Alicia Gaspar de Alba LP 2

Gaspar de Alba, Alicia

Nativa de la frontera El Paso / Juárez, Alicia Gaspar de Alba es una escritora chicana / académica / activista que utiliza la prosa, la poesía y la teoría para efectuar cambio social. Con su doctorado en American Studies de la Universidad de Nuevo México, Alicia es profesora de Estudios Chicanos, Inglés y Estudios de la Mujer en la UCLA. En 2003, Alicia organizó una conferencia binacional de 3 días en la UCLA acerca de los feminicidios de Juárez, llamado “Los crímenes de Juárez, O, ¿quién está maquilando mujeres en Juárez?” Ha publicado 10 libros, entre ellos, la premiada novela, Segundo sueño de Sor Juana (Universidad de New Mexico Press, 1999), que fue nombrada como la mejor ficción histórica por el Latino Literary Hall of Fame en 2000, y Sangre en el Desierto: Las Muertas de Juárez (Arte Público Press, 2005), que recibió tanto el Premio de la Fundación literaria Lambda de Lesbianas por Mejor Misterio en el 2005 y el Latino Book Award al Mejor Misterio en Inglés en el año 2005. Su novela histórica más reciente, Caligrafía de la bruja, acerca de una inmigrante mestiza acusada de brujería en los juicios de brujas de Nueva Inglaterra de 1692, fue publicada por St. Martin’s Press en 2007. Sus dos antologías más recientes son Making a Killing: Femicide, Free Trade, y La Frontera (Haciendo matanzas: el feminicidio, el libre comercio, y La Frontera), una colección de ensayos académicos que se centran exclusivamente en las mujeres sacrificadas de la frontera El Paso / Juárez y los diferentes movimientos populares que han surgido para denunciar los crímenes (2010, University of Texas Press), y Our Lady of Controversy: Alma Lopez’s “Irreverent Apparition” (Nuestra Señora de la controversia: “Aparición irreverente,” de Alma López), co-editada por su esposa Alma Lopez, colección de ensayos feministas sobre una controversia que se desarrolló en Santa Fe, Nuevo México, en 2001, frente a la imagen digital de Alma López, titulada “Nuestra Señora.” También ha publicado artículos sobre la estética chicana, Sor Juana Inés de la Cruz, la Malinche, la conciencia fronteriza, y la cultura popular chicana. Todos sus libros están disponibles en amazon.com. Para más información sobre el trabajo de Alicia, consulte su sitio web: www.aliciagaspardealba.net.

La viuda de Lorca
Trad. Ricardo F. Vivancos Pérez
[“Lorca’s Widow,” ZYZZYVA XXI, 1 (Spring 2005): 145-60.]

No dije que fuera su mujer. Dije que era su viuda, como lo entienden los gitanos, no los españoles. Supongo que ya no le hace daño a nadie que te cuente la historia, que te explique porqué lloraba tanto cuando me regalaste ese libro de poemas de García Lorca por el Día de la Madre el año pasado. Pero si quieres oír la historia, prométeme que creerás todo lo que te digo. ¿Lo prometes? Escúchame, pues, y no me preguntes nada hasta que termine.

Todo el mundo sabía que a Lorca le gustaban los hombres. Aunque sus mejores amigas eran siempre mujeres, él amaba a los hombres; sobre hombres escribió en sus versos, por hombres lloró cuando venía a la Taberna de los Vargas en el Sacromonte y cantaba a los oscuros despojos de su corazón sobre un amor que le estaba matando. Pero aún atraía a las mujeres como el jazmín a las abejas. Siempre estaba rodeado por jóvenes payas que acompañaban a su grupo de amigos ricos. Tan pronto como empezaba a cantar, las mujeres no tenían ojos para nadie más. Su voz era como el jerez más fino y a todos nos embriagaba. A mi madre, mis tres hermanos—Elías, Moisés y Nahum—y sobre todo a mí. Margarita Petita, me llamaba. A todos les encantaba la voz de Lorca. A mí me encantaban sus ojos moriscos que siempre parecían estar al borde de derramar su triste líquido cara abajo.

Me enamoré de Lorca la primera noche que lo vi en la taberna de nuestra familia. Era joven y torpe de movimientos, pero eso no le impidió desafiar a Moisés a un duelo de voces. Elías tocó su guitarra de forma frenética sabiendo que Moisés nunca había podido ser capaz de mantener ese ritmo, pero Lorca lo hizo. Mantuvo el tiempo de la música de mi hermano mayor como si él también fuera gitano. Más tarde, Moisés y Elías lo abrazaron y lo llamaron “primo”.

Yo tenía dieciséis años y estaba casada con un soldado que había partido a luchar contra los prusianos en la primera gran guerra mundial. Lorca no era mucho mayor que yo, apenas le salía el bigote y le cambiaba la voz, pero ya era un gran romántico. Pasaron dos temporadas y no regresó a la taberna. No lo volví a ver hasta Sábado de Gloria. La Gran Vía estaba llena de humo por la quema de los Judas. De pie y rodeada de todos mis hermanos, veía cómo las imágenes se quemaban una tras otra. De pronto apareció Lorca, recitando algo que sonaba como una rima gitana, con una bota de vino vacía colgando del cinturón.

