Armando Miguélez LP 4

Miguélez, Armando

Miguélez, Armando (Santibáñez de la Isla, León, España). Fundador del Academic Language Institute (A.L.I) de Alicante, España. Lleva estudiando la herencia chicana desde la década de 1970 y es uno de los pioneros de los estudios chicanos en España. Su tesis doctoral -”Antología histórica del cuento chicano literario, 1877-1950”- es uno de los trabajos más extensos y citados sobre la cuentística chicana anterior al Movimiento Chicano. En la actualidad reconstruye el legado literario y cultural de los hispanounidenses, identificando, clasificando, analizando, periodizando y criticando sus textos literarios escritos, con el propósito de darle un vuelco completo a la historiografía literaria de los EEUU, pasando a ver ésta más como un todo multicultural que anglocéntrico. Ha coeditado también La literatura de la Revolución Mexicana en el exilio: Fuentes para su estudio. Desde hace tiempo viene coleccionando una inmensidad de documentos históricos (editoriales, cuentos, ensayos, columnas periodísticas, etc.) de una engente lista de periódicos, desde las Californias hasta el Este del país, en particular la región de Nueva York. Todo este material aparecerá en una nueva Página Web titulada “Hispanounidenses”, codirigida con Justo S. Alarcón

SPADA, SIXTO (1891– 1920)

Llegó a Los Estados Unidos a los 21 años, en 1912, residiendo en California, primero en Los Ángeles y después, como canciller consular mexicano, en San Francisco. Estudio Medicina graduándose como Médico Cirujano. Volvió a México en 1920 suicidándose al poco tiempo de volver (el 14 de noviembre de 1920- Ver nota en el “Hispano-América”, S.F., Cal., 20-XI-1920, p.1).

En los Estados Unidos mantuvo las tesis carrancistas por lo que se dedicó a fustigar a aquellos mexicanos (Gerardo Murillo – “Doctor Alt, etc.) o norteamericanos (“The Los Ángeles Examiner” y “Times” de los connotados anti-mexicanos W.R. Hearst y Harry Chandler), que denigraban a México o criticaban el Gobierno de Venustiano Carranza.

Su producción literaria durante estos años norteamericanos fue muy intensa, destacando su ensayo filosófico, por entregas, publicado en “La Prensa” de Los Ángeles (de 8-XII-1917 al 23-II-1918) sobre la historia cultural y política de México y otros temas de actualidad. También escribió 4 cuentos: “Un cuento” (La Prensa, Los Ángeles, Cal., 12-I-1918), ”Don Fernando el Manso” (La Prensa, Los Ángeles, Cal., 8-XII-1917), “Los benditos” (La Prensa, Los Ángeles, Cal.,22-XII-1917), y “El aura solitaria”, de un realismo muy a tono con la primera generación de escritores mexicanos de la Revolución Mexicana. Escribió también la letra de un “Himno a la raza” y “Bandera de la Raza” publicados en 1918 por la Asociación Hispanoamericana de Los Ángeles, California.

EL AURA SOLITARIA

Volaba el aura calva, buscando incansable la carnaza de los muertos putrefactos en la inmensidad caldeante y arenosa de los espinosos desiertos, los rayos de fuego de un sol despiadado, reflejaban en el negro plumaje atornasolado, despidiendo matices azulados y rojizos .El aura impaciente de no encontrar presa, después de volar por largo rato a poco distancia del suelo, emprendió una serie de giros circulares, hasta remontarse a una altura considerable, desde la cual ,con ojo avizor, siguió buscando con perseverancia , sin encontrar, ni perros muertos, ni vacas atropelladas por el tren, ni caballos escapados de la manada que encontraran la muerte en aquel infierno sin agua. Y el aura siguió volando, incansable, esperanzosa, por horas y horas, atravesando todo el desierto, pero sin encontrar nada, los coyotes se habían comido todo. Ya cansada, sudorosa, jadeante y casi desfallecida, llegó a la tierra, descendiendo para posarse sobre un viejo árbol hueco. Después de gozar por un momento y martirizada por el hambre y la sed, no sintiendo fuerza ni para abrir los ojos, y viendo acercarse su última hora, la pobre aura entró en meditaciones, pensando hacer su testamento. Pero ni tenía parientes a quien heredar ni tenía nada que dejar, sobre esta tierra.

