Alonso Sánchez LP 2

Sánchez, Alonso

(1547 – 1593) Tras ingresar en la Compañía de Jesús en 1565, estudió teología en Alcalá de Henares, y fue nombrado rector del colegio de Navalcarnero. Posteriormente, ascendió a lector de gramática en Aravaca, y en 1579 fue enviado a México, donde desempeñó el cargo de rector del colegio de San Jerónimo de la Puebla de Los Ángeles. En 1581, junto a unos misioneros franciscanos, fue destinado a Filipinas, donde se dedicó a evangelizar a los indígenas y fue secretario del primer sínodo celebrado en Manila. Enviado por el gobernador de Filipinas a China, realizó en 1582 y 1583 dos viajes a Macao para resolver problemas diplomáticos. Nombrado procurador de Filipinas y agente extraordinario de la Compañía de Jesús por el general de los jesuitas, el General Claudio Aquaviva, fue enviado a España, donde se entrevistó con Felipe II, de quien consiguió una amplia independencia para su orden y la creación de una junta permanente, encargada de solucionar los problemas de las misiones. Posteriormente, realizó un viaje a la Santa Sede, donde sus solicitudes fueron también satisfechas; falleció repentinamente cuando se disponía a regresar a Filipinas. (http://es.wikipedia.org/)

Relación breve de la jornada a la China

[Archivo General de Indias. Signatura: Filipinas 79, ARAH Jesuitas. Tomo VII y ANM, Colección Fernández Navarrete, II, fol. 253, dto. 8º.]

RELACIÓN BREBE DE LA JORNADA QUE HIZO EL P. ALONSO SÁNCHEZ

LA SEGUNDA VEZ QUE FUE A LA CHINA EL AÑO 1584

En el año de1582 habiendo yo ido a la China y Macán sobre negocios tocantes a la Gloria de Dios y al servicio de su magestad, por lo que el gobernador D. Gonzalo Ronquillo pretendía y deseaba de reducir aquella ciudad y puerto de portugueses a la obediencia de Su magestad, cuyos eran ya los reynos de Portugal. Pretendían esto el gobernador y obispo y capitanes y las religiones de todas estas yslas, por parecerles que no había otro camino para la entrada de cosa tan dificultosa y deseada como la China, sino era por aquella puerta, principalmente si se hubiese de hacer por vía de guerra, como el gobernador y los seculares pretendían y todos entienden que es el medio por el qual se puede hacer algo con brebedad y efecto. Hízose lo que se deseaba, juntándose con el Capitán Mayor y obispo y electos y las religiones y jurando a su Magestad, por su Rey y Señor natural, de lo qual y de otras cosas importantes dieron al P. Alonso Sánchez los despachos. Y por que las chinos en el camino le habían tomado la fragata en que iba, armaron otro navío para volver al Padre y a los despachos a Luzón.

En este tiempo que yo estube en Macán, negociando lo que se ha dicho, envió el Tutan chapa para que el P. Rogero fuese a la ciudad de Jauquin. Es el Tutan Virrey de la provincia de Cantón y tiene su asiento en la ciudad de Jauquin, que está tres días de camino desde Cantón la tierra adentro, por que Cantón está en un río señalado, pocas leguas de la mar y veintiquatro de Macán, que es una isla enfrente de él. Es el P. Rogero de la Compañía de Jesús, italiano, hombre docto, primero doctor en leyes y después en la Compañía teólogo, y por otra parte de singular virtud y gran sencillez y puridad, por lo qual los chinas lo aman y estiman mucho. Su principio de entrar en la China fué que, estando él en la Yndia, el P. Alexandro, Visitador de aquellas partes y del Japón, luego que tuvo noticias de las cosas de la China, señaló en Goa tres padres que fueron a Macán a darse a la lengua china y aguardar lo que Dios querría hacer acerca a la entrada en ella. Fué por entonces este P. Rogero solo y llegado a Macán, donde tenemos una muy buena casa, así en lo material como en la gente y orden, aunque les cosas de la China estaban tan cerradas y poco dispuestas como siempre, tanto que los que le veían y oían tratar de ello se reían de él, más con todo eso se dió a la lengua con extraño trabajo y diligencia, ayudándose de algunos mancebos chinas a quien sustentaba y pagaba con algunas limosnas. Es la lengua de la china la más estendida y difícil de aprender de quantas se han descubierto; tanto, que los mesmos naturales la saben mal, y para hablar pulidamente y como hablan los cortesanos y mandarines y oficiales de justicia y bonzos y clérigos, estudian toda la vida desde la niñez, y no tienen otras letras y ciencia en que emplear los yngenios y años sino en los carácteres de su lengua Y en esto son los hombres nombrados y estimados y graduados en sus universidades. Y estímase por tan gran señal de valor y caudal de entendimiento y juicio aquel que llega a comprehender destas sus letras y lengua más que otro, que aquel es elegido para el govierno y va subiendo y saliendo sin tenerse respeto al linage o principio suyo, ni si es hijo de zapatero o pescador o de otro oficio bajo, por que allá no hay otra nobleza sino de saber estas letras y los libros y leyes y sectas escritas en ellos, tanto que, en viendo un niño o mancebo que se va señalando, luego le traen en las palmas no solo la gente común, sino los mandarines, que son toda la flor de la nobleza de la China, por que saben cierto que aquel ha de venir a valer y mandar.

