Guillermo Palacio Munro LP 2

Palacio Munro, Guillermo

Guillermo Munro Palacio nació el 14 de mayo de 1943. Ha publicado cinco novelas, una de ellas, Las voces vienen del mar, obtuvo un primer lugar en el concurso de mejor novela en 1992, publicada por el ISC (Instituto Sonorense de Cultura) en 1994 y otra, Los sufrimientos de Puerto Esperanza, obtuvo una mención honorífica y fue publicada por CONACULTA/ISC en 1995. La tercera novela Camino del diablo (ISC) se publicó en 1997. La cuarta novela: No me da miedo morir (2003), fue adquirida por Silver Lion Films en Los Ángeles en octubre de 2005 para ser adaptada como guión cinematográfico. Este año (2007) se publicó su más reciente obra: Regreso a Puerto Esperanza (De Cierto Mar Editores).

LOS REPATRIADOS

Cuando la gran depresión azotó a Estados Unidos, en 1929, el gobierno ordenó al secretario de trabajo William N. Doak a despojar el empleo a los mexicanos para dárselo a los ciudadanos norteamericanos anglosajones. Empezaron las redadas en fábricas, talleres y sembradíos, así como campos mineros y de siembra, no importaba si los hijos de trabajadores mexicanos hubieren nacido en los Estados Unidos. Los apresaban en mercados y parques y hasta en bares y festejos. A cómo los iban aprehendiendo, los guardaban en campos cercados o grandes almacenes vacíos. Y cuando había cientos o miles, los subían a los vagones del ferrocarril y los transportaban a la frontera. Muchas familias fueron separadas. Para 1935 ya los expatriados llegaban a casi 400,000. La idea aparte de darle los trabajos a los anglosajones, se pensaba ahorrar en ayuda económica y social que era para los ciudadanos sin trabajo. Muchos expatriados llegaron a la frontera mexicana sin nada que hacer y sin dinero en los bolsillos. Buscaban trabajo en lo que fuera. Pero el trabajo era escaso en la frontera y más en Sonora. Entonces la gente acudía a los campos mineros. Algunos se convirtieron gambusinos pero tampoco había minerales que sacar.

Héctor Romero Yáñez y sus padres fueron de esos casos. Al padre lo expulsaron por un lado y a la madre y al niño por otro. El padre enfermó en otro lugar y la madre quedó sola y desamparada en un desierto entristecido y desdichado. Jamás volvieron a encontrarse. De alguna manera, la joven señora consiguió un aventón hasta Sonoyta. No conocía a nadie ni tenía familia ni amigos o dinero para continuar. Sonoyta era un pueblo pequeño de menos de trescientos habitantes que vivian de lo que sembraban y criaban. No había empleos de ninguna especie. Solo una escueta tiendita que la gente conocía como “El Changarro de Quiroz”.

Huérfana de padre y madre, se dedicó a escribir cartas a pueblos y ciudades lejanas donde ella había oído que su esposo tenía familia, jamás recibió respuesta alguna. La situación en 1931, era desesperante, fue así que se quedó varada en ese lugar desventurado. Al acercarse septiembre de 1932, los pescadores que pasaban la temporada de la veda de la pesca, le ofrecieron un aventón a Rocky Point o punta de piedra. Le hablaron del hotel de turistas de John Stone.

Stone el propietario del hotel, estaba ausente, y el encargado le dijo que no necesitaban a nadie. En ese entonces la Monchi Palomo y Rosalía Palacio, ayudaban en el quehacer, pero no había turistas. Era septiembre y los pescadores ya empezaban a llegar de Caborca, de Guaymas, de Sonoyta y de otros lugares perdidos en el gran desierto. La temporada de pesca estaba por comenzar.

Yo veía pasar a la madre con su hijo de una mano y una maleta en la otra. El pequeño de ojos grandes miraba el incierto paraje con desconfianza, con temor. Dormían en un rincón del hotel de piedra cuando no estaban los encargados y comían donde la invitaban. Cruzaba el canal en marea baja con el niño en brazos para visitar a Manuela Palacio y a Antonia Angulo en la barra de arena y ellas le ofrecían alimento, y platicaban. Ella les ayudaba en el quehacer. Por la tarde regresaba al hotel. Pero había alguien que también la veía pasar con especial interés. Era un pescador de nombre Agapito y de apellido Martínez.

Los pescadores, mayormente solteros empezaban a buscar donde hacer su paraje. Unos decidieron en la barra de arena, la lengüeta donde después fueron los astilleros de Roberto Montijo y Salvador Cabrales y otros, en la bajada del cerro junto al canal de entrada al estero, ahora recinto portuario. En esa bajada, que era el cerro antes que el ferrocarril lo partiera, fue donde Héctor, su madre y el pescador Agapito Martínez unieron sus vidas. Agapito, la seguía con la mirada cuando la madre pasaba de un lado a otro, en el sofocante calorón de septiembre.