Hacía ya muchos años que había perdido a su compañero, cuando unos cazadores, por distracción inhumana, lo habían echado al suelo, hiriéndolo mortalmente, mientras los dos se remontaban por el aire, en un hermoso día de primavera, en las inmensidades celestes de un azul diáfano. Y es por eso que el aura solitaria, odiaba a los hombres, pues después de haber muerto a su inseparable compañero, los cazadores le habían disparado también a ella, pero sin hacer blanco. Había escapado lejos, muy lejos de los caseríos y lejos también de los bosques, siempre en el desierto. El aura, meditabunda y agonizante, ya sin fuerzas casi, ni para moverse, aletargada con la somnolencia que produce el hambre cuando está próxima a causar la muerte ,sentía en su flaca pechuga el ya pequeño corazón, latir trabajosamente, y la garra de la muerte, los despojos de la cual había tantas veces devorado, hincársele en la arrugada cabeza. Y es entonces que se acordó de sus hazañas pasadas, que eran muchas, porque el aura estaba muy vieja.

Había limpiado los basureros de muchas ciudades, allá en los tiempos cuando no había sistemas de drenaje ni cuerpos de Salubridad Pública, evitando al hombre tantas enfermedades, tantas epidemias, cuando los rapazuelos del poblado la corrían a pedradas junto con su compañero y camaradas de parvada. Ella se acordaba de todas las indigestiones y dolores de estómago, causadas por comer tanta podredumbre en bien del hombre y penaba inconsolable, llegando hasta llorar de congoja al agolparse en el seno los recuerdos .Cuántas veces los vecinos le habían azuzado los perros para espantarla, sin comprender que estaba haciéndoles bien, y cuántas veces un can ligero le había arrancado a dentelladas, sus plumas hermosas. Después indujo a su compañero a apartarse del poblado a volar sobre las escarpadas rocas, buscar un árbol viejo o una hendidura en que fabricar un nido.

Un vetusto encino había dado cabida al nido de ramas secas y allí el aura depositó cuatro huevos, pero los rústicos montañeses, en cuatro ocasiones diversas le habían destruido el nido y roto los huevos, hasta que una estación, buscó con el compañero una grieta entre abruptas cimas .Se depositaron los huevos, se incubaron con amor maternal, y más tarde nacieron cuatro robustos polluelos. Todo iba bien pero un día los hijos de un pastor los robaron sin que el aura y su consorte pudieran prevenirlo .Pocos días después, murió trágicamente el macho, por obra de la odiosa escopeta del cazador, como hemos relatado. ¡Y el aura solitaria en su congoja, los ojos bañados en amargas lágrimas, comenzó a graznar, pero con un graznido que era gemido postrimero e inconsolable! ¡Ya veía la muerte a dos pasos y, metiendo la cabeza debajo de un ala, sintió que le faltaba el último aliento, cayendo casi inerte cerca del tronco del árbol en que se había posado!

¡En eso sintió una caricia, la caricia de una mano temblorosa, que animó un poco la vida! Era la mano de una anciana, que vagando por el bosque en busca de leña, la había visto caer al suelo, y que compadecida de la pobre y despreciada aura, se había acercado a ella .La tierna anciana la levantó del suelo haciéndola caricias, cubrióla con el tápalo y se la llevó a su cabaña. Una vez allí acercándola a la lumbre, y después de echarle en la boca sopitas de tortilla con leche, la reanimó por completo, devolviéndola las fuerzas .El aura se sintió con vida y lejos de volar, permaneció al lado de la anciana. Esta era una señora de avanzada edad, que vivía solitaria, después de haber sufrido mucho en el mundo por la perversidad de un hombre, y es por eso que se había alejado también del poblado, construyendo en la montaña una cabaña de ramas y hojas, se alimentaba de yerbas y de la caridad de algunos pastores de cabras que a la sazón apacentaban sus rebaños.

La anciana sintió en la vieja aura a una compañera y el aura contempló desde ese día a la cariñosa anciana como si fuera su madre. Juntas vivieron durante varios años, hasta que un día, mientras el aura volaba por encima de los árboles y la anciana juntaba leña seca y el sol comenzaba a calentar más que de costumbre, llegaron a la cabaña en busca de agua dos cazadores. Esperando la vuelta de la anciana, hicieron recuerdos del pasado y uno de ellos dijo: ¿Te acuerdas, Ramón, cuando allá en mis buenos tiempos hice tan hermoso tiro y maté uno de los “zopilotes”, que estaban volando tan alto por encima del valle, aquel que se ve desde aquí?. Pero no le diste a la hembra, eres un chambón para los tiros al vuelo, un requete chambón. Yo creo que si los elefantes volaran se te iba hasta un elefante.