La causa que dige de tanta dificultad en la lengua es el escrivir todos ellos sus cosas no por letras de abecedarios sino por cifras o imágenes. Y estas tantas quantas cosas hay y obras hay en el mundo, que para cada cosita ha de haber una señal o cifra hecha de muchos rasguillos y puntos, por que se diferencien unos de otros, pues para saber uno leer o escrevir y hablar medianamente, lo primero ha de conocer todas estas señales o pinturas, que a lo menos dicen que son ochenta y cinco o nobenta mil. Lo segundo a las de saber nombrar por su propia pronunciación. Lo tercero ha de saber qué cosa significa cada una. La otra raiz de esa dificultad es ser tan equívocos sus vocablos y cifras, por que con solo una significan veinte y treinta cosas muy disparatadas y solamente se entienden con la diversa y muy sutil pronunciación con que pronuncian una misma de aquellas figurillas. Pues por que quien quisiese entrada en la China, ya que muy tarde la alcance, quisiere que le oya algún mandarín, y que no le traten como a un rústico o bárbaro, por que por tales tienen ellos a todos los demás, ha de saber estas sus letras y lenguaje estudiado, por que los que hablan el vulgar y común no son nada entre ellos ni en aquel lenguaje escucha a alguno, sino que han de hablar por petición hecha por otro que lo haya estudiado, las quales peticiones se pagan muy bien según la qualidad y elocuencia de quien las hace. Esta razón de ser necesario saber algo de sus letras y escrituras lo fué al P. Rogero que se pusiese a una cosa tan difícil, lo qual hizo tres años, sin que hubiese en el cerramiento de la China más apariencia de abrirse entrada que hay en un castillo que con mucho cuidado se vela. Solamente le daban lugar a que, quando los portugueses iban a comprar sus mercancías a Cantón (que entonces era una vez al año, aunque ya son dos por haberse acrecentado otro viage para la Yndia ), fuese el padre con ellos, lo qual aun los mesmos mandarines mandaban a los portugueses que no fuesen a Cantón sin el padre de San Pablo (que así llaman en Yndia y China y Japón a los padres de la Compañía), por que quando van solos dicen que hazen mil desatinos, mas que los padres son como chinos, hombres de razón y justicia, y pacíficos, y que no traen armas, y por eso quieran que vayan con ellos para que los refrenen. Por esta ocasión, yendo algunas veces el padre Rogero allá, vino a tener conocimiento con el Aitabo, que es el mayor mandarín de Cantón, tanto que le dió licencia para que saliese de los navíos donde están los portugueses todo el tiempo de su mercancía, y que pasase a una casa de mandarines en el arrabal de Cantón, y allí le dexó hacer capilla y dezir misa y administrar los sacramentos a los portugueses y otros mancebos chinas, sus compañeros. A esta capilla vino el Aitabo con el Conchiphú, que es el segundo mandarín y como corregidor de Cantón, a ver al manera de nuestros sacrificios y ornamentos, y qué cosa era dezir misa. Aunque después, porque ya le notaban las visitas que hacía y las que recevía del padre, se retiró y dixo al padre que le era muy amigo, pero que no podiamos tratarle más. En esta casa estava el padre quando yo fuí la primera vez a la China y en ella y con él me pusieron a mi los mandarines y dixe muchas veces misa, cosa que multi reges et prophetae desideravunt videre et no vederunt. Acabada pues la estada de los portugueses en Cantón, fuimos a Macán y, cinco o seis meses después, quando menos pensábamos, habiendole ya venido al P. Rogero sus compañeros, y exercitandose siempre en la lengua, el Tutan o Virrey, que había tenido tenido noticia del Padre y hecho particular inquisición en Cantón de la vida y costumbres suyas y de los demás Padres, y también por que ya una vez le había enviado llamar para informarse de cosas de Macán y de los portugueses y hecho algunos regalos y presentes, como una chapa de plata que yo vi, que era una provisión escrita en una plancha de plata a manera de escudo de dos palmos de largo y más de uno de ancho, por la qual le daba licencia de ir y venir de Macán a Jauquin, donde reside con su corte, sin que los guardas lo estorbasen. Digo que, por la buena información que tuvo del padre y sus compañeros, quando menos pensábamos llegó a Macán una embarcación de su parte con una chapa en que llamaba al padre para que asentase en su ciudad como sabía que deseaba. Fué el Padre con otros dos compañeros religiosos nuestros y otros mancebos de china lengua. Y de cómo fueron recibidos y tratados y fueron procediendo, enbié yo unas cartas suyas y larga relación luego que volví la primera vez de la China, año 1583. Lo que después passó fué que estando los padres muy asentados en Jauquin y favorecidos del Virrey y de otros muchos mandarines, el Virrey fué depuesto de su oficio, por que los chinas lo usan mucho, y por pequeñas faltas en que cojan a los jefes o gobernadores y por su disposición a los Padres, fué necessario dejar la China y tornarse a Macán, con tanto dolor quanto se pueda imaginar. Más para que se vea la providencia del Señor, y la prudencia de estos jueces y gobierno de la China, es de saber que cada vez que un mandarín acaba su oficio y entra otro, el que sale escribe en el libro de sus memoriales todas las cosas señaladas que en su tiempo han sucedido y el que entra lo primero que hace es leer todo lo que ha pasado. Pues sabiendo este Virrey que él se había de ir de Jauquin, y que el que venía si hallaba allí a los padres había de alterarse y inquirir cómo y para qué habían entrado aquellos estrangeros en la China contra sus leyes. Y que, aunque no fuese sino por ser cosa que su antecesor había hecho, la había él de deshacer, usó desta maña y fué que determinó de despedirlos él totalmente de la China y, después de hechados, escribió en los anales como en su tiempo habían venido a Jauquin unos hombres sabios y muy Sanctos de la parte del poniente. Y puso allí dellos grandes partes y virtudes. Tanto que a qualquiera moviera a tener gana de los ver y conocer y luego, al cabo, passó que aunque los había sufrido allí algunos días, más que después los hechó fuera de la China por no poder tener estrangeros según sus leyes. Quando el segundo Tutan vino y leyendo otras cosas notables halló esta, luego le dió deseo de ver aquellos padres de quien tantas cosas hallaba escritas y, quando ellos más descuidados y deshauciados estavan, llegó la chapa o provisión suya con un navío y mandarín menor y soldados de guarda a Macán en que rogaba mucho a los padres que se volviesen a Jauquin, y que aunque el Tutan pasado los había expulsado y no había sabido regalar ni tratar como merecían, él los quería en su tierra y les daría casa y yglesia y lo demás necessario. Fueron luego el padre Rogero y otro compañero suyo Matías Rizzo, también italiano y tan semejante en todo a los chinas que parece uno dellos en lo hermoso del rostro y en la delicadeza y en la mansedumbre y suavidad que ellos tanto estiman, y sobre todo en el grande ingenio y memoria. Por que fuera de ser él muy buen theólogo y grande astrólogo (de que ellos mucho gustan y saben), aprehendió en muy breve su lengua y tantas de sus letras que ha habla con los mandarines sin intérpretes, de que ellos se admiran y gustan extrañamente. Con esta buena boluntad del Tutan que los llamó y el favor y ayuda de otro mandarín grande amigo de los padres, les dieron luego casa y solar para hacer yglesia y chapa para poder restar en la China y andar por toda ella. Y fueron pregonados por vecinos e incorporados y hechos naturales de la China, por que no sea contra sus leyes estar en ella.

