Fausto Avendaño LP 5

Avendaño, Fausto

 

Escritor radicado en el estado de California, tiene varios libros publicados, entre prosa, teatro y crítica literaria. Recibió dos premios principales, el «Premio Nacional José Fuentes Mares» y el «Latino Literary Prize». Asimismo, escribe poesía y forma parte de «Los escritores del nuevo sol», asociación literaria con sede en Sacramento, California. Es autor de “El sueño de siempre y otros cuentos”, “Salazar’s Gold” y del dama “El corrido de California”, entre otros libros

 

¡CAMARADA!

Camarada, comandante general

del ejército del aire,

aviador que volabas sin alas,

y dabas guerra sin armas.

 

Pintor, poeta, músico compositor,

activista, político y profesor.

¿Qué otras artes sabías?

¿Cuántos otros talentos tenías?

¿Cuánto más te quedó por hacer?

 

Descansa en paz, José Montoya.

Descansa satisfecho.

Obraste como tenías que obrar.

 

Dejaste tus poemas, tus canciones,

tu espíritu entre nosotros.

 

Nunca renegaste de tus recias raíces

en las montañas de Nuevo México.

Allá en la soledad de montes yermos

donde los buitres sobrevuelan la carroña

y las águilas acechan su presa.

 

Allá en el rancho Gallego

por Escobosa y Los Lunas.

 

Sabemos que a pesar de las sequías,

las estrecheces de la vida cotidiana,

tú, desde pequeño, a la montaña preferías.

 

Después en Delano, en tierras de la Alta California,

de niño laboraste en los malditos surcos,

sacrificando tus estudios para el sustento

de los tuyos.

 

Menos mal que en el aula reconocieron tus talentos

Y no sesgaste en tus estudios.

Por aquel entonces la matanza seguía

en Europa y el Pacífico.

 

 

La vida, Montoya, sin embargo, da muchas vueltas.

Y te llamaron las calles de Fresno,

callejones sin salida donde la miseria y el rencor

imperaban entre hermanos.

Donde el reloj no avanzaba en décadas.

 

En aquel entonces lo veías todo negro, todo oscuro,

sin rumbo a seguir.

En aquel tiempo traías a cuestas una rabia atávica

y en el bolsillo tu segura compañera, la navaja presta.

 

Fue en esa época cuando conociste al Louie,

El pobre Louie que tanto admiraste.

El que en tus versos inmortalizaste.

 

Flaco, envejecido por el trago, dijiste.

El que se creía Bogart o Cagney.

Un tipo que en su tiempo no estaba mal.

 

Era diestro con la guitarra,

y muy enamorado

en la época del boogie, del mambo

y de las peleas sin sentido.

Sin embargo, los domingos iba a misa sin falta.

 

 

Pero tú no te quedaste en su compañía.

La marina te sacó de las bélicas calles de Fresno

a las aguas del Pacífico.

 

Y a bordo de buques de guerra conociste a Steinbeck

y a otros grandes literatos.

Escritores que te dieron fuerza,

obras que te hicieron pensar.

 

Sin embargo, de vuelta a California, todo lo hallaste igual,

tu gente en los campos de cultivo, como siempre,

trabajando como bestias sin sueldos que valieran.

 

Te lanzaste a la lucha en su pro.

Hiciste de tu arte un arma.

 

Por tu pluma se iluminaron cerebros;

por tu esfuerzo se animaron a la lucha los demás;

por tu humor se ganó a la gente;

por tu música se contentó el pueblo.

 

Aún recuerdo tus canciones duelos,

improvisadas en el momento,

sacando rimas del aire,

con tu querida vihuela.

 

Diste con la clave para mitigar el mal de la sociedad:

“La locura lo cura.”

 

Colega, camarada, aún tengo presente el setenta y uno

cuando comenzaba a ascender tu fama.

Tú confesaste que no estabas satisfecho;

que había mucho más por hacer.

Fue la época de marchas, protestas y manifestaciones.

 

Sin embargo, siempre mantuviste tu agudísimo humor.

 

Colega, camarada,

Ahora que ya no estás con nosotros,

me doy cuenta que eras un cerebro sui géneris,

como ningún otro.

 

Descansa en paz, José Montoya,

descansa satisfecho de que en esta vida…. ¡TRIUNFASTE!

 

Fausto Avendaño (octubre, 2013)

 

 

 

 

 

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