En esto estaban, cuando llegó la anciana, y les ofreció agua, leche y tortitas de maíz.

-Vente, brujita,-dijo después la anciana, llamando a la envejecida aura, pero el aura no entraba. Contemplaba temblorosa las escopetas y los perros de los dos cazadores.

-¿Que tiene usted algún pájaro mimado, señora?-preguntó el calvo.

La anciana le contó entonces toda la historia del aura solitaria, lo que despertó más la curiosidad de los cazadores .La coincidencia no podía ser más perfecta. Lo comprendieron enseguida. La anciana siguió llamando a su ave consentida, pero el aura no entró, estaba escondida. Buscáronla por todas partes y finalmente la encontraron metida debajo de un montón de leña. Ellos también le hicieron caricias, admirándose de que la anciana pudiera tener en casa un animal tan despreciado. La anciana entonces, mirándolos con cierto desdén, les dijo:

-Todas las creaturas tienen derecho a la vida. Ustedes son unos carniceros, esta aura vieja y despreciada, que ha venido a consolarme en mi soledad, es la representación de muchas otras creaturas, que después de haber hecho mucho bien a la Humanidad, mueren despreciadas, víctimas de esa misma Humanidad ingrata. Yo soy pesimista, tal vez porque soy de las desterradas del mundo. Ustedes que están en la plenitud de la vida, no deben acobardarse, sigan adelante aunque le den muchos golpes, aunque les hieran muchas veces. Busquen el consuelo al afligido, no importa la categoría y el concepto que le tengan los demás hombres, sólo de esa manera encontraran ustedes el consuelo a las propias aflicciones, como yo lo he encontrado en este animalito tan despreciado y tan poco dotado de dones y de belleza por la madre Naturaleza…

Calló la anciana y ellos, avergonzados, despidiéndose reverentes, se alejaron pausadamente hasta perderse de vista, prometiendo en su corazón no volver a hacer daño a los inocentes animales indefensos de los campos, que tanto embellecen a la Creación.

Los Ángeles, Cal., enero 16 de 1918.
(La Prensa, Los Ángeles, Cal., 19-I-1918)

UN CUENTO

-Cuéntame un cuento, papá-decía el rapazuelo de siete abriles, acariciando el hombruno cuello de su padre, el marido inconsolable por la muerte de su compañera, a quien había amado con toda su alma y con la que había sido feliz.

El padre miró al niño detenidamente y le estampó un beso en la mejilla, el beso que comunicara las dos almas y las fundiera en una sola.

-Un cuentecito, papaíto. No tengo sueño.

-Pero hijo, son las diez de la noche, debes dormir ,mañana tendrás que ir a la escuela a sacar buenas calificaciones para que después de los exámenes si sales bien, te compre yo un automovilito de cuerda con su chauffeur y una bicicletita , la que vimos en el aparador de “El Globo”.

-Tatita, un cuentecito, no seas malito, ¡eh!…-Y el niño se sentó en las rodillas de su padre, el que se puso a imitar el trote del caballo, ¡oh la, la! Y el padre quedó pensativo un momento, hasta que el niño volvió a insistir.

Al fin el viudo, sobreponiéndose a su dolor, porque era hombre fuerte de espíritu, asomó por sus labios la alegría y comenzó el cuento.

-Había una vez un niño hermoso, tan hermoso como tú, mi hijito. Había llegado a este mundo montado en garza color de rosa, y envuelto en trajes bordados de oro, después de haber sido cargado por ese hermoso y delicado pájaro, viajando por las nubes, atravesando las auroras y pasando cerca de las estrellas.

-¿Y qué cosa son auroras, papá?

-Hijito, la aurora es una luz de oro y de plata, teñida de rojo, que alumbra los cielos de ese rojo como la sangre que va por nuestras venas, como la que asoma a tus carrillos.

-Papaíto, la maestra me ha dicho que los “cachetes” se llaman carrillos… ¿qué eso quieres decir?..

-Sí, mi alma, sí. Pues bien, la garza depositó al niño en una cama de flores, de las más hermosas de las que hay en los bosques a donde vas a jugar con la escopetita después de aprender tu lección .El niño estaba dormido y así se quedó largo rato, hasta que unas hadas en forma de mariposas vinieron a despertarle.

Entre esas hadas había una más bella que las demás .Era pequeñita, de ojos grandes y de cabello negro y traía en su mano una varita mágica, con la que manejaba los relámpagos y los truenos, las nubes y el sol, la lluvia y la tempestad, y hasta los huracanes.

-¿Y qué cosa son huracanes, tatita?

-Los huracanes son los vientos fuertes, que tiran a los árboles y las casas por el suelo; con sus remolinos se llevan a los hombres, a las mujeres, y a los niños desobedientes.

Volvamos al cuento—El hada de los ojos y del cabello negros, cogió al hermoso niño en sus brazos y se lo llevó a una cabaña ,hecha de flores olorosas, cerca de la cual pasaba un río de aguas muy limpias, tan limpias como el cristal de roca, del que hicieron los anteojos de la abuela. El niño que trajo la garza, vivió muy contento con el hada de los ojos negros .La hermosa niña, pues el hada era tan joven como la primavera…

-¿Y qué cosa es primavera? , replicó de nuevo el rapaz.

-La primavera es la parte del año en que se quieren más los pájaros y cantan más, cuando las flores se abren y nos dan sus perfumes, cuando los bueyes arrastran el arado para abrir la tierra y la preparan para sembrar.

Vamos al cuento, mi nene… El hada le daba al niño lo que quería .Frutas muy sabrosas, pajaritos con plumas de muchos colores para jugar con ellos sin lastimarlos, mariposas vestidas de oro y hasta algunas estrellas de las más pequeñas que están en el cielo, cerca del camino de Santiago.

Todas las mañanas el niño se levantaba temprano y el hada cariñosa lo conducía a bañarse en las aguas de cristal del río, después jugaban juntos y se bañaban en el sol y por eso eran hermosos. Así vivieron muchos años sin volverse viejos, ella siempre joven y el pequeñuelo siempre niño, hasta que un día yo, que era grandote, muy joven y fuerte, iba matando pajaritos con mi escopeta, y mientras andaba por el bosque vi una palomita muy graciosa que comenzó a saltar de rama en rama, alejándose de mí, pero sin volar recio. La seguí, pues parecía que me llamaba y así llegué a la cabaña del hada y del niño hermoso. Al verme, los dos se escondieron, pero los llamé cariñosamente y vinieron a ver lo que quería .Después de que ella me preguntó muchas cosas y me respondió las preguntas que yo le hice, el niño hermoso comenzó a acariciarme y el hada de los ojos negros me ofreció frutas y un panal de miel. Saboreamos todos juntos esas cosas, y yo, enamorado…

-¿Qué cosa es enamorado, papá?

-Enamorado…no me preguntes, mi nene, más tarde te lo diré,…enamorado es como yo te quiero…como se quieren las mariposas y los pájaros, como nos quieren las flores…

¡Ya no me preguntes, bebito travieso! Yo quise llevarme al niño bonito y a su compañera el hada, y ellos consintieron venirse conmigo.

Juntos volvimos a mi casa, llevando en nuestros brazos enredaderas de azules campanillas y los pájaros y las palomas nos siguieron, pues querían mucho al niño hermoso, y el hada .Fuimos muy felices, seguimos yendo de vez en cuando a la cabaña en donde yo había encontrado a los dos, pero un día, mientras íbamos los tres por el bosque , buscando pajaritos y flores, el hada me habló al oído y me dijo: ¿ves aquella estrella llena de luz, que está parpadeando y me llama desde el Cielo? Pues allá tengo que ir yo, ya no puedo quedarme con ustedes porque soy hermana de los ángeles y tengo que ir al Cielo para preparar una cabaña de diamantes en la que vivamos los tres. No lloréis mientras yo me haya ido .Nada me pasará, voy a prepararles la felicidad, voy a buscar un carrito de sol para el niño. Esperen con paciencia y sean buenos. Algún día no muy lejano, los volverá a ver y los tres juntos nos iremos montados en un rayo de sol tirado por palomas, allá, a esa estrella donde tengo que ir yo.

El hada preciosa besó al niño y a mí, y tocando una hoja con su varita, hizo aparecer un elegantísimo carrito y cuatro palomas, que tirando emprendieron el vuelo hasta perderse de vista con su hermosa carga.

Tú y yo, mi nene, nos quedamos desde entonces solos. Tú eres aquel nenito hermoso de este cuento. Ahora has crecido mucho y vas a la escuela…pero algún día, si sigues siendo bueno y estudioso, el hada hermosa que está en el Cielo, y que es tu madre, vendrá por los dos, y juntos seremos llevados a esa estrella que ves allá, cerca del Camino de Santiago.

Y el padre ,emocionado, mostraba al niño un lucero luminoso, que parpadeaba en la inmensidad del firmamento en esa noche serena y estrellada , abrazando al pequeñuelo que le instaba le siguiera contando otros cuentos y mirando al reloj que ya marcaba las doce , el enternecido viudo prosiguió:.

Este era un gato, con sus pies de tropo, sus ojos al revés… ¿quieres que te lo cuente, otra vez?…-hasta que el inocente hijito se durmió profundamente en sus brazos, tal vez para soñar con el hada hermosa, los pajaritos, las flores, los luceros y el cristal de las fuentes…y el Cielo.

Sixto Spada

Los Ángeles, Cal., enero 10 de 1918.
(La Prensa, Los Ángeles, Cal., 12-I-1918).

 LOS BENDITOS

I

Con ritmo cadencioso y solemne, entre trinos melodiosos de los cenzontles y alondras, el murmullo de los torrentes cristalinos y el susurrar del perfumado céfiro entre los gigantescos pinos, surgía poderoso en el oriente, el rey de los astros, tiñendo a la naturaleza con mil reflejos de oro, en una lluviosa mañana del florido mes de mayo. El sonoro repique de las cinco campanas de la iglesia, que en coro armonioso acompañaba el himno al sol y al despertar de la Naturaleza, llenaba de alegría todos los rincones, todas las sementeras y los fértiles labrantíos de una pintoresca aldea, cuyas casas blancas colocadas entre la frondosidad de una exuberante y poco inclinada cuesta de alta serranía, semejaban en lontananza, un conjunto de perlas blancas de todos tamaños, dejadas caer desde lo alto sobre inmensa superficie de terciopelo verde, por la mano enorme de un titán. Las yuntas de resignados bueyes, desentrañaban y preparaban incansables los campos rebeldes, guiadas alegremente por la puntiaguda pica de robustos gañanes. Las tímidas zagalas, las severas madres de familias numerosas, acompañadas de los ancianos del vecindario, se encaminaban reverentes y serios al templo, cubierto el rostro con la multicolor mantilla, unas, y las otras por el negro tápalo propio de las madres de familia. Todo en ese lugar indicaba el movimiento viril y sano, acorde con la naturaleza, pues a esa hora ninguna persona que no quisiera exponerse a las críticas del “comadrerío” o a ser destrozada sin misericordia en los animados corrillos que se reunían delante de las puertas de los hogares al caer de la tarde, debía ya estar de pie haciendo algo. No obstante esta circunstancia, suficiente para hacer cambiar de costumbre al perezoso más empedernido, Luis, extraño pernicioso, como le llamaban, todavía permanecía descansadamente entre las delicias y la pureza de las sábanas de su muelle cama, desafiando las tradiciones del lugar y sin hacer caso a los enojos de los vecinos, que en más de una ocasión le habían indicado que “se fuera con la música a otra parte”. Luis era acicalado, aunque bien parecido, alto de estatura, de negro bigote, ni gordo ni delgado, que había caído en eso lugares de Dios como por encanto y sin que por el momento sepamos su procedencia.

Al llegar a la aldea, Luis había solicitado hospedaje en casa del más rico labrador de aquella aldea, dando a entender que él era un estudiante de ingeniería con la salud arruinada que quería vivir entre las montañas con el fin de recobrarla. El celoso labrador y su familia, compuesta de dos hermosísimas y sanas muchachas y tres robustísimos mancebos, con una mamá, que aunque algo regañona, era en el fondo “ un pan de miel”, había condescendido a la súplicas de Luis, más por cierto carácter especulativo y por el orgullo de tener en casa a un hombre que le ayudara en los trazos de canales y cercas en sus extensas propiedades, que por la conveniencia de recibir una renta más, pues bien poco le pagaba Luis por vivir en su cuarto en la parte trasera de la granja. En un principio, Luis, había dado muestras de haberse resuelto a seguir a la letra las costumbres del lugar, se levantaba temprano, acompañaba a don Justo, que así se llamaba el labrador, en todas sus empresas campestres, durante la primavera , le ayudaba en la distribución de las semillas y del trabajo a los jornaleros, en el trazo de las sementeras, en el corte del bosque, y durante la estación de lluvias, se encargaba de hacer depósitos de agua, dirigir las corrientes, desviando las que pudieran haber sido dañosas; en las causas y alegatos que para defender sus propiedades o adquirir otras legalmente tenía don Justo, el estudiante había sido el brazo derecho , sorprendiendo con su “sabiduría” a los ingenuos e inocentes labradores de este rincón feliz del mundo .