Recebimos en Manila el año 84 cartas de todo lo dicho en que el P. Rogero escribía al Governador y Obispo de Luzón y al P. Rector de Manila y a mí (por haber estado allá y por lo que pretendían) del estado en que estaban las cosas de aquella misión; pidiendo a estos señores de Luzón la favoreciesen por vía de Castilla como cosa de más tono y perseverancia así con su magestad como con el padre General de la Compañía, para que entendiese y ponderase quanto importa que aquel principio se conserve, sustente y ayude, así de sirvientes y obreros como de otras cosas necesarias, por que los portugueses no atienden más que a sus grangerías y no pretenden de la China sino la pacífica entrada en el río de Cantón y, a trueque de no les falte ese granillo, como dicen, no solo no pasarán ellos más adelante, mas aun estorbarán qualquier mudanza que las cosas mostrasen poder tener por ocasión de la predicación. Por esto y otras razones que proponían los Padres y otras que apuntaban y otras que reservaban para otra mejor coyuntura y no eran para Cartas, pareció al Gobernador y Obispo de Luzón y al Padre Rector de la Compañía y a las demás personas de quanta que, en un viage que se ofrecía, fuese el Padre Alonso Sánchez otra vez a la China.

Había partido un navío destas yslas en junio de 83 con los despachos de Su magestad para la Nueva España y su corte y con todas las haciendas desta tierra. En éste, tomando ocasión el piloto y maestre y otras personas de un tiempo que tuvieron contrario al salir destas yslas y inducidos por algunas otras personas que habían venido del Perú, arribaron a la China y después a Macán, a donde se alçaron con el navío y le pusieron a fletes de todos los portugueses que quisieren cargar para el Perú. Para el remedio deste alzamiento y reducción y castigo de los que le habían hecho, pareció al Gobernador y ciudad que fuese el Fator del Rey a Macán, pues juntándose a las razones arriba dichas, por las quales conbenía y pedían que el Padre Alonso Sánchez fuese a la China, otras que nacían desta ocasión, como eran parecerle al Gobernador y Fator que con su ida el Fator haría mejor su negocio, así como para saber como se había de avenir con las Armadas y con los Mandarines, si acaso no pudiesen pasar a Macán sin ser tomados en el camino por haber el Padre ya estado allá otra vez, como para la pacífica reducción de los alzados, de quienes se sospechaba haber de hacer resistencia al Fator, como para tratar con los portugueses, a quien ya conocía, para que no fuesen contrarios a lo mesmo, de más de esto por que se pretendía alianza con los chinas, que se nos diese a los castellanos entrada y puerto para el comercio como lo concedían a los portugueses, por todas las quales causas y otras algunas de importancia, que no son para este lugar, el Fator de Su magestad y yo partimos para la China.

