Justo S. Alarcón LP 5

Alarcón, Justo S.

Justo S. Alarcón, (1930 –) nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia, y obtuvo diplomas en ambas. Logró diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y una Maestría de literatura hispánica en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y un doctorado en literatura española en la universidad de Tucson, Arizona. Durante treinta años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló. Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: “Técnicas narrativas en ‘Jardín umbrío’ de Ramón María de Valle-Inclán”, Editorial Alta Pimería, “El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana” (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications y “La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana” de Ramón Saldívar, Editorial Orbis Press. Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, “Minority Voices”, “De Colores”, “Revista Chicano-Riqueña”, “The Americas Review” y “Confluencia”, entre otras. Durante varios años ha editado la revista “La palabra: Revista de literatura chicana”. Escribió dos novelas, la trilogía “Crisol”, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos. “Los siete hijos de La Llorona”. Y dos colecciones de cuentos: “Los dos compadres: cuentos breves del barrio”, publicados en México por la Editorial Alta Pimería y “Chulifeas fronteras”, publicada por la Editorial Pajarito Publications. Además publicó un libro de poesías que lleva por título “Poemas e mí menor”, publicado por la Editorial Alta Pimería, 1981.

Para mi hijo Miguelito

 

Junio 11, 1975

LA TRAMPA

A sugerencia de la Abuela, el Nieto la acompañó a dar su primer paseo por el pinar, que se hallaba cercano a la vieja casona. La Abuela, como de costumbre, iba sacudiendo y acariciando con sus manos regordetas las plantas silvestres que flanqueaban el camino terregoso. Llegados a la colina, la Abuela se sentó sobre una alfombra de hierba fresca, salpicada de margaritas campestres. Las oropéndolas, las palomas torcazas y los verderoles cantaban y susurraban sus secretos amores.

 

*****

— Abuelita, yo quisiera saber qué hacía mi papá cuando era niño. ¿Puedes contarme algunas cosas?

— Sí, mijo, con mucho gusto. En general te diré que tu papá, cuando niño, era muy juguetón, alegre y travieso. Me tenía siempre colgada de un hilo. Nunca sabía yo qué es lo que él iba a hacer o en qué se iba a meter.

— A ver, cuéntame algo. Cualquier cosa.

— Es que hay tantas cosas, mijo, tantas cosas…, que no sabría yo por donde comenzar. No sé si sabes que a él le encantaban los animales. Toda clase de animales, caseros y silvestres. Creo que le gustaba más jugar con los animales que con sus hermanos y amigos. Por ejemplo, cuando llegaba la primavera, que es cuando toda la naturaleza reverdece y todas las cosas comienzan a tener vida y los campos a ponerse verdes, tu papá siempre le estaba siguiendo todos los pasos y todos los movimientos a los pájaros.

— Abuela, perdona, pero eso de que le gustaban los pájaros, ya me lo contó el abuelo.

— Lo que yo te voy a contar, mijo, eso nunca lo supo, ni todavía lo sabe tu abuelo, porque fue un secreto entre los dos.

— ¿Secreto? Entonces, cuéntamelo, abuelita, que a mí me gustan mucho los secretos.

— Mira, niño, tu papá era muy bueno para hacer cosas de madera, como carros, trompos, jaulas y juguetes de todas clases. En una ocasión había hecho dos o tres jaulas para los pájaros. Un día me dijo, en secreto, claro, que había encontrado dos o tres nidos de pájaros muy bonitos, con plumas de muchos colores. Tengo que decirte también que tu papá sabía el nombre de todos los pájaros de todos estos contornos y lugares. No sé cómo los aprendió, pero los sabía. Un día me contó, también en secreto, un plan que tenía. Yo, naturalmente, no se lo dije a nadie. Ni a tus tíos, ni a tu abuelo. Me lo callé.

— Dime, pues, ¿qué plan era ése que tenía mi papá, abuelita?

