Rosy Paláu LP 4

Paláu, Rosy

Rosy Paláu. Nació en la ciudad de Culiacán, Sinaloa. Mèxico (1956) Es miembro fundador del grupo “La cabaña”, editor de la hoja literaria “Equus”, que se mantuvo en circulación por màs de 10 años. Tiene publicados los libros de poesìa: “Quizà el tiempo”, La cabaña editores 1985. “Territorio Indeciso” Universidad autónoma de Sinaloa 1990. “La clara sombra del silencio” Universidad de Guadalajara 1996. Estamos solos desde ayer. DIFOCUR-Ediciones sin nombre 2007. Y de cuentos: “La casa del arrayán”. El colegio de Sinaloa. 2005. Es compiladora de la antología “Las lunas de mi cielo” una selección de cuento y poesía sobre la luna de autores de todo el mundo. Editorial La musa fea. (2013). Ha participado en revistas, suplementos y antologías publicadas por diversas editoriales, así como obtenido premios y menciones tanto nacionales como internacionales.

CINCO POEMAS

Estamos solos desde ayer

Estamos solos desde ayer
y han crecido los árboles,
huele a limones el patio.

Son las 9 de la noche
de todos los días,
nada nos falta
y estamos solos desde ayer.

A veces nos quedamos tristes
junto a las cosas
y hablamos de los muertos,
en sus cuartos pequeños,

sin ventanas,
esperando a todas horas
que un recuerdo los alumbre;

después andamos por la casa
como siempre,
mientras los grillos cantan,
la luna se levanta,

que sí, que no
y son las 9 de la noche
de todos los días
y nada nos falta.

Hoy amaneció lloviendo,
el sol se metió por la tarde
en un charco de agua,

el aire se llenó de niños,
de voces que pasaron sin nadie;
hasta que la oscuridad nos fue tapando,
hasta que nadie vino

a cerrarnos las puertas del miedo
con la luz de una lámpara,
porque ya no juegan los fantasmas
a ponerse los zapatos,

el vestido dejado en la silla,
porque sólo queda este silencio
que no se apaga
y cierro los ojos
y no se apaga.

Cada quien se interna en su sueño
buscando tal vez
lo que otros dejaron escrito
en una sombra,

cada quien remueve los escombros
de lo que alguna vez ha dicho
y encuentra pueblos distantes,
seres que cruzan la penumbra.

Pero más allá de las sombras
aún perdura la forma de las cosas
y amanece
y todos estamos juntos

en medio de las horas,
todos,
llenando con la prisa
los espacios vacíos.

Lo demás es el aire,
son las nubes
en el cielo alegre
de la ventana,

es acariciar las palabras
ahí, pegadas a su deseo;
porque uno se acostumbra
al silencio que lleva,

a guardar en secreto
esas noches que no alcanzan
para tanta luna
y todo se azulece

y nos entran las ganas inmensas
de decir algo;
porque estamos solos desde ayer,
desde que abrimos los ojos por dentro
y llamamos y no vino nadie
y pudimos saberlo.

La ventana 

Nubes caídas sobre la tierra,
cascadas de agua inmóvil
en el cielo naranja
y te vas quedando junto a la ventana,
junto a los pájaros
que comen migajas de luz.

Estás ahí, entre los días,
con el vestido pintado
por la sombra de las hojas
como pensando en el amor,
en aquel paraíso sin manzanas
donde una voz te dijo
aprende a soñar para mañana
y te dejo descalza entre los árboles,
bajo la brisa de unas cuantas palabras.

A veces te duelen las horas,
el cuarto que se cierra
de noche en el espejo,
la mansedumbre de esos ángeles
que se quedaron volando eternamente
detrás de la cama
y te quedas mirando,
como si quisieras echar raíz
entre las cosas,
como si jugaras a no morirte.

No es fácil saber
que todos se han ido
y el tiempo son esos rostros
que sonríen siempre
en los retratos,
esperar que tu piel se encienda
como la noche con los astros
para que sólo baje a vendarte el alma
la aparición de una estrella.

Pero el aire,
pero el silencio,
no son acaso las últimas formas
del amor.

A quién vas a hablarle de ti,
de la lluvia que cae
todo el verano
madurando en la palabra árbol
los frutos que cortas al amanecer,
cuando no puedes dormir,
cuando el patio
es un sitio encantado
en el que se reúnen ciertas ausencias.

A quién vas a hablarle del río
que pronto has de escribir,
para quedarte ahí,
sintiendo còmo te corre el agua,
cómo se enreda tu imagen
en el olor antiguo de las piedras
que duermen bajo su sábana
de arena.

La tarde cuelga de una orilla
y los montes se van oscureciendo.

Es tiempo ya de encender
la lámpara,
de bajar a regar el eucalipto
que crece a lo largo
de su inocencia
mientras la noche aviva
la blancura de la luna.

Eres parte de esa historia,
de esa escena sagrada
en que los cuerpos se juntan
en el sitio que dejaron
las palabras
y navegan hacia el poniente
de su propia desnudez,
hacia la puesta de un sol
imaginario,
parte de aquellos que cumplieron
su deseo
y se creyeron para siempre
en un paisaje de palomas.

Sì.

Delante de ti la tierra
ha dicho sus relámpagos,

ha construido circos de luz
donde las flores doman mariposas
y te vas quedando junto a la ventana
viendo cómo se apaga lento el horizonte,
como se amplía el espacio
de tu sombra.

La verdad

Día que se quema
el viento corre
entre árboles de humo,
la flor en sombra se desdobla,
luz que habla dormida,
silencio de agua dulce.

Un instante muere,
otro nace.

Se cambian en lo oscuro
las estrellas,
escucha el aire,
relampaguea.

El pensamiento viene, va,
regresa,
no hay otra parte,
allá no es nada.

Aquí mi mano escribe
palabras que jugando a decirse
aparecen
pájaros en el cielo
de una sílaba.

Sueño,
camino de espejos,
mirada que al buscar
se hunde en el lago
de su propia imagen.

La noche es antigua
pero huele
a recién llovida
por los astros.

Dos voces
almas solas
doblan la esquina,
el amor en sus bocas
invisibles
se desgrana.

Qué son las horas
para los que se abrasan
lejos de la ciudad
sumergida,
a salvo
en la tierra de su cuerpo.

El deseo,
bandada de nubes,
verdad que en los ojos
se deshace.
Cierro la ventana.
El tiempo es una idea.
Yo no te recuerdo.

 

 

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