Y llegamos con bueno y brebe viage, sin encontrar alguna armada sino un bancón de un mandarín bien autorizado que nos acompañó hasta entrar en el puerto, primero de mayo de 84, presentó el Fator sus requisitorias y, después de algunos encuentros con el Capitán Mayor y Oydor de Macán y casi toda la ciudad, que estava ya prendada por los empleos que tenían hechos para el Perú; al fin, haciendo el Padre que se juntasen en la casa de la Compañia, el Capitán Mayor y Oydor y Obispo y elector y otras personas del gobierno, se les persuadió y concluyó la razón y justicia que había para que, siendo ya todos de un Rey, admitiesen las requisitorias y, principalmente, no habiendose hecho el delito en tierra de portugueses sino en el navío de Manila, y no pretendiendose hacer justicia en Macán sino en el navío y fuera de su puerto, si suyo se ha de dezir que no es, sino de los chinas, lo qual hacía el negocio más llano.

Al fin se admitieron, y al Fator se le cometío el navío con la gente y hazienda. Justició algunos de los más culpados y, reparando lo que pudo de las mercadurías, despachó el navío su propio camino de la Nueva España. Era la principal ida del Fator a la China, fuera de lo dicho, para ayudar al Padre Alonso Sánchez en todas las cosas que fuesen necesarias tocantes a los Padres que están en Jauquin, para los quales también llevaba algunas limosnas, con otras que el Obispo de Manila enbiaba, y para otros negocios que parecía poderse ofrecer tocantes al servicio de Su magestad y a la entrada en aquellos reynos y a la conversión de tantas almas, a lo qual él atendía con mucho deseo, por que es muy cristiano y celoso de la honra de Dios y conversión destas gentes. Y así, aunque estuvo cinco o seis meses con la costa de su navío, soldados y marineros, nunca dió priesa, antes deseaba que muy a la larga se tratase lo necesario con los padres de Juanquin y buscase ocasión para entrar donde ellos están, para lo qual ofreció harto dinero a los mandarines del puerto, más no hubo lugar, por que ninguno puede entrar sino llamado del Tutan.

Visto pues que no era posible, escribimos a los Padres que tratasen con el Virrey cómo estábamos allí para tratar con él, cómo el gran Rey de los Españoles quería enbiar un presente al de la China y queríamos saber si lo admitiría, por que los portugueses decía que no, y qué cosas sería a propósíto para traerse. De esto dieron petición los Padres en Jauquin, y el Tutan lo remitió al Laitao de Cantón, y el Laitao al mandarín de Macán que se informase de lo que había en esto. Enviónos a llamar este mandarín y recibiónos con sillas y muchas gracias, las quales no dan sino solo al Capitán Mayor. Diónos el Cha, que es una bebida de agua cocida con que se convidan los mandarines, y después nos hizo tantas y tan sutiles preguntas de nuestra tierra y Rey y cosas de ella, que nos hacía algunas veces alcanzar de cuenta por qué tienen tanto ingenio y memoria, que preguntan muchísimas cosas y van mirando y confiriendo de cabo a cabo, in corde suo, unas con otras, para ver si conforman y si tratan verdad. Preguntan una misma cosa muchas veces y a diversas personas. Dimosle larga cuenta de todo y él escribió y envió al Aitabo la resolución, que los Padres nos escribieron. Fue tener algo sospechoso lo que tratábamos, por dos razones: la primera que no había necesidad de preguntar si se traería el presente sino traerle, la segunda por que si beníamos a esto no havíamos de venir a otra cosa, y no a Macán sino a Cantón. Y sabían que la principal venida, a lo que de fuera parecía, de nuestro navío había sido para reducir al otro que se había alzado, lo qual ellos tenían muy bien notado y cuadroles mucho que los castellanos usen justicia y la ejecuten en quien la merece, la qual no han visto en los portugueses en las muchas muertes que les han visto. Y como no vehían otro fin claro de nuestra ida, no creyeron mucho a lo del presente, sino que era gana de entrar a Cantón y Juaquin. Y entendieron la verdad, por que no se pretendía sino ver a los Padres y tratar de palabra lo que no se puede poner por cartas, por el mucho peligro, así para ellos y su estada, como para otras cosas que se pretenden. Fué pues el remedio que el P. Rogero pidió chapa para venir a Macán, diciendo que tenía necesidad de algunas limosnas que le habían de dar los navíos que estavan de partida para la Yndia. Y dieronle la chapa y vino, y tratamos lo que se deseaba y, tomado noticia de todo lo que se podía y debía hacer, nos despedimos.

