bárbaro apache aquel puerto por donde se introduce a hos­tilizar la provincia. Y que entonces todo el nervio de la guarnición de Terrenate tendría su objeto y atención a la otra parte de la frontera infestada del mismo enemigo y procedería con el vigor de todo su espíritu a cortar improvisamente cualquier movimiento de las otras naciones pacíficas confinantes de los pimas altos.

Y que por último para que los presidios, en el caso de ser avanzados por los ene­migos, y en el de que fuese necesario destacar la mayor parte de sus guarniciones para algunas urgentes ocurrencias, quedasen seguros y defendidos se lograría con el providente arbitrio de amurallarlos con una pared de adobe de proporcionado ancho y elevación, en cuyo interior recinto, aunque fuese corto el número de los defensores, podrían estar sostenidos y abrigadas las familias de sus presidiales, habida consideración a las armas de los indios y a la guerra que estos acostumbran.

En cuyos términos, el enunciado capitán don Joseph Díaz del Carpio con la mayor parte de los oficiales y vecinos, añadieron por otro si, que en el lugar del propuesto paraje del Tupo, habían discurrido después por más a propósito el del Ocuca por estar más a los seris y pimas y contener mejores aguajes y otras conve­niencias adaptables a la fundación.

Visto los dictámenes que a los 22 del citado mes de abril, me expusieron don Francisco Javier de Escalante y don Joseph Moraga, ambos oficiales del real pre­sidio de Santa Rosa de Corodéguachi, quienes substancialmente concuerdan con los antecedentes informes, en cuanto a la división de esta tropa, el número de su dotación y sitios en que deberá fijarse por las razones y fundamentos que expen­den, conviniendo así mismo en cuanto al propuesto arbitrio de que amurallados los presidios se mantendrán suficientemente defendidos y libres de que puedan prevalecer sobre ellos los bloqueos y acometimientos de los indios.

Visto el parecer que a los 25 del mes próximo pasado, me expuso el muy re­verendo padre Felipe Segesser, visitador de las misiones de esta provincia, en que asienta por necesario y conveniente el que se presidien dos puestos de la pimería, colocándose una parte de tropa en el paraje de Santa Catarina o en su inmediata, nombrado Tucuson, ambos proveídos de agua y pastos. Para que el respeto de esta guarnición sujete y reduzca el gentilismo que abraza la parte del norte y oriente de dicha pimería, comprensiva no sólo de la que habita los márgenes del río Gila, sino las rancherías de apaches apostadas más arriba y las sierras inmediatas, señoreando todo el terreno y dándose la mano con el no distante presidio de San Felipe Gracia Real, alias Terrenate, cuyos cabos podrán cómodamente celar el cumplimiento de las órdenes de su majestad para la educación dé los indios.

Y que en la misma forma conviene apostar la otra parte de tropa en el puesto de la Arizona o Sáric que ambos son de iguales conveniencias y se figuran en pro­porción equivalente al objeto de sujetar así los indios del occidente, pápagos y los demás con los del centro de la pimería. Y que también se dará la mano esta tropa con la que se hubiere de colocar en Santa Catarina o Tucuson y la que guarnece el real presidio de Terrenate. Cuya providencia traerá el laudable fin de conservar subordinada y obediente la pimería, mantener con seguro sus misioneros, y reparar las hostilidades que en ella ejecuta el indómito apache.

Visto el consiguiente dictamen del muy reverendo padre Jacobo Sedelmayr, visitador de los partidos de dicha pimería, en que asienta que en el presupuesto evento de que sólo se haya de establecer un presidio en los terrenos de ella, estará bien colocado en el puesto de la Arivaca o no estimándose tal cual se requiere por ser paraje sujeto a enfermedades, podrá fijarse hacia la Agua Caliente, Arizona, o Sáric, porque en cualquiera de ellos, vendrá a quedar centrado, como en medio de la pimería, y más a la mano para atajar las alteraciones de aquellos indios y ocu­rrir al sosiego de los pueblos, a cuya disposición influye la circunstancia de gozar todos los dichos parajes la conveniencia apetecible de pastos y aguas. Pero que en el caso de tratarse y ponerse en efecto la erección de dos presidios, es de sentir y parecer que el uno se plante en Santa Catarina o Tucuson, sitios de igual provi­dencia, y el otro en el valle del Sáric, Caborca, y Tubutama. Para que el primero se oponga a los desórdenes de los indios norteños y sus vecinos pápagos, y el segundo contenga y reprima a los pimas del poniente y pápagos confinantes. Con cuya pro­porcionada situación estarán colocadas una y otra escuadra donde la muchedum­bre de los pimas ha ocasionado las pasadas alteraciones.

A cuyo dictamen subscribió el muy reverendo padre rector Gaspar Stiger, pro­poniendo el que por estar los pimas caborqueños robando ganados y caballadas de aquel valle, juzga conveniente, que por ahora hasta sujetar los cuatreros, se apueste la nueva compañía en el rancho del Ocuca, en cuyos contornos han de traficar los malhechores. Y porque de la misma suerte los indios que viven en varias rancherías alrededor del Baboquivari y algunos pápagos y norteños con ellos, se internen a robar ganados y caballadas del valle de San Luis y partido de Guevavi, es de sentir que la compañía de Sinaloa se apueste provisionalmente, bien sea entre Tubac y Guevavi, o en cualquiera de ambos parajes, respecto a ser el camino por donde extraen los ladrones sus robos. Y que en cesando éstos, se coloque la tropa sobre los dos parajes propuestos por dicho padre visitador Jacobo Sedelmayr.

Visto últimamente lo que de los dichos dictámenes se deteje [desteje] y lo que en razón de todo lo expuesto y deducido convino reflexionar. Dije: que atentas las presentes circunstancias, y sin embargo de que en carta de 13 del mes próximo pasado escrita por el capitán de la nueva compañía don Juan Tomás de Beldarraín, en que da cuenta individual del favorable aspecto en que se hallan los pueblos de la pimería, me participa la noticia de haber sido castigado con la muerte un indio del pueblo de Caborca. Que hecho caudillo de otros pocos en los ranchos inme­diatos a los pueblos del poniente, robaban algún ganado y caballada, con cuya ejemplar demostración esperaba la enmienda de sus consortes. Que con efecto se ha logrado, pues por las últimas noticias que en carta de 2,9 del citado mes de mayo, escribe dicho capitán, me participa, no solamente el rendimiento y subordinación de los indios, que seguían al principal agresor, que experimentó el castigo, sino que así mismo el día 28 fue aprendida toda una ranchería de indios, de la parte del poniente, que ocasionaban perjuicios con sus robos, por lo que fueron escarmen­tados con la corrección correspondiente y quedan congregados en sus pueblos con cuyas providencias se debe presumir que cesen los robos de aquella parte.

Supuesta la reducción y castigo de los que se consideraban malhechores, de­seando como deseo, no obstante adaptar por ahora los más precauciónales seguros resguardos, por lo que dice al todo de la pimería, proporcionando los medios que hagan cada día más firme, permanente y estable la quietud, pacificación y sereni­dad de aquellos naturales.

Debía declarar y declaro: que por ahora, se coloque y asiente el capitán don Juan Tomás de Beldarraín con la nueva compañía de cincuenta soldados en el puesto de Tubac. Para que encaminando su conducta bajo las órdenes, instruc­ciones y reglas más propias y adecuadas al objeto de su creación y destino, pueda desempeñar las obligaciones que por lo respectivo a aquella parte del norte se consultan y difusamente proponen en los dictámenes y pareceres expresados. Por estimarse aquel paraje útil en cuanto a las conveniencias necesarias para la con­servación de la tropa, y también proporcionado para acudir a las urgencias de su destino. Y por influir también la circunstancia de estar inmediato el vecindario del valle de San Luis, que aunque compuesto de corto número, podrá ser suficiente para auxiliar la tropa o ser auxiliado de ella en la precisión y urgencia de los casos que lo demandaren.

Y porque a mayor cautela conviene el que los pueblos del poniente no pierdan de vista el respetuoso aspecto de las armas, sino que antes bien, puedan éstas ha­llarse por aquella parte aprontadas en tal disposición que puedan oportunamente operar ocurriendo a las obligaciones que en los mismos dictámenes extensamente se proponen. Respecto a que el paraje del Ocuca se halla como distante del nu­meroso vecindario que habita el puesto de Santa Ana, por lo que podrá contribuir a las armas arregladas auxilio pronto. Mandaba y mandé que el expresado capitán don Juan Tomás de Beldarraín haya de estar y esté con la obligación de mantener fijo un destacamento de veinte soldados de su compañía con un oficial subalterno en el sobredicho paraje del Ocuca, cuya partida alternará mensualmente y pro­cederán bajo las correspondientes reglas, instrucciones y advertencias que con­vengan a su mejor dirección.

