José Terán LP 2

Terán C., José

De José Terán C., se hizo acreedor del primer lugar en el Primer Concurso Literario Chicano Short Stories, categoría profesional, convocado por la Universidad de Arizona, en 1985. Ese mismo año apareció publicado en español e inglés en la Revista Sahuaro de la misma universidad.

José Terán C., nació en el desaparecido pueblo de Batuc, Sonora, en 1950, y le acompaña la herencia por las letras y las artes gráficas que recibió de su padre y abuelo, Arnulfo y Jesús Terán, respectivamente; este último pionero de la imprenta en la sierra sonorense.

Durante su niñez la familia se trasladó a la frontera de Nogales en donde cursó parte de la escuela primaria. Como sucede a los residentes fronterizos, él visitaba a sus parientes maternos radicados en las ciudades vecinas de Arizona y en más de una ocasión pasó largas temporadas en los Estados Unidos.

Después de estudiar en Hermosillo, Sonora y trabajar en varios diarios de la capital y Guaymas, a finales de los 80, dirigió en Nogales el periódico La Voz del Norte y en el 94 fue designado Director de Educación y Cultura del municipio.

Por su actividad literaria ha recibido el reconocimiento de instituciones tan importantes como la Universidad de Sonora, el Gobierno de Baja California Sur, el Gobierno de la Paz, BCS, la Secretaría de Educación Pública, el Programa Cultural de las Fronteras, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Instituto Sonorense de Cultura.

Actualmente radica en Hermosillo, Sonora.

Ray Five Mendoza

“Y no terminan aquí nuestras diferencias. Ellos son
crédulos, nosotros creyentes; aman los cuentos de hadas
y las historias policíacas, nosotros los mitos y las leyendas. Los
mexicanos mienten por fantasía, por desesperación o por
superar su vida sórdida; ellos no mienten, pero sustituyen
la verdad verdadera, que es siempre desagradable, por una
verdad social.”

Octavio Paz. El Laberinto de la Soledad.

Porque sabemos que volveremos a toparnos con él en cualquier cantina, y no queremos estar expuestos al reclamo, quienes lo conocemos preferimos fingir que lo escuchamos atentamente, siguiendo su verba elocuente de corredor de punta a punta por toda la frontera; porque además sabemos que lo mejor para nuestra salud es no abrir la boca cuando él habla y tímidamente, con una ligera señal, le diremos a la cantinera que nos ponga otra cerveza, con suerte, tal vez la última de la noche mientras llega otro a ocupar nuestro lugar y algunos podamos retirarnos discretamente, mientras él sigue inagotable, citando fechas, nombres, lugares y situaciones que ninguno de nosotros siquiera ha sospechado.

Porque ¿quién va a saber más que Ray Five Mendoza, que es el inventor del mundo con todos sus culitos? O sea, todo lo que se mueve o se atreve a mover sobre la tierra brothers; porque sin mi, se eclipsa el sol desde los pozos petroleros de Texas hasta Frisco California ¿o qué? ¿Alguno de ustedes ha sentido el verdadero rigor al soportar el frío en los interminables surcos de Utha, encorvado, tiesos los dedos como garfios de hielo sobre el short handle hoe con la única esperanza de salir vivo de ese invierno? Pues yo lo hice brothers, muchos años antes de enrolarme en el ormi, muchos años antes de que me uniera a la huelga de descascaradores de Pacana, mucho antes de que fuera perseguido y amenazado por ayudar a las Ladies Garment Workers de San Antonio Texas ¿y saben por qué? Porque tengo un corazón de sol ¡Ay mangueras no me fallen! Y Ray Five Mendoza se golpea el pecho con su manaza de oso, desliza con precisión sobre la barra el tarro vacío y agradece con una sonrisa manchada de tabaco la siguiente cerveza que le extienden.