El estado pues en que ahora están las cosas es: después que los Padres entraron en la China, se han ya mudado tres Tutanes: el primero fué el que les dió la primera entrada, y después fué depuesto: el segundo el que los tomó por lo que halló escrito; más este fué llamado a Paquín, ciudad donde está el Rey y la corte, para otro mayor oficio. Y otro el tercero que ahora gobierna. Había desde la primera entrada de los padres en Jauquin un mandarín grande que llaman Xanguifui, y éste fué siempre muy aficionado a ellos. Y, en tiempo del segundo y tercero Tutan, les negoció la entrada y solaz y casa y yglesia y licencia para las demás cosas. Esto es de mucho crédito y valor entre ellos. Y tanto que el tiempo que agora estábamos en Macán, le levantaron dos grados de su dignidad, que es cosa muy rara, por que nunca suben sino de grado en grado. Agora es el inmediato al Virrey y todos los demás mandarines, que antes le eran iguales en dignidad y asiento, le hablan de rodillas. Éste ha tomado Dios por favor de las cosas de la fee y de los Padres, y éste les da limosna pública por Sanctos, y acredita con todos los mandarines que van y vienen de la corte. Éste le les ha hecho casa y yglesia y se precia mucho de que aquella obra es suya; y por su respecto y entender que le dan gusto, estiman todos y honran extrañamente a los Padres. Éste los avisa de qué modo han de tratar con el Virrey y con todos y las cautelas que han de tener con los chinas. éste puso de su mano padrones de sus letras grandes encima de la puerta de la casa y de la yglesia. El uno dice: “Aquí moran los varones Sanctos que vinieron del poniente”. Y el otro: “Aquí se predica la ley verdadera de Dios en el cielo”. Y como son reconocidas por suyas, todos las examinan como a casa divina. Trajo Dios a casa de los Padres uno de sus letrados graduados en Paquín. Aunque al principio le atrajo la cobdicia, después le detubo y tiene la fee. Tenía el Padre hecho un catecismo en lengua y letras chinas y, queriendo ponerle con muy buen lenguaje de mandarín, se concertó con este china, y como él comenzó la translación y fué penetrando lo que leía y, fué tanta la luz que le comunicó Dios, que me decía el Padre que daba razones y conveniencias del infierno, de la Santísima Trinidad y de los otros de nuestra fee que nunca nosotros leimos ni oimos, con lo qual y con la profunda oración mental que el Padre decía que tenía, y con ver la vida y religión de los Padres, no solamente se movió a ser cristiano, pero con muchas lágrimas lo pedía. A éste dió licencia el Lacitao (que así se llama aquel gran mandarín nuestro amigo) para que predicare en la yglesia publicamente para que le oyeren todos los que quisieren. Y como él és tan fervoroso, tan hábil y tan diestro en sus letras y de tanta auctoridad, por ser como dijimos letrado de Panquín, decíame el Padre que se encendía como un fuego en el púlpito y hacía los tonos y afectos que puede hacer qualquier predicador de los nuestros. Y decía a grandes voces: “!Oh, chinos ciegos, que teneis la luz y la verdad en vuestras casas y no la conoceis!”. y otras cosas maravillosas con lo qual es extraño el concurso y novedad de aquella provincia. Decíame también el Padre que bienen muchas mugeres con los niños en los brazos y dicen: “Padre, haz christiano a este”. Son muchos los niños que traen a los Padres que los enseñe, si ellos pudieren y quisiesen, lección; por que agora tienen gran cautela en no bautizar sino solamente a dar noticia de Dios, hasta ver la cosa tan dispuesta y fundada que lo osen hacer, aunque con algunos lo hacen.

Vi yo un mancebo criado del Tutan y muy privado suyo, que hace los negocios de los Padres con una ymagen de Nuestra Señora al cuello, muy deseoso de ser christiano. Y después me dijo el Padre que lo había baptizado. Vi otro de los niños que sería de diez a once años, christiano ya, que benía con el Padre. Andan estos con sus cabellos largos sobre los hombros y otros pocos cogidos sobre la cabeza con mucha gracia. Decíame el Padre que muchos mandarines principales le tienen prometidos sus hijos para quando asiente escuela, porque ya pueden los nuestros enseñar sus letras a los niños, para lo qual, y para que aprendan la ley de dios, los dan sus padres. Acuden muy a menudo por el agua bendita, porque dicen los chinas que tienen tradición muy antigua que pasó por su reino un hombre que daba la agua santa que hacía muchos milagros. Y dicen que aquel agua es esta que dan los padres. Está encima de nuestra casa una cruz de madera y, quando pasan, la miran y dicen unos a otros: “de allí nos vino la salvación y todo el bien”. Era tanto el deseo que tenía aquel china predicador de bautizarse que no se le pudo negar y, para que se hiziese con solemnidad, rogó el P. Rogero, quando vino a Macán estando yo allí, al P. Francisco Cabral, viceprovincial del Japón, que fuese a bautizarle, por que ya tenía chapa del Lancitao para ello y le había declarado que se la pidió como ellos eran pobres religiosos y tenían obediencia a otros superiores y que el de la casa de Macán lo era suyo, a que, según su orden, había de venir a visitarlos para ver cómo estavan y procedían. Respondió el Lancitao: “Mira, aunque tu me dijiste a los principios que tu venías para aprender la lengua y costumbres de la China, y así lo he dicho a los mandarines, pero bien se que tu deseo no es sino predicar la Ley de Dios, y yo me huelgo de ello. No tienes a mi que encubrirlo. Antes yo doy licencia para se bautice este china que tienes en casa y todos los chinas que quisieren”. Y para que venga de lo que la primera vez vimos en esto, como por qué ahora el Fator del Rey tomó este cuidado, como también por que sería menester hacer una gran libro de novedades aunque verdaderas, pero dificultosas de creer, que a mi no me toca ahora, ni es de mucho fruto.