— Después de varias caminatas al monte, observando los movimientos, las idas y venidas de los pájaros, por fin, llegó el momento. Ese día cogió la jaula, se llevó una gorra y semillas o alpiste. Yo le pregunté que para qué era todo eso, y me dijo que para sus pajaritos. Pues, bien, se fue. Yo, como sabía que tu papá a veces, por ser un niño travieso, se exponía a peligros, después de que se fue él, yo le seguí desde lejos. Se subió solito a un árbol bastante grande. Cogió unos palos que él, con anterioridad, ya había recogido, y los había colocado contra el tronco del árbol. Colgó la jaula de una rama y, después, se subió al montón de palos y, con las dos manos, se agarró de las ramas y, con la ayuda de los pies, se trepó al árbol. Después, y poco a poco, iba subiendo por las ramas como un mono o chango, con una mano en la jaula y con la otra agarrándose de las ramas. Y así pasaron varios minutos, hasta que llegó a donde estaba el nido. Yo, entre tanto, estaba escondida detrás de un árbol, para que él no me viera.

 

— ¿Qué más, abuelita, qué más? Continúa.

— Bueno, para hacerte corto el cuento, ya cuando había recogido de la rama el nido con los pajaritos y de haberlos metido en la jaula, se bajó despacito y… nos fuimos hacia casa. ¡Para qué decirte que a él no le gustó nada de que yo le hubiera seguido y le hubiera espiado! Por el camino hacia casa le pregunté qué es lo que iba a hacer ahora con la jaula y los pájaros. Él me dijo que todavía no sabía, pero yo me di cuenta de que no me lo quería decir. Llegados a casa, yo me metí dentro y él se quedó fuera. Desde arriba, y por una ventana, yo lo estaba observando. Se subió a otro árbol que estaba junto a nuestra casa y, de una rama, colgó la jaula. Los dos papás de los pajaritos venían siguiendo a tu papá durante todo el camino. Cuando tu papá se bajó de este segundo árbol, los dos pájaros se arrimaron a la jaula y comenzaron a “hablar” con sus hijitos. Aunque parecía que estaban asustados, estaban ya contentos al poder ver otra vez a sus hijitos de cerca. Poco a poco fueron tomando confianza a la jaula y comenzaron a traerles comida en sus piquitos. Así pasaron dos o tres días. Después de varios días, tu padre trajo la jaula para la casa y la colocó en la ventana de su habitación, pero la puso por la parte de afuera. Esto era muy importante, según me dijo después, que estuvieran la jaula y los pajaritos por la parte de afuera de la ventana. Otra vez, los papás de los pajaritos se alborotaron. Aunque con dificultad, volvieron a acostumbrarse al nuevo lugar. Y así pasaron varios días. Entonces, llegó el momento más importante.

— A ver, abuelita, cuéntamelo. Y…, apúrate, que me da cosa….

— Paciencia, mijo, paciencia, que hay tiempo para todo. Ya que estaban acostumbrados otra vez los papás de los pajaritos a la nueva situación, tu papá metió la jaula dentro de la habitación. Este nuevo cambio fue terrible para los papás de los pajaritos, porque ahora ya sospechaban que se les hacía o se les tendía una trampa. Y…, así fue.

— Cuéntamela, abuelita, ándale, cuéntame lo de la trampa.

— Pues tu papá, como te dije, metió la jaula dentro de su habitación. Pero la puso muy a la vista de los pájaros. Colocó la jaula en alto, sobre dos sillas, para que los pájaros la pudieran ver bien desde afuera. Levantó la ventana, que se subía y se bajaba y, para mantenerla abierta, le puso debajo un palo de unas dos cuartas de alto. Al palo le amarró un cordón bien atado. El cordón era largo. Entonces tu papá se metió debajo de la cama, sujetando entre sus manos la otra punta del cordón. Escondido debajo de la cama, observaba a los papás de los pajaritos. Estos se posaban en el tejado, llegaban hasta la ventana, pero, rápidamente, se iban. Le tenían miedo a lo desconocido, a la nueva y extraña situación. Así pasaban las horas sin que los papás se atrevieran a meterse en la habitación para darle de comer a sus hijitos que piaban mucho con el hambre. Por fin, uno de ellos se atrevió. Entró, se colgó de la jaula y le puso una lombriz en el pico de uno de sus hijitos. Estos estaban contentísimos, porque piaban mucho. Creo que la nueva alegría animó a los papás a perder el mucho miedo que tenían. Tu papá les permitió que, poco a poco, se fueran acostumbrando a la nueva situación.

