Marieta Alonso Mas LP 4

Alonso Mas, Marieta

Nace en Cuba en 1949. Hija de dos culturas, vive en España desde 1971, donde se licenció en Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, en la especialidad de antropología americana. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías, como La Isla (2014), Revista Groenlandia (Córdoba, 2013), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), Revista el Humo (México, 2010), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Apenas unos minutos (Madrid, 2007) y Cartílagos de Tiburón (Madrid, 2005). Su primer libro ¿Habla usted cubano? lo publicó en abril de 2013. Entiende la escritura como una necesidad, por lo que desde hace algún tiempo lleva su propio blog.

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Pablo con cuatro años tiene novia. Se llama Lidia. De lunes a viernes al salir de la guardería se dicen adiós hasta que son dos puntitos en el horizonte. En casa se pasa todo el tiempo hablando de ella.

Un día la niña le preguntó si conocía a Colón. Éste movió su cabeza diciendo que no. Le preguntó si conocía Cuba. Tampoco. Él conoce a todos los futbolistas del equipo madrileño de su padre, reconoce las marcas de todos los coches que van por la calle pero, nunca ha visto a Colón ni a Cuba.

Su madre le compró una pelota, que tiene dibujado un mapamundi, cuando él le preguntó dónde estaba Cuba y se ha pasado toda la tarde dando patadas al balón y señalando la isla.

A la hora de acostarse pidió a sus padres que le contaran cosas de Colón. A su padre casi le da un soponcio y llamó a la madre para que se hiciera cargo de su erudito hijo. Al final los tres se acomodaron en la cama con un libro de historia y comenzó el relato.

Hubo una vez un hombre llamado Cristóbal Colón. Era misterioso, de profesión marino, como Simbad y soñaba con grandes aventuras, con grandes riquezas. Los Reyes necesitaban telas de seda, especies, marfil y otros productos que traían de las Indias.

Los Reyes son tres-, dijo Pablo

No cariño-, le dijo su madre, -esos son los Reyes Magos. Los Reyes de Colón se llamaban Isabel y Fernando.

El camino a las Indias estaba abarrotado de piratas que atacaban a todos los barcos que se atrevían a pasar por allí. El Mediterráneo era un mar peligroso. Por ese motivo se buscaban nuevas rutas para llegar a las Indias Orientales. Y Colón les dijo:

Majestades, se puede llegar a las Indias viajando por occidente.

El rey Fernando no estaba convencido y miraba a Colón de reojo. En cambio la reina Isabel le creyó y vendió sus joyas.

Buscaron tres carabelas llamadas  “La Niña”, “La Pinta” y “La Santa María”.

¿Qué es una carabela?

Son barcos pequeños, ligeros, que tienen tres palos y velas para que el viento las haga navegar.

Colón compró comida y bebida para alimentar y calmar la sed de un total de 120 hombres, de los

cuales solo unos pocos eran hombres del mar. El resto eran delincuentes.

¿Ladrones?-, preguntó Pablo.

Sí, más o menos-, dijeron los padres, bostezando.

Después de escribir y firmar muchos papeles, llamados Capitulaciones, zarparon un tres de agosto de mil cuatrocientos noventa y dos desde Palos de Moguer, en Huelva.

Pablo se quedó dormido, sus padres callaron y con un marca-páginas dejaron el libro sobre la mesilla de noche.

Al día siguiente nada más levantarse quería seguir con el cuento pero sus padres le dijeron que dejara Colón para la noche que ellos tenían que ir a trabajar.

Cuando se encontró con Lidia le dijo que Colón era un pirata que robaba seda para que los Reyes se vistieran y que tenía tres barcos. Lidia no lo sabía.

Esa noche continuaron con Colón, le resumieron lo dicho y Pablo se enteró que los piratas eran otros.

Desde Huelva hasta Canarias, las tres carabelas, navegaron con alegría pues hacía viento pero allí les llegó la calma y tuvieron que esperar varios días a que, soplara la brisa y las velas se pudieran izar. Al fin pudieron marchar. Las corrientes marinas y el aire les fueron llevando hacia un mundo desconocido.

Colón rascándose la barbilla pensaba que ya tenían que avistar tierra y tomaba su catalejo pero solo veía agua. No decía nada. No quería asustar a sus hombres.

Éstos se dirigían miradas atravesadas unos a los otros. Si uno decía: -¡Me cachis, qué calor!-, otro contestaba: -¿Te molesta?- y por tan poco comenzaban a discutir.

En cada carabela dormían cuarenta hombres. Vicente Yañez Pinzón era el capitán de la carabela llamada “La Niña” y Martín Alonso Pinzón era el capitán de “La Pinta”. Juan de la Cosa era el piloto y a la vez el dueño de “La Santa María.

Eran hombres muy valientes ¿verdad?

Sí, sí que lo eran.

El niño ya no les oyó.

Ahora era Lidia quien se quedaba boquiabierta con las explicaciones de Pablo. Ganó en importancia. Y todas las noches, sus padres estuvieran cansados o no, continuaban con la clase de historia.

Llevaban setenta y un días de navegación. Muchos hombres aparte del cansancio sentían miedo pues pensaban que no saldrían vivos de aquella aventura.

Ya no les quedaba comida y sólo tenían un bidón de agua en cada carabela. Comenzaron a robar herramientas, sogas y armas. Pretendían hacerse con el mando de la nave. Solo unos pocos hombres leales permanecieron al lado de Colón y los capitanes. Se hacían señas entre las naves y se declaró un motín a bordo de cada nave.

¡Qué hacer!

De repente se oyó un grito. Era el marinero Rodrigo de Triana que gritaba desde el mástil ¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!

Era el 12 de octubre de 1492.

Todos los hombres se agolparon en la proa, Colón les gritaba ¡Atrás, que hundís los barcos! Pero era tal la alegría que bailaban, gritaban, tiraban las gorras. Las embarcaciones que se iban a pique, ellos con la algarabía no oían a Colón, pero cuando vieron que unos cuantos marineros caían al agua se dieron cuenta y entonces se agolparon en la popa. Ahora se caían por el otro lado y así estuvieron de proa a popa, de babor a estribor, hasta que se tranquilizaron y se pudieron equilibrar las naves.

Mientras tanto los marineros que habían caído al agua gritaban ¡Socorro! ¡Nos ahogamos! Y las sogas que habían robado para el motín les sirvieron para salvar a sus compañeros.

Poco a poco se fueron acercando. Se pusieron sus mejores galas, tomaron el estandarte que es una bandera y las armas. En las naves quedaron unos pocos hombres. Avanzaron despacio.

Colón tomó posesión de esta tierra que para él eran las Indias orientales, en nombre de sus Majestades los Reyes Católicos, le acompañaba un sacerdote que tomó posesión de la misma en nombre de Dios, los demás,  capitanes y marineros no sabían muy bien en nombre de quien venían. Tenían mil razones, la libertad, la riqueza, la aventura, la religión. Todos sintieron que estaban viviendo grandes momentos. Colón tenía preparado un discurso que solo ellos oyeron. Uno de los hombres dijo más tarde que se movían algunas hojas de los árboles y que vio sombras con figuras de hombre.

¿Eran hombres malos? preguntó Pablo con los ojos muy abiertos.

No, no lo eran, dijeron bajito sus padres.

Recorrieron la isla y la bautizaron con el nombre de San Salvador, pues ninguno sabía que el nombre de esa isla era Guanahaní. La exploraron, se dividieron en grupos por si les atacaban, pasearon por un camino de palmeras, comieron unas frutas desconocidas, se bañaron en unas playas preciosas y se fueron a dormir a las naves, por si acaso.

Al día siguiente recogieron gran cantidad de fruta pues les habían sentado muy bien toda la que habían comido el día anterior y se animaron a recoger unos tubérculos porque pensaron que asándolos les podrían servir de alimentos. Recorrieron la zona sin adentrarse. Y volvieron a levar anclas.

Dos semanas más tarde, el veintiocho de octubre, desembarcaron en la parte oriental de Cuba, era una isla tan bonita que Colón exclamó:

¡Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron!

Y la llamó Juana, como la hija mayor de los Reyes Católicos.

Lidia nació en Cuba, dijo Pablo con sonrisa soñadora.

Lo sabemos-, dijeron los padres, continuando la lectura.

Desembarcaron y vieron a unos hombres que les miraban atentamente. Se acercaron y prepararon sus armas por si presentaban batalla. Los indígenas mirándoles, muy despacio caminaron hacia atrás dejando una distancia prudencial.

Tenían el pelo negro, lacio y largo, el cuerpo desnudo y cobrizo. En las manos llevaban unas piedras más o menos del mismo tamaño pero no hicieron intención de tirarlas. A los conquistadores les llamó la atención que estos hombres fueran lampiños.

¿Qué es lampiño?

Sin barba, sin vello.

¿Y qué es vello?

Esto, dijo el padre tomándole una mano y rozando con ella sus brazos.

Mientras tanto uno de los indios se acercó, olió a Colón y arrugando la nariz se volvió con su gente. Los intrusos volvieron a tomar posesión de la tierra como habían hecho en San Salvador, los indios no perdían detalle de lo que hacían sobre todo cuando se arrodillaban, levantaban los brazos, cantaban, rezaban. Se quedaban con la boca abierta. Al final se cansaron y se marcharon.

¿Por qué?

¡Calla!

Los conquistadores corrieron detrás de ellos, los indios corrían más, les gritaban ofreciéndoles objetos de regalo, pero los indios seguían corriendo. Al final llegaron a un poblado y dejaron de correr. El Jefe de la tribu salió y por señas les invitó a sentarse en el suelo con unas palabras que resultaron muy extrañas para los oídos de los conquistadores. Al parecer les daba la bienvenida. Muchos niños se acercaron y tocaban sus armaduras, las madres inmediatamente los cogieron en brazos para que esos hombres tan extraños no les hicieran daño. Como no se entendían hablando pero estaban cansados y hambrientos aceptaron el casabe que los indios le ofrecían y probaron por vez primera el pan de yuca molida tan común entre los indios de las Antillas.

A partir de ese momento unas veces con diplomacia y otras a la fuerza se fueron descubriendo tierras de un Nuevo Mundo al que llamaron América, en honor de Américo Vespucio, un navegante florentino que fue el primero en afirmar que era otro continente. Unos dicen que tuvo un golpe de inspiración, otros que era muy inteligente y algunos que lo dijo para llevarle la contraria a Colón. La verdad es que nadie esperaba encontrarse un continente en mitad del camino a las Indias.

Lidia está pintada de negro, yo quise limpiarla con mi mano… pero no se borró.

No está pintada, hijo. Su piel es de ese color.

El almirante regresó a  España, desembarcando en Barcelona donde fue recibido con grandes honores por los Reyes Católicos. Hizo tres viajes más y cada vez descubría más tierras. Los Reyes Católicos se hicieron los remolones y no le entregaron todo lo que con él habían estipulado, al final Colón se enfermó y se murió en Valladolid. Otros siguieron con los viajes.

Así se descubrió América. Se trajeron y se llevaron productos.

Y ¿por qué?

Porque sí, hijo, porque sí.

Haciendo pruebas nacieron muchos niños de diferentes colores y a eso llamaron mestizaje.

Y ¿cómo los hicieron?

Eso te lo contaremos cuando seas mayor.

Todos hablaron español pero con diferente acento. El oro y la plata sirvieron para muchas cosas, unas buenas y otras no tanto. Unos ahorraron mucho dinero y regresaron a sus pueblos y fueron llamados indianos, otros se quedaron por aquellas tierras en busca de una nueva vida. Ahora muchos descendientes de aquellos que fueron conquistados vienen a España.

Cuando yo sea grande seré un conquistador. Y me casaré con Lidia.

Haz lo que quieras, hijo, pero ahora ¡por favor! ¡duérmete!

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