Héctor García Armenta LP 4

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta jubilado. Nació en Guadalajara México en 1936. Al cumplir cinco años su hermana Carmen le enseñó las primeras letras. En 1943 una monja franciscana le enseñó a escribir en el colegio Renacimiento, y él nunca más pisó las aulas de ninguna escuela. En 1944 unos vecinos que se mudaban le regalaron 50 kilos de libros viejos que se llevó a su casa en una carretilla que le prestó un albañil, los terminó de leer 20 años después. Se enamoró de El Lazarillo de Tormes; El Quijote; Historia de la Vida del Buscón; Periquillo Sarniento, y de muchos autores que fueron apreciados el siglo pasado, de los cuales ya nadie se acuerda. Compró como seiscientos libros a lo largo de su vida, de la mitad de ellos no captó nada porque no los entendió o no le gustaron, los de la otra mitad le intoxicaron el cerebro llenándoselo de alucinaciones, tanto, que un día se puso a escribir como loco para archivar sus escritos en el cesto de la basura. Una hija de él le informó de su locura al profesor Justó Alarcón, y él quiso rescatar un cuento por curiosidad, lo leyó, y decidió publicarlo, tal vez para ejemplo de cómo no se debe escribir. A Héctor le agradó el gesto, pero teme que el profesor Alarcón pueda ser linchado por el gremio de verdaderos escritores que se enteren del caso.

EL EXTRAÑO VIAJE DE MARÍA DE LOS INDIOS

María De Los Indios subió a bordo del avión que iba esa mañana de Sao Paulo a Phoenix Arizona. Su viaje no era de placer ni de negocios, era viaje obligado por las exigencias de su vida amorosa, iba a la búsqueda de un hombre que le había dejado una herida incurable en el corazón. Era ella una hermosa mujer de sesenta y cinco años con apariencia de cincuenta, alta, garbosa, de andar felino como el de una pantera joven. Su cuerpo moreno parecía esculpido en mármol. Era el resultado bello y perfecto de la raza portuguesa del Brasil, matizada con un fino toque africano. Había en su rostro de pómulos altos y pronunciados un glamour que cautivaba la vista de los hombres al pasar. Tras aquella exótica belleza, había también una dama intelectual de modales impecables que hablaba cuatro idiomas.

Su vocación temprana de humanista la había llevado a vivir en lo profundo de la floresta amazónica, para ayudar en lo posible al pueblo indígena Mundé. Cuando menos pensó habían pasado cuarenta años, y se había convertido en la abogada de todas sus causas. Un día, la población blanca de Rondonia la empezó a llamar María de los Indios, y sus apellidos europeos se perdieron en el tiempo. Llegó a la vida con la obsesión de querer saberlo todo, y vivía enterrada bajo montañas de libros que inevitablemente le dieron una cultura universal. Nunca nadie sospechó que tenía tres títulos universitarios guardados en un cajón viejo cubierto de polvo. Era una heroína quijotesca que entregaba su vida a las causas de los indígenas víctimas de la depredación de los blancos, sin tomar en cuenta el peligro que la rodeaba.

En su vida social era una fuente rebosante de simpatía y sensualidad. Mujer de intensas y múltiples pasiones, en las noches bohemias bailaba tangos y boleros como una reina, y recitaba poemas de memoria con la voz de una diosa griega. Quien la conocía en el esplendor de su alegría, nunca la podía olvidar.

Pero esa mañana en el avión, iba triste y pensativa, vestía una gabardina gris con el cuello subido hasta la barbilla, llevaba lentes para leer y sobre sus piernas tenía una caja reciclada que había sido de chocolates. Estaba llena de papeles arrugados, eran mensajes viejos de internet que siempre llevaba con ella, para leerlos donde hubiera lugar, cuando surgiera el deseo. Contenían efluvios de un amor que le había llegado inesperadamente, como la erupción de un volcán que con sus sacudimientos le había dejado el corazón en ruinas.

María iba en aquel viaje a buscar a Gerónimo Omteme, un mestizo nacido de padre español, y de una mujer de la tribu yaqui de México. Lo había conocido por internet. Solo tenía de él el dibujo impreciso que había salido de aquella pila de mensajes, y de unas cuantas conversaciones en Skype. Con esos breves intercambios, para su bien o su mal, se había incrustado para siempre en lo más sensible de su corazón. En aquellos instantes ella solo suponía, que si Gerónimo no estaba muerto, podría estar en alguna aldea del desierto de Sonora, en México o en Arizona.

Todo empezó, cuando Gerónimo hizo una pregunta a la universidad de Sao Paulo, referente a los indios Suruí de Brasil. La universidad transfirió la consulta a María de los Indios en Rondonia, ya que en su calidad de consultora de asuntos indigenistas, ella tenía la respuesta para lo que Gerónimo deseaba saber. Ella envió la información a Gerónimo, y él la agradeció efusivamente. Se inició entonces una amistad cortés, que por razones desconocidas fue escalando todos los niveles de la admiración mutua. Sin saber cómo ni cuándo, la amistad ya se había convertido en un sismo virtual de amor desenfrenado, que no se podía medir con ninguna escala conocida.

Al principio solo se comunicaban por Skype, tocando temas indigenistas. Pero pronto no supieron de qué hablar porque todo lo que ellos deseaban era oírse uno al otro aunque fuera para decirse si en Brasil, o Arizona, había salido el sol. Un día se dieron cuenta de que ambos habían soltado al aire sus sentimientos más íntimos: «Cuando él le escribió un cuento breve sobre una princesa y un chamán, ella notó que no era cuento, sino una vibrante y descarada declaración de amor». En respuesta, ella le llamó por Skype y con lágrimas en los ojos le recitó de memoria el poema de amor más largo de Carlos Drummond. Y cuando hizo un viaje de cuarenta y ocho horas por carretera, describió las maravillas del paisaje con la sensibilidad de una poetisa enamorada, y en sus notas escribió que los paisajes parecían tristes, porque faltaba a su lado la presencia amada de Gerónimo Omteme.

El último mensaje de Gerónimo estaba escrito hacía dos años. Él se había evaporado sin dejar rastro. Un día, su línea de teléfono se quedó sordomuda, y el internet empezó a rechazar fríamente todos los mensajes. María había llegado al límite de su paciencia en espera de un olvido que se quedó estancado. Ese día no pudo más. Decidió treparse en el avión para ir a buscarlo hasta debajo de las piedras. Ya no podía vivir en la duda de no saber, y solo sospechar, que él había huido cobardemente sin darle una explicación, o si las circunstancias lo habían silenciado para siempre sin él poderlo evitar.

Por eso María estaba ahí, en la nave de cuatro motores, oyendo el zumbido de las turbinas al despegar, con el corazón triste, determinada a saber si Gerónimo Omteme había sido realidad, o un sueño terminado en pesadilla. Fuera lo que fuera, ella no lo había olvidado ni lo creía posible, por eso se prometió no regresar a Brasil hasta saber la verdad sobre el hombre, que había detonado la explosión reprimida de todas sus reservas de amor, desde ocho mil kilómetros de distancia.

El avión entró en el cielo sin nubes de la ciudad de Phoenix. Voló sobre una montaña cubierta de antenas transmisoras de televisión, y trazó un semicírculo sobre los suburbios antes de enfilar al aeropuerto. Por las ventanillas se vieron los grandes espacios de desierto circundante, cubiertos de saguaros que se erguían sobre un manto de maleza rala y seca que se perdía en el horizonte. María de los Indios sacó una libreta de apuntes y repasó lo que tenía que hacer para llegar al hotel Ramada Inn donde había reservado habitación. Sintió gran emoción, sabiendo que estaba en la ciudad donde Gerónimo Omteme había escrito los mensajes arrugados que tenía sobre las piernas, y que le habían incendiado el corazón.

María se sentó a la mesa del restaurant del hotel y ordenó su ensalada. Mientras esperaba, el subconsciente la hizo revisar su libreta de teléfonos. Se puso los lentes y revisó hoja por hoja. En la letra Q llegó a un renglón donde el cerebro la alertó. Estaba ahí, apenas legible, escrito con el último espectro de la tinta agotada de una pluma vieja, el nombre y el teléfono de Marcela Omteme. Por error se había escrito en la página de la letra Q. Entonces llegó a su memoria una madrugada de tres años atrás cuando en una conferencia de Skype Gerónimo le dio los datos de su hija para una posible emergencia. El corazón de María se aceleró. Sintió deseos de brincar de gusto. Se comió media ensalada y se fue a paso ligero al teléfono de su habitación. Con un temblor nervioso se sentó en la cama, tomó el auricular y marcó el número de Marcela Omteme. Era de un celular de Arizona. Contestó un mensaje grabado diciendo que Marcela no estaba accesible en el momento. El corazón de maría se volvió a acelerar: ¡Marcela existía!, estaba ahí, en alguna parte, probablemente a unos cuantos minutos de donde ella estaba.

María siguió llamando, siempre con los mismos resultados. Dejaba un recado en la grabadora diciendo que se llamaba María de los Indios y que deseaba comunicarse con Marcela Omteme. Tras varias llamadas fallidas, la venció el cansancio y se quedó dormida atravesada en la cama, con el teléfono a un lado de la cara. A las once de la noche la despertó el timbre del teléfono. Era la voz esperada. María se presentó y explicó el motivo de su llamada. Para su sorpresa, Marcela le dijo que su llegada estaba prevista desde hacía mucho tiempo. Su padre le había dejado instrucciones de llevarla hasta donde él estaba, en un lugar del desierto de Sonora en México. María bendijo su fortuna ¡había encontrado a Gerónimo Omteme! ¡Con una prontitud increíble! Pero la hija de Gerónimo dijo que no le podía dar más información, solo tenía instrucciones de su padre para llevarla a donde él estaba, a ocho horas de Phoenix en automóvil, en un rancho de Sonora llamado San Vicente. Sin más preámbulos, decidieron partir a San Vicente dos días después, para que María tuviera tiempo de visar su pasaporte Brasileño en el consulado de México.

A las seis de la mañana, Marcela llegó al Ramada Inn a recoger a María de los Indios, llevaba el jeep Cherokee cargado de provisiones y equipo de acampar. Habían planeado llegar a San Vicente antes de las tres de la tarde. Pensaron programar el regreso a Phoenix hasta llegar a su destino. Por razones que solo ella sabía, Marcela estaba segura de que el regreso sería en las siguientes veinticuatro horas.

María salió del hotel con su pequeña maleta. Saludó con una sonrisa, y se instaló en el jeep junto a Marcela. Compraron café en un McDonald’s, y partieron hacia la carretera 10 que va hacia la frontera con México. Se simpatizaron a primera vista. Se sintieron como dos grandes amigas que no se habían visto en mucho tiempo. Marcela pidió no hablar de Gerónimo Omteme en el camino, pues según ella, él así lo había pedido. María no lo entendió, pero aceptó las condiciones con forzada resignación. Permanecieron calladas un momento sin saber que decir, luego el hielo del silencio se rompió y brotó la magia de una conversación sobre los temas más amenos imaginables. María Hablaba perfecto Español con un ligero acento Portugués, su voz era firme y grave como la de una actriz de teatro, y su risa era contagiosa. Marcela pensó que no había hablado en mucho tiempo con una mujer tan amable y simpática. Empezó a entender por qué, esa mujer había logrado conquistar el corazón de su padre tan profundamente.

Eran las dos de la tarde. Del lado oeste de la carretera llegaba un viento oloroso a mar. Estaban entrando al puerto de Guaymas. San Vicente estaba ya a solo veinticinco kilómetros. El corazón de María latió desesperado, quería que el jeep volara para estar frente a su hombre amado. No sabía que iba a pasar, ni que se iban a decir en ese primer encuentro. Lo conocía solo en fotos de internet de cuando él tenía setenta y siete años. En esos momentos el sería un anciano de casi ochenta. A pesar de ello, era el hombre que la había hecho sentir la mujer más amada del mundo, sin haberla visto nunca; sin haber tentado su piel nunca; sin esperar nada de ella nunca; desde ocho mil kilómetros de distancia, que tal vez ninguno de los dos atravesaría nunca. Pero ella ya había volado la cuarta parte de la circunferencia del mundo, para hacer pedazos el nunca. Ahora estaba ahí, llegando en un jeep viejo a San Vicente, por el camino pedregoso que cruza un desierto calcinante, poblado de saguaros sedientos, donde casi no había llovido en cuarenta años. Era ahí donde Gerónimo, tal vez por cobardía, se había ido a refugiar, dejando atrás una mujer sufriendo, en el incendio de su corazón decepcionado.

El jeep rodeó un pequeño cerro por un camino empinado. Al ir descendiendo apareció de pronto una casa vieja de madera, y los cimientos de algunas otras que habían existido en un remoto pasado. La casa estaba casi en ruinas. No había en ella señales de vida. A veinte metros había unos corrales y un pozo que aparentemente proveía agua para un ganado que no estaba a la vista. Marcela estacionó el jeep a diez pasos de la casa, ambas se quedaron inmóviles, como pegadas a los asientos, calladas, con la vista fija en ninguna parte como si estuvieran viendo al interior de sí mismas en actitud de meditación. Por el parabrisas se veía con diáfana claridad, el cuadro desolador de la casa solitaria, parecía esperaba un viento fuerte para derrumbarse.

María de los Indios preguntó ansiosamente con voz grave y labios temblorosos, donde estaba Gerónimo Omteme, pues en aquella desolación espantosa no parecía vivir nadie. Marcela inclinó la cabeza soltando un llanto callado que no le permitía hablar, estaba contestando con llanto la pregunta de María. Le estaba diciendo con el pensamiento, que Gerónimo Omteme hacía dos años que había muerto. Pero con la voz le dijo: «Esta era la casa de Gerónimo Omteme». Al oír esas palabras dichas con llanto, María sintió el zarpazo brutal de la verdad: «entendió que aquella casa había sido de Gerónimo Omteme, y que ya no lo era, porque él estaba muerto». Entonces, las dos mujeres se abrazaron en una explosión de llanto incontenible que no paró, hasta que sus ojos hinchados no tuvieron de donde sacar lágrimas.

El sol ya llegaba al filo del horizonte. Había que instalarse para recibir la noche. Las dos mujeres bajaron del jeep, y abrieron las puertas y las ventanas de la casa. Todo estaba en abandono, la estufa de leña; unas camas arcaicas de madera; un mueble construido con cajas antiguas de jabón que parecía librero, y un buró enclenque donde estaban tres libros empolvados casi deshechos y picados por la polilla. Barrieron, sacudieron, y fumigaron, con equipo que había traído Marcela. Bajaron las provisiones del jeep, y se instalaron para recibir la noche del desierto, en medio de aullidos de   coyote; coros de grillos, y el canto solitario de algún ave nocturna de rapiña. En las camas, separadas por el buró, tendieron sus bolsas de dormir y colgaron una lámpara de kerosene encendida a media luz en un pilar de madera. Marcela previno a María que mirara al piso al caminar, pues la casa a veces era hotel de víboras de cascabel, tarántulas, y escorpiones. Y no sería remoto que hubiera alguno, de esos huéspedes en algún rincón de la casa. A María no le asustó la recomendación, pues ella hospedaba tres boas constrictor en su casa de Brasil, que a menudo amanecían durmiendo en la alfombra de su recamara, o compartiendo su propia almohada.

Estaban recostadas, todavía sollozando. Flotaba entre ellas la tensión de lo que habían vivido en el día. María estaba frustrada por la absurda situación de no tener respuestas a sus preguntas. A pesar de aquella tensión, se sintieron dispuestas a platicar un poco antes de dormir. María no vencía el ansia de hacer más preguntas sobre Gerónimo Omteme y las siguió haciendo, pero Marcela no las contestaba. Le decía que a la siguiente mañana tendría las explicaciones que había dejado su padre. Espontáneamente, trató de contestarle la pregunta más importante que todavía no había hecho: « ¿Por qué no fui avisada cuando Gerónimo murió?» Marcela explicó que él vivía en un mundo de incertidumbre en que le era difícil aceptar, que una mujer intelectual, bella y joven como María, deseara sacrificar su vida al lado de un hombre que ya estaba en los últimos cinco minutos del reloj de su vida. Pensó que si usted era avisada de su enfermedad terminal y de su próxima muerte, haría un viaje costoso más allá de sus posibilidades económicas, solo para venir a dar condolencias a un funeral. Por esa razón y otras que no explicó, no quiso que le avisáramos. Pero pensó que tal vez un día vendría a buscarlo, y dejó unas cosas para usted a unos cuantos metros de aquí, que podrían ser las respuestas que no le dio mientras vivía. Por otro lado, pienso que mi padre era más terco e impredecible que las mulas orejanas que nunca han visto gente, y tomaba decisiones que solo él entendía. Mañana le daré lo que mi padre dejó para usted.

A las cinco de la mañana estaban tomando café, conversando en la mesa de la cocina. Marcela dijo que tendrían que regresar a Phoenix ese mismo día, porque ella tenía que presentarse a trabajar. Quedaba poco tiempo para ir a donde Gerónimo había dejado las cosas para María. Después de desayunar y de cargar el jeep con el equipaje. Marcela llevó a María de la mano por una vereda hasta el pie de un cerro, donde había una caverna de boca inmensa. Fuera de la caverna había una planicie donde estaba semienterrada una piedra plana casi circular, como de seis metros de diámetro. La naturaleza la había formado quien sabe dónde hacía millones de años, y la había depositado ahí en posición horizontal. En su derredor había doce piedras volcánicas distribuidas equitativamente. Por su forma y tamaño era obvio que se habían usado, o se usaban, como asientos o pedestales, y que aquel raro conjunto de rocas bermejas era un centro ceremonial de las tribus primitivas que ahí habían habitado.

Estaban fatigadas y sudorosas. María se sentía a punto de explotar. Ya no podía aguantar más.

—Quiero que me digas donde está la tumba de Gerónimo—dijo. ¿Dónde están esas explicaciones que me dejó? Marcela caminó hacia una de las piedras. Pesaba como cien kilos, o más, pero sus brazos fuertes la hicieron rodar media vuelta. Debajo había un hueco ademado donde estaba una caja oxidada de fierro, de las que usaba el ejército para transportar municiones. Marcela la saco y la puso en las manos de María.

—Mi padre dijo que en esta caja estaba todo lo que él podía explicarle—. María puso la caja sobre una de las piedras y la abrió desesperadamente. Estaba ahí el diario de Gerónimo Omteme, y otros cuadernos con apuntes, poemas y versos, que él había escrito para ella. En el fondo había un sobre tamaño legal que parecía contener un puñado de arena.                                                                                                                                — ¿Y esto que será?—Dijo María.

Marcela sintió un nudo en la garganta. Nerviosamente se tapó la cara con las manos y se sentó a llorar en una piedra, inclinada sobre sus rodillas. Balbuceando dijo: «Son cien gramos de las cenizas de mi padre», él dijo que quería que usted las llevara consigo en todo el trayecto de su vida, y de la eternidad». María se puso pálida. Quedó petrificada. Con los ojos cerrados voló al infinito, como queriendo llevar su espíritu a donde pudiera entender y digerir el momento estremecedor que estaba viviendo. Tras unos segundos de silencio, volvió a la realidad. Con voz estoica, pero bañada en lágrimas, preguntó que había sido del resto de las cenizas. Con los mismos sollozos y voz trémula, Marcela le dijo que su padre había pedido que se pusiera en medio de la piedra ceremonial para que el viento la dispersara por todo San Vicente, y la que pudiera no irse con el viento, la lavara el agua del cielo, si es que algún día volvía a llover. María ya no pudo más. Explotó en llanto. Con manos temblorosas tomó el sobre de cenizas y lo besó. Lo oprimió contra el pecho y se descalzó. Subió a la roca circular, y se hincó en el centro. Se acostó de bruces con los brazos en cruz, y reposó su cara en una pequeña mancha de ceniza. La cubrió amorosamente con su cabello negro y se quedó llorando sobre ella, mientras Marcela sentada a su lado la consolaba, haciendo con ella un dúo de llanto que terminó hasta que ambas dejaron en la piedra todas sus lágrimas y todos sus suspiros.

Habían pasado horas en aquel lugar. Apenas había tiempo para regresar a Phoenix con la luz del día. Caminaron de regreso al jeep. En la vereda María dijo que se quería quedar ella sola en San Vicente por una semana, y que nada la haría desistir. Quería meditar y leer el diario de Gerónimo Omteme en la soledad del desierto. En el lugar preciso donde él había pasado su juventud. Quería tener la ilusión de que él estaría con ella como muchas veces lo soñó. Marcela le advirtió que era una locura permanecer sola ahí, pues una picada de víbora o de alacrán podría ser fatal sin ayuda médica oportuna. Pero María había decidido quedarse a cualquier precio. Marcela Bajó el equipo de acampar y las provisiones, y le dio recomendaciones de cómo sobrevivir en la soledad de San Vicente, luego se subió al jeep y partió hacia Phoenix, prometiendo regresar en siete días. Antes de partir le dijo que esa noche llegarían chamanes de los pueblos yaquis de Sonora y Arizona, y se instalarían en la caverna que habían visto esa mañana. Venían cada año para hacer rituales en la piedra ceremonial.

El jeep partió dejando una estela de polvo, María entró en la casa llevando la caja de fierro oprimida contra su pecho. Luego sacó una silla de la cocina y la llevó hasta la sombra del único mezquite verde que había junto al pozo de agua, y se puso a leer el diario de Gerónimo Omteme. Solo era el último capítulo: «desde el día que la había conocido a ella hasta el día en que él murió». Estuvo ahí sentada cómo una estatua, leyendo y releyendo, llorando y suspirando, buscando en aquel cuaderno señales que revelaran como era el hombre que lo había escrito. Ella era mencionada en ese diario repetidas veces como el punto luminoso que marcaba el centro del universo. Con alegría en el alma descubrió que Gerónimo la había amado con una adoración mística que no dejaba espacio para dudas. El breve cuaderno revelaba que él había planeado traerla de Brasil para hacerla su compañera eterna, pero fue cuando el cuerpo le avisó que su fin estaba próximo.