— Abuelita, espérate un momento. Dices que mi papá se metió debajo de la cama ¿y… que así se pasó varias horas?

— Sí, exacto, mijo. Pero es que tú no sabes de lo que era capaz tu papá cuando quería conseguir lo que él deseaba. Tenía una paciencia enorme. Pues así se pasó varias horas debajo de la cama. Hasta que llegó el acto final, y… pasó lo que tenía que pasar.

— ¿Qué pasó, abuelita? Apúrate y dímelo. No te pares ahí.

— Pues que llegó el momento decisivo del plan que se había propuesto llevar a cabo tu papá. Una vez que estaban los dos papás pájaros agarrados con sus patitas de los alambres de la jaula, tratando de ponerles lombrices en los piquitos de sus hijitos, tu papá jaló del cordón y, ¡zaaas!, se cayó la ventana, cerrándose y haciendo un ruido muy grande y estrepitoso. Los dos papás quedaron encerrados dentro de la habitación. Se volvían locos. Revoloteaban por todas partes, tratando de buscar algún lugar abierto para escaparse, pero, los pobres, no lo encontraban. Piaban… y piaban… con un piar muy doloroso.

— Y…, abuelita….

— Después, tu papá, con bastante dificultad, trataba de agarrarlos. Ellos, desesperadamente, se apretaban contra los cristales de la ventana para escaparse y, allí precisamente, los agarró tu papá. Después, los metió en la misma jaula con sus hijitos. En una tacita les ponía alpiste y otras semillas y, en otra, agua. Eso sí, tu papá los alimentaba muy bien. Pero….

— ¿Y ahora que pasó, abuelita? No te pares, ándale.

— Pues que los papás cada día se ponían más y más tristes. Al principio, parecía que estaban más o menos animados, dándole de comer a sus hijitos. Pero estos, en una semana más o menos, crecieron muy rápido. Ya podían comer solos. Los papás, como te dije, comenzaron a ponerse tristes y más tristes. Ya no cantaban, ni querían comer. Entonces tu papá creyó que ya era la hora de la decisión. Después de pensarlo mucho, decidió dejarlos libres.

— ¿Los soltó, abuelita?

— Sí, soltó a los dos papás. Al abrir la puerta de la jaula, salieron volando con gran velocidad, y desaparecieron en la lejanía. Ni volvieron la cabeza hacia atrás. No dejaron ni una lágrima en la jaula, ni en el aire. Se fueron como si hubieran despertado de un mal sueño. Los hijitos, tristes al ver que sus papás ya no estaban allí con ellos, continuaron en la jaula algún tiempo más, pero, como no eran animales caseros, sino que eran pájaros silvestres, también ellos, ya crecidos, comenzaron a sentirse tristes. Tu papá se sentía muy triste también. Tuvo que soltarlos. Les abrió la puerta de la jaula y también se fueron volando sin volver la cabeza hacia atrás. Tu papá se quedó pensativo…, como si también hubiera despertado de una pesadilla o de un mal sueño. Veía que los pajaritos necesitaban de su libertad, pero, al mismo tiempo, le dolió que se fueran volando tan rápido y tan lejos, sin dar las gracias, creía él. Así se acabó el experimento pajarero, y la travesura, que hizo tu papá. Ahora te darás cuenta, por qué nunca le dije a tu abuelo esta travesura tan grande de tu papá.

— ¡Ay, caray, abuelita! ¡Qué cosas hacía mi papá!

*****

 

Por el Este se asomaba una espléndida luna, sonriéndole al anochecer. Las bandadas de gorriones alborotaban la tranquilidad de los árboles caseros que le ofrecían albergue, mientras el canario de la vecina, con una patita en el aire, metía la cabeza amarilla bajo el ala esponjada. Las chicharras, con sus chirridos, perforaban los ventanales veraniegos de las casas somnolientas. Abuela y Nieto entraban por la puerta de la casona iluminada.

 

 

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