Y es por todas estas causas que durante un año que Luis llevara de residir allí ,no solamente se había ganado las confianzas de la familia en el seno de la cual vivía ,sino que los más caracterizados y patriarcales directores de la cosa pública de Rosamonte, tal era poéticamente llamado el lugar ,le miraban con cierta reverencia. Sin embargo los ancianos no le tenían mucha confianza, y era odiado de corazón por todos los zagales, porque en efecto Luis era el ídolo de las doncellas de Rosamonte, y había cometido la imprudencia en sus amoríos de poner en boga el beso con gran escándalo de todos los que en más de una ocasión le habían sorprendido en posturas para ellos sospechosas. Después de haber vivido pocos meses en el lugar, Luis había adoptado la costumbre de levantarse durante la noche, salir a solas por los alrededores, volver y no apagar vela hasta la alborada, no obstante haber demostrado estar perdidamente enamorado de la más hermosa de las dos zagalas que eran parte del corazón de la familia que le había dado hospedaje. Además Luis tenía siempre su cuarto lleno de papeles y de planos descriptivos del lugar y alrededores, y en más de una ocasión fue sorprendido por don Justo encerrando unas cosas misteriosas en una de las valijas, esto después del primer año de residir allí. Los robustos hijos de don Justo, después de haber observado con paciencia el cambio de costumbres en el extraño, se habían resuelto vigilarlo, a seguirlo durante la noche, pero sin éxito, porque Luis se le perdía siempre de vista entre la espesura del bosque de pinos. La noticia de las excursiones nocherniegas de Luis, había cundido por el vecindario; unos le creían brujo, otros sonámbulo, y los más aseguraban que tenía tratos con el demonio. Habiéndose consultado el caso con el párroco de Rosamonte, éste había aconsejado que se echara al extraño del pueblo y tal hubiera sucedido si Luis, ladinamente no expresara que estaba resuelto a quedarse definitivamente en Rosamonte por haberle ya cansado la iniquidad de las ciudades y porque pensaba casarse con Erlinda, la hija mayor de don Justo. Es así como consiguió que le dejaran en paz, pero sin convencer a los hermanos de la hermosa que amara, no al cura del pueblo y las “comadres” y ancianos, conservadores decididos de las tradicionales costumbres de Rosamonte.

Pasaron dos años; la familia de don Justo seguía rutinariamente la vida de la aldea, los dos hijos y la hija menor de don Justo se habían casado ya, y el digno labrador considerablemente se había enriquecido durante ese tiempo, achacando su fortuna a la estancia del extraño en su casa. Ya ninguno en la familia se fijaba si Luis se levantaba o no de la cama hasta la hora de la comida, en la que dulcemente le llamaba Erlinda para que tomara parte en la abundante mesa, pues tanto los dos hijos como la hija menor de don Justo, no vivían en casa por haberse casado como ya sabemos. Sucedió un día, cumpleaños de Erlinda, en que muchos “guajolotes” y pollos había sido sacrificados despiadadamente para festejarlo, y a la hora del convite al que por tradición jamás faltaban el cura ni los ancianos de Rosamonte, que ya se encontraban sentados cordialmente a la mesa, y la murga de violines y guitarras dejaba oír su acordes, entre afinadas o desafinadas melodías, que don Justo, después de haber advertido varias veces a los concurrentes la próxima llegada de Luis con una apasionada poesía compuesta para la ocasión y mantenida en secreto para dar una sorpresa tanto a Erlinda como a todos los mayores de Rosamonte, se descubrió con gran enojo de todos y dolor para la enamorada Erlinda, que Luis había desaparecido cautelosamente de su cuarto durante la noche , no dejando ni santo ni seña de su estancia. Comenzaron los comentarios, siendo los del cura los más mordaces.

-Ya lo ve, don Justo, yo se lo decía. Ese joven era mala yerba.

Y don Justo respondía, enjugando las lágrimas a la atribulada Erlinda recostada e inconsolable sobre el pecho de su padre:

-Sí, señor. Sí, señor… ”Al buey manso, hasta la coyunda le sabe”

Y agregaba don Sempronio, decano de la concurrencia:

-Mire, don Justo, “cuando yo digo que la burra es prieta, es porque traigo los pelos en la mano”, pero qué le vamos asé…”siempre se atranca la puerta del corral cuando se ha escapao el toro”. Ya se lo decía…

La fiesta se tornó en funeral; todo el pueblo supo la desaparición ,y muchos pensaron que se lo habían llevado las brujas o el diablo, otros aseguraban que el cuarto que había dejado olía a azufre, y los más supersticiosos dieron en declarar a los cuatro vientos que habían visto pasar con estruendo terrible, por encima de su casa a la medianoche, una bola de fuego enfrente de una figura horrible, mitad caballo y mitad lagarto con alas, sobre las que iba montado Luis, con todas sus maletas y el cabello parado.