Y por cuanto hasta aquí se ha mantenido de mi orden, en el pueblo de San Ignacio, un destacamento de ocho soldados habida la correspondiente refleja a ciertos fines del servicio de su majestad que lo dictaban conveniente, provocando por ahora a variar en la providencia la insinuación que el reverendo padre rector Gaspar Stiger, ministro de aquel pueblo ha hecho al citado capitán, sobre que es­tando satisfecho de la fidelidad de sus indios, desea no darles motivo para que pre­suman el que tiene de ellos alguna desconfianza, como en los mismos términos, me lo participa dicho capitán en su inteligencia, y de lo que convino tener pre­sente, mandaba y mandé que se retire el citado destacamento.

Y que todo lo resuelto en esta determinación se entienda con la calidad de por ahora y provisionalmente, a cuyo efecto se darán las órdenes respectivas. Y que­dando de todos estos autos, testimonio autorizado en forma, se hará remisión de los originales al excelentísimo señor virrey de estos reinos, con separado informe para que su superior y más elevada comprensión en inteligencia de lo que pro­ducen, se digne resolver lo que sea de su soberano agrado, así en cuanto a la de­nominación con que en lo futuro ha de ser distinguida y conocida la referida nueva compañía, como sobre el sitio o paraje en que deba establecerse, y si en uno solo convendrá fijarse o dividirse en dos, según se consulta y propone por los in­formantes o lo que sobre todo fuere de su justificado soberano arbitrio, que como siempre será lo mejor.

Y así lo proveí, mandé y firmé con los testigos de mi asistencia.

Diego Ortiz Parrilla.

Martín Cayetano Fernández de Peralta.

Manuel Joaquín de la Carra.

 

 

DOCUMENTO ORIGINAL

AG1, Guadalajara 144-148.

Disposiciones de la real junta de hacienda, México, 9 de octubre de 1752:

Así mismo se asentó a la letra la respuesta dada por el señor fiscal de su majestad y dictamen del señor auditor general de la guerra, dados en vista de los antecedentes de 6 y 11 de septiembre pasado de este año. Y decreto de conformidad de 13 del mismo en que se previno se procediese a la convocación de esta junta. Y reduciéndose los puntos sobre que ha de recaer su decisión son los siguientes:

  1. El primero, sobre que se declare por dicho señor excelentísimo que la satis­facción y paga del correspondiente sueldo que han devengado los cincuenta sol­dados, debe entenderse desde el día i de abril de este año por haber comenzado en él a hacer el servicio.
  1. El segundo, sobre si deben aumentarse diez soldados para que componién­dose la compañía de sesenta soldados, se divida en dos escuadras o destacamentos de a treinta hombres que se apuesten en los parajes que el gobernador refiere.
  1. El tercero, sobre la situación que deba tener el presidio de la pimería y sus dos respectivos destacamentos.
  1. El cuarto sobre si los presidios de la provincia de Sinaloa se deberán circun­valar y fortalecer con la tapia de adobe como enuncia el citado gobernador.
  1. El quinto, sobre si las armas de refacción, que en la junta de 27 de enero de este año, se resolvió se remitan a aquellos presidios para que sirvan de refacción al paisanaje, se deben reducir a sólo cincuenta escopetas y otras tantas espadas como refiere el citado gobernador, haciendo presente lo embarazoso e inmane­jable de los pedreros para que no se la remitan y la dificultad que encuentra en la consecución de las gamuzas para que se fabriquen las cueras.
  1. El sexto, sobre que el enunciado señor excelentísimo se sirva de distinguir y poner nombre a la citada compañía para que se conozca.

Se resolvió en cuanto al primer punto, en orden a la satisfacción y paga del correspondiente sueldo que han devengado los cincuenta soldados desde el día que se alistaron, en conformidad de lo resuelto en la real junta de guerra an­tecedente, fueron de dictamen que oficiales reales los satisfagan desde el día que consta por el pie de lista, que se deberá separar de estos autos y bajarse a oficiales reales para este efecto.

