Francisco Martínez Bouzas LP 4

Martínez Bouzas, Francisco

Francisco Martínez Bouzas es natural de Arnuide, Orense. Es docente y crítico literario. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona y en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma. Completó además estudios de grado en la Universidad de Comillas de Madrid y en la Universidad Gregoriana de Roma. En la actualidad ejerce como catedrático de Filosofía. Realiza además una amplia labor como crítico literario. Miembro de la Asociación Española de Críticos literarios (AECL). Pertenece así mismo a la Sección de Crítica Literaria da Asociación de Escritores en Lingua Galega (AELG).

Como docente dirigió o coordinó distintos cursos y proyectos de formación para el profesorado, organizados por la Consejería de Educación de la Junta de Galicia. Así mismo, colaboró durante varios cursos en calidad de profesor tutor con la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Santiago de Compostela. Es autor de los siguientes títulos de su especialidad: En sociedade. Cavilemos e fagamos. Materiáis didácticos de Filosofía (1994), Reflexións sobre a vida moral (1995, en colaboración con varios autores), A ética na que vives (1995, en colaboración con varios autores), Filosofía (2000) en colaboración con Susana Abuín Chaves y Henrique Tello León.

Ha sido miembro de diversos jurados de premios literaios y en el año 2004 recibió el Premio Xerais a la Cooperación Editorial como crítico literario. Tiene y mantiene un magnífico blog que lleva el título de “Brújulas y espirales” en donde el lector puede ver y disfrutar de gran cantidad de reseñas de obras literarias. http://brujulasyespirales.blogspot.com/

LEONORA
Elena Poniatowska
Editorial Seix Barral, Barcelona 2011, 510 páginas.

BOUZAS Querido Diego, te abraza Quiela

A lo largo de su dilatada carrera como periodista y narradora, Elena Poniatowska le ha dado voz en las páginas de sus obras a los sin voz de su país, entre ellos a Josefina Bórquez, en la ficción Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969), una lavandera y medium que participó e la revolución mexicana, permitiéndole conocer la verdadera miseria del México real. Pero Elena Poniatowska, ella misma una leyenda, también le ha prestado su palabra y su fantásticas imposturas a otras mujeres, mexicanas o no, a las que admira o con las que se conduele (Tina Modotti de Tinísima, Angelina Beloff de Querido Diego. Te abraza Quiela). En esa misma tradición se inserta su última novela, Leonora, con la que ha conseguido el Premio Biblioteca Breve 2011.

Desde el punto de vista literario, Leonora es una sutura de géneros: biografía y ficción, o como confiesa la escritora, “una novela inspirada en Leonora Carrington, pero en vez de una historia alusiva, decidí escribir directamente sobre ella”. Y a fe que la vida de Leonora Carrington (Lancashire 1917 – Ciudad de México 2011) tiene mucho de novela. Hija de un magnate de la industria británica y de una mujer irlandesa, de la que hereda su querencia por la alífera y subterránea magia celta. Para el padre, “rey de la negrura”, que trasuda autoridad en cada acto o en cada palabra, la manera de vivir de su hija está determinada por su nacimiento y por su herencia. Pero Leonora nace con un decálogo de rebeldía incrustado en sus genes y, si su padre piensa que a las mujeres hay que educarlas para complacer, ella se muestra rebelde, inasible, excéntrica, iluminada, capaz de transformar su libertad en fuerza viva. Rompe convenciones sociales y ataduras religiosas y decide realizarse como persona y como artista. Lo hará en el movimiento surrealista, seducida por la personalidad y la obra de uno de sus máximos pontífices, Max Ernst, del que se convierte en discípula y amante alucinada. Y Max, orgulloso, la exhibe como su novia del viento y su yegua de la noche.

Ella es la encarnación de lo que André Breton llamó l’amour fou. Rompe esquemas y se consagra a ser rebelde. Mas su rebeldía es sagrada y la saca de su interior cuando quiere, no cuando alguien se lo ordena. Elena Poniatowska describe con inmensa fuerza verbal su irrefrenable relación amorosa con Max Ernst. Y también la crisis de locura cuando, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la policía francesa confina al alemán en un campo de concentración. Su estancia en el Madrid de la posguerra civil, su obsesión antifascista. Y, convertida en una piltrafa humana, su encierro en un manicomio para ricos de Santander, donde aplacan sus incontenibles delirios con Cardiazol. Su fuga de los psiquiatras españoles, el escape del continente de la locura y su inserción en México D.F, al que embruja con sus colores, sus cuentos, sus delirios. Sus matrimonios, sus hijos, su labor pictórica y literaria, su amistad con la pintora Remedios Varo, la vivencia aterrorizada de la “balancera” de Tlatelolco, porque en aquella revuelta estudiantil participaban sus hijos.

La novela es un tributo a la fuerza incontenible de esta mujer que se lanza al vacío, segura de lo que lleva dentro. Fanática de sus convicciones. Así fue y así es Leonora Carrington, una figura extraordinaria y a la vez perturbadora, en la que fermentan todos los sueños y pesadillas del “glorioso” siglo XX.

La capacidad de Elena Poniatowska para fabular esta biografía es infinita, casi tan grande como el delirio creativo de Leonora Carrington, legado de su sangre celta. Recrea además la periodista y escritora con gran agudeza el movimiento surrealista, el vivir alucinado de sus representantes, su magisterio subversivo, repleto, sin embargo de contradicciones. Un torbellino estético que arrebata por su fuerza creadora y que congrega y destruye a muchas mujeres quizás, porque como decía Breton, esta nueva forma de ver el mundo se centra en lo femenino, como alternativa a la lógica secular patriarcal.

Como ya quedó señalado, en este retrato de la personalidad secreta y privada de Leonora Carrington, la escritora mexicana conjuga ficción e historia, historia biográfica. La ficción, como marcador semántico que es, somete a sus leyes a todo lo que toca. No es esta pues en puridad una novela histórica, una biografía. Sin embargo, esa lengua fuerte, incontenible, a veces arrebatada de Elena Poniatowska y la musicalidad de su prosa ilustran bellamente la increíble existencia de Leonora Carrington, esa fantasiosa e indomable novia del viento y yegua de la noche como la quiso ver Max Ernst. O como la hiena, su otro yo, como ella se percibe en su único autorretrato en el que substituye al caballito del balancín de su niñez, que huye hacia la libertad de los árboles. Porque “hay que volar por encima de todo”.

Francisco Martínez Bouzas
Brújulas y espirales

Fragmentos

“Max contribuye con un caballito mecedora comprado en una tienda de antigüedades que Leonora pinta al lado de la hiena, su otro yo, en el cuadro que comenzó en The inn of the daw horse. Le da las últimas pinceladas a sus pantalones blancos y a sus cabellos alborotados. Tártaro huye por la ventana hacia la libertad de los árboles. Hay que volar por encima de todo. La vida estalla dentro de Leonora, no hay vuelta atrás, galopa como lo hacía sobre Winkie, barre con cualquier obstáculo. Dragones de dedos largos y serpientes monstruosas con hocicos de jabalí podrían desgarrar su piel, que ella seguiría adelante. Es una potrenca, respinga, levanta remolinos. Nada la detiene. Su fuerza anonada al pintor, que no la deja ni de noche ni de día, y la acecha inquieto, no vaya a escaparse como el caballo de su autorretrato.”

…..

“De vuelta a la Ciudad de México, Leonora va a la peluquería. También corta el mural en tres. En el extremo izquierdo del «mundo de abajo» pinta una gran cabeza de jaguar, en el derecho, una Ceiba. En el «mundo terrenal» destaca la figura de un caballo blanco más grande que uno normal. A los chamulas los dibuja pequeñitos. Un sol y una luna iluminan el cielo, que cruza una serpiente voladora. Sobre la tierra se multiplican tapires, buitres, leopardos y monos araña. Mientras pinta, Leonora se repite la profecía de Popol Vuh:«Del seno de la obscuridad nacerá la luz que nos permitirá ver lo que nos rodea.»

Son días de fervor. A Leonora le parece tener una marimba interna y sus sonidos la apresuran. «Quisiera poder pintar ese sonido de madera.» Así como en San Cristóbal fumaba un cigarro tras otro para espantar a los mosquitos, ahora deja un volcán de colillas al lado de su caballete.”

…..

“El 12 de octubre la revista ¡Siempre! publica un artículo de José Alvarado: «Había belleza y luz en las almas de los muchachos muertos. Querían hacer de México morada para la justicia y verdad: la libertad, el pan y el alfabeto para los oprimidos y los olvidados. Un país libre de la miseria y el engaño. Y ahora son fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas. Algún día habrá una lámpara votiva en memoria de todos ellos.»

Las noticias devuelven a Leonora a la salida de Francia en 1940. Otros padres buscan a sus hijos. Manuela Garín y Rogelio Álvarez publican un desplegado en El Día preguntando dónde está Raúl; su hijo desaparecido. «Los tienen incomunicados en el campo militar número uno.» «Los han torturado.» «El ejército no le permite la entrada a nadie.» «Los desvistieron en Tlatelolco y los mantuvieron encuerados bajo la lluvia.» «Los tratan como a asesinos.» «Herberto Castillo escapó de milagro entre las rocas del Pedregal.» La palabra cárcel es una constante. Ahora no son los alemanes que invaden Francia y amenazan a Leonora, ahora la persiguen los mexicanos, van a masacrar a sus hijos.

Leonora

Leonora – Autorretrato.
(Elena Poniatowska, Leonora, páginas 83, 437, 463)

 

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