—¡Primos!—dijo a Elías y Moisés, que respondieron con mal gesto a su exceso de confianza—. ¿No me reconocéis?—preguntó a Moisés—. Soy el hombre verde que te ganó en un duelo de voces. Tu guitarra—dijo volviéndose hacia Elías, como si eso lo explicara todo—. Me llamastéis “primo”.

—Te reconozco, Primo—dijo Nahum, el más joven—. Dijiste que eras un Vargas.

—Mi tatara-tatarabuela era una Vargas—murmuró Lorca, sin articular bien las palabras—, y mi tatarabuelo Antonio se casó con una gitana del Albaicín, y mi segundo nombre es Sagrado Corazón de Jesús—dijo mientras gesticulaba una puñalada en el corazón—, por eso debo saber el nombre de esa morenaza antes de morirme.

Me llamo Margarita—dije con energía, sabiendo que mis hermanos nunca me presentarían al muchacho. Elías me fulminó con la mirada y Moisés me pellizcó el brazo.

—Margarita Petita—dijo Lorca, y continuó inventándose una rima que sonaba como si un borracho usara las letras de mi nombre—: “Morena, la Angustia me Retuerce la Garganta, Arrepentido Recelo del Imán de tus Tobillos, Ampárame”.

La memoricé inmediatamente aunque no tuviera sentido. Él hizo una reverencia juguetona hacia mis tobillos, pero Moisés lo paró.

—Está casada—dijo bruscamente.

Lorca se enderezó, miró a mi hermano como si hubiera perdido el control de sus cinco sentidos y lanzó alaridos de risa, golpeando sus muslos con las palmas de las manos como un bufón. Un grupo de amigos de la universidad vino y lo hicieron desaparecer rápidamente entre la multitud. Yo vi las llamas del último Judas con la cara inflamada de excitación virginal.

—Ya verás cuando le cuente a Mamá cómo coqueteabas—me dijo Moisés al oído. Pero yo en lo único que pensaba era en volver a ver a Lorca. Margarita Petita, me llamó, e hizo de mi nombre un poema. Cada mañana después de abrir los ojos hacia el fresco azul del cielo, y cada noche después de apagar las lámparas y cerrar las puertas, acurrucada entre las sábanas junto a mi madre, me recitaba a mí misma en voz baja el poema como si fuera una oración.

—Protege tu corazón—me dijo mi madre un día mientras molíamos el café para el desayuno—. Se te está escapando de las manos, Margarita. ¿Qué le dirás a tu marido cuando regrese de la guerra y se dé cuenta de que le has dado tu corazón a otro hombre? Tienes mala leche al engañar a tu marido. ¿Quieres traer la desgracia a nuestra familia?

—Mi marido no regresará—le dije. Y mi madre, sabiendo que lo que predecía sería verdad, se limitaba a negar con la cabeza y hacer un gesto de rechazo al mal fario. Más tarde supe por boca de Nahum que había ido a visitar al Rey de los Gitanos, el viejo Chorrojumo, que incluso a su edad todavía daba consejos.

Un año entero estuve persiguiendo a Lorca por toda la ciudad. Desde la casa de su familia en la calle que daba al río—66 Acera del Darro, recuerdo exactamente la dirección—solía subir andando hasta los jardines de la Alhambra, mirando al suelo y con las manos bien metidas en los bolsillos, parándose de vez en cuando bajo las densas sombras de los álamos para sacar su lápiz y su libreta. Entonces se bajaría despacio andando hacia la Alameda para reunirse con sus amigos todas las tardes en la misma cafetería. Allí se sentarían durante horas jugando al dominó y hablando de literatura. Nunca me vio. Ni siquiera cuando me acercaba a la mesa y me ofrecía descaradamente para leerles la mano. Sólo se interesaba por sus amigos y por sus versos. Algunas veces caminaba más allá de la Alameda hasta el cementerio y se sentaba a escribir en su libreta durante largo tiempo entre las tumbas.

Una vez me descubrió asomándome al zaguán de su casa e hizo que me condujeran al patio para ser interrogada por su madre. Entonces yo tenía casi dieciocho años, demasiado mayorcita como para estar espiando detrás de las puertas.

—¿Cuáles son tus intenciones?—me preguntó su madre—. ¿Estás buscando trabajo? ¿Tus niños tienen hambre? ¿Qué quieres?

Mirando al suelo, contesté: —Yo digo la buenaventura—en poco más que un susurro.

—No necesitamos que nos digan la buenaventura—dijo la madre—. Gitana ladrona, ratera de mierda. Y si te vuelvo a ver merodeando por nuestra puerta informaré a las autoridades.

Uno de los sirvientes me empujó hasta la calle, humillada no tanto porque la mujer entendiese que yo era una mendiga o una ladrona, sino porque Lorca no me reconociera. Después de esto dejé de seguirle.

Como había vaticinado, mi marido volvió a casa en un ataúd antes de que la guerra terminara. Mi madre me advirtió que respetara la tradición y tuve que vestir de negro y evitar ser vista en público durante un año. No estaba permitido hablar con hombres, ni siquiera con mis hermanos, pues estaba contaminada de muerte y esto podría traer mal fario a cualquier hombre que se cruzase en mi camino.

Mi año de luto pasó lentamente. La mujer de mi hermano Elías dio a luz otro hijo y Moisés se casó con una gran celebración a la que no se me permitió asistir. Su joven esposa tomó mi lugar para servir el vino a los clientes y decirles la bienaventuranza si así lo pedían. Pero no se le daba bien. No veía nada y sólo podía fingir. Además, no tenía gracia ninguna al bailar.

