N. Rodríguez Ceseña LP 5

Ceseña Rodríguez, N.

Tierras regiomontanas han visto crecer mis raíces, la ciudad de Monterrey me vio nacer un once de mayo hace ya 44 años. Soy una ama de casa muy norteña, tan común como cualquier otra. Mi esposo y tres hijos ocupan la mayor parte de mi vida. Mi pasión a la lectura me llevó hace catorce meses a un museo, donde tuve la fortuna de cursar dos talleres con herramientas que han hecho que mis palabras tomen un poco más de forma y expresen mis pensamientos literariamente. Gracias a Mariana García Luna puedo plasmar con estructura las locuras y necesidades que mi corazón tiene. Mi experiencia con las letras tiene poco que empezó, pero puedo asegurar que mis dedos no quitarán jamás las yemas del papel y pluma.

BLANCO Y NEGRO

Los dos carretes de película cinematográfica quedaron escondidos debajo de la correspondencia internacional, sin abrir, en el escritorio del director. Sólo el general Lázaro Cárdenas del Río sabía que habían llegado esa mañana, pero estaba obligado a esperar al directivo, para decidir juntos qué hacer con ellos. El contenido fílmico no debía mostrarse aún, necesitaba ser editado y únicamente se podía confiar tan ardua tarea a una persona: Heberto Rodríguez, el director de la Secretaría de Cinematografía y Radio. Corría la primavera del año 1942, tiempos difíciles en todo el mundo.

Heberto Rodríguez, señor de cuarenta y tantos años, flaco como campamocha palo y de mirada apacible, llegó de Hermosillo al Distrito Federal en 1932 luego de un divorcio obligado (su ex esposa fue declarada con esquizofrenia paranoide). Su tío Abelardo L. Rodríguez ya le tenía trabajo en la ciudad, sería el director de Cinematografía y Radio; lo conocía como a la palma de su mano. Ambos nacieron en tierra yaqui, les gustaba lo mismo cabalgar por La Rumorosa que bailar la danza del venado en la alameda principal, comían víbora asada igual que codornices en salsa de mango preparadas por la abuela Carmela. En fin, fueron educados de manera tradicional, hombres machos y demasiado responsables ante cualquier situación; cursaron la universidad, aunque en fechas diferentes, desde luego; sólo se separaron cuando nombraron presidente de la República Mexicana a Abelardo. Desafortunadamente no duró mucho en el poder, pero sí el suficiente para dejar con buen empleo a su sobrino consentido y no por el parentesco, sino por el buen desempeño de éste a la hora en que se necesitaba de su discreción. Fue así que Heberto logró mantener su trabajo aun terminado el mandato del general Abelardo L. Rodríguez, también fue gracias a él que conoció a Blanca Albertina con quien se casó en segundas nupcias.

El cuarto principal quedó impregnado de la colonia Áramis, pero Heberto no percibía su olor, a él lo que le embriagaba era el delicioso aroma que emanaba de la cocina. Ya saboreaba en la lengua la machaca de venado con sus respectivas tortillas de harina, que su mujercita había preparado mientras tomaba su baño. La mesa de madera blanca estaba lista con el servicio completo, sólo faltaba que los esposos se sentaran a desayunar.

¬––¿Cuándo será el día que no me consientas tanto? Beti, si sigo comiendo así, ¡muy pronto no cabré por la puerta! ¬––y dio el primer bocado.

––Pero, Heberto, si lo único que cocino son cosas sencillas que tú me enseñaste, ¡ya quisiera preparar los platillos que hacía mi suegra! ¡Ah!, por cierto, ¿cómo ves si para la cena hago esas codornices que tanto te gustan? En el patio ya no caben más animales.

––Sería perfecto —Heberto enrolló la tercera tortilla—, pero primero deja termino este manjar y luego pienso dónde guardé el recetario de mi madre, así no tendrás dudas para prepararlas, ¡no vaya a ser que las hiervas con todo y plumas!

Las carcajadas no se hicieron esperar. Heberto pensó que era un buen comienzo para ese día.

Después de lavarse manos y dientes, entró a la habitación de sus pequeños. Xavier aún dormía, utilizaba su dedo pulgar de chupón, a sus cuatro años todavía tenía esa manía, una cobija azul cubría sólo sus piecitos; la Toyita amenazaba ya con despertar, era como “relojito”, eso decía doña Beti: en punto a las siete, abría los ojos y buscaba el biberón que su mami traía preparado. Heberto abrazó a su mujer. Besó a sus hijos. Albertina entregó la mamila a la pequeña; con un año de edad era capaz de detenerlo por sí sola. Juntos salieron del cuarto y con un beso suave, pero apasionado, Heberto se despidió de su adorada esposa. Seguía pensando que el día era perfecto.

Eran las 7:50 de la mañana de un viernes 22 de mayo de 1942 cuando don Heberto cruzó la puerta de su oficina. Clarita, su secretaria, regordeta y con esa sonrisa pícara que ni los años le quitaban, ya le tenía su taza de café a la mano, el proyector encendido y, como siempre, las luces apagadas del cuarto de proyección. Heberto tomó el carrete número uno y lo colocó en el dispositivo, no sin antes agradecer la ayuda a su asistente: era todo un caballero. Acto seguido, indicó con reverencia al general Cárdenas que tomara su asiento.

Tanto el General como el señor Rodríguez quedaron impactados con las imágenes proyectadas: soldados alemanes apostando sus zapatos para ver cuántos judíos mataban con una sola bala; perros negros de raza extraña desmembrando vivos a seres humanos bajo una densa capa de cenizas; vagones llenos de esqueletos andantes. Eran imágenes en blanco y negro de la atrocidad de una guerra que acababa de llegar a México.

¿Cómo editar esa cinta?, se preguntaban mutuamente, si todo lo que había en ella era realidad…

El maletín con las cintas editadas quedó sobre el asiento trasero del coche militar. El General no quitaba su mano derecha de él, con la izquierda se despidió del director. La estrategia empezó antes de salir de la Secretaría. En el campo Marte los soldados se preparaban para el viaje, era de suma importancia que recibieran la capacitación en territorio norteamericano, allí los entrenarían para una participación jamás pensada por los mexicanos. El escuadrón 201 inició la historia de México en la Segunda Guerra Mundial.

Totalmente agotado y demacrado Heberto llegó a su casa al filo de la cena. Olvidó por completo que su mujer haría codornices, también el recetario, pero lo que no podía sacar de su mente eran las imágenes que se vio obligado a editar. Pensaba lo bien que había comenzado el día y cómo en unas cuantas horas se había tornado gris. En cada corte que hizo, vio la crueldad humana. Beti y sus pequeños lo recibieron con sonrisas y besos, el sólo pudo llorar al mirarlos.

Heberto sabía que no podía cambiarlo; a partir de esa noche dedicó su vida a crear un mundo real y mágico para su familia. Murió a los sesenta años, dejando a Beti con tres hijos. No tuvo la desgracia de sufrir la terrible muerte de su hijo Xavier a los veintiséis años electrocutado, pero sí gozó la dicha de cambiarle los pañales de tela al primogénito de la Toyita; a Noelia, la más pequeña de los tres, le dejó de herencia ese mundo real y mágico que hasta el día de hoy ella disfruta.

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