Mas agora será necessario, para dar remate a esta relación, volver al subceso de nuestra navegación. Habiendo el Fator Juan Baptista Romano acabado los negocios del navío alzado y despachado a México, los mandarines de Cantón vinieron a medir nuestro navío según que ellos usan, porque, por la cantidad y capacidad que tienen, tasan los derechos, agora traiga carga, agora no. Desta llaneza con que fueron a medir nuestro navío, sin otras sospechas ni preguntas ni alboroto, y la buena gracia y alegría que nos mostraron y con qué pidieron sus derechos, ni más ni menos que a los portugueses, y dieron chapa, que es como carta de pago. Dello, quedó allanado el poder entrar y salir en aquel puerto de Macán los españoles destas Yslas. De lo qual es cierto que ellos recibieron gusto como estén satisfechos que se va solamente a hacer empleo, por que de mercaderes son ellos grandemente amigos quanto abominan nombre de guerra. Y los portugueses, así de Macán para Japón, como todos los navíos que bienen de Goa y Cochin y Malaca y toda la Yndia, ningunas otras prendas ni conciertos tienen más de haberse entrado allí que ir pagando los derechos que les piden, sin otros pactos ni licencias. Y así, muchas veces me dijo el Obispo de Macán y otras personas de experiencia que, destas fragatillas que van de Luzon, toman los chinas más sospecha, pero que si fuesen navíos de carga y que fuesen con mucha plata o algunas mercancías acomodadas a ellos, y que supiesen que vienen de España o de Nueva España o del Perú, recebirían con gran contento y tratarían muy bien hasta asegurarles el comercio, porque aquel mandarín es más favorecido y levantado en cosas mayores que más aumenta las rentas del Rey.

Gastamos en hacer y tomar noticia de las cosas dichas y en otras diligencias que fueron necesarias desde primero de mayo de 84 que digimos hasta primero de octubre que nos partimos y, después de ocho días de algunas calmas y vientos contrarios, a los nueve de octubre salimos de entre las yslas, que hay muchas enfrente del rio de Cantón, por espacio de doce leguas a la mar, y, saliendo del golfo, nos dió un norte que al principio pensamos que nos pusiera en menos de tres días en la costa de Luzón y, en seis o siete, en Manila. Mas creció tanto que nos fué forzado dar la vuelta y huir en popa la vía de Ainao, que serán como cien leguas del puerto de Macán hazia Malaca, con tanto peligro que, en cada punto nos parecía ser anegados. Fué necessario avajar los camarotes y todo lo que llaman obras muertas. Y con todo ese alijar todo quanto se pudo hallar a mano, sin dejar cama de capitán, ni soldado, ni marinero, ni jarras, ni tinajas de vino de portugal y todo quanto matalotaje toparon a mano: arcas y cajones y otras muchas alhajas que, de la abundancia que hay en la China, de toda suerte dellas habían cargado. Es este golfo de Ainao muy nombrado y temido de los portugueses y de quantos lo saben, por que jamás se pasa sin trabajo y los grandes navíos suyos aquí pierden el tino por que el agua está siempre hirviendo, con una negrura que parece infierno, y lo que más le hace horrendo y peligroso es tener de una parte la costa de la China, con el claro peligro de dar al través el navío y la gente ser muerta o cautiva, y, por la mano izquierda, llevan los bajos que llaman de Cochina, que corren duzientas leguas por esta otra banda, dexando enmedio la canal deste golfo y, como aun no están acabados bien de descubrir los bajos, es muy ordinario quedarse en ellos muchos navíos. Con estas temores de una parte y otra y el mayor que llevabamos encima de irnos anegando, caminamos dos días y dos noches, no solo olvidados de comer y bever, y desapercibidos de lo más de ello, que se había alijado, pero aun descubiertos a las aguas y los vientos, que eran tan furiosos y perseverantes que, en tres meses y algunos días, casi nunca nos faltaron, sin haber otra cubierta sino el bestido, que allá se usa de algodón que cada gota de agua y viento le pasa. Teníamos yo y el dicho mi compañero una esterilla que nos había quedado, la qual clavamos a un rincón de la popa y, de bajo de ella, nos metíamos de día y de noche, con tanta estrechura que nos defendíamos tanto el uno como el otro con los cuerpos como con la estera.