No vimos a Lorca por el Albaicín ni el Sacromonte por mucho tiempo. Algunos de sus amigos que frecuentaban nuestra taberna contaban que estaba viajando por el norte, por las tierras de las meigas que llaman Galicia, y más tarde supimos que se había marchado a Madrid para asistir a la universidad. Oímos aquí y allí que se estaba haciendo famoso no como cantante o músico, sino como poeta y dramaturgo. Entonces, de pronto, allí apareció de nuevo con su habitual círculo de muchachos y mujeres que le adoraban. Él seguía con su aspecto de amante obsesionado, viéndose casi igual que antes, si no fuera por su mayor delgadez. Yo estaba muy cambiada. Ahora era una viuda con una barriga redondeada ideal para el baile, pechos y labios llenos de misterio y deseo, y ojos tan tristes como los suyos.

Percibí inmediatamente que estaba enamorado. Lo escuché contar a mis hermanos, una noche después de que todos los clientes se marchasen, que quería irse de Granada una vez terminara su licenciatura; irse de España, escapar de la prisión en que lo tenía su corazón, haciéndole escribir poemas que expresaban tan profunda infelicidad. Lo que quería era ver París. La mayoría de sus amigos de aquella cafetería en la Alameda se habían ido a París y el quería seguirles, pero sus padres no se lo permitirían, obligándolo a permanecer en la esterilidad de su roto corazón. El confesaba todo esto a mis hermanos entre ronda y ronda de bota de vino y guitarra. Yo escuchaba sus palabras, las guardaba como provisiones para un duro invierno, y me disponía a hechizarlo con mis mejores armas.

Sólo para Lorca bailé esa noche. Había empezado a bailar con mi primo pequeño Manuel, que había venido a vivir con nosotros a principios de aquel año. Sólo tenía once años pero ya poseía los profundos ritmos del duende dentro de sí. Toqué las castañuelas y comencé a taconear al ritmo de la guitarra de mi hermano. Manuel se unió agarrando la pandereta. Pude sentir cómo los ojos de Lorca me seguían en cada movimiento. En verdad, estaba tan hipnotizado por los movimientos de Manuel como por los míos; pero sus ojos, esos insondables ojos oscuros en los que me había sumergido como si fueran uno de los pozos de la ciudad, sus ojos eran como el oscuro brandy vaciándose en los míos, y usé todos los poderes a mi alcance para explorar las profundidades de su corazón.

¡Cuánto fue el dolor que vi! Me retorció ese dolor suyo, mientras mis talones marcaban sobre las tablas el taconeo de su amor herido. El deseaba a alguien más que nada en el mundo. Pero sabía que no era a mí, ni a ninguna mujer, estaba claro. A Manuel tampoco, porque era sólo un niño, aunque el secreto estaba en el cuerpo de Manuel y en la anhelante voz de mi hermano Moisés y en los lamentos de la guitarra de mi hermano Elías.

—Tómame—le decía con los ojos, zapateando cerca de su silla—. Yo te daré lo que necesitas. Moví la cintura delante de su cara y agarré una chirimoya del frutero que mi madre solía tener en la mesa de en medio de la sala y se la di, aún taconeando. Entonces le di la espalda, sentí el latido de su corazón como un toque de tambores en mi propia sangre. Con los ojos cerrados, bailé alrededor de la mesa y lo seduje con la mente.

—Amante de los gitanos—dije—, sé mi amante. Tómame como esta fruta.

Un último repique del tambor de Manuel, un frenesí de muñecas y castañuelas. ¡ehpaaa! Abrí los ojos para ver si había caído en mi hechizo, pero su silla estaba vacía. Se había marchado.

Al día siguiente, recuerdo que era viernes, dos días antes de la fiesta de Santiago, recibí un regalo, un costurero forrado con un paño de color verde pálido. Estaba lleno de utensilios de costura: una caja con alfileres, otra con agujas, un dedal de cuero, algunos carretes de hilo de colores, unas tijeras, un acerico con forma de corazón. El tipo de regalo que un muchacho daría a la mujer con que quisiera casarse. En la base del acerico había pinchada una nota, esta nota que he guardado en mi libro de oraciones desde hace más de setenta años. Ven, deja que te la lea, pero tendrás que traducirla tú, Niña, pues no quiero estropear las palabras de Lorca cambiándolas al inglés:

Gitana,
Hoy me comí la chirimoya que me diste,
la carne dulce como labio de niño,
fresca como la noche que yace oscura en tus ojos,
semillas negras que quiero sembrar
adentro de tu jardín, cáscara vieja que flota
cual el recuerdo por las aguas frías del Darro.
Atrás de la Alhambra, en un matorral
de juncos y zarzamoras, al lado de la cascada
te espero bajo la luna verde de la noche de Santiago.
—Federico (1923)

Nada de lo que más tarde aconteció habría ocurrido si mi madre no hubiese ido a ver a Chorrojumo. Ella nunca me perdonó por traicionar a mi marido. Me dijo que Chorrojumo había vaticinado que yo me contaminaría con un payo, y que me convertiría en la gran vergüenza de la familia. Chorrojumo predijo que mis hijos tendrían maldición eterna a menos que yo regresara al Sacromonte y enterrara mi vergüenza en el sitio adecuado. Nada de esto tuvo sentido para mí entonces, pero supe que estaba condenada.