Lo cierto de todo esto es que en efecto Luis era ingeniero y enviado por el Gobierno de una nación poderosa a esos lugares , había tenido la encomienda de sacar los planos y determinar las puntos en donde más tarde se deberían colocar poderosos cañones de grueso calibre en la invasión que se proyectaba en lo futuro. Luis había tenido el tiempo y la manera de llevar a cabo todo esto, durante los dos años y medio que residió en Rosamonte, sorprendiendo la buena fe de los campesinos, terminaba sus trabajos y se volvía a dar cuenta a su Gobierno.

Pasado cierto tiempo, todo se apaciguó en el lugar y hubo algunos que hasta se alegraron que hubiera desaparecido Luis tan misteriosamente, porque con ello veían comprobadas sus sospechas acerca del extraño, con hecho tal y tan maravilloso que de un golpe libraba a Rosamonte de lo que no erradamente se pensaba ser parto del demonio; solamente Erlinda permanecía inconsolable. Vagaba pesarosa por todos los lugares, teatro de sus amoríos con Luis, besaba las flores o se encerraba en el cuarto en otro tiempo ocupado por el forastero, y sentándose en la misma silla, se recargaba sobre la mesa que días más felices sirviera a Luis de escritorio y de pupitre para llevar a cabo su labor de espionaje, la abrazaba, la besaba, y después desconcertaba a la madre con una serie de ataques de risa…una risa que helaba la sangre de los que la oían.

¡Erlinda se había vuelto loca!

Por las noches vagaba silenciosa por las huertas, haciendo ademán de estrechar sobre su seno con cariño, una cosa…un ser…la vida de su vida, la sangre de su sangre…la síntesis de su amor puro hacia Luis.

¡Erlinda se encontraba loca y en un estado interesante!

Todas las cosas siguieron su curso, marcado por la senda que traza el destino a los seres y a las cosas en este mundo, marcada por la intangible vara mágica de una fuerza mayor que todo lo anima, que todo lo ordena y lo distribuye en esta tierra, impulsada por la fuerza que es orden en la sucesión de los seres y de las cosas, Dios o la Naturaleza ,como se quiera llamarle, pero siempre admirable, siempre sabia, siempre llena de maravillas e incompresible a la luz del todo saber humano.

Antes de un año de sufrimientos y como fruto de ellos, tuvo Erlinda la loca, que así le habían puesto, un hermoso niño, a quien el cura no quiso bautizar y al que el pueblo de Rosamonte, puso por nombre “el hijo de la loca”, y que de mucho consuelo había servido a su madre pues con su venida al mundo, si no volvió completamente la razón y la felicidad a la atribulada Erlinda, sí mitigó en gran parte sus dolores.

El niño creció robusto y los furores delirantes de la loca, se fueron tornando en prolongadas y tristes meditaciones. Don Justo y su esposa estaban resignados con los desprecios que se hacían tanto al nieto como a la hija, pues ni a la iglesia se les dejaba entrar por asegurarse que estaban endiablados o “embrujados”

“El hijo de la loca”, estaba en edad de casarse, pero no obstante su belleza varonil, ninguna de las zagalas del supersticioso pueblo de Rosamonte, quisieron entrar en tratos amorosos con él. Es por eso, que el pecho del mancebo, se encendió en odio profundo al que hubiera sido causa de su existencia y las desgracias de su madre, pero también se resignaba, solamente doliéndose el alma por no tener una oportunidad de vengarse castigando al criminal.¡Pero el Cielo, en sus designios inescrutables, le preparaba esa oportunidad!

II

Las horas sonaban monótonas en el reloj del viejo campanario de la iglesia, los grillos chirrepeteaban incansables, oyéndose en el bosque de pinos, el triste lamentar de los ruiseñores, interrumpido solamente por el grito agorero de los búhos o el chip-chip de los murciélagos, que vagaban con solicitud por el espacio a caza de insectos. En el inmenso estuche de felpa azul-oscura del firmamento, se destacaban con interrumpido parpadear brillante, la multitud de estrellas, formando armonioso conjunto en derredor de una luna de mirar lánguido, pero penetrante, como el faro del mundo, como el ojo de Dios, velando con ternura paternal sobre los hombres, y la Creación en descanso.