Agapito vivía bajo un toldo. Eran cuatro palos tensados con piolas a cuatro estacas enterradas en la tierra, y de techo, una lona. Al este colgaba una cobija como pared, y otra cobija al oeste los protegía del sol de la tarde. En una ocasión, Agapito la invitó a comer. Le ofreció sombra, cobijas y alimento que ella aceptó agradecida. Héctor “El Forito Romero, el niño de ojos grandes y temerosos, recordaba esto así:

“Ahí donde nos asentamos, los pescadores hicieron cuevas. La primera la hizo una señora de Guaymas que venía en su barco jalando muchas canoas y falúas. Era un barquito de 26 pies. Llegaba cargada de licor para la venta clandestina. La cueva estaba en la falda del cerro cuando el cerro llegaba al mar. Allí vivía y allí tenía su negocio. La idea de la cueva le gustó a mi padrastro y puso a unos trabajadores a escarbar y cuando estuvo lista ahí vivimos. Ese invierno estuvimos protegidos de los vientos de invierno. La tercera cueva fue para un panadero llamado Silvano, del apellido no me acuerdo. En total fueron ocho o nueve cuevas. Por cierto, en una de ellas era donde llegaban las muchachas alegres a ejercer la profesión más antigua.

“Al terminar la zafra, cada quien agarraba camino, unos a Caborca, otros a Guaymas, nosotros a Sonoyta… entonces, las cuevas quedaban para el que llegara primero.

“Yo me entretenía jalando un barrote simulando un troque. Le clavé cuatro latas chicas vacías de leche Carnation de llantas y de cabina una lata cuadrada de Corned Beef. Lo jalaba por todo el arenal imitando el ruido del motor con mi boca. Cuando los pescadores me preguntaban que tipo de troca era, yo les decía que Ford, y desde entonces se me quedó el apodo de Forito, el Forito Romero.

“Casi no había niños. Estaban Melquiaditos de trece años y el Güero Chuy de once, pero yo era menor y jugaba solo.

“Con los años llegaron los Núñez y los Villa, los Acuña y los Bercovich y ya tenía yo con quien jugar.

“Recuerdo a José Acuña y a sus hermanos Manuel y Arnulfo. A Juan Villa, a su hermanan Licha y a los otros hermanos.

“La mayoría de los chamacos nos la llevábamos en la playa. Nos regalaban los cachetes y la garganta de las cabezas de las totoabas. Eran muy sabrosas fritas en manteca de puerco. En esos años se pescaba cerca. Aquí enfrentito. Las embarcaciones regresaban el mismo día.

“Doña Lupe Nuñez se casó con Juan Barquijia, un yugoslavo, y a José, a Manuel y a Arnulfo le empezamos a decir los Barquijia.

“Hubo un invierno en que llovió mucho y el agua bajaba en chorros y en los charcos que se hacían, donde quedaba el agua estancada, la recogíamos y la cerníamos con un trapo. Ya no había pozo y el agua era oro.

“La moneda que se manejaba era el dólar y era muy raro ver pesos. Entonces el dólar estaba a un peso y ochenta centavos por dólar.

En noviembre de 1931 los pescadores los pescadores vieron llegar dos trocas de redilas al Marine Club. Por dos días subieron objetos y muebles y por la noche los habitantes del campo pesquero fueron despertados por los tiros de escopeta de los norte americanos que abandonaban el lugar, y los gritos de aquellos que pregonaban el incendio del hotel. Corrieron y averiguarón, vieron muebles y objetos de todo tipo y madera en medio de la sala principal ardiendo. Pronto, el techo del Marine Club cogió fuego. Afortunadamente las paredes eran de roca volcánica.

Otro día llegó Emeterio López diciendo que habían dinamitado el único pozo de agua. Y desde ese día hasta 1936, cuando los ingenieros del ferrocarril llegaron a trazar las vías del ferrocarril, arreglaron el daño. Fueron cinco difíciles años en que los residentes contendían por el agua que ocultaban y negaban para no compartirla.

“Ahí crecí yo -continúa “El Forito” Romero-. Me hice pescador de muy joven y en 1949 me casé con una hermosa muchacha de 18 años, Lilia León García, que habia venido de Sonoyta, donde había nacido. En 1956 nos fuimos a Estados Unidos. Ya tenía entonces 29 años de dad.Yo había nacido allá y era ciudadano”, finaliza Héctor Romero su interesanto relato.

El viento empuja la arena que va cambiando la formación de dunas variadas en forma, que hacen crecer a otros montículos milenarios. Los pescadores en alta mar buscan refugio en los esteros. Arriba, en lo alto, las gaviotas navegan contra el viento. La escasa vegetación se agita con la pujanza del viento. Las mujeres y niños forcejean con los toldos y las carpas que se deshacen y, hacen hasta lo imposible por atrapar sus pertenecías que vuelan por la franja del asentamiento en la barra de arena. Casi no se ve nada y mucho es lo que se pierde. Y así era la vida entonces.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *