Fausto Avendaño LP 5

Avendaño, Fausto

Escritor radicado en el estado de California, tiene varios libros publicados, entre prosa, teatro y crítica literaria. Recibió dos premios principales, el «Premio Nacional José Fuentes Mares» y el «Latino Literary Prize». Asimismo, escribe poesía y forma parte de «Los escritores del nuevo sol», asociación literaria con sede en Sacramento, California. Es autor de “El sueño de siempre y otros cuentos”, “Salazar’s Gold” y del dama “El corrido de California”, entre otros libros

 

EL BRACERO

Raquel descolgó el teléfono con mano temblorosa y marcó los números precipitadamente. Necesitaba hablar con Jacinto cuanto antes. Los nervios la tenían hecha un nudo. Su marido le había escrito que pensaba volver antes de lo previsto, ya que estaba hastiado de trabajar en los Estados Unidos. Después de tantos años de sacrificio en el país del norte, sentía una fuerte nostalgia por su terruño, su mujer e hijos. Los dólares que ganaba habían perdido su lustre. Ahora sólo pensaba en regresar a la República aunque se muriera de hambre rodeado de miseria.

Después de mucho sonar, Jacinto levantó el teléfono.

—Bueno…

—Soy yo…

—¿Qué te pasa? Parece que estás sin aliento.

—Me escribió. Está muy enternecido. No es como antes.

—Bueno, ¿y qué?

—Que ya no está conforme allá en el Norte. Dice que tiene que volver.

Pues que vuelva, pensó Jacinto, sin importarle gran cosa que regresara el marido de Raquel. Con tal de que no le malograra su idilio.

—Si vuelve, tendremos que dejar de vernos—dijo ella.

—¿Cómo? Pero ¿por qué?

—Rubén no debe saber nada. No puedo lastimarlo.

—No se dará cuenta.

—No puedo arriesgarme. Te digo que no quiero lastimarlo.

—¿Y yo?—dijo Jacinto con voz hueca.

—Te tienes que aguantar—dijo Raquel—. Tú sabías que tenía marido. Sabes que tengo hijos.

La mujer le explicó que su marido, con toda probabilidad, no permanecería en casa más de un año, pero si se quedaba indefinidamente, ya no podría haber nada entre ellos.

—Eso no es justo—dijo Jacinto, alzando la voz.

No lo podía abandonar como zapato viejo, razonó el joven. Ellos serían prudentes, viéndose cuando no hubiera riesgo. El marido no se daría cuenta.

—Ése no es el problema más grande—dijo Raquel, su voz enronquecida.

En los últimos días había despertado con náuseas y temía estar embarazada. Era casi seguro que Jacinto le había engendrado un hijo.

—¡Maldita sea!—dijo Jacinto, sin reflexión.

Las cosas se complicaban. Ahora sí que había metido la pata, pensó. Lo que antes le parecía tan cómodo, ahora se le tornaba una pesadilla. Querer a una mujer con el marido en el extranjero le había parecido la situación ideal. Ella estaba sola, como abandonada, y no era vieja. Aún tenía un cuerpo deslumbrante, a pesar de sus dos hijos pequeños. No era jovencita, claro está, pero así le gustó a Jacinto. Era una flor abierta, en sus mejores años de madurez, con firmes pechos y contornos redondeados; y él era un toro joven que no podía dejar que se le escapara la presa. La quiso, ¿por qué no? Un hombre como él, fuerte y viril, tenía que hacerse dueño de una mujer suelta, sin marido a la vista. Pero nunca pensó que su amorío durara mucho, consciente de que, tarde o temprano, su esposo legítimo volvería a reclamarla. Sin embargo, ahora que se acercaba esa realidad, se ponía a temblar, como si mucho le importara que ella volviera al lado de su marido.

Sin embargo, tenía que tener cautela por mucho que le gustara la mujer, ya que estaría loco si, en un arranque de lujuria, le propusiera la fuga con todo y niños. Él no estaba para echarse a cuestas tamañas obligaciones. No quería terminar en los Estados Unidos, trabajando como esclavo para mandarle dinero a Raquel, mientras ella, así como lo hacía ahora, tomaba otro amante.

Esta idea lo dejó frío.

Era difícil concebir la vida sin los lindos brazos de Raquel, pero él estaba dispuesto a desaparecer si fuera necesario. Por ello, sintió un gran alivio cuando ella le dijo que no lo obligaba a nada.

—No te reclamo nada—dijo Raquel.

A pesar de estar encinta, ella no iba a abandonar a su marido. Raquel quería al padre de sus hijos y no pensaba dejarlo por nada en el mundo. Sin embargo, estaba apasionada por Jacinto.