¿Ves?, yo llevaba conmigo el hijo de Lorca, pero mi madre le echó una maldición y nunca llegó a desarrollarse. Cuando supo que yo estaba embarazada, se enfureció y me golpeó con el cinturón de mi difunto padre. Se paseaba de un lado a otro de nuestro piso del Albaicín tirándose de los pelos, gritando por el balcón que su hija era la vergüenza de la familia, que la mala fortuna nos había alcanzado, mientras a mí me siseaba: —Sé que es culpa tuya, yo sé que de alguna forma usaste tus poderes con él.

Ordenó a mis hermanos que lo buscaran. —¡Id y traedme a ese hijo de la gran puta!

Decía que sólo quería hablar con él, pero yo sabía muy bien que lo que deseaba era vengarse por la desgracia que había traído a nuestra familia.

Mis hermanos lo encontraron en la cafetería de siempre, bebiendo absintio y leyendo un libro. Por una vez, estaba solo. O no había creído el rumor de que los Vargas lo estaban buscando, o le daba igual. Dicen que vino de buena voluntad, con garbo, algunos dijeron, como provocando a mis hermanos para que vengaran el nombre de la familia en ese preciso instante y lugar.

Cuando apenas entraba al portal de nuestro edificio, mi madre se lanzó sobre él con toda su furia.

—Dejó preñada a mi hija, señor Lorca—le dijo, con una virulencia que yo nunca antes le había visto—. Ya disfrutó ese momento. Ahora tendrá que cumplir con su obligación.

Señora, llevé a su hija al río, creyendo que era soltera—le contestó con tono desafiante—, y resultó que era sólo una mujer infiel. Ese niño podría ser de cualquiera.
Su propio veneno hizo que me fallaran las rodillas cuando me miró.

—No, señor, mi hija era una mujer decente y viuda, hasta que usted secuestró su corazón y contaminó su cuerpo con su semilla paya. Yo le maldigo, señor Lorca. En el nombre de Chorrojumo, el rey de los gitanos, yo maldigo a su prole. Que todos perezcan antes de ver la luz del día. Que sus corazones se sequen igual que usted ha marchitado el de mi hija y el de mi familia.

Lorca reía y reía. Incluso cuando mis hermanos, los tres, lo sacaron al patio arrastrándolo, golpeándolo con manos y piernas, no paró de reírse. Mi madre amenazó con informar a sus padres, con publicar su indiscreción. Pero eso fue todo. La maldición había sido suficiente.

Después de eso, Lorca desapareció. Hubo rumores de que estaba escribiendo romances gitanos y más tarde de que había ido a Barcelona a visitar a un amigo llamado Dalí, el cual más tarde se convertiría en un famoso pintor de relojes deformados y cabezas sin cuerpo.

Ya habían comenzado los problemas en el gobierno, y mi hermano Nahum fue obligado a ingresar en el ejército, pero a mí me daba todo igual. Quería que Lorca me quisiera, que se casara conmigo, que fuera el padre de mi hijo. Pero se había ido, y para entonces el niño estaba maldito. Podía sentir cómo moría mes a mes. Y entonces su corazón paró de latir completamente.

Más de un año después, lo vi de nuevo en el café de la Alameda, donde yo había alquilado una mesa para decir la buenaventura, pues mi madre me había prohibido trabajar en nuestra taberna. Él estaba borracho y desolado, como siempre, todavía anhelando París. Para entonces, yo ya lo odiaba. Quería que fuera infeliz por el resto de su vida. Con la excusa de ayudar a la mujer del dueño a limpiar las mesas, agarré su vaso, pasé el dedo por dentro y me lo chupé, sabiendo que de esta forma podría interpretar sus cartas como si él mismo las hubiera elegido. Las cartas me mostraron su fatal destino. Vi que le quedaba poco tiempo de vida, llena de fama y controversia y viajes, pero demasiado breve al final; y entonces su cuerpo tumbado, apilado junto a otros. Una hoguera y después cenizas.

Ese mismo verano, un sueño me dijo que llevara mis cartas a la plaza de toros en la fiesta del Corpus Christi, y allí fue donde conocí a tu abuelo, Benito Rivera. Le llamaban El Borrado, por sus ojos medio verdes y medio grises. Como todos los toreros, era supersticioso. Quería que le leyera las manos, no creía en las cartas (en realidad les tenía miedo), y recuerdo el pellizco que sentí cuando mi mano tocó la suya, como una descarga eléctrica que corría por todo mi cuerpo. Leí las líneas de sus manos, pero para entonces ya sabía que se convertiría en mi marido. Era mexicano y yo ya supe que cumpliría mi destino como desterrada y que le rompería el corazón a mi madre al marcharme. Pero nos había echado una maldición a mí y a mi niño, y nunca la perdoné por eso. Supongo que se podría decir que quería pagarle con la misma moneda. Espero, Niña, que no hayas heredado esta obsesión tan gitana por la venganza.

Años más tarde, después de que ella me hubiera perdonado por abandonar a mi gente, como ella decía, cuando supo que yo había dado a luz a un niño, me envió una carta que dictó a uno de mis sobrinos contándome todo sobre Franco y los falangistas y cómo se había sacrificado la vida del pobre Nahum, y cómo al menos yo estaba segura en México, porque España había perdido la cabeza. No mencionó a Lorca ni una sola vez.