Ray Five Mendoza se vuelve un animal ubicuo vigilándolo todo por debajo de su sombrero negro: Ustedes no saben lo que es vivir atormentado por un amor imposible mientras navegas en un maldito barco atunero de Vancouver hacia Alaska, esperando que el próximo témpano de hielo que te encuentres te rompa la madre en medio de unas aguas a bajo cero grados… ¡Qué van a saber! Pero mi corazón de hotel tiene suficientes barracas para abrigar amores, porque eso sí, my brothers, hay un solo motivo que alienta a las mujeres a vivir: ¡esto que me cuelga entre la horqueta! Y el legendario, trotamundos y orgulloso Ray Five Mendoza sujeta con su mano un bulto en la bragueta. Con la barba crecida y un cigarro inacabable entre la boca, reta a la concurrencia: ¿Conocieron ustedes a Rivera? El único mexican artist que le paró los tacos a Nelson Rockefeller en su mero cantón, el Rockefeller Center de Nueva York, en el verano del 33, ¡ese sí que era huevón! En Detroit, un año antes, lo vi pintar sin descansar durante cuatro meses el mural que se llama El hombre y la máquina, yo lo vi junto a su ayudante Frank Moreno dormir parado sobre los andamios a más de cuatro metros de altura.

Ray Five Mendoza ha perdido la edad en un largo camino plagado de peligros y de empresas insospechadas, puede evocar con todo el coraje que es capaz de sentir un hombre de su experiencia, seres míticos o atroces; abarcar con un solo ademán de su poderoso brazo, el vasto territorio de la América; declarar de nueva cuenta la Independencia de los negros, reformada y extensiva a todas sus generaciones; proclamar en una sola noche de parranda y dialéctica la residencia y protección irrefutables que deben asistir a muchos mexicanos en todo el territorio sur de los Estados Unidos, porque para eso yo he sido punta de lanza en todas las grandes manifestaciones de chicanos, my brothers, éste que ven aquí nunca ha sabido lo que es arrugársele el cuero. Desde Ventura California hasta Ohio he marchado al lado de López Tijerina, de David Sánchez y sus Boinas Café, con “Corky” González fundé la Cruzada de la Justicia en el sesenta y cinco, César Chávez reconoció mis cojones en la huelga de Delano California, y si alguna vez visitan la ciudad de Tucson, pregúntenle a Gallo Wines quién es Ray Five Mendoza, el mismo que ven aquí, el único testigo viviente que presenció en Los Angeles el ataque de marines a los jóvenes zoot-suits, pachuquitos indefensos en el cuarentitrés.

En esta parte de su discurso, Ray Five Mendoza se ha puesto de pié con todo y sus dos metros de estatura, le brilla la mirada bajo su ancho sombrero, encaja su pulgar en el cinto de cuero que ciñe su voluminoso abdomen y levantando el tarro de cerveza grita: ¡Por el Plan Espiritual de Aztlán, my brothers!

Ray nunca será un desertor de las filas de los temerarios: es capaz de ir de grupo en grupo por toda la cantina incitándolos a que le refuten sus historias; unos lo mirarán escépticos, otros esbozarán una ligera sonrisilla pero todos permanecen callados cuando Ray Five Mendoza abarca con su mirada de águila todo el recinto, porque Ray es el único que puede atravesar cuatro estados en una sola noche, pedir una cerveza en alguna taberna de Silver City y mantener en suspenso la misma madrugada a más de cuatro mormones en una cafetería de Provo Utha, pero siempre dueño y señor de la mesa y la noche.

Una de las girls-dancers que bailan por relevos en el salón adjunto llega hasta donde Ray conduce la velada y, adelantando primero sus pezones al aire, le extiende un pequeño sombrero verde. Ray Five Mendoza suspende la descripción del mortal Monstruo de Gila, que tuvo en desgracia conocer en el desierto de Yuma, para exclamar a la preciosa rubia que lo mira con provocativa sonrisa y admiración: ¡Ay mangueras no me fallen! Dos dedos de la poderosa mano de Ray hurgan el bolsillo de su chaleco obscuro y antes de dejar caer la moneda de oro, con el índice extendido dibuja un círculo perfecto alrededor de la teta izquierda de la joven, al tiempo que le dice: In Sonora, the sun shines all year round. Ella contesta agradecida: Thanks, Ray y se aleja por entre las mesas moviendo su pequeño calzoncito verde.

El indomable Ray se limpiará la barba con su garra de puma y volverá a la carga: ¿Quieren saber ustedes cómo sobreviví al piquete mortal del Gila Monster? Y extrayéndose sus dos placas dentales dice: ¡Esto no es nada comparado con el dolor inhumano que te inyecta el bicho más traicionero del desierto, porque su veneno ataca con la velocidad del rayo el calcio de los huesos! Desde Yuma hasta la aldea de los indios Seris en las costas de Sonora viajé inconsciente durante catorce días a lomo de mula, porque entonces no había freeways ni carreteras numeradas; durante dos semanas mantuve aprisionada en mi mano derecha la bestia venenosa cuya piel quema como una brasa. Trece noches después, el brujo mayor de los temibles indios Seris me la hizo tragar en pequeños pedazos sin despreciar las uñas, gracias a eso, mucho tiempo después, pude estrechar la mano de Chimayo Savino, ¡el gran Chimayo!, el único descendiente de apaches verdaderos capaz de mantener en un puño la región de Pojoaque, Nambe, Pecos y Belen, en el Estado de Nuevo Mexico. ¿Han oído hablar del gran Chimayo Savino, el que descubrió la Gran Quibira? Ray Five Mendoza sabe que ha capturado a la concurrencia con los indicios de un nuevo relato y juega en el tablero las piezas de la espera. Se yergue medio cuerpo encima de la barra y haciéndole un guiño a la cantinera le pide otra cerveza. Par esta hora de la noche dos o tres asientos vacíos delatan a quienes imperceptiblemente han abandonado el grupo y Ray, calculando con inteligencia el límite de resistencia de sus oyentes sentenciará: ¡Pobre de aquél que vive esquinado con un enorme lazo al cuello! ¡Pobre de aquél que no puede salir de su pequeño cuadro! ¡Se necesitan huevos, my brothers, pija de acero y mucha adrenalina para saber llenar el hueco que te espera!

¿Quién podría desafiar la amenaza mortal que liberó el gran Chimayo Savino al descubrir Quibira? Chimayo lo supo y me lo contó una noche en Mescalero Nuevo Mexico. Previó su propia muerte y me legó las coordenadas exactas de la ciudad más fantástica y ciclópea que imaginación humana pueda concebir, construida totalmente de oro y donde a la más ligera voz responde un eco de campanas cristalinas, pero también el apache Chimayo descubrió, junto con a ciudad, el vaticinio de su horrible muerte. Ray Five Mendoza saca de la vieja cartera un pedazo de cuero doblado en cuatro partes lleno de incomprensibles trazos y lo extiende sobre la barra para decir con un murmullo de voz: Durante cincuenta años me he negado a descifrar los signos de mi propia muerte, porque la Gran Quibira espera a través de los siglos obsequiarle a su siguiente visitante un catafalco de oro, y mi ambición my brothers, no ha transitado aún esos caminos. Para cruzar el umbral de la puerta de la Gran Quibira, reforzada con veintidosmil barretas de oro, hay que aprender a caminar sin ruido por el viento.

Ray Five Mendoza hace un paréntesis. De espaldas, recarga los codos en la barra y enfrenta a la concurrencia con una reflexión: Pero no todo está perdido en este infierno my brothers, la lucha de los hombres en esta tierra aún no ha terminado. Herlindo “Chuco” Placencia fue deportado más de trescientas veces antes de que sus huesos blanquearan el desierto de Mojave; él desafió patrolas desde Brownsville Texas hasta San Diego California, entendió que el trabajo no tiene nacionalidades y que la discriminación, cualquiera que sea su bandera, te ulcera el corazón ¡Ay mangueras no me fallen!

¿Quién de ustedes ha oído hablar alguna vez de Herlindo “Chuco” Placencia? ¿Quién de ustedes ha visto la esperanza en un rostro de mujer al cruzar la serpiente bidermis que es el Río Bravo? Me ha tocado pernoctar en barracas sulfurosas donde los humores acuosos de cientos de espaldas-mojadas vuelven grasienta la tierra; he visto muñecas y brazos lacerados por grilletes porque su único delito fue el querer trabajar; he presenciado el último adiós que dan los hijos a sus padres antes de venirse a esta rica pero insensible tierra. Por eso, tal vez por eso, luchó Herlindo “Chuco” Placencia y mantuvo, hasta el último día de su vida, tatuado sobre su pecho el estandarte de la Virgen de Guadalupe, protectora indeleble de todos los de Aztlán. Me contaron, cuando me entregaron sus huesos incompletos, que lo reconocieron por un pedazo de piel acartonada donde la faz de una santa tenía una mirada triste que para donde te movieras te seguía.

Ray Five Mendoza como buen narrador de sus andanzas equilibra su elocuencia con silencios medidos, podría decirse que busca, en los rasgos de los rostros que lo rodean, pistas que le tiendan un puente a las regiones que él cree olvidadas por el paso del tiempo. Lo cierto es que este hombre de piel curtida por diferentes soles sabe de su atracción de monolito y se guarda de ubicar su verdadera historia. Nadie puede citar con claridad su domicilio ni asignarle un número de años que encaje en su osamenta, porque escapa a su propia leyenda construida entre todos nosotros.

Sabemos que es chicano y que en su niñez fue amamantado por una india Ópata de Sonora, que cuando habla combina el español y el inglés con maestría, que es capaz de enfrentarse a más de cinco contrincantes sin proferir ofensas ni demostrar rencor, que va y que viene desafiando enemigos emboscados y que mantiene, según él, a veces solitaria, una lucha cerrada por la reivindicación de los chicanos.

Todo esto pensamos mientras Ray Five Mendoza se da cuenta de los primeros bostezos de la noche, e intuye que falta el eslabón para cerrar con broche de oro el círculo asombroso que ha tratado de engendrar entre su auditorio. Tal vez por eso, casi grita para sacar de la modorra a sus oyentes: ¿Qué saben ustedes del verdadero Ray Five Mendoza, al que dieron por muerto a puñaladas en Ocotillo California y reapareció, tres años después, en Bisbee Arizona dirigiendo el tráfico de cobre? ¿Quién de ustedes oyó mentar a Pánfilo “el Mañoso” Ibarrola, el azote de Douglas y al que Ray Five Mendoza lo mandó bajo tierra a descansar en paz? Ray aspira con fruición el humo de su cigarro, le quita la ceniza con la lengua e interroga a la concurrencia sin preguntar. Un par de policías han entrado a la cantina, observan por un momento la escasa concurrencia y salen si hablar.

Ray los mira salir, sopla una bocanada de aire que suena como un mugido y adelanta una reflexión: Tal vez ustedes piensen que el viejo Ray vive de sueños, que ha perdido la brújula que guía la razón y que a estas alturas de su vida le da por transitar caminos al borde del precipicio que se llama locura. Nada de eso my brothers, porque puede suceder que antes de que la noche huya hacia el oriente queden sus huesos tiesos por el asombro, porque ¿quién que no sea Ray Five Mendoza cambia su libertad por la de otros? El hombre debe de estar siempre comprometido con su propia boca, brothers, porque la lengua es un áspid venenosa que se alimenta del dolor humano, pero uno debe de sujetarla de sus colmillos y soltarla cuando pueda morder las conciencias más adormecidas. Mientras tanto hay que vivir apostando las únicas mollejas que nos hacen valer: ¡la boca, el corazón y los huevos my brothers!

Ray Five Mendoza se para con las piernas abiertas en el centro de la estancia y enarbolando con su mano derecha la cerveza se dirige hacia nosotros: ¿Quieren saber cómo un solo hombre es capaz de desafiar todas esas malditas leyes que tenemos y cómo prefiere cambiar sus cervezas del viernes por vivir un puñado de sueños que atan su corazón? ¡Ay mangueras no me fallen!

¿Quieren saber cómo Ray Five Mendoza, sin más ayuda que sus propias manos liberó de una ingrata prisión a más de doscientos espaldas mojadas?

Nosotros permanecemos expectantes esperando el hilo de una nueva historia. Afuera, un ruido de múltiples sirenas ha ido creciendo en medio de la noche hasta detenerse más allá de la puerta. Entran una docena de agentes especiales con las armas en la mano y se hace un silencio total en la cantina.

Ray Five Mendoza nos mira a todos sin parpadear siquiera, luego, termina su cerveza y antes de avanzar hacia ellos con las manos en alto, tranquilamente nos dice: Si alguna vez hay otra ocasión les contaré. Lo hice esta mañana, en la prisión de Marfa Texas.

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