En cuanto al segundo punto, sobre si se deban aumentar los diez soldados para que componiéndose la compañía de sesenta, se divida en dos escuadras o destaca­mento de treinta hombres, que se apuesten en los parajes que el gobernador re­fiere, fueron de común dictamen que por no tener íntegra instrucción los autos y deberse esperar a que vengan los formados sobre la pacificación del pima, y por considerarse que de ser dicha pacificación estable, segura y permanente, no sólo no será preciso el dicho aumento de diez plazas, sino que aún se deberán excusar algunas de las cincuenta, principalmente cuando con la extinción del ser¡ y aun­que subsistan algunas cortas reliquias de esta nación, se debe estimar no nece­sario o superfluo el presidio de San Miguel de Horcasitas, y suficiente o bastante una sola escuadra para el seguro y defensa de esta frontera. Y que por eso, para resolver el aumento de armas que se ha consultado, es necesario la íntegra cabal instrucción que habrán de ministrar siempre, así los autos que se remitan sobre la pacificación del pima, como los que se han formado y remitido sobre la extinción del seri. Que en esta atención no ha [sic] lugar por ahora el consultado aumento de las diez plazas, y que el gobernador en caso de considerar precisas las sesenta en la Pimería Alta, y como que tiene la cosa presente, destaque las diez plazas del presidio de Horcasitas y las incorpore con las del presidio de la pimería, dándoles el destino a que precise la urgencia.

Sobre el tercero punto, en orden a la situación que deba tener el presidio de la pimería y sus dos respectivos destacamentos, fueron de dictamen que respecto a que la practicable atención debe ser que los presidios se sitúen en parajes donde no sólo puedan contener al enemigo y defender la tierra, sino también donde puedan radicarse los soldados y otros pobladores a su abrigo, para lo que es nece­saria la comodidad de tierras de labor con la agua [sic) necesaria y suficiente. Y en atención a que no instruyen las diligencias que se tuviese consideración a este in­tento, ni si los parajes consultados al tanto que sean aptos para la contención del enemigo y defensa de la tierra, lo sean también para la radicación de soldados y pobladores, a fin de que radicado el vecindario pueda avanzarse el presidio, que­dando siempre abrigado el país. El gobernador como que tendrá conocimiento, elija los mejores parajes en que concurran todas las calidades expuestas, procurando que o en los que consulta, siendo de esa calidad o en otros aptos, y los mejores que hubiere se radique y sitúe el presidio o sus respectivos destacamentos, dando cuenta para su aprobación de lo que practicare en la materia.

Sobre el cuarto punto, en orden a si los presidios se deberán circunvalar y for­talecer con la tapia de adobe, fueron de dictamen que el gobernador se arregle al plan o mapa formado de orden de su excelencia para la fortificación de todos los presidios internos. Y que a este fin se le remita copia, entendiéndose que en cuanto a los presidios de Terrenate y Fronteras no ha de hacer novedad, respecto a estar pendiente el punto sobre si deban o no subsistir en los parajes a donde se hallan, avanzándose o trasmutándose a otros que parezcan convenientes.

Sobre el quinto punto, en orden a las armas de refacción para el paisanaje en el caso de reclutas, fueron de dictamen, que no obstante lo que el gobernador ex­pone, se observe lo resuelto en la real junta antecedente a excepción de los pe­dreros, cuya conducción se estima embarazosa y costosa, y ellos no tan necesarios para la calidad y funciones de la guerra. Y en cuanto a las cueras, el gobernador por su parte y cada uno de los capitanes por la suya, a quien se escriban cartas, las procuren ir adquiriendo, bien sea en aquella provincia o bien en las confinantes de la Nueva Vizcaya o Nuevo México.

Observándose todas las disposiciones, instrucciones y reglas acordadas en la antecedente real junta y las que se sirviere dar su excelencia para la mejor conser­vación, existencia, cuidado y limpieza de dichas armas, y reservándose a su exce­lencia como propio y peculiar de su superior viceregia inspección el distintivo o nombre con que deba conocerse el nuevo presidio, resolvió en la misma real junta que se intitule el presidio de la pimería.

Y así lo acordaron y resolvieron. Señalado con once rúbricas de los señores: Su excelencia, Juan Francisco Güemes y Horcasitas.

Francisco Antonio de Echavarri.

Domingo Valcárcel.

Marqués de Altamira.

Antonio Andreu y Terras.

Juan Crisóstomo de Barroeta.

Joaquín de Cortillas.

Ignacio Joseph de Miranda.

Joseph Díaz de Celis.

Joseph del Mazo Calderón.

Joseph Rafael Rodríguez Gallardo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *