Luis Manuel Ortiz LP 4

Ortiz, Luis Manuel

Homenaje a…

Luis Manuel Ortiz es nativo de Caborca, Sonora, México, inició su carrera de periodismo en la Revista Contenido de la Ciudad de México. Posteriormente trabajó en los periódicos Novedades, El Heraldo de México, El Universal y otras publicaciones de la capital mexicana. En 1984 y 1988, respectivamente, fundó y dirigió en Phoenix, Arizona, EUA, las revistas Unidos y Cambio!. En noviembre de 1999 dio comienzo al proyecto de La Voz como editor general fundador y permaneció como Director Editorial de La Voz y de la revista TV y Más hasta agosto de 2013. En octubre de 2006, Luis Manuel Ortiz se convirtió en el primer periodista hispano (e inmigrante latinoamericano) en Arizona en formar parte del Salón de la Fama del periodismo de la “Arizona Newspaper Association”. Actualmente labora como periodista independiente.

 EN HUMILDE HOMENAJE AL POETA RUBÉN C. NAVARRO

Ni cariños traje, ni cariños llevo…

–Luis Manuel Ortiz

El primer contacto real de mi vida con la poesía no sucedió como yo lo habría esperado. Por supuesto que previamente tuve acercamientos a ella en el salón de clases, leyendo libros de poesía o garrapateando palabras mal escritas y peor rimadas en mi cuaderno escolar. Desde luego -mexicano al fin-, había suspirado con los sonetos increíblemente perfectos de Sor Juana Inés de la Cruz o sollozado con la rima pálida y mística de Amado Nervo. Pero eso nada tenía de particular, ni me ubicaba en algún sitio apartado de la originalidad.

Es más, ese encuentro mío con la poesía no tuvo que ver con las letras, no con las rimas, no con la métrica. Más aún, ni siquiera con la vida, sino con la muerte. Intentaré aclararlo:

Yo estaba pasando por esa etapa poco fácil que los humanos vivimos, unos más, unos menos, cuando estamos a punto de dejar de ser niños para debutar como adolescentes, y si por razones que no sé entender y mucho menos explicar siempre fui un poco ensimismado y un mucho introvertido, al llegar a esa etapa de mi vida tales características parecían acentuarse. Soñaba ser, sin saber qué. Intentaba mirar muy adelante pero no sabía cómo dejar de ver hacia atrás.

Al llegar a esa edad yo era un veterano en el “oficio” de monaguillo y no sé si porque en ello fui bueno, si por mi estilo de conducta o nada más porque era parte de sus tareas –y quiero pensar que eso fue-, el cura del pueblo, el Padre Roberto González Orendáin, a quien todos recuerdan con una suerte de veneración y hasta su nombre le pusieron a una calle, convenció a mi madre de que yo tenía vocación de sacerdote. Mi familia era católica y mis padres nos enseñaron a practicar ese culto, pero nunca vivimos ni ejercimos extremismos ni extravíos. Si yo había ingresado al grupo de monaguillos era más bien por seguir un costumbrismo pueblerino que poco se acercaba a lo que pudiera considerarse una práctica religiosa en extremo, como sí sucedía con otras familias del pueblo.

Sin embargo, no me sorprendió y quizás tampoco me molestó, cuando mi madre habló conmigo y me dijo lo que había venido platicado en algunos encuentros recientes con el Padre González. Se notaba en ella la ilusión de ver a su hijo menor convertido en sacerdote. Es probable que yo tomara la propuesta como algo que no tenía que discutir. Si quería o no quería serlo era cosa aparte, yo no gozaba de la facultad para decir que sí o que no, simplemente iba a ser. Además, sabía bien que la influencia del padre en la vida de las familias caborquenses producía más resultados que el accionar del destino.

Un parte aguas no deseado

Por tales razones, mi introversión se había acentuado. Mi tránsito de la niñez a la adolescencia, no fácil en sí mismo, lo veía transcurrir como yo no hubiera deseado y cada vez era más acentuado. La razón, muy poderosa para mí, pero no para mi madre ni para el cura: No sentía deseos de ser sacerdote, no era mi vocación. Y no fue. Las cosas no resultaron como ellos deseaban. Aunque tampoco como yo las quería, y reorientarlas hacia donde en verdad deseaba dirigir mi vida fue cosa de mucha espera, mucha paciencia, muchos golpes de vida.

Partí rumbo al Colegio Apostólico donde debía concluir la escuela primaria al tiempo que me prepararían para mi próximo ingreso al seminario, en la capital del estado, donde estudiaría la carrera sacerdotal.

Pero la experiencia concluyó pronto y bruscamente, al comienzo del siguiente año escolar, cuando una medianoche llegué solo y asustado a mi casa. Toqué la puerta y mis padres despertaron sorprendidos y asustados al verme. Me había escapado del colegio y utilizando algunos pesos que ocultaba en mi bolsillo compré el pasaje en un autobús rumbo a Caborca en donde, sin saberlo de bien a bien, me pondría frente al primer parte aguas de vida.

La actitud de mi padre parecía indicarme que no le sorprendía lo que yo había hecho; como si ya lo esperara. Pero mi madre no podía ocultar que se enfrentaba a su propio fin del mundo. Y yo era el culpable. Así fue como mi carrera clerical tuvo muy corta existencia. Volvamos ahora a mi primera experiencia con la poesía.

Mi pueblo, Caborca, en el norteño y desértico estado de Sonora, en México, era como ya no es. Allí no pasaba nada, salvo hacer un calor muy cercano –quiero pensar-, al infierno. La vida no tenía altos y bajos. Sólo bajos: el pobre vivía como pobre y el rico también. Se carecía de opulencias y de todo tipo de modernidad, pero se disfrutaba en exceso de incomodidades y falta de comunicación. Creo que fue en 1945 cuando se inauguró el paso del tren de carga y pasajeros, del sur del país hacia Baja California, pero durante mucho tiempo casi sólo sirvió para mover carga porque había días en que llegaba y ninguna persona bajaba o subía del convoy.

Más o menos por esa época, cuando el siglo pasado todavía no marcaba la mitad, en un intento por hacer producir aquella enorme, reseca y calurosa zona desértica sonorense pegada a la costa del Mar de Cortés, el gobierno federal habilitó grandes extensiones de tierra virgen para convertirlas en áreas de cultivo. Las lotificó en pedazos a los que se conoció como “colonias agrícolas” y destinó créditos y préstamos para perforar profundos pozos de agua para riego agrícola, nivelar los terrenos y lograr que esos suelos dejaran de ser páramos improductivos. Cada colonia fue otorgada en usufructo, en un régimen legal similar a los ejidos, a personas y familias llegadas principalmente de los estados sureños de Michoacán y Jalisco que manifestaban su deseo y capacidad de trabajarlas y hacerlas productivas.

De pronto, los caborquenses, lugareños de un pueblo casi imaginario en el que todos nos conocíamos, comenzamos a encontrarnos a diario con rostros desconocidos. Caborca cambió tanto que fue posible que yo pudiera tener un encuentro casual e insólito con la poesía y darme cuenta hasta después.

El Cortijo de la Morena

Estábamos en la iglesia, en cuyos patios y cercanías nos entreteníamos inventando juegos los monaguillos mientras se llegaba la hora del venerable quehacer, cuando el padre González nos dijo que preparáramos todo para ir a un servicio fúnebre. Así lo hicimos y minutos después estábamos trepados en el auto del sacerdote con rumbo a un campo agrícola que, nos dijo, se llamaba “El Cortijo de la Morena” en donde iban a sepultar a una persona importante. Si nos dijo más no lo recuerdo. No se cuánto tiempo trascurrió y cuánta distancia recorrimos por un polvoso y pedregoso camino para llegar. Pero sé, porque lo recuerdo muy bien pues allí comenzaron mis sorpresas e impactos sicológicos, que aquello no era como yo esperaba encontrarlo, si es que algo esperaba.

Era agosto, cuando es más cruel el calor del desierto, de 1958. Al llegar a la casa del campo agrícola, el padre estacionó su auto junto a otros automóviles, demasiados para aquel lugar, algunos lujosos y todos desconocidos, que no pertenecían, en su gran mayoría, a personas de Caborca. En silencio sacamos nuestras cosas del automóvil. El sacerdote caminó hacia la vivienda y nosotros en su zaga. Lo recibieron muchos hombres y mujeres, todos desconocidos y muy elegantes, vestidos con negras sayas y levitas que devolvían los rayos del sol en hirientes reflejos cuando chocaban con la costosa y brillante seda de sus telas. Aunque yo era casi un niño, los entierros no eran cosa desconocida y extraña para mí. Tampoco la asistencia a moribundos. Como acólito había asistido al sacerdote muchas veces en las ceremonias de réquiem y en la aplicación de los Santos Oleos. Pero aquello era distinto. No era lo que yo conocía. Me sentía como si fuera parte de una de las por entonces populares películas filmadas en misterioso y dramático blanco y negro, o de una obra de teatro, y seguramente mis compañeros –dos, o tres, no recuerdo cuántos- estaban tan impactados como yo.

La ceremonia religiosa transcurrió como transcurren todas las ceremonias fúnebres. El rito triste y la solemnidad habitual. Todo, tal como lo conocíamos y solíamos ejecutar. Pero terminado el ceremonial los caballeros vestidos de negro no se alejaron, no abandonaron el lugar, no cedieron su lugar al lado del féretro a empleados de una funeraria para que lo retiraran y ejercieran su labor. Por el contrario, los misteriosos personas –todos, insisto, con aspecto importante- se acercaron al ataúd, lo levantaron, colocaron sus hombros debajo de él convirtiéndolo en carga fúnebre y comenzaron a caminar. Siguiéndolos, el sacerdote y nosotros los monaguillos. Detrás y a los lados, hombres y mujeres llorando sin consuelo, sin duda los familiares. En vez de acomodar el féretro en una carroza funeraria, los hombres de negro se dirigieron hacia campo abierto y desolado, entre tierra suelta y ramajes espinosos de esos que son abundantes en el desierto. No sé cuánto caminamos, y por más que le pido ayuda a mi memoria para reconstruir los recuerdos se niega a colaborar, pero debió ser una distancia corta; llegamos a una fosa abierta en la tierra reseca, en plena soledad, y allí el desconocido personaje, en su cajón de brillosa madera, descendió entre llantos de los presentes, discursos, elogios, oraciones y poesías hasta tocar el fondo para comenzar a recibir, primero, puños de tierra y, después, paladas que lo fueron cubriendo hasta impedirle ver, para siempre, la luz del día.

Todos regresamos a la casa y el padre ocupó algunos minutos en repartir bendiciones y recibir despedidas. Entones retomamos nuestro lugar en el asiento trasero del automóvil y mientras recorríamos el polvoso camino que nos llevaría de regreso de El Cortijo de la Morena hacia Caborca, me hundí en una especie de letargo. Revivo esos momentos y me veo sin vista, sin oídos, sin habla. No sé qué nos dijo el padre, si nos dijo, y tampoco recuerdo si nosotros preguntamos. Lo vivido –sin saber de quién se trataba- me había dejado impactado. Y tampoco puedo saber por qué.

El Cristo de mi Cabecera

Hasta que regresé a mi casa, y gracias a que mis padres y hermanas mayores comentaban acerca del fallecimiento en el pueblo de un conocido personaje, supe lo que me había tocado vivir. Enterarme de los detalles tornó el episodio aún más enigmático, casi esotérico, irreal. No podía creer donde había estado y la razón. Pero las piezas empezaban a reclamar su lugar. También por la cercanía con el culto católico, en casa y en la iglesia, leíamos y en ocasiones recitábamos poesía religiosa y mística y una de las más conocidas era “El Cristo de mi Cabecera”.

¿Cómo creer que yo hubiera estado al lado de su autor –ya no importaba si con vida o sin ella- Rubén C. Navarro? Pienso en aquella vivencia y, sin poder evitarlo, los versos de la hermosa obra brotan como un vapor e inundan mis recuerdos:

Cuando estaba solo… solo en mi cabaña,
que construí a la vera de la audaz montaña,
cuya cumbre, ha siglos engendró el anhelo
de romper las nubes… y tocar el cielo;
cuando sollozaba con el desconsuelo
de que mi Pastora – más que nunca huraña-
de mi amor al grito nada respondía;
cuando muy enfermo de melancolía,
una voz interna siempre me decía
que me moriría
si su almita blanca para mí no fuera,
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque me quisiera…!
¡porque me quisiera…!

Cuando nos unimos con eternos lazos
y la pobrecita me tendió sus brazos
y me dio sus besos y alentó mi Fe;
cuando en la capilla de la Virgen Pura
nos bendijo el Cura
y el encanto vino y el dolor se fue…;
cuando me decía,
loca de alegría,
que su vida toda para mí sería…
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque prolongara nuestra Primavera…!
…¡Porque prolongara nuestra Primavera…!

Cuando sin amparo me dejó en la vida
y en el pobre lecho la miré tendida;
cuando até sus manos, que mostraban una
santa y apacible palidez de luna
y corté su hermosa cabellera bruna,
que en el fondo guardo de mi viejo arcón;
cuando, con el alma rota en mil pedazos,
delicadamente la tomé en mis brazos
para colocarla dentro del cajón;
cuando muy enfermo de melancolía,
una voz interna siempre me decía
que ya ¡nada! me consolaría,
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque de mis duelos compasión tuviera…!
…¡porque de mis duelos compasión tuviera…!

Hoy que vivo solo… solo, en mi cabaña,
que construí a la vera de la audaz montaña.
cuya cumbre ha siglos engendró el anhelo
de romper las nubes y besar el cielo;
hoy que por la fuerza del Dolor, vencido,
busco en mi silencio mi rincón de Olvido;
mustias ya las flores de mi Primavera;
triste la Esperanza y el Encanto ido;
rota la Quimera,
muerta la Ilusión…
…¡Ya no rezo al Cristo de mi cabecera…!
¡Ya no rezo al Cristo … que jamás oyera
los desgarramientos de mi corazón…!

Todas esas preguntas no eran evitables. ¿Qué hacía un poeta de esa dimensión, de profunda preparación intelectual y de carrera literaria internacionalmente reconocida durmiendo su eternidad en el confinamiento de un yermo tan lejano a su origen y a su trayectoria?

Rubén Claudio Navarro Murgía nació en 1894 en Tangancícuaro, un pueblo del estado de Michoacán, y estudió en el Seminario de Zamora, en el mismo estado, en donde, por cierto, también había sido interno el poeta Amado Nervo. Quizás, como yo, Rubén no estaba destinado para el sacerdocio así que abandonó el seminario y se incorporó a las filas de la Revolución. Al poco tiempo ya lo encontramos en la carrera política al ser nombrado Diputado en el Congreso de la Unión. Allí lanzó la iniciativa para crear el Premio Nacional de Literatura, todavía vigente.

Después de ocupar otros cargos oficiales de no mucha altura fue nombrado Cónsul General en San Diego, California, y después en Brasil, donde entabló una relación de amistad muy estrecha con la poetisa chilena Gabriela Mistral, la primera y única mujer latinoamericana premiada con el Nobel, en 1945, y quien falleció un año antes que él.

Responder a las anteriores interrogantes no está en mí. Debe haber quien haga, o haya hecho, la investigación pertinente y permita sentir a los caborquenses el orgullo de saber por qué un literato de esa medida cambió la política, la diplomacia y el distintivo mundo de la literatura universal para decidir que su destino estaría en un sitio tan para muchos insólito, pero para ellos tan propio.

No he vuelto a poner mis pies en El Cortijo de la Morena, ni he vuelto a ver la tumba de Navarro con mis ojos pero sí con mi pensamiento. Al pensar, con inusitada frecuencia, en el lugar y en el personaje que allí descansa lo imagino inmerso en su propia inspiración poética, declamando como lo debió hacer muchas veces en exclusivos corrillos intelectuales, políticos y diplomáticos su bello poema “Silenciosamente”, que parecería haberlo escrito para su propia muerte:

Silenciosamente,
voy por la pendiente,
voy por la pendiente de la Eternidad…
Ni cariños traje, ni cariños llevo,
y en mi senda larga, si aprendí algo nuevo,
fue, sin duda alguna, la simplicidad…

Dolorosamente
voy por la pendiente,
con el fardo a cuestas de mi ensoñación,
sin hallar ninguna mariposa errante
que su sed mitigue con la miel fragante
de la rosa abierta de mi corazón.

Fatigosamente
voy por la pendiente,
sin curar la herida que me abrió el dolor…
Ni descanso nunca, ni apresuro el paso…;
porque, al fin, bien pronto llegaré al ocaso,
con la vieja pena de mi viejo amor…

Prematuramente
voy por la pendiente,
con el fardo a cuestas de mi decepción
sin hallar ninguna juvenil terneza
que mitigue un poco la mortal tristeza,
la mortal tristeza de mi corazón…

Y cuando el poema concluye vuelven a resonar en los oídos de mi pensamiento los dramáticos versos que me recuerdan, como lo han hecho durante años, que tal vez en ellos está la respuesta a la pregunta de por qué el poeta michoacano eligió para su eternidad ese modesto y solitario sitio donde mora:

Ni cariños traje, ni cariños llevo,
y en mi senda larga, si aprendí algo nuevo,
fue, sin duda alguna, la simplicidad…

 

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