Pero estaba escrito que no iba a ser feliz en México. Durante los primeros doce años de nuestro matrimonio, mi cuerpo se negó a concebir y tu abuelo estaba muy preocupado. Los médicos me dijeron que tenía una obstrucción intestinal que impedía tener hijos. Otros pensaron que tenía un tumor. Algunos dijeron que era cáncer. Pero no era nada de eso. Era la maldición de mi madre, y yo lo sabía, pero también sabía que Benito nunca creería una cosa así. No le pude decir la causa de la maldición ni que había estado embarazada anteriormente. Su orgullo lo hubiera empujado a divorciarse de mí, incluso tan católico y tan enamorado de mí como estaba. Prefería pensar que yo era estéril y que iba a desperdiciar su buena semilla, así que decidió buscar otras mujeres de cuyos hijos pudiera ser padre.

¿Qué podía decir yo? Si el hubiera sido gitano, podría haberme abandonado después del primer año por no haberle dado un niño. Habría estado en su derecho como hombre. ¿Podía culparle de querer una familia? Tras mi quinto aborto en seis años, los médicos decidieron que estaba yerma. Tenía veintisiete años, mi marido, treinta y cinco; los dos jóvenes todavía, pero aun así nuestro matrimonio había sido declarado estéril. Esta fue la vergüenza que hizo que tu abuelo se marchara.

Tuvimos noticia de la muerte de una de las hermanas de Benito en Nueva York, y su madre insistió en que la acompañara al funeral para poder estar con su otra hermana, gemela de la fallecida. Eran malos tiempos para estar en Nueva York debido a la crisis económica tras el crack del 29, pero tu abuelo no regresó en cinco años. ¿Te imaginas? Cinco años estuve esperando a que volviera o que me dijera dónde estaba.

Sé que su madre regresó a México, porque la vi varias veces en misa en la catedral, pero no quería hablar conmigo. La verdad era que odiaba mi piel morena, odiaba reconocer que su hijo de ojos verdes se había marchado con una gitana por la que había perdido su corazón.

Mandé telegrama tras telegrama a la dirección de su hermana en Nueva York, pero, al igual que su madre, nunca respondió. Y entonces soñé con un horrible accidente. Vi cómo un autobús chocaba contra un quiosco y cuerpos de niños que yacían entre restos de madera y periódicos, cuerpos rotos como marionetas. Vi a tu abuelo en el sueño, vestido con su traje de luces, sollozando sobre el cuerpo sin vida de un niño cuya cabeza se había abierto como una sandía. Supe, entonces, que algo le había pasado y que su familia no quería decírmelo.

Busqué la ayuda de su amante, Cleotilde, que se había convertido en mi mejor amiga en el tiempo en que él estaba en Nueva York. Primero, me rompió el alma ver a los niños que Benito había tenido con Cleotilde: dos varones, con los ojos verdes como tu abuelo, rubios como Cleotilde; y una niña pequeña, hija de la sirvienta de Cleotilde, de pelo negro, ojos negros y piel del color del chocolate caliente. Al ser mujer de buen corazón, Cleotilde criaba a la niña como si fuera suya. Recuerdo que tenían nombres muy extraños: León y Lobo se llamaban los niños, y la niña, Araña.

Cleotilde y yo buscamos a tu abuelo en todos los hospitales y clínicas de la capital. Llamamos a su mánager en Toluca y él nos ayudó a contactar a todos los toreros y banderilleros que habían trabajado con El Borrado, pero nadie sabía nada, y su familia no dijo nada, y al final tuve que aceptar que tu abuelo había huido de su yerma mujer. Y su segunda familia. Por encima de todo, era eso lo que nos unía a Cleotilde y a mí.

Cuando él llamó a mi puerta cinco años más tarde, no lo reconocí. Estaba chupado, y tenía la mirada de Lorca en sus ojos, reflejando una trágica oscuridad. De pie en el umbral, le pregunté que qué quería (aunque en mi interior podía escuchar panderetas agitándose en mi corazón, y quería gritar con alegría gitana—¡Viva Dios!—porque había regresado), pero no contestó, simplemente permaneció de pie delante mía y se encogió de hombros como un niño tímido, así que lo dejé entrar.

Durante semanas se convirtió justamente en eso, en un niño que necesitaba constantemente ser consolado. Comenzaba a lloriquear sin razón alguna y las pesadillas que nos despertaban a los dos en medio de la noche trajeron los peores dolores de cabeza, que le hicieron vomitar y sentirse mareado y confuso. Migrañas, las llamó el médico, y lo único que podía hacer era tumbarse en una habitación oscura con un emplasto de alcohol en la cabeza mientras las lágrimas rodaban por su cara.

De nuevo se fue. Dijo que todavía me quería, pero que no podía vivir consigo mismo y que no era ni buen hombre ni buen marido y tampoco merecía todo el cariño y atención que yo le daba. Quién sabe qué secretos escondía. Una vez a la semana se pasaba a darme dinero y dormir en su propia casa. Volvió con Cleotilde otra vez, algo que me alegró, porque Cleotilde me decía todo y al menos él tenía a sus hijos para que lo animaran. En realidad fue Cleotilde la que me habló de Lorca. ¿Sabes?, ella era actriz y había bailado algunas veces en el Bellas Artes.

