María Fernanda García Sada LP 4

García Sada, María Fernanda

El taller de creación literaria para principiantes del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO, impartido por la escritora Mariana García Luna; tiene el gusto y el honor de presentar el siguiente cuento de María Fernanda García Sada estudiante que participó en este taller. El museo fue fundado el 28 de junio de 1991. Está ubicado en la Calle Zuazua y Jardón  S/N, Centro, Monterrey, N. L. En donde orgullosamente radicamos. Su misión ha sido desde entonces, difundir en la comunidad las artes en general, es por eso que se crearon talleres y diplomados diversos entre los que destaca precisamente el que nos ocupa en este momento. Esperamos en el futuro ofrecer más obras literarias de sus alumnos que la dedicación a la obra artística como miembros de la comunidad donde radicamos.

LA ÚLTIMA SINFONÍA

Es casi media noche en Bulgaria. Ningún sonido se escucha. Está tan calmo que hasta las cigarras sueñan bajo la luna llena. Duerme plácidamente en su cama el compositor más grande de nuestra era, Ilya Vazov, cuando de pronto un sonido estruendoso en el oído lo espanta interrumpiendo su diálogo con Morfeo. Sacude la sábana como un pobre brujo que se quema en la hoguera. Su cabello plateado y despeinado recuerda vívidamente al que poseía Einstein. Su piyama, un albornoz blanco, es desgarrada por un par de manos desesperadas, sedientas e intranquilas, sudando notas negras.

Aquello que repentinamente lo disturba, no es un sonido conocido para otros. Ni un alma está despierta, ni siquiera su gato Mischa se encuentra en la recámara. Sólo él sabe que es el instante efímero de esa musa arrogante y reticente, que se va cuando menos lo espera y no regresa hasta que se le dé la gana. Pasa ante sus ojos. Su mente y su oído están más abiertos que nunca, como esas páginas blancas pautadas sobre el viejo escritorio desgastado rojo caoba.

El silencio se interrumpe:

—¡Eres tú, Esmeralda!

El compositor rejuvenece.

Comienza a escribir la mejor composición de su vida: su obra maestra. Las notas todas aparecen a la vez, una encima de la otra. Do, fa, sol y de nuevo sol en líneas impecablemente armónicas. Es un arcoíris de notas.

La inspiración es tan nítida, que se ve a sí mismo haciendo el amor con su musa, Esmeralda. ¡Es una comunión perfecta!

La tinta corre a ríos, las plumas se acaban en segundos. Escribe tan rápido que sus manos se ampollan y se ensangrientan. Sabe que la musa se despide en cualquier momento, como una mujer desagradecida después de múltiples orgasmos. Su corazón palpita más fuerte. El tiempo se acaba y se avecina la tormenta de silencio. Va en su centésima página pautada, es una sinfonía maravillosa de ocho tiempos, una innovación ambiciosa. Será más famosa que la quinta sinfonía compuesta por el maestro de los maestros, Ludwing Van Beethoven.

Las centésimas llegan. La musa se desvanece como un fantasma. Aún no ha terminado.

—¿Por qué me dejas, desalmada?

Le implora con tempestades de agua y palabras que no desaparezca, cuando en un movimiento de angustia y desenfreno colerizado por su repentino abandono, las hojas caen vulnerables a las llamas rojas, violetas y fúnebres de su chimenea infernal.

El silencio es pesado y abundante. El gran Ilya Vazov debe comenzar de nuevo… esta vez en su memoria, sin esa amante infeliz. Mientras contempla el destino final de esas hojas pautadas, el viejo se torna anciano. Su semblante es espectral. Las notas carbonizadas vuelan en un montón de cenizas del color de su cabellera y un funesto violeta sobre la lengua de fuego.

Sus rizos despeinados asemejan las de un moribundo, sollozando el recuerdo de esa música dorada. Su gran nombre, Ilya, es insignificante. Ya no es el escogido “instrumento de Dios”. Su pobre espíritu se ha reducido a vibraciones incoherentes y atolondradas. Parece que espera infructuosamente a la musa, pero algo queda todavía en ese saco decrépito. Una chispa se enciende en su corazón y retumba en la córnea trasparente de sus ojos sabios y cristalinos. Aquel infortunio no ha terminado en desgracia aún. La música está en su mente, sólo tiene que buscarla en un interminable laberinto de materia gris y neuronas, hasta que se decida asomar de nuevo la ruin diabla.

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