El sol se ocultó. María regresó a la casa, comió algo, y tendió su bolsa de dormir en una cama. Encendió la lámpara de kerosene, y se acostó con un cierto temor, pues se sentía vulnerable en aquel desierto plagado de coyotes, víboras de cascabel, y una fauna desconocida para ella. Siguió leyendo el diario y los poemas de Gerónimo, haciendo viajes imaginarios tomada de la mano de él, por todos los lugares del mundo, y por todos los caminos de la vida. A media noche sintió un ronroneo de motores cada vez más cercano, que le infundió temor y al mismo tiempo consuelo. Era señal de que había humanos en la cercanía. Se acordó entonces que esa noche llegarían chamanes yaquis a la caverna de la piedra ceremonial, y eso la dejó tranquila. Llegaron dos automóviles y se estacionaron cerca de la casa. Los pasajeros bajaron y gritaron desde corta distancia en un idioma incomprensible. Por el tono y el volumen de las voces, María intuyó que estaban saludando. Una mano tocó suavemente en la puerta y ella abrió, temerosa, con la lámpara de kerosene en la mano. Era un anciano indio muy alto, que al verla ya no habló en su idioma, sino en español.   —Me llamo Loreto Bacazegua—dijo. Soy el jefe del grupo yaqui que viene cada año a la piedra para hacer ritos sagrados. Solo queremos avisar que hemos llegado y que dejaremos aquí los automóviles, para irnos a instalar en la caverna. Usted parece nueva aquí, —sí, dijo María—. Soy invitada de Marcela para estar unos días, mi nombre es María de los Indios. —Ah, dijo el anciano, con una sonrisa—. Entonces también es de nosotros, porque aquí todos somos indios. El viejo se despidió y siguió al resto del grupo, que ya caminaba hacia la caverna por la falda obscura del cerro.

Eran las cinco de la mañana. El tam tam de los tambores yaquis llenó el cielo del desierto. Un coro de voces agudas que parecían llantos desesperados rasgó el cielo como un cuchillo filoso. Los cerros y los cañones recogían celosamente todos los sonidos y los repetían. Parecía que el desierto se había transformado en escenario de un evento mágico. María sintió que aquellos sonidos rítmicos y extraños partían de sus propias entrañas. Salió de la casa en estado de éxtasis y caminó lentamente hacia la piedra ceremonial. Se detuvo unos metros antes de llegar a contemplar el escenario. Aquel concierto de sonidos y voces alucinantes salía de once ancianos parados en los montículos que rodeaban a la piedra mayor. Había un lugar vacío donde estaba un tambor solitario: « era el de Jerónimo Omteme». En momentos, los tambores callaban y las voces bajaban casi al nivel del silencio como si fueran murmullos salidos de una dimensión desconocida, pero luego todo iba in crescendo hasta alcanzar un volumen terrible como de gritos coléricos lanzados al fondo de los cielos.

Todo indicaba que en aquel concierto desaforado de tambores y lamentos, los once chamanes, no imploraban: sino que exigían indignados la lluvia que muchos años había sido negada al desierto, en que los tambores habían batido desesperados, y los ojos de los chamanes habían llorado, sin conmover al dios que derrama las aguas sobre el mundo.

El día se fue, y las nubes enseñaron su indolencia no apareciendo por ninguna parte. Los chamanes cansados, sumidos en la tristeza, se retiraron a la caverna. María regresó a la casa, y se preparó para su segunda noche sola en San Vicente. Estaba poseída por el canto de los chamanes. Sintió que su espíritu flotaba en una dimensión mágica. Después de dormir un poco, despertó con el batir de los tambores y el canto a media voz de los chamanes, luego oyó y aspiró el soplo fresco de un aire que venía de lejos, trayendo el olor fragante de la tierra mojada. Se oían en la lejanía truenos de tormenta que se acercaban y repercutían en los cerros cercanos. Unas nubes inmensas disparaban en zigzag rayos centelleantes que taladraban la negrura de la noche e iluminaban la soledad del desierto. A la vista de aquella invasión de nubes, el canto de los chamanes se hizo menos triste, y se fue tiñendo de un entusiasmo que parecía rayar en la euforia. Con el destello de los rayos veían que el cielo del desierto estaba totalmente cubierto por un estrato impenetrable de nubes negras y amenazadoras. A la vista de aquellos nubarrones, empezaron a dar gracias por un diluvio que todavía no había caído, que solo estaba suspendido en el cielo como una excitante posibilidad.

De pronto llegó un viento fuerte del oeste, que empezó a llevarse las nubes en tropel, dejando manifiesta otra vez la crueldad descarnada de la naturaleza. Sabían los chamanes que las nubes que venían a San Vicente, solo vertían agua cuando el aire estaba dormido, en una quietud imperturbable.