Con esta furia de la tormenta, un domingo de mañana nos hallamos arrimados a Ainao, isla muy rica y poblada de chinas. No osamos repararnos en ella porque pocos días antes había llegado a tomar agua la fragata de los Frayles que volvían de Cochinchina, y los habían prendido y tratado muy mal y, dos dellos, que de Macán habían entrado en nuestro navío y benían con nosotros para Luzón, nos lo contaban. Y, aunque quisieramos revolver desde allí o para Macán o a nuestro viage, mas no podíamos. Y así, por haberse decaido y quedarnos los vientos por popa como el peligro claro que había de dar con los bajos, por lo qual determinamos de ir a la Cochinchina, questa otras cien leguas adelante hacia la Yndia. Y llegamos allá, y por no saber puerto nos arrimamos a donde pudimos, que fué al abrigo de una ensenadilla. Aquí estuvimos veinte y tantos días con las aguas y vientos que diximos encima y, por la otra parte, las peñas de la costa, y, por otra, la brabeza del mar que nunca cesaba y los cochinchinos siempre a la mira, teniendo por cierto que cada hora habíamos de dar al través, por lo qual ni con lágrimas, ni con ruegos, ni con presentes al Rey y a la Reina y a otros mandarines y a otra gente vil que iba y benía (llámola vil porque todos lo son y así lo eran aquestos aunque venían en nombre de mandarines), digo que por ninguna vía ni diligencia pudimos sacarles un poco de arroz aunque tenían harto, ni unas tablas para ampararnos de las aguas, que nos parecía haber de perecer según eran tantas y tan continuas. Son estos cochinchinas, a dicho de los portugueses y los Frayles que estubieron allá, y mucho más de los que nosotros vimos y experimentamos, la más mala gente destas partes, grandes ladrones, traidores, fingidos, y sobre todo crueles y gente muy pobre. Al fin, después de muchos engaños, y algunas personas que nos fueron cogiendo por vía de embajada sin que ellos, ni los dos frayles que iban con nosotros y habían escapado la otra vez de allí, ni la industria del Fator, ni halagos nuestros y otros regalos, pudiesen sacar dellos alguna virtud, hasta que una vez, estando en tierra algunos de los nuestros por respirar de tanto enfado y peligros del navío, que siempre estaba para dar a la costa o para anegarse, salieron de repente de una emboscada y prendieron a unos y mataron a otros, tomando nuestro batel, arremetieron unos por tierra, otros por agua a cercar el navío. Los que estavamos dentro, vista la rebuelta y las lanzadas que a algunos habían dado, que venían al alcanze de algunos de los nuestros que iban huyendo, unos a nado y otros tropezando con las piedras de la costa (que no era playa), los començamos a ojear y detener con los arcabuces. y mientras unos hacían esto por la popa, otros daban priesa a coger la amarra y, porque el viento era contrario hasta salir de aquel abrigo, todos los marineros se echaron al agua con la sirga o cuerdas por las peñas e iban tirando y los demás que estabamos en el navío, con palancas y vazales muy largos, íbamos afrontando y afirmando en las peñas para no hacernos pedazos en ellas, con la qual diligencia y muchas rogativas y votos a Nustra Señora, salimos de la punta a lo largo de la mar habiendo cobrado los compañeros que escaparon huyendo y algunos heridos dexados allá presos y muertos (según creyeron) 24 o 25, de los quales ocho o diez eran castellanos y los demás yndios y negros.

Era sábado en la noche y ya bien oscuro quando salimos de entre aquellas peñas y del peligro de los enemigos que nos venían siguiendo, mas nunca llegaron por el miedo que tienen a los arcabuces, y, apartados de la tierra como un tiro de piedra, ohimos voces de algunos de los nuestros que llegaron a la costa habiendo ido de por entre las matas. Como no teníamos vagel con que rescebirlos y estábamos ya salidos a las ondas que nunca cesaban, dixeron el piloto y los marineros que si un solo punto nos deteníamos de dar a la vela, daría el viento que era trabesía con nosotros en las peñas. Como era verdad, pues piense aquí cada uno qué sentirían los corazones christianos de aquel navío que, con verse ya destrozado y sin bastimento ni amparo de vientos y aguas, por mares no sabidos y entre costas y bajos, enmedio del ynvierno y noche oscura y tempestuosa, no les daba lugar a mirar en esto el dolor que les causaría el dexar a sus hermanos, unos presos y otros heridos y otros dando gritos salidos de sus entrañas y que atravesaban los que los oían sin poderlo remediar. ¡Oh, qué cosa era ir pensando aquella noche y otras sigüientes cómo quedarían en aquellas montañas y qué sentirían quando y viesen a su navío ido, sus hermanos tan conocidos en aquellos tiempos y tierras tan queridas ir a la vela y quedar ellos entre aquellas peñas y matas y fieras! Paréceme que es mexor a que cada uno piense los corazones de los unos y de los otros en esta coyuntura.

