Fausto Avendaño LP 4

Avendaño, Fausto

Avendaño, Fausto Escritor radicado en el estado de California, tiene varios libros publicados, entre prosa, teatro y crítica literaria. Recibió dos premios principales, el «Premio Nacional José Fuentes Mares» y el «Latino Literary Prize». Asimismo, escribe poesía y forma parte de «Los escritores del nuevo sol», asociación literaria con sede en Sacramento, California. Es autor de “El sueño de siempre y otros cuentos”, “Salazar’s Gold” y del dama “El corrido de California”, entre otros libros

EL HOMBRE DEL SUR

Sentado a la sombra de un palo verde, don José divisó a un hombre que venía por la vía del tren arrastrando los pies y dando muestras de agotamiento. El caminante llevaba una ropa muy vieja y sombrero de paja estropeado por el desgaste de los años. Del hombro le colgaba un costal burdo donde traía los restos de un pan duro.

El hombre mayor se entusiasmó al ver llegar al individuo y, con manifiesta intención, le hizo señas con la mano.

—Oiga, ¿de dónde viene? ¿A dónde va?—lanzó sus preguntas y se quedó mirándolo, esperando una respuesta.

—De la miseria, señor. Voy a donde pueda seguir viviendo—dijo el caminante con harta naturalidad.

—Si no tiene prisa, quédese la noche. ¿Qué le parece? Por aquí no pasa nadie.

—¿Se siente solo?

—Le digo que no pasa nadie. Somos únicamente mi hija y yo.

El forastero se acercó y se levantó el ala del sombrero, revelando el rostro tostado de un hombre en su treintena, de facciones regulares y ojos pestañudos. Sonrió ligeramente.

—Para decirle verdad, me muero de hambre y no me importaría dormir en el rancho, aunque fuera en el granero.

—Allá está su casa—dijo el ranchero, señalando con el dedo índice una casita humilde hecha de ladrillo de adobe.

Don José se puso a pensar. Este hombre le caía del cielo. Era como un milagro, ya que nadie andaba por esos rumbos. Desde que murió su mujer y se fueron las otras hijas, todo se había vuelto soledad. Él estaba viejo con muchos años vividos, por lo que no se preocupaba por su persona, conformándose con unos momentos compartidos con el anciano que vivía a cinco leguas de ahí. Pero su hija, ella sí que sufría atrozmente. Nunca se quejaba, pero el padre sabía que por dentro se estaba pudriendo.

—Mire—dijo don José—mi hija cocina rebién, igual que mi difunta esposa. Ya verá. Se va a chupar los dedos.

—No me diga. Qué bueno; aunque yo no me pongo moños con la comida.

—Se llama Clotilde, mi hija. Todavía es joven. Si recuerdo bien, tiene veinte y cinco años cumplidos.

El ranchero le quitaba tres o cuatro años a la edad de Clotilde.

—No me diga. Yo soy Nazor Amado Galindo, para servir a usted.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

El forastero no se interesaba gran cosa en la conversación del hombre mayor, pero disimulaba, siguiéndole la corriente.

Después de las presentaciones, los hombres se sentaron a la mesa y Clotilde, con una alegría disimulada, se puso a preparar la cena. Les sirvió tortillas de harina de su propia hechura, un platón de frijoles de la olla que mucho le gustaron a Nazor, y, como platillo principal, les presentó un guisado de carne de res que dejó al forastero chupándose los dedos.

—No le dije, no le dije—dijo don José.

—¿Y qué le pone usted a este guisado?—preguntó el forastero.

La mujer sonrió, avergonzada. Su padre contestó por ella.

—Son condimentos que nadie conoce, a no ser mi hija. Heredó los secretos de cocina de mi mujer, que en paz descanse.

—Que en paz descanse—dijo el comensal.

Después de la cena, don José sacó una botella de aguardiente y le sirvió un trago al forastero y otro a su hija.

—Sólo un poco para Clotilde porque no está acostumbrada—dijo don José, escanciándose, a su vez, una copa de alcohol.

Al poco rato, los tres se pusieron a hablar de todo y de nada. El forastero hizo y contestó preguntas, procurando halagar a sus anfitriones, y, al hacerlo, mezcló la verdad con la mentira y la realidad con la fantasía. El alcohol, tal como lo había previsto el hombre mayor, aligeraba la lengua de los jóvenes. Así se quedarían varias horas platicando a la luz de la lámpara de queroseno, pensó don José. El se retiraría pronto para no estorbarlos.

—Creo que yo ya me voy retirando—dijo don José—. Mañana tengo muchas tareas.

—Tal vez yo también me deba retirar—dijo Nazor—. Dígame donde está el granero.

—Nada de eso—dijo don José—. Quédese un rato más. Entretenga a mi hija. Ella le dirá donde dormirá.

—¿Usted sabe cómo es todo por allá en el Sur?—se atrevió a preguntar Clotilde con viva curiosidad.

—Pues, sí. Soy de esa maldita tierra.

—Cuéntele, pues, a mi hija. Ella tiene mucha curiosidad. Yo me retiro.

Don José empinó el último trago y se pasó a su dormitorio. Estaba satisfecho con su actuación, calculando que había hecho su parte para entretener a Clotilde. La pobre se moría de aburrimiento, siempre sola con los quehaceres de la casa, sin ninguna distracción.

¡Maldita suerte!, se dijo en sus adentros el ranchero. Desde la crisis la pasaban mal. Ya no había ferrocarril, ni gente, ni tiendas, ni nada que se pareciera a lo que hubo en otros tiempos. Los pueblos más cercanos se despoblaron; la gente salió a ver si había mejor vida en las ciudades. Abandonaron todo para irse a morir de hambre en otra parte. Sus otras hijas también se fueron, acompañadas de hombres inquietos, diciendo que no querían morir en el desierto.

Don José no detuvo a las hijas; al contrario, le dio gusto de que buscaran la vida donde más les agradara. De hecho, le habría gustado que algún hombre se hubiera llevado a Clotilde también. Pero nadie se acercó. Su hija era demasiado corta; no tenía el coqueteo halagador de las otras. Y no era que fuera fea, se repetía en sus adentros don José. La verdad era que sus otras hijas, desde que entraron en la pubertad, se pusieron como flor de sahuaro. Hermosas… ¿quién lo negaría? Pero Clotilde tampoco era fea, no señor, se decía en sus adentros el ranchero. Tenía ojos bonitos, de un color como el de la miel. Don José, claro, lo veía todo con ojos de padre, pero le parecía que Clotilde no estaba mal como mujer.

La naturaleza no la había dotado de ciertos encantos femeninos (lo reconocía), pero ¿a quién se le concedía todo? Su hija tendría pechos pequeños, pero estaban bien formados, calculaba el ranchero. ¿Y en cuanto a caderas? Tal vez no se podían comparar con los contornos de sus otras hijas, pero ellas eran excepcionales. En cambio, las piernas, viéndolo bien, eran tan bonitas como las de sus hermanas. Tenían una simetría y musculatura que asombraban. Don José estaba seguro que cualquier hombre decente se conformaría con el cuerpo de Clotilde.

Ahora bien, era cierto que su hija tenía un defectillo en el rostro que don José tenía que reconocer: un nódulo en la base de la nariz, como si el huesito le hubiera crecido más de la cuenta. Pero casi no se notaba. En cambio, sus ojos, grandes y expresivos, eran impresionantes.

Desde su dormitorio podía oír el rumor de la conversación de los jóvenes.

Acostado en la cama, reflexionaba sobre la llegada del forastero. El individuo parecía tener buena cara, se decía. Se echaba de ver que era un hombre trabajador que dejaba el terruño por obligación, para sobrevivir. Pero, ¿quién sería? ¿Y qué historia sería la suya? Tendría que averiguarlo al día siguiente. A lo mejor, también lo podría sondear con respecto a su hija. Tenía curiosidad por saber si le había caído bien, aunque por las risas y ademanes, parecía que no había duda en cuanto a eso.