María sintió en su interior un sacudimiento extraño. Oyó voces y murmullos que no parecían de este mundo. Salió de la casa y caminó por la vereda que iba a la piedra ceremonial. Sus pies descalzos no sentían la tierra y pensó que iba levitando. Se fue de paso hasta el círculo de los chamanes, que sorprendidos e indignados, la vieron pararse sin titubeos a un lado del montículo vacío de Gerónimo Omteme, para cerrar con ellos el circulo de doce que siempre había sido. No tuvieron tiempo de reaccionar, porque al instante ella lanzó al aire una imitación perfecta de los cantos de ellos con una voz bella y matizada, que puso el concierto de voces y tambores en armonía perfecta, haciendo que el desierto se transformara en un escenario místico y alucinante. Los chamanes continuaron cantando, implorando que las nubes no se fueran. Ya reprenderían a la intrusa por el sacrilegio de imitar los cantos sagrados profanando la piedra ceremonial de Gerónimo Omteme. Luego vino algo insólito: el viento se calmó. Las nubes soltaron una muestra de lluvia fina, seguida de rayos atronadores que sacudían los cerros, pero pasaron interminables minutos y solo caían gotas finísimas que parecían rocío, aun cuando el cielo estaba cubierto de nubes tormentosas que intercambiaban furiosas descargas eléctricas. Los ancianos pararon de tocar y cantar, dijeron que la lluvia no caía, porque María estaba profanando la ceremonia con su presencia. Le dijeron que se fuera y ella obedeció, se fue a la casa llorando. Ellos se sentían fatigados y frustrados y decidieron ir a descansar a la caverna. Pareció que el viento y las nubes entendieron que el juego había terminado. En una hora el cielo estaba limpio, estrellado, otra vez el escenario del cielo y de la tierra era el retrato de la desolación.

La noche siguiente, el canto de los chamanes se oía muy triste, se elevaba hacia un cielo estrellado. Tras un tiempo breve, los tambores se fueron apagando hasta que en san Vicente solo se escuchaba el canto de los grillos. María se asomó por la ventana y vio un relámpago que partía de una nube lejana. Esperaba ella oír los tambores, pero estos no sonaron. De pronto, sintió un temblor que sacudió sus entrañas trayendo a su espíritu misteriosas sensaciones. Parecía que su corazón quería estallar y que su cuerpo flotaba. Caminó sin sentir hasta el centro del patio, puso la mirada en el lejano relámpago, y lanzó al cielo los cantos chamánicos que había memorizado la noche anterior. Su voz firme y melodiosa atravesó el silencio de la noche y otra vez el desierto se convirtió en escenario místico. Mientras ella cantaba, la lejana nube pareció acercarse atendiendo a su llamado. En la caverna, los ancianos que escuchaban estáticos y en silencio, sintieron claramente que había un gran entendimiento, entre el canto dulce de María y los atronadores rayos de la tormenta lejana. Intuyeron que esa noche, los dioses solo deseaban dialogar con aquella misteriosa mujer. Convencidos de ello, tomaron sus puestos en la piedra ceremonial y unieron sus voces y sus tambores al fino canto de ella, en señal de clara aceptación.

María, en éxtasis, caminó lentamente hacia los chamanes. Sus pies descalzos no parecían pisar la tierra. Descargas eléctricas empezaron a trazar zigzags desde el cielo a la tierra. Su cuerpo alto y esbelto brillaba con los rayos, como una estatua de plata sobre el pedregal negro de la vereda. Parecía una venada contemplativa buscando las estrellas perdidas detrás de la negrura de las nubes. Mirando al firmamento y levantando los brazos, llegó a la piedra ceremonial. Al verla llegar, los chamanes le hicieron sentir su alegría. María entonces, bajó los brazos e inclinó su cuerpo. Puso sus pequeños pies sobre el montículo vacío de Gerónimo Omteme, y se impulsó con la agilidad de una gacela. De dos saltos a compás abierto quedó en el centro de la gran piedra circular. Entró en lo que parecía un trance hipnótico y empezó a hablar en un idioma que los chamanes no entendieron, porque era portugués. Luego entró en una dimensión desconocida donde los espíritus de sus ancestros africanos y los espíritus de los ancestros yaquis de Gerónimo Omteme, tomaban posesión de su espíritu, creando en ella una un volcán de emociones. Entonces, sus pies descalzos empezaron una danza frenética que los ancianos chamanes y ni ella misma podían entender. De su boca empezaron a salir cantos yaquis que ella nunca había oído, alternados con cantos africanos que tampoco había oído, y su cuerpo fuera de control, empezó a dibujar pasos de bailes fantásticos y alucinantes, mientras los chamanes, poseídos de todos los espíritus que ahí flotaban, ajustaban mágicamente el compás de sus tambores a lo inaudito del canto y el baile de María. Ante aquella escena cautivadora tomada como petición ferviente de once hombres y una mujer, los dioses abrieron libremente el mar celeste que produce diluvios en la tierra. Rayos y centellas partieron de las nubes sacudiendo todos los rincones del desierto. Un alud aterrador de gotas de agua furibundas que impactaban la tierra como flechas, cubrió sin parar todo el territorio de San Vicente. En los cerros y mesetas que hacía décadas no recibían la caricia de la lluvia, esa noche revivieron cascadas que se habían extinguido hacía cien años. Los arroyos bufaban desbordados. María sentada en el la gran piedra estaba rendida, asustada, saturada hasta los huesos con agua de diluvio, pero su cara dibujaba una sonrisa de felicidad. «sentía que los dioses de Gerónimo Omteme la habían aceptado, y que ella los amaba». Caminó hacia la casa con gran dificultad, resistiendo los dardos de la lluvia. En algunos bajos se hundía en el agua lodosa hasta las rodillas. Iba dudando si la casa todavía existía. La fuerza de la tormenta la podía haber desaparecido. Pero la casa estaba ahí.

En los siguientes días, María no salió más a la piedra ceremonial, porque nunca paró de llover. Los ancianos en la caverna cantaban nuevas plegarias para que el agua cesara. Era tiempo de irse, pero el jeep de Marcela Omteme no podría entrar a San Vicente, porque todos los arroyos chicos y grandes que atravesaban el camino hacia la civilización, estaban bramando y desbordados. Sin embargo, Marcela llegó puntualmente a pie, desafiando a la tormenta, serpenteando las faldas de los cerros por veredas que ella conocía desde niña. María y Marcela se abrazaron largamente y lloraron, por el solo gusto de verse. Por la lluvia y la premura del tiempo Marcela dijo que había que salir de inmediato, pero María narró brevemente como había sucedido el milagro del agua que estaba cayendo, y que ella no podría irse sin despedirse de los chamanes, y abrazarlos. Marcela aceptó que era un deber agradecer a los chamanes su visita. Caminaron a la caverna tomadas de la mano como si fueran hermanas. Al llegar, Marcela saludó a los ancianos en el dialecto yaqui, pues solo el más viejo hablaba español. Introdujo a María y les dijo que ella había venido desde ocho mil kilómetros de distancia para ver a su padre. Los chamanes se vieron unos a otros y enseñaron una sonrisa picaresca. Al mismo tiempo dieron muestras de gran aprobación. Recordaron que Gerónimo Omteme ya la había mencionado alguna vez como la mujer que él tenía en el corazón. Entonces hicieron un círculo en derredor de ella y empezaron a entonar cantos sagrados. El más anciano puso unas cascaras de copal en la lumbre y con el humo aromatizó unas ramas de sauco que ponía en la frente y los hombros de María mientras recitaba plegarias. Todo ese tiempo María lloró de felicidad. La tribu yaqui la estaba bendiciendo. Cuando terminó el ritual, María y Marcela dieron un abrazo a cada uno de los ancianos y se despidieron emocionadas. Se fueron por las faldas de los cerros, hasta llegar al jeep que estaba a cinco kilómetros de distancia, en un camino vecinal completamente seco: ¡«el diluvio solo había caído y seguía cayendo, dentro del desierto de San Vicente!». Se subieron al vehículo y partieron.

Hacía unos minutos que María de los Indios se había bajado en Sao Paulo del avión que la trajo de Phoenix Arizona. Viajaba en el taxi que la llevaba a su casa. Iba viviendo todavía el milagro de la lluvia en el desierto. Pensó que si algún día tenía noticias de que la tierra tenía sed en San Vicente, ella iría otra vez hasta el lejano desierto, para repetir la historia de cuando once chamanes y ella, habían provocado un diluvio milagroso en la tierra sedienta del hombre a quien ella más había amado. Llevaba sobre las piernas la caja de metal con los cuadernos de Gerónimo. El sobre con las cenizas lo llevaba en la mano, pegado al corazón. Pensaba llorando que venía de un largo viaje de ocho mil kilómetros, donde buscó a un hombre que creyó haber perdido. Pero esa mañana, en esos momentos, sabía que ese hombre nunca se había ido, pues desde el día en que la conoció, él había fundido su corazón con el de ella, y los dos estarían siempre unidos en la dimensión espiritual de lo eterno. Lloró más lágrimas sobre las cenizas y la caja oxidada, las abrazó con fuerza, sintiendo que eran parte de su ser hasta la eternidad.

Héctor García Armenta
Mesa Arizona,
Agosto de 2013

 

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