Jaime Domenech LP 4

MANIFIESTO DE UN CÁNCER PARA AUTORES DE OBRA LIMITADA
Por Domenech, Jaime

Cada día debo utilizar prendas de vestir. La ropa que llevo más pegada a mi piel es, literalmente, la interior. Si la prenda, como mis calcetines y bóxers, fuera metáfora, la llamaría historia. Llevo la historia conmigo. Mi país, en lo general, se ha distinguido por el aprovechamiento de recursos naturales excepto el más importante: el humano. Nuevo León, dentro del país, ostenta la medalla de producir poca cultura, dado el escaso interés por desarrollar a su gente en el terreno de las humanidades. ¿Podría ser de otro modo en un lugar donde la palabra mérito está ausente del vocabulario local? No quiero caer en el lugar común de señalar la simulación, la doble moral de ciertos estratos que han impuesto la mitología por idiosincrasia; donde palabras como productividad, trabajo en equipo o calidad, se recitan porque existen en revistas especializadas, más no en las mentes de la mayoría. Acerquémonos a las fábricas.

La zona metropolitana de Monterrey, es el espacio donde el regiomontano, el regio, los súper-regios y los migrantes sin rostro, ni voz que les entendamos, debatimos los temas que en realidad interesan a unos cuantos. En cinco años a partir de hoy, no sabremos si nacimos en esta tierra o si nos sentimos en ella como extranjeros. Esta erosión de una identidad, es la mina de oro para los negocios más lucrativos. Tales son las oportunidades que sintetizan el summum del anti-ideal de un carácter que sobrevive para el folclor. Cuarenta años de haber abierto las compuertas de un inframundo de estupidez, locura y confusión. Y faltan aún más, los diques restantes no resistirán el oleaje de una presión demográfica menos alfabetizada.

La comunicad local reside en burbujas desconectadas de la vivencia en otras entidades o las zonas rurales. Los medios masivos, fieles a su consigna de sobrevivir a cualquier costo, opacan los lentes para mirar la situación. Ante el actual panorama, el autor literario no debe añadir su anárquica letra a la espiral, sino más bien generar obra delimitada por marcos de referencia. La obra sustentable debe navegar guiando, no siendo llevada por la turbulencia del presente. El libro debe hablar con voz clara, evitando las disfonías de un sistema enfermo. Si el “artista” local se niega a tomar el timón, no seamos severos, encontraremos a un infante que se resiste a crecer. Por su obra los conoceréis…el infantilismo está mucho más arraigado de lo que el ojo es capaz de ver, aquí, ahora.

Pero, hay rebeldes en la ciudad de las montañas. Es mi deber destacar la incansable labor y fe del escritor Felipe Montes, extraordinario iniciador de mentes. Un hombre que cree.

Sin embargo, la tarea restante es colosal. No es suficiente decir: “Hay escritores, hacemos cultura” fuera del arbitrio de cánones espirituales o ideológicos, al tiempo que la tele-basura es el sello de la televisión hecha en casa. Se trata del mismo desgaste, en medios diferentes.

Como la cultura carece de la capacidad para exigir, he notado con extrañeza que algunos nóveles autores de mi ciudad postulan lo contrario cuando pretenden crear obra indescifrable, tan notoria en la poesía que hacen lucir los crucigramas de la prensa como dignos de un Premio Cervantes. “Obra” inaccesible que estalla en pedazos tan pronto sale de la pluma de su creador. Cuando el auto-proclamado autor se encasilla en su egoísmo, cierra las puertas, negando toda posibilidad de vincularse con otros. No. El autor debe ser capaz de entender y capturar el entorno vivo para poder comunicar en un idioma asequible. Cada uno de nosotros encarna el pasado y el germen del futuro, de ahí la necesidad de plantarse en diferentes puntos de la línea del tiempo, buscando identificar las fracturas que han adelgazado nuestra capacidad para sentir la presencia de nuestros propios semejantes. Un autor debe explicar y rendir cuentas a su pueblo, a fin de acercar a éste al mundo de las ideas sin pretender erigirse en su maestro. Por tanto, la actitud debe ser la concreción de la apertura. Letras orquestadas dentro de paredes de cristal que apenas cuenten con conexión a internet. Sí, escapar de la energía que nutre el aislamiento del ser en su propio espacio vital.

Es la hora de las posturas radicales. Ahora que internet resulta un súper-Ser más vivo que el idioma, es menester adivinar la forma de la prosa hablada y exigida por el nuevo Atlas que sostiene el mundo: la prosa de la biblioteca posible en el futuro. Guardemos silencio durante la indagación. Quebrantemos el mismo con cordura y respeto en el momento de escribir.

Primera llamada.
C.P. Jaime Domenech
7   Noviembre de 2014 MTY

 

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