—Te quiero, ya lo sabes—dijo Raquel.

¿Sería posible querer a dos hombres? ¿Una hembra entregada a la voluntad de dos machos? Por lo visto, sí. Ella se moría por los besos de Jacinto, por su fuerza y juventud, y si el mundo fuera otro, seguiría queriéndolo. Pero Rubén era su marido, el padre de sus hijos, y no podía hacerlo sufrir. Llevaba cinco años atrapado en los Estados Unidos, trabajando como una bestia para mantenerlos. Todo lo que tenían era fruto de su sudor: las tortillas cotidianas, la leche que se empinaban sus robustos hijos, sus faldas y ropa interior, la casa en vías de terminarse (faltaba un dormitorio) y hasta el dinero que le regalaba al amante para los gastos de sus encuentros amorosos. Rubén la había dejado sola sin visitas intermitentes, era verdad, pero no porque así lo hubiese querido, sino por temor a no poder introducirse de nuevo en el país del norte, el país de la abundancia y prosperidad, una sociedad que desesperadamente necesitaba su mano de obra al mismo tiempo que despreciaba su presencia.

Ahora ¿qué harían para que no se enterara del embarazo su marido? Jacinto le sugirió una clínica, lugar discreto a donde acudían las mujeres en aprietos semejantes.

—¿Qué?

Ella no podía creerlo. —Es tu hijo. ¡¿Cómo puedes pensar en matarlo?!

Raquel se negaba. Ella no se enorgullecía de sus acciones, pero no era una desalmada. No podía asesinar al hijo que llevaba en el vientre. Tenía que haber otra alternativa que no ofendiera a Dios.

Había sólo dos posibilidades. La primera: pedirle al marido que dejara todo en los Estados Unidos y volviera a casa lo más pronto posible. Así el hijo sietemesino sería suyo. Claro está que ella tendría que arreglárselas para que Rubén no sospechara nada. Con un poco de suerte, el niño se parecería más a ella. La segunda posibilidad consistía en pedirle a Rubén que se demorara un año más en los Estados Unidos. Así podrían terminar la casa, en vez de dejarla a medias como solía pasar con muchos de los vecinos. Un año le daría el tiempo necesario para la gestación y nacimiento del niño. Para que sus hijos no se enteraran, los mandaría al rancho con los abuelos por unos seis meses. Con eso bastaba.

El niño nacería en la otra punta del estado, en la casa de una prima solterona que se moría por tener un hijo. De esa forma Raquel visitaría al nene sin que se le presentaran obstáculos. ¡Tenía que ir a verlo! No dejaría de ser su hijo. ¡Sería la tía más querida!

—Tú irás a ver al niño también. Tal vez cuando esté crecidito le puedas costear sus estudios.

En fin, ella esperaba que Jacinto no se desentendiera de su hijo.

Los amantes optaron por la segunda alternativa. Ella le escribió largas cartas al marido y lo llamó por teléfono varias veces hasta que terminó convenciéndolo a aguantarse un año más en el Norte. Entre dulces palabras y promesas tiernas, ella razonó que los niños estaban a principios del año escolar y habría gastos a lo largo del año; y la casa aún no estaba del todo construída. Sería una lástima que se quedara sin terminar el cuarto que se destinaba a ellos. Tenían ahorros en el banco, pero necesitaban algunos dólares más para la empresa que querían levantar. Dios mediante, el negocio que se proponían los sacaría de apuros. Con un año seguro Raquel quedó más tranquila.

Y así pasaron los días, las semanas y los meses. Y cuando la barriga comenzó a definirse, ella dismuló, diciendo que se descuidaba con los alimentos, sin hacer ejercicio. Temía que la gente se enterase que llevaba al hijo de Jacinto en el vientre; ¡ella, una mujer casada con velo y corona ante el altar del Señor!

Poco a poco, Raquel se fue compenetrando de un agudo remordimiento. ¿Cómo podía hacer lo que hacía? Era un fraude neto, sin mitigación alguna. Ella engañaba a Rubén de la forma más odiosa. No obstante, pese a su conciencia, siguió poniéndole los cuernos al marido. Su confesor, lógicamente, la tildó de pecadora, explicándole la voluntad del Señor. Dios le concedía su perdón siempre y cuando dejara al amante, algo que ella, a pesar de sus promesas, no pudo cumplir.

Llegó el día de mandar a los niños al rancho donde los pequeños terminarían el año en una escuela rural. No era un arreglo ideal, bien lo sabía Raquel, pero no podía hacer otra cosa. Al quinto mes se marchó a la casa de la prima solterona, la cual estaba al corriente de los hechos y dispuesta a disimularlo todo, con tal de que se le entregara la criatura como suya.