Al día siguiente, don José se levantó muy temprano y salió a darles de comer a los cochinos que tenía en el corral, y, de regreso a casa, se encontró a Clotilde ordeñando la vaca debajo de un mezquite.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, papá.

—¿Y el forastero?

—Duerme en el cuarto de las hermanas.

—Mejor. Ha de estar rendido. ¿Y tú?

—Yo estoy bien. Quise hacer esto antes que apretara el sol. Al rato veo si pusieron huevos las gallinas… para el desayuno de Nazor.

Sí, sí, para Nazor, se dijo en sus adentros el ranchero. Nazor, un nombrecito raro, pensó don José; raro pero que no se olvidaba fácilmente.

Entró en la casa y se encontró al forastero parado enfrente de la mesa de la cocina. Bebía el café que Clotilde había preparado.

—Buenos días—dijo Nazor.

—¿Cómo amaneció usted?—preguntó el ranchero.

—Bien, bien. La cama que me indicó su hija está muy cómoda.

—Pues, siéntese.

—Gracias.   No puedo dilatarme. Quería coger camino antes de que se pusiera muy caliente el día.

—¿Y a dónde va usted, señor Galindo?

—Llámeme Nazor, por favor.

—Bueno, Nazor. ¿A dónde va?

—No sé. Esos rieles van a algún lugar.

—Siéntese. Usted tiene que llevar algo en el estómago. Clotilde viene ahora con unos huevos y leche recién ordeñada.

—Caray, a usted no puedo mentirle. Me caería muy bien comer algo.

Nazor se sentó y don José hizo lo mismo.

Cuando llegó Clotilde con la leche y los huevos, los dos hombres tenían una conversación cerrada.

—Ahora les preparo unos chilaquiles—les anunció la joven y se dirigió a la cocina, echándole una mirada furtiva al forastero.

Después del desayuno, Nazor se puso de pie y anunció:

—Ahora sí, vale más que me ponga en camino. Les agradezco mucho su hospitalidad. De verdad.

—¿Qué dice usted?—dijo don José—. No se nos va todavía. Mire, teníamos pensado hacer chicharrones en su honra. Hasta vamos a invitar a don Casimiro, al ancianito de aquí a unas leguas, para que lo conozca. El pobre ya lleva muchos años solo.

—Es que yo…

—Quédese otra noche, por favor—interrumpió Clotilde, avergonzada—. Queremos oírlo contar sus historias.

—Ya la oyó, señor Galindo. Quédese un poco más. Al cabo, no tiene prisa, ¿verdad?

—Bueno. Está bien. Ustedes son muy amables. Pero ya sabe, llámeme Nazor, por favor.

Don José llevó al forastero a caminar por el rancho, dejando a Clotilde sentada en el portal de la casa.

—¿Ve todo esto?—dijo el ranchero—. Cualquiera diría que es un desierto estéril donde nada crece, pero quiero que sepa que no es así. Hay mucha agua en el pozo y con agua la tierra es generosa. Antes la trabajaba mucho con la ayuda de mi mujer y teníamos milpa, frijoles, tomates, calabazas y hasta sandías. Eso fue antes de la crisis.

—No me diga, no me diga.

—Sí, así era. Ahora sólo tengo una milpita y algunas verduras porque yo solo no puedo más. Y además ya no hay nadie a quien venderle nada.

—¿Y en las ciudades?

—Tal vez, pero tendría que viajar grandes distancias y sin ninguna garantía. Claro que si tuviera otros dos brazos de hombre, sería otra cosa. Dicen que los buenos tiempos van a volver.

—Si no se muere uno de hambre mientras espera.

—Ah, no. Eso sí, aquí nadie se muere de hambre. No tenemos riquezas, pero el ranchito no nos deja morir de hambre. Fíjese usted que todavía tengo un ganadito y un par de vacas. Y las gallinas y los cochinos, pues nos dan de qué comer sin que nos apuremos mucho.

—Tiene razón usted. Creo que lo decía, más bien, por mi tierra.

—¿Hay hambre por allá en el Sur?

—Fíjese que sí… y no porque la tierra sea mala. Es la guerra constante que no nos deja en paz. Por eso cogí camino.

—Pues, sí. Las guerras no son buenas.

—Óigame, ¿ve usted aquellas montañas muy lejos que apenas se distinguen en el horizonte?

—¿Esa mancha plomiza allá a lo lejos?

—Sí. ¿Usted ha andado por allá? ¿Sabe lo que hay al otro lado de la sierra?

—Nunca he ido tan lejos—dijo don José—. Supongo que al otro lado hay de lo mismo que tenemos aquí. Apuesto a que en este momento dos hombres como usted y yo se preguntan lo que hay de este lado de las montañas.

El forastero se rio con franqueza.

—Tal vez tenga razón, don José. Pero esas montañas me hacen cosquillas.

Esa tarde el ranchero mató uno de los cochinitos más gordos que tenía en el corral y el padre y la hija, rehusando la ayuda del comensal, se afanaron con la preparación de los chicharrones para el banquete de la noche. Don Casimiro llegó puntualmente a las seis de la tarde con una guitarra y dos botellas de aguardiente que mucho alegraron la fiesta. Comieron, bebieron, conversaron y, acompañados del anciano, cantaron alegremente.

Como a eso de las diez, don Casimiro anunció que se retiraba a su ranchito, pues no quería que se le hiciera tarde. Había muchos animales salvajes que salían muy entrada la noche. Don José, al poco rato, también anunció que se acostaba. La comida, el alcohol y el cansancio del día lo habían dejado rendido.

Nazor se puso a ayudarle a Clotilde con la limpieza de la cocina y terminaron los dos sentados a la mesa conversando como viejos amigos.

Don José se acostó muy ilusionado. No podía negar que el forastero le caía bien. Calculaba que era un hombre directo y sencillo, como él lo había sido de joven. ¡Qué bendición sería si se quedara! pensó don José. Con esos brazos, el rancho se levantaría y los buenos tiempos volverían más pronto. Si él y Clotilde se gustaran, su hija sería feliz y él tendría nietos para alegrar su vejez. Con la pareja trabajando y los hijos creciditos, don José no tendría que apurarse tanto. Volvería la prosperidad al rancho.

Ahora era cuestión de convencer al joven de que su destino estaba ahí con ellos, con Clotilde, con el rancho. Lo bueno era que Nazor no tenía compromisos. No había nadie que lo detuviera allá en el terruño. Según las propias palabras del forastero, de más joven tuvo novias, pero todas terminaron yéndose con otros, con hombres con tierras o dinero.

El día amaneció como siempre, radiante y puro, el cielo azul sin ningún rastro de nubes.

Don José despertó con el primer canto del gallo, pero se quedó en la cama un rato más. Necesitaba pensar sobre lo que le diría al forastero.

Al poco rato, oyó rumores en la cocina y se imaginó que se trataba de su hija y Nazor. Sin duda, se bebían la primera taza de café. Qué bueno, pensó don José. Los jóvenes se llevaban bien.

—Buenos días—dijo don José al entrar en la cocina.

—Buenos días, don José—dijo el forastero.

—Buenos días, padre—dijo Clotilde, risueña.

Nazor contaba una anécdota que interrumpió al ver entrar a su anfitrión.

Después del desayuno, el forastero se puso de pie y le dio las gracias a Clotilde por la tortilla de huevo que había preparado. Luego, volviéndose a don José, dijo:

—¿Salimos un rato? Quería hablar con usted.

—Cómo no—dijo don José, sorprendido. Nazor quería hablarle. ¿Le iría a proponer algo?

Caminaron una buena distancia hasta llegar a la sombra del palo verde próximo a la vía del tren.

—Usted no se imagina lo agradecido que estoy con usted y con su hija—dijo Nazor, midiendo las palabras—. No tenían por qué tratarme como si fuera un viejo amigo. No soy más que un pobre diablo que va de paso por aquí.

—Nada de eso. No diga esas cosas—replicó el hombre mayor.

—Es que me da pena tener que dejarlos…

—¿Cómo es eso de dejarnos? ¿A dónde piensa ir usted?

—No le digo que esas montañas me hacen cosquillas. Quiero seguir esa vía hasta donde me lleve.

—Pero, ¿no se da cuenta que ya llegó a donde debe de llegar? Es aquí donde está el resto de su vida. ¿Qué no lo ve?

—Tal vez usted tenga razón, pero hay algo que me come por dentro. Es una fuerza que me empuja a seguir adelante. Usted ha de saber cómo son las cosas.

Don José no dijo nada, pero en sus adentros reconoció que así eran los jóvenes; no podían asentar cabeza sin primero lanzarse a la aventura. ¡Maldita juventud!

—Está bien, váyase, pues—dijo el ranchero en un arranque de impaciencia—. Pero llévese a Clotilde. Ella también merece salir de aquí. ¿No le ha gustado?

—Si no es eso, señor.

—¿Qué es, pues? Llévesela, le digo. Es una mujer de calidad.

—¿Y usted? ¿No le importa quedarse solo?

—No puedo mentirle. Me dolería mucho. Pero más me duele pensar que ella se va a pudrir aquí conmigo. Es una muchacha tan buena. Llévesela, le digo. No le vuelvo a rogar.

—Es que…

—¿La encuentra fea? Me está diciendo que está muy fea para usted?

—No. No es eso, don José—dijo Nazor, atragantándose—. Su hija no es fea—.Luego mintió con piadosa intención: —Clotilde es una mujer muy guapa.

Don José se calmó, recobrando su ecuanimidad.

—Yo sé—dijo con un tono más tranquilo—yo sé que Clotilde tal vez no tenga los encantos que pudieran tener otras mujeres, pero créame cuando le digo que una mujer vale más por sus buenas entrañas que por otra cosa. La coquetería, la hermosura y todo lo demás que nos atrae de las mujeres en nuestra juventud valen muy poco en comparación. Mire, por más bonitas que sean, con esta vida tan fuerte que llevamos, pronto se ponen feas. ¡Todas! Todos envejecemos antes de tiempo.

—Me va a hacer usted que maldiga esta terca voluntad que tengo—dijo Nazor, encogido ante el ranchero—. Usted tiene razón, ya lo sé, pero esto es algo que tengo que hacer solo. Ya después el tiempo dirá. Tal vez aquí le caiga de nuevo con la cola entre los pies.

Momentos más tarde, el forastero se despedía de Clotilde en el portal de la casa, mientras don José lo esperaba debajo del palo verde para decirle adiós.

Clotilde le dio una bolsa de cecina y otras chucherías para el camino y, tras un estrechamiento de manos, Nazor se dirigió a la vía del tren donde estaba parado don José. Los hombres también se estrecharon la mano y el forastero, sin más ceremonia, emprendió el camino.

Don José se quedó mirando al joven un buen rato, hasta que éste desapareció en el horizonte. Luego, el ranchero dio la media vuelta y se puso a caminar rumbo a su casa. Su hija ya no estaba en el portal.

Al acercarse a la puerta, el anciano se detuvo momentáneamente, como si algo le mermara el paso, y no entró en la casa. Por los huecos de la puerta se colaban los sollozos de Clotilde.

¡Maldita vida! dijo en sus adentros el ranchero. Su hija sufría y él no podía hacer nada para remediarla.

Luego, en un arranque de ira, dijo entre dientes:

—Mientras Dios me conceda vida, ¡no voy a dar el brazo a torcer!

Y con pasos firmes se dirigió a la vía del tren, sentándose en el suelo a la sombra del palo verde. Allí se quedaría hasta que pasara otro hombre del Sur.

 

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