Era en 1936, y para entonces Lorca era famoso, tal y como yo había vaticinado que sería, y sus obras de teatro se representaban por todo el mundo, en lugares tan distantes como Argentina, Cuba y Nueva York. En México, sus libros se vendían en todas las mejores librerías, e incluso en las casetas del Zócalo. Aquella primavera, unos meses antes de su muerte, resultó que una de sus obras de teatro vino al Bellas Artes a la capital, y Cleotilde me dijo que una actriz española, esa que era tocaya mía, Margarita Xirgú, era la actriz principal de la obra, y Cleotilde iba a ser su suplente. Cleotilde me preguntó si quería ir, me podría conseguir entradas gratis, en un palco privado, no estaba nada mal. Supongo que vería encenderse algo en mis ojos al escuchar el nombre de Lorca. Fui, por supuesto, obligando al hijo adolescente de mi sirvienta a que me acompañara, porque no era apropiado para una mujer de sociedad asistir sola a obras de teatro.

Lloré cuando la vi. El escenario estaba yermo, como el título de la obra; un campo baldío, una caja vacía, como la mujer llamada Yerma que no podía casarse con el hombre que amaba, que anhela tener un hijo suyo más que cualquier cosa. Cualquier hijo. Yo era Yerma. Y la Vieja Pagana era mi madre. Lorca había escrito una obra de teatro sobre la maldición de mi madre.

Fui a todas las funciones y cada una me pareció distinta a la anterior. Le siguieron otras obras: una sobre una vieja solterona, otra sobre la mujer de un zapatero, pero ninguna tan mórbida como Bodas de sangre. En cada teatro de la ciudad, al parecer, se representaba una obra de Lorca. Por supuesto yo las vi todas, varias veces. Como ves, de nuevo estaba obsesionada con Lorca. Cleotilde se reía de mí. No sabía de dónde venía mi obsesión. Y entonces leí un artículo en el Exelsior que anunciaba la llegada del eminente dramaturgo y poeta Federico García Lorca a la ciudad de México a finales de julio.

La tarde de su llegada había una recepción en su honor en casa de Margarita Xirgú, y Cleotilde lo arregló todo para que yo recibiera una invitación. —Creo que me estás ocultando algo—me decía—. Eres paisana suya, ambos de Granada. Debes haber oído hablar de él o haberlo conocido, Margarita.

¿Conocerlo? Negué con la cabeza y me mordí la lengua, sabiendo que correría a contarle la historia a tu abuelo.

Como te puedes imaginar, me aterraba la idea de volver a ver a Lorca. Una y otra vez soñé en esa tarde en los zarzales de detrás de la Alhambra. Las murallas del antiguo castillo brillaban como sangre quemada bajo la luna llena. El quería observarme, me dijo, y lo sentí tocarme con sus ojos, saboreando mi piel. Me desabroché los botones de la blusa y me quité las peinetas que me recogían el pelo. Y entonces sus manos me cogieron los pechos; sus labios se arrimaron a mi cuello y me susurraron un poema. Incluso ahora, después de todos estos años, todavía recuerdo la fuerza de su robusto cuerpo entre mis muslos, y las manchas de mora en mis enaguas.

No te sonrojes, Niña, tu abuelita Maggie no fue siempre una viejecita. Ella tuvo una vez un cuerpo tan joven como el tuyo, lleno de pasión gitana. Di gracias a la Virgen de los Gitanos por que tu abuelo no estuviera en casa para ser testigo de mis movimientos en la cama por la noche, gritando el nombre de Lorca en la oscuridad.

La tarde de la recepción supimos que Lorca no había cogido ese tren. Pero la Xirgú siguió adelante con la recepción en su honor. De pronto me convertí en el centro de atención, pues Cleotilde le dijo a todo el mundo que yo era una gran seguidora de Lorca y había visto todas sus obras. Les dijo que yo era de Granada, una gitana auténtica, y todos sabían lo que Lorca pensaba de los gitanos.

—Probablemente ella conocería a Lorca—dijo Cleotilde, haciéndome un gesto con los ojos—. Apuesto a que podemos sacarle el secreto si lo intentamos.

—Cuéntanos—suplicó el joven actor sentado a mi lado—. ¿Conociste alguna vez al gran Lorca?

Su insistencia me obligó a admitir que había venido una o dos veces a la taberna de mi familia en el Sacromonte y que le encantaba cantar cante jondo con mi hermano Moisés y beber hasta el amanecer.

—Yo te recuerdo—dijo la Xirgú, y por un instante me asusté.
—No nos hemos visto nunca, señora—le contesté—.
—Tú eres de la familia de los Vargas, ¿verdad?
—Ese era el nombre de mi familia, sí.

—Por supuesto. Recuerdo a Federico hablando sobre ti, la gitanita hija de los Vargas que robó su corazón. Te escribió un poema, ¿lo sabías? Está dedicado a alguna mujer que conocería en Cuba y a su sirvienta negra, pero me dijo que en realidad era sobre ti. Se titula “Casada infiel”. Solíamos meternos con él por cortejar a una mujer casada.

—Para entonces yo estaba viuda, señora—tuve que decir, pues no iba a dejar que pensasen que había sido una mujer infiel—. Y él nunca me cortejó, a él le gustaban mis hermanos.
Cleotilde levantó las cejas y me hizo una mueca. —Qué callado te lo tenías—dijo, y supe entonces que todas mis esperanzas por que tu abuelo no se enterase se habían desvanecido.

—¿Pero no es él uno de esos?—preguntó alguien en la sala—, ya saben, un invertido.
—Ya la oíste, dijo que le gustaban sus hermanos.
—Yo oí que era el amante de Dalí—dijo otro.
—Y también de Buñuel.
—De Buñuel seguro que no. Buñuel odia a los maricones.
—¿Y qué pasa con Dalí?
—Dalí tiene debilidad por las partes traseras.
—No, no, no. El gran amor de Lorca era ese joven escultor, ese tal Emilio que huyó con una mujer y le rompió el corazón a Lorca.
—Yo pensé que era ese torero que fue cogido de muerte.
—Ninguna mujer por ningún lado.

—Yo no sé nada de eso—dijo la Xirgú, guiñándome desde el otro lado de la habitación. Abrí mi abanico y fingí indiferencia ante la conversación, pero en mi interior mi corazón latía aceleradamente.

—Hubo una muchacha de la que estuvo enamorado cuando era joven—continuó la Xirgú—. María Luisa creo que se llamaba. Y entonces, después de entregar su corazón a mi tocaya aquí, hubo una holandesa con la que intimó también. Se conocieron en Inglaterra, y funcionó tan bien que se iban a reunir en América.

—Lorca tuvo muchas mujeres como amigas—dije yo—.
—No, él me dijo que ésta era especial. Creo que iba a tener un hijo suyo.
Por un instante, mi corazón dejó de latir. La maldición de mi madre me vino a la memoria, y me sofoqué. Sentí que me desmayaba.
Señora—dijo el muchacho junto a mí—, ¿no se encuentra bien?

—Negué con la cabeza, avergonzada de que pudieran pensar que había tomado demasiado manzanilla. No podía soportar oír hablar más de Lorca. Pero todavía tenía que saber más.
—¿Así que tenía familia?

—Oh, por Dios, no—dijo la Xirgú—, ella le escribió desde Holanda para decirle que el feto había muerto. Esto fue bueno también para la pobre mujer. Federico no tenía intención alguna de convertirse en hombre de familia. Decía que una vieja gitana del Sacromonte le había echado una maldición por negarse a casarse con su hija tras una indiscreción.

Todas las caras tornaron hacia mí y de nuevo sentí que me desmayaba.

—Pobre Federico—dijo la Xirgú sin que nadie pudiera pararla—. Siempre con tal mala suerte en el amor. Después de que el escultor lo traicionase, cayó en una gran depresión. Nos asustó a todos, esperábamos que se cortara las venas en cualquier momento. Por eso fue que su familia lo mandó a América. Su padre quería que tuviera un cambio de aires.

—¿En qué año fue eso?—preguntó alguien—.
—En 1929. Yo siempre bromeaba con él diciendo que la crisis económica fue consecuencia de su llegada a Nueva York.

Tenía que salir de allí. —Dios mío, mira qué hora es—dije mientras golpeaba con el codo a Cleotilde. Entonces nos levantamos.

—¿Deben marcharse tan pronto?—me preguntó la Xirgú alargando su mano como esperando a que yo la besara—. ¿No quiere cenar con nosotros? Tenemos gazpacho y tortilla.

—Son los niños—dijo Cleotilde—. Se ponen tan tristes cuando regreso tarde—y empezó a besar a todos en la habitación.

—Gracias, señora—le dije a la Xirgú agitando las puntas de sus dedos—. Ha sido un privilegio conocer a tan maravillosa actriz, y además paisana mía. Me permitirá devolverle su hospitalidad en otra ocasión.

—Venga a verme a mi camerino la próxima vez que esté en el teatro—dijo la Xirgú con hoyuelos en la cara—. Me aseguraré de decirle a Federico que le envía saludos—. Antes de que pudiera protestar, se volvió hacía Cleotilde. —Me ha emocionado mucho que hayas traído a una antigua amiga de Lorca para entretenernos, Cloti. Por lo que he oído, ella solía ser una gran bailadora. Y predecía el futuro también. Creo que ha sido demasiado modesta con sus historias—se dio la vuelta hacia mí—. Quizás la próxima vez puedas deleitarnos con tu baile.

—Será un placer, señora.
—Buenas noches a todos.
—Buenas noches, Doña Gitana.

En el taxi de vuelta a casa, Cleotilde no paró de acosarme con preguntas, pero yo me negué a decir nada más sobre Lorca y prometí que la odiaría si se atrevía a soltar palabra a tu abuelo. Pero tuve suerte. Lorca nunca llegó a México. Los falangistas lo mataron en Granada esa misma semana. La historia apareció en todos los periódicos y se escuchó en todas las emisoras de radio: ¡FEDERICO GARCÍA LORCA ASESINADO!

Algo extraño ocurrió cuando leí el titular. Noté cómo mi corazón no se aceleraba al pensar en la muerte de Lorca, pero mi matriz sí lo hizo. Sentí que volvía a estar viva, como si las noticias de su muerte me hubieran liberado de la maldición de mi madre.