Meses más tarde, en las primeras horas de la madrugada, nació un niño de ojos claros, como su padre. No se parecía en lo más mínimo a Rubén con sus facciones algo toscas, aunque varoniles. La criatura era la réplica de Jacinto.

La prima se alborotó como una colegiala al ver la carita reluciente del recién nacido. El niño representaba su justo premio por lo mucho que había tolerado. La solterona sabía santo y seña del desenfreno de los adúlteros. ¡Cómo le habían repugnado las visitas nocturnas de Jacinto y los odiosos rumores que se colaban por las paredes!

Con la conformidad de todos, se le sacó un acta de nacimiento al niño, nombrando a Jacinto y a la prima como padres.

Mientras tanto, el día de la partida del bracero se acercaba. Rubén estaba nervioso y alegre a la vez, pensando en su terruño, movido por la expectativa de andar de nuevo por las calles de su pueblo. Y pensaba en su mujer. ¿Cómo sería ahora? Se esforzaba por recordar sus facciones y el timbre de su voz. ¿Y sus hijos? ¿Estarían muy crecidos? Con toda probabilidad tendría que hacer un esfuerzo para reconocerlos. Eran buenos niños, eso sí. Su madre lo tenía bien informado de su desarrollo moral. Por lo tanto, Rubén tenía que ser buen padre y buen marido, ahora más que nunca, pues una cosa le remordía la conciencia, algo que al principio pensó que vencería con la mera fuerza de voluntad. Sin embargo, ahora sabía que tendría que sufrir una larga penitencia.

Encubría una pequeña indiscreción, aunque enorme para su conciencia. ¡Había caído en la tentación de la carne!

Una noche (que mil veces habría querido borrar de la memoria), salió a festejar con los compañeros de trabajo, algo que él no acostumbraba. Era la fiesta de despedida de uno de los obreros que se casaba en pocos días. Rubén se descuidó. Bebió en exceso. Y se dejó llevar por las circunstancias.

Los jóvenes obreros, tal vez por costumbre o porque estaban hastiados de la soledad, contrataron a unas meretrices que Rubén, por convicción religiosa, nunca en la vida había tocado. Sin embargo, después de solazarse con ellas, los compañeros le vinieron a decir que una mujer lo esperaba en uno de los cuartos. Rubén, a pesar de su embriaguez, dejó salir una frase que sorprendió a todos.

—Oigan, amigos. No puedo hacer eso… estoy casado.

Luego se oyeron las carcajadas. ¿Cómo iba a rechazar a una mujer? ¿Acaso no le gustaban las mujeres? ¿Qué no era hombre hecho y derecho? Lo retaron a entrar en la alcoba, empujándolo con silbidos y risas. El alcohol, así como las palabras burlescas de los otros, lo impulsaron a entrar en la habitación Por suerte, uno de los compañeros le entregó un condón, por lo que, más tarde, en su amargo remordimiento, Rubén pudo mitigar algo de su culpa.

Ahora, como penitencia, tenía que ser el marido perfecto, dispuesto a otorgarle a su mujer cualquier deseo. Ella era tan linda, tan limpia, tan buena madre; la abnegada esposa que lo esperaba una eternidad mientras él trabajaba en el Norte. En cambio, Rubén se había acostado con una mujer de vida en una noche de farra. Recordaba con náuseas como la prostituta echó un gruñido cuando sintió el peso de su cuerpo. Luego, al poco rato, murmurando que tenía prisa, la mujer sacudió su esquelético cuerpo para quitárselo de encima. Le faltaba un cliente más para ganarse el dinero prometido.

Mientras tanto, los últimos días del idilio de Jacinto y Raquel se convirtieron en momentos agridulces. Paradójicamente, cada beso, cada caricia les hacía más patente la inevitable muerte de su amor. Los amantes, a pesar suyo, tenían que resignarse a los hechos.

—No podremos vernos más—dijo Raquel.— Y te ruego que ni siquiera me mires cuando nos encontremos en la calle.

Costara lo que costara, ella estaba decidida a refrenar su pasión.

Raquel se decía que haría lo que fuera necesario para volver a sentir lo que sintió en sus primeros años de casada. Su marido era un hombre bueno, trabajador y formal, digno de su cariño. ¿Por qué no lo había de amar como antes? ¿Acaso lo había dejado de querer? No. Rubén era el hombre que ella siempre había querido. Era el hombre con quien se había casado con loca ilusión.

Raquel ya tenía a los niños en casa, bien vestidos y alimentados. (El dinero no le faltaba; Rubén se había deshecho para economizar y enviar todos los billetes que le caían en las manos.) Ella se compró unos vestidos que le quedaron de maravilla, ya que se había cuidado con los alimentos. La casa estaba impecable y el nuevo dormitorio matrimonial se había amueblado. Sólo le preocupaba una cosa: que a Rubén le extrañara la visita de los niños a sus abuelos. Con suerte su marido no le daría importancia. Ella diría que mandó a los niños a visitar a los abuelos por unos días y que los pequeños, una vez en el rancho, con la complicidad de los ancianos, insistieron en quedarse más de la cuenta.

A pesar de estar prevenida de que Rubén venía en camino, Raquel no pudo evitar un sobresalto el día que se asomó a la ventana y vio una camioneta relativamente nueva que se estacionaba enfrente de la casa.

—¿Será Rubén?—murmuró, dudosa.

Luego vio que los niños se acercaban al vehículo y la puerta del lado del conductor se abría. Un hombre alto y fuerte, con sobrero de fieltro y pantalones de mezclilla, se bajó y llamó a los niños.

—¡Vengan acá! No se asusten. Soy su padre.— Al oír la voz de su marido, a Raquel le dio un vuelco el corazón. Dejaría que Rubén entrara con los niños para darle la bienvenida. Le rogaba a la Virgen que su marido no reparase en los nervios que la comían por dentro.

Esa noche, tras el festejo de bienvenida y los regalos repartidos, la pareja se retiró a la alcoba donde Raquel pasó unos momentos difíciles. Los besos de Rubén, sin ser del todo desagradables, a Raquel le parecieron torpes y apresurados. Raquel no pudo evitar la comparación con las caricias de Jacinto. Su amante la conocía de pies a cabeza, sabiendo dónde tocarla y cómo hacerle el amor. En cambio, Rubén andaba a tientas, sin saber lo que hacía, como adolescente despistado. Sin embargo, ella estaba decidida a ser indulgente. Rubén aprendería a complacerla tarde o temprano; ella lo adiestraría con el tiempo, sin que él pudiera desconfiar de sus amplios conocimientos. Mientras Rubén mejoraba, ella, a la vez, se acostumbraría a las caricias de su esposo. Una cosa la consolaba: su marido la amaba con sinceridad—de eso estaba segura—y ese amor lo movía a responsabilizarse por ella y sus hijos. A Rubén no lo asustaba ni el trabajo ni el sacrificio. En cambio, Jacinto, con todos sus encantos, era un simple egoísta que no sabía de compromisos.

Pasaron los días y luego los meses y, cuando menos lo pensaron, el bracero cumplió un año en el pueblo, y la vida cotidiana se desplegó con inesperada tranquilidad. A las pocas semanas de su llegada, levantó un pequeño negocio que pronto le comenzó a rendir utilidades. Se trataba de la tienda de abarrotes que la pareja se había propuesto desde los primeros años de casados.

Después de la jornada, a pesar del cansancio, Rubén jugaba con los niños, o les leía un cuento de los libros que les había regalado y, durante la sobremesa se ponía a enseñarles palabras en inglés.

—No quiero que vean tanta tontería en la tele—les advertía—. Es mejor leer y estudiar.

Raquel, emocionada con el trato que recibía de su marido, así como la estrecha relación que veía entre padre e hijos, comenzaba a olvidar sus pasiones ilícitas. Se sentía feliz, protegida y amada. Sin embargo, en ciertos intervalos, la atacaba un remordimiento feroz que la hundía en depresiones inesperadas. ¿Por qué no podía deshacerse de los recuerdos? ¿Qué penitencia o castigo tendría que sufrir para librarse de los fantasmas del delito? Ya le había pedido perdón a Dios mil veces. ¿Qué le faltaba por hacer? Su confesor la había absuelto de sus pecados. Sin embargo, aún no estaba tranquila.

Volvió a hablar con el cura, pidiéndole que la acosejara. Ella ya no aguantaba las vocecitas internas que la hostigaban. Sabía que Dios la había perdonado pero la indulgencia divina no le era suficiente. Necesitaba el perdón de su marido. Sólo confesándose con él, reconociendo la inmensidad de su pecado y rogándole su perdón, alcanzaría la tranquilidad. Rubén era un hombre bueno. Con toda probabilidad tenía la capacidad de superar la afrenta.

Al oírla, el cura la censuró con severidad.

—Hay un hondo egoísmo en lo que dices—le dijo—. ¿No ves, hija mía, que sólo piensas en ti y en nadie más? ¿Qué bien vendría de confesarle tamaño pecado a tu marido? ¿Qué beneficio habría para él, para tus hijos, para tu hogar?

—Es que ya no puedo más. ¡No quiero vivir así!

—Te prohibo que le digas una sola palabra al respecto—dijo su confesor, levantando el dedo índice—. Ni él ni nadie debe sufrir por algo que tú has hecho.

—¿Y tendré que vivir así toda una vida?

—Son las consecuencias del pecado, hija mía. Es una cruz que sólo tú tendrás que cargar.

Luego, viendo que Raquel se hundía ante su severa sentencia, el cura añadió unas palabras de consuelo.

—Confía en Dios, vive una vida recta, con oraciones y ofrendas, y Él te premiará.

Mientras tanto el marido de Raquel también se había acercado al confesionario. Aunque la noche de farra de hacía más de un año casi quedaba en el olvido, de vez en cuando le volvían a la memoria algunos detalles. ¡Malditos recuerdos! se decía en sus adentros cada vez que recordaba a la prostituta. Sus esfuerzos para superar su delito no eran suficientes. Tendría que confesarse con un cura.

El párroco del siguiente pueblo recibió a Rubén con amistad y dulzura, reconociendo al bracero que en otra época le había servido de monaguillo.

—Hijo mío, ¿qué quieres que te diga?—le dijo el anciano al oírle el pecado.

—No sé, padre. Quisiera arrancarme esa cochinada de la memoria.

—Has hecho mal. Es verdad—prosiguió el sacerdote—. Pero tu remordimiento, penitencia y sincera contrición te absuelven.

—¿Y qué hago con estos recuerdos que se me vienen de repente?

—Aguántalos. Y sigue obrando como lo has hecho hasta ahora. Honra a tu mujer, bríndales cariño a tus hijos y verás que poco a poco te sentirás mejor.

Ambos Raquel y Rubén siguieron las recomendaciones de sus respectivos confesores sin que nadie sospechase su secreto. El matrimonio se afanaba en la tienda de abarrotes, alegres y, aparentemente, tan enamorados como en los primeros tiempos.

En el caso de Rubén, los recuerdos de la prostituta rara vez lo volvían a hostigar. Y en cuanto a Raquel, ella había superado gran parte de su malestar, a no ser cuando, por obligación, iba a ver a su hijo. No podía menos de llorar como una niña al contemplar al lindo muchacho que cada día estaba más grande.

Mientras tanto, no hubo melancolía que le valiera a Jacinto. Tras un par de meses de andar cabizbajo, le echó el ojo a otra mujer. Esta vez tuvo el escrúpulo de que no fuera una dama casada. Jacinto la solicitó y ella, impresionada con su porte, le correspondió.

La mujer era de la misma edad de Jacinto, con ojos grandes y facciones delicadas. Tenía el cuerpo y busto como a él le gustaban, por lo que luego se amarteló. Sin embargo, ella desde un principio, le anunció que no le entregaría su voluntad hasta no verse casada con velo y corona, algo que Jacinto tuvo que aceptar. No obstante, había un obstáculo. Ella no estaba dispuesta a vivir en la miseria. Necesitaba un hombre que le garantizara un cierto nivel de vida. Jacinto tendría que desplazarse al Norte, a Tejas o a California, a trabajar por un par de años. Ella sabía que los hombres que se iban a los Estados Unidos tenían bien a su familia. Construían casas, compraban muebles y automóviles, y sus hijos comían y vestían bien. Y cuando volvían al terruño, llegaban cargados de regalos, así como dólares para levantar negocios. Si Jacinto la quería, como él le aseguraba, no se rehusaría a marcharse al país de la abundancia.

¡Maldita suerte! se decía en sus adentros Jacinto, reconociendo que se había enamorado de una mujer exigente. Sin embargo, las peripecias y malos tratos que suponía pasaría en el Norte, no era lo que más lo amedrentaba. Temía que la novia le pusiera los cuernos mientras él la pasaba mal en el Norte. Ella era una mujer joven, bonita de cara, y con un cuerpo que dejaba atontados a los hombres. Además, era voluble e interesada. Pronto se cansaría de esperarlo. Las mujeres eran tan débiles, se decía en sus adentros, decepcionado. ¡Se oían tantos casos semejantes! Y luego, ahí tenía el ejemplo de Raquel que, teniendo marido, ¡no titubeó en entregarse!

Meses más tarde, le llegó la noticia a Raquel que Jacinto partía a los Estados Unidos, y en vez de experimentar vagas nostalgias de un malogrado amor, sintió un gran alivio, como si se liquidara una fuerte deuda. Luego, involuntariamente, comenzó a reírse a carcajadas.

 

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