Guillermo Murno Palacio LP 4

Palacio Munro, Guillermo

Guillermo Munro Palacio nació el 14 de mayo de 1943. Ha publicado cinco novelas, una de ellas, Las voces vienen del mar, obtuvo un primer lugar en el concurso de mejor novela en 1992, publicada por el ISC (Instituto Sonorense de Cultura) en 1994 y otra, Los sufrimientos de Puerto Esperanza, obtuvo una mención honorífica y fue publicada por CONACULTA/ISC en 1995. La tercera novela Camino del diablo (ISC) se publicó en 1997. La cuarta novela: No me da miedo morir (2003), fue adquirida por Silver Lion Films en Los Ángeles en octubre de 2005 para ser adaptada como guión cinematográfico. Este año (2007) se publicó su más reciente obra: Regreso a Puerto Esperanza (De Cierto Mar Editores).

EL MOCHOMO Y EL DIABLO

Cuando el diablo se lo llevó, el Mochomo Abierto tenía once años y vivía con su tía y primos.

La casa de Gregorio y Chona Abierto era un jonuco de varas de ocotillo y techo de zacatón y, como la mayoría de las de los primeros pescadores, estaba sobre los médanos grandes que dan al mar.

Nosotros vivíamos en el puerto y el Güico en el estero, allí se colaba la humedad y en las mareas altas apaleaban duro para hacer un bordo pa’ evitar que el mar se les metiera en la casa. Las gallinas subían al cerco de chinchorro y al techo, y el agua las rodeaba.

Cuando empecé a ir a las clases de catecismo le pregunté a doña Pola si era pecado tirar gatos al mar y ella me dijo que sí, que eran criaturas del Señor. Fue cuando supe que el Mochomo Abierto tenía el diablo por dentro. Y es que yo lo acompañé la tarde en que metió seis gatitos a un saco de ixtle que amarró muy bien y lo aventó al mar. Esa vez se ganó veinticinco centavos que la Chona le había pagado por ese encargo. El Mochomo me invitó a un raspado de fresa con leche. Eran mis preferidos.

La segunda vez que supe que estaba endiablado fue porque uno de los pescadores le dio cincuenta centavos pa’que llevara a su prima Damiana a los médanos de la otra playa. Allí la dejamos pa’ que el bato se agasajara. La Damiana tiene ahorita diecisiete años y está más buena que un jamón, pero entonces debía andar como por los trece o catorce. Esa vez comimos jamoncillos, tomamos raspados y hasta nos sobró pa’ comprar dos chistes, uno de Tarzán y otro de La Familia Burrón.

Mi mamá decía que no me juntara con el Mochomo porque siempre golpeaba a los chamacos.

—Aléjate de él, que es un vago bien hecho —me decía.

Lo cierto es que era muy pesado con nosotros. Cuando le dio por jugar a los vaqueros lanzaba a la chamacada y los arrastraba por el taste raspándoles todo el pellejo del lomo y la cara. Otra, cuando nos bañábamos en el mar, nos zambullía y no nos dejaba respirar. Su tino era perfecto y siempre nos descalabraba.

Pero también era muy trucha pa’ juntar almejas, ostiones y para fisgar jaibas que le vendía a Martín Mariscal pa’ las botanas de su cantina. Yo le caía bien al Mochomo y siempre me disparaba algo con las ganancias.

Fue el Mochomo el que convenció a la Angelita Amarillas de que nos enseñara su cosita por una muñeca que robó a unos turistas y, por un veinte más, nos tentó las perinolas y pidió que orináramos para vernos.

Una vez que mi mamá se agachó le dije:

—Así perdió el diablo.

Se enojó mucho.

— ¿Dónde aprendiste eso?

Le conté que el Mochomo me decía eso cada vez que me agachaba a juntar almejas.

— ¿Qué quiere decir “patitas de ángel”? —le pregunté. Se puso amarilla.

—No vuelvas a decir eso que es una mala palabra —me dijo. Y me volvió a prohibir que me juntara con el Mochomo.

Una semana antes de que se lo llevara el diablo, nos fumamos una cajetilla de Faros fisgando jaibas. Esa vez me mareé todito y quise vomitar; todo por aprender a echar humo por las narices y decir un trabalenguas con el humo en los pulmones.

—Echaste humo hasta por el sunfiate —me dijo el Mochomo botado de la risa.

Le platicaba entonces lo que me contaba la catequista, lo de achicharrarnos en el infierno por decir malas palabras y hacer leperadas, y el Mochomo nomás se reía.

La tarde en que se nos apareció el diablo habíamos ido al estero donde un troquero tentaleaba a la señora esposa de un pescador.

— ¿Cómo supiste que iban a estar aquí?

Sacó una navaja de bolsillo y me la enseñó.

—Yo le pasé el recado a la doña y el troquero me pagó con esta navaja.

El aire había estado soplando y ahora zumbaba más fuerte. Estábamos tumbados sobre un morro de arena cuando lo vi. Estaba disfrazado en forma de tromba negra y venía del mar, pero yo sabía que era el maligno.

— ¡Vámonos! —le dije. Pero el Mochomo estaba lelo con la pareja.

—Será mejor irnos —insistí.

— ¡Espérate, Mike!

El viento bramaba más fuerte, me restregué los ojos llenos de arena y, cuando los abrí, el remolino se acercaba hecho la mocha. Salí volando.

— ¡No seas miedoso, Mike!

Se oscureció de repente. El vendaval me jalaba. Hice la señal de la cruz y dije: ¡Cruz, cruz, que se vaya el diablo y que venga Jesús!

Miré pa’trás al momento en que la tromba salía del mar y agarraba al Mochomo. Empecé a llorar. Comenzó a llover y sentí que me apedreaban. ¡Era granizo! Era la primera vez que granizaba en Puerto Esperanza. Me pesaba la ropa mojada y el viento me empujaba y no me dejaba avanzar. No aguantaba lo tupido del granizo en la cabeza. Luego algo increíble, ¡empezaron a caer pescados vivos del remolino! ¡Era cosa del demonio! Me dejé caer y seguí llorando: ¡Tatita Dios, que se vaya el demonio y que venga Jesús! El tiempo se fue calmando y vi que el remolino del diablo se adentraba al desierto. Me persigné agradecido.

La gente decía que la mujer peló gallo con el troquero y que el Mochomo se pintó en un barco de turistas o en un circo de gitanos, pero yo sé muy bien que fue el diablo el que se lo llevó.

Por un tiempo me porté mejor y ese año hice mi primera comunión, aunque de vez en cuando la Angelita Amarillas me convencía de que le enseñara el pitito y le hacía cariños, lo adornaba con moñitos como a un muñequito, aunque después, cuando el padrecito nos visitaba, me confesaba y recetaba tres padres nuestros y diez avemarías de penitencia.

 

 

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