David Durán LP 2

Durán, David, M.A.

Universidad Estatal de Arizona

Nació en Michoacán y después se trasladó a Sonora siendo un niño. Ahora se encuentra radicado en Phoenix Arizona USA. Asistió a la Universidad Estatal de Arizona (ASU por sus siglas en inglés) en donde se graduó con dos licenciaturas, una en Justice Studies y otra en Literatura en español. Recientemente graduado de la misma institución con una maestría en literatura chicana.

Ha asistido a algunas conferencias nacionales e internacionales dentro de las cuales se encuentran: XIII Reunión de Investigadores de Ciencias Sociales y Humanas (Puebla. Méx). Séptimo Foro Internacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura. Universidad de Sonora, (Hermosillo, Sonora, México). IV y V Congresos de Poetas Migrantes. San Luis AZ, San Luis Son. IV Encuentro de Escritores Iberoamericanos en Estados Unidos (homenaje a Luis Valdés). Peregrinos y sus Letras. Phoenix AZ. Homenaje al Doctor Justo S. Alarcón”. Phoenix AZ. XIV y XV Conferencia de Literatura ASU.

Algunas publicaciones incluyen: “La carta que nunca escribí”. Revista Literaria Katharsis Septiembre 2008 España. “Luna llena”. Revista Literaria Katharsis Septiembre 2008 España. Congressional Immigration Reform. The Examiner. Julio de 2010. “Carrera a muerte” Refugio Poético primavera 2012. “El Descubrimiento” Refugio Poético primavera 2012.

La carta que nunca escribí

Hoy que te has ido y con lágrimas en los ojos te escribo querido amigo la carta que siempre quise escribirte y que nunca te escribí. ¿Recuerdas, Javier, que siempre fuimos los mejores amigos del mundo? ¿Recuerdas que la nuestra fue una amistad fuera de lo normal? Una amistad sin interés de parte de ninguno de los dos. ¿Recuerdas que siempre compartimos juntos todo lo bueno y todo lo malo de la vida? Nos conocimos siendo unos adolescentes. Siempre compartíamos sanamente junto a un grupo de amigos dentro de los cuales tú y yo siempre fuimos los más sensatos sin dejar de divertirnos como todos los demás.

Ah, esos bailes de nuestra juventud donde tú salías a bailar mientras yo me “sacrificaba” cuidando a las chicas que nos acompañaban recibiendo sus caricias y abrazos. Claro que yo era un pícaro, para qué abrazar a una sola muchacha bailando si muchas me abrazaban a mí. Recuerdas esas salidas que hacíamos a menudo del paraíso llamado La Mira, rumbo al paraíso de la Soledad?

Sí, nos íbamos en esa motocicleta vieja y destartalada, la cual hacía más ruido que una locomotora y parecía estar a punto de deshacerse en cualquier momento. Esta arcaica e inolvidable motocicleta que compré yo, pero era nuestra, porque tú y yo éramos tan unidos como hermanos. Con un amor fraternal a toda prueba, esa moto pasaba por decreto de amistad a pertenecer a los dos. Esa no era mi moto, era nuestra moto. Vieja, inservible, ruidosa y todo, pero era de los dos.

Recuerda que llegando a la Soledad corríamos a pescar. Si, siempre pescábamos (aunque sea un garrotillo) recuerdas, Javier, cuando inconscientemente pasábamos por ese estrecho y peligroso paso de mar, lleno de erizos con rumbo al morro colorado. Oh, Dios, eso sí era peligroso. Ahí pasábamos las mañanas pescando, y regresábamos antes de que subiera la marea para evitar que el mar nos arrastrase hacia dentro.

Has de recordar también, querido amigo, nuestras excursiones de cacería en las montañas de La Soledad. Qué malos cazadores fuimos. Nunca matamos nada que no fuera el tiempo. Siempre lo mismo. Siempre agazapados esperando una presa. Siempre regresamos con las manos vacías. Siempre con las voces de tu familia indagándonos dónde estaba lo que habíamos cazado. Bueno, no cazábamos nada, pero traíamos bastantes animalitos que encontrábamos en las montañas. Esas llamadas güinas que corríamos a matar con el agua salada del mar. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas, Javier, cómo tu familia me quería como si fuera un miembro más de la familia? Para ellos yo era uno más, y yo me sentía tan bien con ello.

Creo que también recuerdas el día que yo partí de tu lado prometiendo volver pronto, lo cual nunca sucedió. Si yo sólo venía a los Estados Unidos a juntar algo de dinero par ir juntos a ver el mundial del ‘86 a Guadalajara. ¿Te acuerdas, Javier? Vendimos la vieja moto, nos repartimos el dinero. ¿Te acuerdas? Nadie vino a despedirme, ni mis amigos, ni mi familia. Sólo tú, tú fuiste el único que vino a despedirme. A despedir a tu mejor amigo.

Pasaron los meses, los años y nunca cumplí mi promesa de volver. Me enteré que habías conocido a una buena y linda mujer con quien te habías casado. Una mujer tan buena como tú, una mujer que te daría una familia como la que tú te mereces. Me alegré tanto por ti. Claro que te lo merecías y, gracias a Dios, que se encontraron el uno con el otro. No podía ser de otra manera. Las buenas almas siempre se encuentran.

Yo seguía soñando en regresar. En que otra vez recorriésemos juntos aquellos lugares que solíamos en nuestra adolescencia. El tiempo seguía pasando. Sí, fui en alguna ocasión ¿lo recuerdas, Javier? ¿Me creerás que sólo fui a visitarte? ¿Me creerás que sólo fui a recordar viejos tiempos? Sí, para poder disfrutar de esos días de pesca y caza.

Me alegró mucho saber que tu esposa y tus hijos guardaban un afecto especial por mí. Aquel afecto que tú le habías inculcado, gracias a nuestra amistad. Para tus hijos, yo era su tío, qué orgulloso me sentí. Pero el tiempo siguió pasando…

Alguien me dio la noticia que estabas a punto de partir rumbo a un paraíso mejor. Pregunté, indagué, por fin te localicé. Por desgracia sólo pude cruzar dos palabras contigo. Me dijeron que estabas mejor, que ya no partirías y que estarías con nosotros por un buen tiempo más. Pero te fuiste. Me enteré tres días después de tu partida. No supe que te habías ido, sino unos días después. Es esta la tristeza que me desgarra el alma y me hace llorar mientras esta carta te escribo, Javier.

No, no estuve ahí para despedirte. No estuve porque pensé que no te irías, no estuve porque lo supe muy tarde. Me siento como si traicionara nuestra amistad. Tu mejor amigo no estuvo ahí para decirte adiós. Por eso te escribo esta carta que nunca leerás. Es una carta que nunca escribí. Tú, espérame donde estés y guárdanos un lugar a tus seres queridos y a mí. Yo, siempre recordaré a mi mejor amigo mientras viva. Si desde donde te encuentras ves que al escribir esta carta lloro tu partida, no te preocupes, amigo mío del alma. Haz de cuenta que es una carta que nunca escribí.

Luna llena

Los dos grandes amigos habían acordado pasar un divertido fin de semana como tantos otros en esa paradisíaca playa Michoacana, donde regularmente iban a descansar del largo ajetreo causado por las interminables horas de trabajo semanal aunado a los fatigosos estudios. Se podría decir que ésta era una playa privada y que pertenecía a la familia de Daniel, quien era uno de los dos amigos. En este lugar existía originalmente una rústica casita en lo alto de la montaña donde vivían los familiares de Daniel y donde los amigos pasaban los días de asueto. Con el tiempo, la familia construyó una choza nueva junto a la playa, bajo las palmeras de cocos, ahí muy cerca del mar, donde se respiraba la brisa marina, y las olas del mar rugían con gran intensidad queriendo demostrar su preponderancia.

Ese día, como siempre que visitaban ese lugar, tomaron sus motocicletas cuando aun se encontraba a obscuras la mañana para poder llegar después de dos horas de travesía y antes de que el alba despuntara, con el propósito de ponerse a pescar antes de la salida del sol, pues es en estos momentos cuando la pesca es más fructífera. Después de un par de horas, ya ante una abundante pesca, los dos amigos tomaron un rico desayuno, descansaron un rato para emprender la segunda rutina, la cual consistía en ir de cacería adentrándose en la hermosa e imponente selva michoacana con la esperanza de cazar algún venado, jabalí o cualquier otro animal salvaje comestible. Pero como la caza era una rutina de cada vez que visitaban el lugar, el resultado también era una rutina; nunca mataban nada que no fuera el tiempo, disfrutando el verde paisaje. Siempre regresaban con las manos vacías.

Después de su infructuosa incursión por la selva, se dispusieron a saborear una suculenta comida hecha con los peces que habían capturado por la mañana. La pesca había sido tan buena que decidieron pasar el resto de la tarde jugando y bañándose en el mar, divirtiéndose a más no poder, como sólo los adolescentes pueden hacerlo.

A ellos se unió la sobrina de Daniel. Una hermosa chica de escasos 17 años con el pelo del color de los trigales, labios tan rojos como el coral y una figura que sería la envidia de las mismas Afrodita y Venus. Su cuerpo se mezclaba con el mar dando la impresión que era parte del mismo. Su piel tan blanca parecía que absorbía la espuma del mar o que la espuma del mar era ella misma.

El amor brotaba por los poros de los dos adolescentes. Sí, ambos se amaban, con la ternura del pétalo de una rosa, o con la fuerza de un huracán. Así entre juegos y sonrisas el día se volvió viejo. El astro rey se fue hundiendo en el mar dando inicio a la noche. Los jóvenes se dispusieron a prender una fogata a la orilla del mar. Tocando la guitarra y cantado, los muchachos iniciaron la lunada. Y, fiel al rito, Selene aparece tímidamente para compartir los momentos agradables de aquellos jóvenes. La luna, que en un principio iluminaba muy tímidamente, ahora resplandecía en toda su belleza, mientras besaba las mejillas de la sobrina de Daniel haciéndola ver aun más hermosa. El brillo de Selene era tal que las olas del mar semejaban el universo todo lleno de estrellitas que titilaban coquetonamente.

Ya entrada la noche, los dos amigos felices, pero cansados, se dispusieron a armar su tienda de campaña para acomodarse a descansar y dormir con la mente puesta a levantarse antes del alba del día siguiente para dirigirse a pescar nuevamente.

Serían las doce de la media noche. Mientras Daniel dormía, su amigo, que no podía dormir por tantas emociones, levantó la vista y vio una luz que bajaba rápidamente por las montañas. Esta luz parecía caminar en forma desordenada, como escondiéndose entre los matorrales, pero siempre dirigiéndose en dirección a donde ellos acampaban. Extrañado, el amigo despertó a Daniel mostrándole la anormal iluminación que bajaba a escasos 100 metros de donde ellos se encontraban. Daniel, pensando que se trataba de un ladrón, inmediatamente dirigió sus pasos hacia la cabaña que se encontraba no muy lejos de ellos y tomó el rifle en sus manos regresando rápidamente a la tienda de campaña. Los dos se sentaron en la entrada de la tienda de acampar esperando a que pasara aquel que quién sabe qué diablos buscaba.

Ahí esperaron que pasara ese ser que les tenía tan inquietos. Sólo tres o cuatro minutos después, y a unos cinco metros de ellos, alcanzaron a ver su figura. Ambos se quedaron atónitos sin poder creer lo que estaban viendo. Pero cuando este ser pasó tan cerquita de ellos que sus pisadas levantaban la arena salpicándoles la cara, los incrédulos amigos se dieron cuenta de que no habían errado. Comprobaron que sus ojos no les habían mentido en su primera impresión.

Ahí, frente a ellos, caminaba un ente sin ropa alguna. Su rostro era endemoniadamente infernal. Dos largos pitones, como los de un miura, adornaban su frente. Sus alargados y siniestros ojos parecían dos brasas ardiendo. Era de ahí, de donde provenía la luz que antes habían visto. Es decir, parecía que de sus ojos brotaban llamas que iluminaban el camino. Su larga nariz daba un aspecto más tétrico aun, mientras sus afilados colmillos sobresalían de sus gruesos y alargados labios. Selene, que brillaba en lo alto del firmamento, pareció asustarse por la presencia de tan diabólico ser y rápidamente se escondió tras las ramas de las palmeras.

Dos largas y deformes piernas eran sus extremidades inferiores. La una parecía la pata de un rumiante, mientras la otra semejaba la pata de una gran ave. Su rojizo cuerpo era atlético, musculoso, seguramente con más de dos metros y medio de alto. Inmediatamente comparé su estatura con la de Daniel, que era bastante alto, y que por eso acostumbrábamos jugarle bromas por su enorme tamaño. Daniel parecía un enano a su lado. De donde la espalda pierde su nombre, una larga cola sobresalía moviéndose de un lado para el otro con vigor. Sus manos fuertes y musculosas estaban adornadas por unos dedos enormes y unas uñas tan grandes que parecían garfios de acero.

Selene, escondida tras las palmeras, seguía siendo testigo de todo esto. No, este ente no se ocupó de los dos amigos. Ni siquiera se detuvo un instante para verlos, solamente siguió su camino con rumbo al inmenso mar. Sus pies o patas comenzaron a adentrarse dentro del colosal mar quien, asqueado por tan infernal ser, rugía impotente, pues no podía resistirse a ser profanado con su presencia.

La luna llena seguía de testigo. Mientras los dos amigos le veían, prosiguió caminando, siguió adentrándose en las profundidades del mar de donde ya no salió más. Los dos amigos se quedaron sin habla, sin pánico, sin miedo. Solamente se veían uno al otro, atónitos quizás, como si esto fuese un sueño, como si esto no hubiese pasado en realidad. Daniel recostó su rifle en las paredes de tela de la tienda de campaña. Un rifle que quedó tan mudo como ellos. Los dos se acostaron, los dos se durmieron y nunca más volvieron a hablar del tema. Parecía como si este hecho tuviese que ser borrado de sus mentes por mandato de no se sabe quién. Nadie vio nada, nadie fue testigo de nada. Sólo la luna llena.

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