Quemé canela aquella noche, y puse hielo en la esquina de cada habitación y barrí la casa. El día en que me solía visitar tu abuelo me lavé los pelos con henna y me perfumé la piel con sándalo. Me pinté los ojos con kohl. Encendí dos velas rojas a la Virgen de los Gitanos. Quise ser gitana de nuevo, y hacerlo tan feliz como lo había hecho en Granada. Y funcionó. Nunca volvió a la cama de Cleotilde, aunque yo le insistía en que no dejara de atender a sus hijos, y siempre estuvieron presentes en nuestras reuniones familiares. Cleotilde y yo nos convertimos en más que hermanas, y sus hijos me llamaban tita Margarita.

Me quedé embarazada de tu tío Benny un mes después de la muerte de Lorca. Benjamín Nahum lo llamé, por tu abuelo y mi hermano. Tu madre nació dos años después. Gracias a ellos, tengo nietos y biznietos y la familia de Benito Rivera se mantiene viva. Pero recuerda esto, mi Niña, ninguno de ustedes existiría ahora si Federico García Lorca no hubiera muerto. Su muerte supuso mi resurrección.

Tu abuelo fue herido de gravedad por un toro justo después del nacimiento de Benny, y tuvo que dejar de torear. Su familia quería que se quedara en la ciudad de México y que administrara el teatro que tenían en Coyoacán, pero él quería hacer carrera en el negocio periodístico, lo cual le llevó hacia el norte; primero, a Tijuana, y luego aquí, a Juárez, donde todos al final cruzamos y nos convertimos en americanos. Me alegré de dejar México. No quería tener nada que ver con mi pasado como una mujer yerma, o con el fantasma de la maldición de Lorca. Pero la verdad es que he estado engañándome a mí misma todos estos años.

Sé que esto te va a sonar increíble, pero te prometo que todo lo que te voy a contar ahora es verdad. ¿Me crees? Debes creerme. Y debes aceptar que hay muchas cosas extrañas que ocurren y que sólo Dios puede comprender. ¿Sabes?, el hijo de Lorca nunca salió de mí. Está todavía aquí. Petrificado dentro de mí. Se murió, sí, pero nunca se fue. Casi me lo sacaron, una vez, hace algunos años. ¿Recuerdas cuando me ingresaron en el hospital pensando que tenía algo en el estómago? Viniste a visitarme; me trajiste chirimoyas, mi fruta favorita. Pero tu madre no dejó a los médicos que me operasen. Yo quería que me lo quitaran. Había vivido con esa maldición dentro de mí demasiado tiempo. Pero tu madre temía que no superara la operación, y los médicos dijeron que mi cuerpo se había adaptado a esa presencia petrificada en mi estómago y que, siempre y cuando no pusiera en peligro mi vida, la podría conservar. Así que la dejaron dentro de mí. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que la maldición está aún viva y no morirá hasta que el hijo de Lorca descanse en paz en el sitio adecuado. Esa fue la profecía de Chorrojumo.

No temas, Niña, no me mires como si dudaras de mi cordura. Puede que tenga cien años, pero no he perdido el juicio aún, sólo mis dientes y mi deseo de vivir. Tienes que creerme. Sé que has oído que los gitanos mienten, pero Abuelita Maggie nunca te mentiría, y mucho menos sobre esto.

Mira, esta todo aquí en este recorte de El Diario. Léelo tú misma para que puedas ver que te digo la verdad. He esperado veinte años para enseñártelo. Tu madre no quería que te lo contara. A ella le asusta mucho lo que no puede comprender. Pero tú eres diferente, sé que lo eres. Tú eres la mayor de mis nietos, mi consentida. Y, aunque no estás emparentada con Lorca en lo más mínimo, me recuerdas muchísimo a él, en la forma en que tu corazón sangra por una clase de amor que piensas que es imposible. Sí, siempre he sabido esto sobre ti, la forma en que este secreto ha marcado tus decisiones y ha llenado tus ojos de una tristeza que encuentro tan familiar.

Por esa razón tú eres la única en la que confío para que me ayudes a enterrar mi secreto, y lleves mis cenizas de vuelta al Sacromonte en Granada, y entierres la maldición de mi madre de una vez por todas. Debes llevar mis cenizas al cementerio del Albaicín y esparcirlas sobre la tumba de Chorrojumo. Sólo entonces nuestra familia se liberará del fantasma de Lorca.

Adelante, Niña. Lee el recorte del periódico. Confirma todo lo que te he contado. Y si todavía no me crees, si todavía me tomas por mentirosa o por loca, pregúntale a tu madre entonces. A ella no le gustará, pero te dirá que todo lo que dice en la historia del periódico es cierto.

Lo que nadie sabe más que tú es que este ser petrificado que llevo dentro de mí es todo lo que queda de la semilla de Lorca. El nunca se casó conmigo, y yo nunca di a luz a su hijo. Pero ambos están muertos dentro de mí y, como esa pobre mujer holandesa que también fue afectada por la maldición de mi madre, yo soy la viuda de Lorca.

Nota de la autora: Este cuento está basado en un artículo aparecido en El Diario de Juárez en 1984, sobre una mujer de 88 años que portó un feto petrificado en su matriz durante 60 años. Un caso similar apareció en los Países Bajos en 1979, donde una mujer portó un feto petrificado durante 50 años.

N. del T.: Están en cursiva las palabras en castellano en el original.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *