Ana Cecilia González LP 4

González, Cecilia Ana

El taller de creación literaria FELIPE MONTES, FABRICA LITERARIA, SOCIEDAD CIVIL, fue creado hace tres años, naciendo con la vocación de formar creadores capaces de enriquecer y preservar el patrimonio universal del lenguaje. Fue creado por el escritor Felipe Montes, es dirigida por la escritora Ángeles Favela y se cuenta con diferentes talleristas. Está ubicado en Av. San Pedro # 801, Local 9; Col. fuentes del Valle, San Pedro Garza García, N.L., en donde orgullosamente radicamos. Esta vez participa con trabajos del taller dirigido por la escritora Sofía Segovia. Y esperamos en el futuro ofrecer más obras literarias de sus alumnos que muestren dedicación a la obra artística en la comunidad donde radicamos. Cecilia Ana González, participante de este taller, nos ofrece el siguiente cuento:

NACÍ CONDENADA A MORIR

Nací condenada a morir. Bueno, todos nacemos condenados, pero mi corazón descompuesto me lo anunció desde que nací.

Mi vida inició con visitas y más visitas a los doctores. El primer recuerdo que tengo de sufrimiento y dolor fue cuando tenía cuatro años. Estaba en mi acostumbrada revisión médica donde me quedaba hospitalizada por unos días. No recuerdo las visitas anteriores, pero ésa la recuerdo muy bien.

Mi madre y mis padrinos Óscar y Dora fueron a visitarme. Tan sólo podían estar conmigo una hora. Me regalaron una novedosísima muñeca que tenía un cordón en la espalda, que al jalarlo, la hacía llorar. Era perfecta para mis brazos.

Pasada la hora, tuvieron que irse y yo grité y supliqué, pero no logré convencerlos de quedarse.

Me recosté en la cuna, abracé a mi muñeca y empecé a tirarle el cordón para que llorara junto conmigo. Cuando me cansaba de llorar, la hacía llorar a ella y luego otra vez lloraba yo. Lloramos hasta que me quedé dormida. Más tarde, llegaron unos doctores a verme. Uno de ellos jugó con mi muñeca.

― ¿Cómo se llama?

―Se llama Dora, como mi tía -dije sin dudarlo.

En apenas unas horas, yo ya le tenía cariño a esa Dora.

El doctor jaló el cordón tan fuerte, que lo zafó y Dora dejó de llorar.

―Me la rompiste. Arréglala. Ya dámela.

―Espera, no te preocupes, ahorita te la arreglo.

―Ándale, ya quiero que llore.

―Mira: me la voy a llevar y en la mañana la traigo funcionando.

Sentí que me arrancaba un pedazo de mi corazón. El pedazo que no estaba descompuesto. Extendí los brazos pidiéndosela, pero ninguna súplica valió. Quiso reparar el daño a costa de dejarme sin mi Dora. Intentó convencerme dándome una paleta.

Y se la llevó.

Así me quedé esa noche, extrañando a Dora que era la única con la que podía compartir mi llanto y mi encierro en la cuna. Lloré y me sentí abandonada, profundamente triste y sola. Ahora, como mujer madura, la soledad de esa noche aun la recuerdo.

Al día siguiente el doctor llegó con Dora y me dio otra paleta. No la hizo funcionar. Pero abracé a Dora y no volví a prestársela a nadie. Ya no era lo mismo; ahora no había quién me relevara en el llanto.

Cuando mis padres llegaron a verme a la hora de las visitas, intenté explicarles.

―Mamá, quiero que Dora llore otra vez y el doctor la descompuso.

―Los doctores están aquí para ayudarte, ellos no descomponen muñecas. ¿Qué le hiciste a tu muñeca?

Mi mamá me sacó de la cuna para pasear. El tema de Dora parecía no tener importancia para ella y para mí también la perdía comparado con estar con mi madre. Cada vez que llegaban mis padres, sentía que había llegado mi salvación, mi rescate. Pero era muy doloroso cuando tenían que irse y volvían a ponerme en la cuna.

Yo gritaba y daba patadas para que no me metieran ahí. La cuna era suficientemente profunda para que no pudiera salirme sola.

―Al rato regresamos, no nos tardamos. No llores, no te vamos a dejar- decía mi madre.

―¿Por qué me dejan aquí? No se vayan. ¡Son malos! Yo no descompuse a Dora, mamá– decía con gritos y llanto mientras ellos se alejaban.

Hace poco mi mamá me contó que mi padre se aferraba a su mano y cuando estaban fuera de mi vista, ella estallaba los sollozos contenidos.

―Ya no aguanto. ¿Cómo le digo que está muy enferma, que no quiero dejarla, que no soy mala y que la quiero con toda mi alma?

Mi papá la consolaba como podía, aguantándose su propia pena. Se alejaban abrazados.

Nací condenada a morir, al igual que todos, pero ninguna condena, ni llanto ni sufrimiento, han logrado que mi corazón descompuesto, pero lleno de esperanza, deje de latir.

 

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