Era tanta nuestra tristeza y desconfianza en remedios humanos que, teniendola en solo Dios, nos determinamos a envestir, por medio de los bajos que teníamos de encuentro de la otra parte del golfo, que dige con determinación de pasar entre ellos que si Dios quisiese que acertáramos con alguna boca, por que queriendo salvar por la parte de arriba hacia Cantón era imposible, porque de allí corrían los vientos, pues costearlos y rodearlos por la parte de abajo era cosa muy larga, y, que después de rodeados, si queríamos tomar hazia Luzón y hacia otras yslas las más cercanas a aquel rumbo, era menos posible, porque ya se había decaido tanto hacia el sur, que al revolver teníamos el norte por la proa y esto nos hacía exponer a una cosa que, a quien la entiende parecerá grande temeridad, mas los grandes peligros de los otros medios la hacía cordura. Caminamos así quinze o veinte días, al cabo de los quales nos vimos encerrados y ensetados de tantos bajos, que nunca en semejantes agonías nos vimos, por que por todas partes nos querían tragar. Aquí se hicieron muchas promesas y algunos votos de religión. Mirábanse unos a otros callando, los rostros amarillos hasta perder el ánimo y el sentido. El que gobernaba, con ser un mancebo de los más esforzados, al cabo de tres días fué el señor servido que nos fué sacando por algunas puertas que, con grande tiento y gobierno de las velas y el timón, íbamos tomando hasta que una tormenta, harto más peligrosa que la pasada por ser entre bajos, nos sacó dellos. Y, sin saber dónde estábamos ni por dónde íbamos, al cabo de tres días nos hallábamos en Camboja, que es en la costa que havíamos dexado, 250 leguas de la Cochinchina y 120 de Sian y 250 de Malaca poco más o menos. Ya no era posible sino tragar el haber de ir a Siam o Malaca, pues a las Filipinas no havíamos podido, ni se podía con aquellos vientos atravesar. Y, aunque casi todos querían ir a Siam, por estar más cerca y verse ya en tierra, aunque fuese de enemigos, y acabar ya con trantos trabajos y molestias de la mar. Mas al fin se siguió lo mejor de ir a Malaca. Había en esto gran dificultad, así por la falta de bastimentos para tan largo camino, como por no haber ninguno que lo supiese y haber tantas yslas y lugares estrechos por donde se había de entrar, que, a veces, los yerran los pilotos cursados, como le aconteció a la nao de la Yndia de aquel año pasado, que erró el estrecho de Sincapura, ue dicen y es muy nombrado por su estrechura y por ser tan secreto. Al fin caminamos y, por más tiempo que hubimos y diligencias y cuentas con las cartas y tomar el altura de noche y de día, hubimos de herrar el estrecho y desgarrarmos con el viento en popa por aquellas yslas hacia la isla de Samatra y de las Javas, grandes corsarios y enemigos nuestros, hasta que quiso Dios que encontramos con un barco en que iba un criado del Rey de Jor, que es el señor del estrecho, a llevar unas cartas suyas al Rey de Pera, que es otro reyezuelo de aquellas yslas. Este nos dixo que havíamos pasado cincuenta o sesenta leguas delante del estrecho y, por ser en la linea, los pilotos no pudieron certificarse de la altura. No pudimos con este, ni por ruegos ni dádivas que nos guiase, y así fué necessario tomarle por fuerza y por miedo que no le matásemos (que estábamos bien lexos de lo hacer) nos metió en el estrecho por muchos atajos y, por otras partes tan bajas, que por quatro vezes nos bimos encallados más esperando las mareas y echando toas (que son unas maromas con qué se tiran los navíos) después de bien agarradas las anclas, así salimos arrastrando por las peñas y, por ser el navió fuerte y no muy grande, escapamos de estos muchos peligros y de otros bajos.

Al fin llegamos a Malaca: hubieron nueva de nuestra ida y salieron los Padres de la Compañía, el Rector y otro más de una legua de mar a recebirnos. Hiciéronnos mucho regalo en tres o quatro meses que estubimos aprestándonos y esperando tiempo. Diéronle al Fator de la caxa del Rey dinero bastante para reparar el navío y jarcías y bastimentos y, dejando mil cruzados en depósito de un hermano principal y a cuidado del Padre Rector de la Compañía, por que en llegando el viage de la Cochinchina, se llevase aquel dinero para el rescate de nuestros compañeros. Nos partimos para Luzón. Gastamos en el viage quarenta y tantos días sin desastre ninguno, que ya parece que Nuestro Señor estava aplacado de algunas cosas que no se pagaron en la Cochinchina y otras que se enmendaron en Malaca, con muchas confesiones y comuniones de los del navío y otras buenas obras y oraciones.

Solamente traíamos un dolor en nuestros corazones que tanto más cargaba quanto más nos íbamos llegando a Manila. Mas quiso Dios quitárnoslo con un subceso digno de contar y no fácil de creer y entender a quien lo oyese. Y fué a la entrada de la bahía, como a ocho o diez leguas de la ciudad de Manila, descubrimos una fragata. Ella empezó a recatarse y nosotros también porque llevaba velas latinas, cosa nunca usada en estos viajes, mas al fin la alcanzamos y, poco a poco, fuimos descubriendo el talle de la gente, hasta conocer que eran españoles con algunos vestidos medio portugueses. Y más adelante conocimos que eran nuestros compañeros, los dejados presos y muchos por muertos en la Cochinchina. Y aquí también podemos dejar a quien lo leyere a que piense los afectos de alegría que sentirían los corazones, que tales los habrían sentido de tristeza la noche que arrancaron de la Cochinchina. Arribáronse aquí los navíos, mezclámonos del uno en el otro: aquí los abrazos, las alegrías, las lágrimas, las preguntas, las voces, los cuentos de subcesos de una parte y de otra y al fin los convites de los unos a los otros. Con esta alegría y contento entramos en Manila, siendo uno solo el que se quedó muerto en la refriega de la Cochinchina. Todos los demás heridos quiso Dios que sanasen y, después de algunas dificultades, les dieron libertad para que se pasasen con un navío de portugueses a Siam, de donde tomaron aquella fragata en que los trajo un portugués e hizieron viage al mesmo tiempo que nosotros, hasta que Dios quiso poner fin a sus trabajos y a los nuestros con juntarnos a la puerta y meternos en casa. A él sean dadas muchas gracias y alabanzas para siempre jamás. Amén

Se halla M.S. esta relación original sin fecha en el códize n. 25 sin rótulo de los M.N. de la biblioteca de S. Isidro el Real de Madrid, donde se confrontó en 20 de Noviembre de 1772.

Martín Fernández de Navarrete.

 

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