Eran las doce de la noche y Rosamonte dormía con el sueño tranquilo de los justos, de los sencillos, de los puros de corazón. Sólo Erlinda la loca, permanecía despierta, el terrible incubo de los recuerdos agolpados en desorden en el cerebro desequilibrado pero humano, le hacían ver en la oscuridad horribles fantasmas de todas formas con Luis a la cabeza, que avanzaban hasta llegar a ella y trataban de estrangularla, se defendía a brazo partido y viéndose impotente, lanzó gritos lastimeros pidiendo auxilio, implorando socorro, con voz penetrante, con todo el poder de sus pulmones. Quiso salir de su cuarto, pero la puerta estaba cerrada por fuera, pues don Justo había tomado esa precaución, para evitar que Erlinda saliera a vagar por los campos y el bosque, molestando al vecindario con sus gritos quejumbrosos.

Erlinda, enfurecida, por esto, golpea con fuerza la puerta, aullando con desesperación y con rabia. Tanto fue el ruido, que despertó no sólo a toda la familia, sino a los vecinos más cercanos, acudiendo todos alarmados a ver lo que pasaba. Entraron a su cuarto y la encontraron bañada en sudor y en sangre, y echando espuma por la boca. Luego se llamó al cura de pueblo, que como medida precautoria, le lanzó una serie de exorcismos contra los malos espíritus. Enseguida vino el curandero, que le preparó un menjurje de yerbas de la montaña y Erlinda, lejos de calmarse con todo eso, se desataba en denuestos y maldiciones ocasionando grande escándalo entre los que trataban de curarla. Se le sujetó para evitar que se siguiera destrozando la cara con las uñas, y su hijo,” el hijo de la loca”,la sostuvo en sus brazos con ternura filial, llamándola dulcemente con el nombre más sublime que abarcan todas las cosas creadas…¡el nombre de madre! En esto estaba el apurado vecindario de Rosamonte , pues la alarma había cundido y todos estaban despiertos, cuando de repente, con estruendo formidable, nunca oído anteriormente en ese lugar, cruzaron sucesivamente por el espacio dos enormes formas luminosas, cayendo y explotando, una sobre la iglesia y otra sobre la casa de la familia del curandero, que quedaron completamente destruidas. Eran dos granadas disparadas por cañón de grueso calibre, tal vez, escondido entre el bosque de pinos.

Los vecinos de Rosamonte permanecieron mudos de espanto, preguntándose con los ojos saltados, lo que pasaba. Este mutismo fue interrumpido por otro ruido más formidable y más prolongado que el anterior, era una corriente impetuosa de agua, que bajaba vertiginosa desde lo alto de las laderas sobre Rosamonte, las presas de agua que servían para regar los labrantíos habían sido destruidas por mano criminal. Casas, hombres y bestias, eran arrastrados despiadadamente por la corriente, solo la casa de don Justo, colocada sobre una especie de promontorio, a un lado del pueblo, permanecía inmune y a ella ocurrieron despavoridos muchos vecinos, buscando salvación. En medio del pánico terrible de esa hora tremenda, se vieron descender de la cuesta al norte del pueblo, las negras siluetas de más de trescientos hombres armados, todos embozados y caminando por entre los espacios seguros por los que no arrastraba la corriente, con la precaución con la que marcha el lobo para atacar a su presa cuando la tiene segura.

Los habitantes de Rosamonte tenían armas de fuego, pero no las podían usar, pues habían sido llevadas por la corriente con las casas, o se había mojado el parque. Solamente la familia de don Justo tenía en su poder tres pistolas y dos escopetas y abundante parque. El “hijo de la loca” dejó caer el cuerpo de su madre desmayado, cogió una de las escopetas y una pistola, lo mismo hizo don Justo y el cura del pueblo, que presuroso se preparó a la defensa con la pistola restante. Los desconocidos avanzaban paulatinamente y el agua de la corriente, desminuía, las presas estaban agotadas .Solamente se oían en lontananza los gritos de los que habían sido arrastrados…de los niños, de las madres desoladas…de las bestias que perecían. El estruendo de los derrumbes de la casas fue disminuyendo con la corriente…el grupo en derredor de don Justo y su familia, ganó valor, alentado por las arengas del Cura, y se preparó para defenderse. En ese momento tuvo lugar un eclipse de luna y Rosamonte quedó completamente a oscuras. De esto se aprovecharon los embozados para llegar hasta la casa de don Justo, tratando de sorprender a los copados sobrevivientes de la catástrofe. Así sucedió , pero don Justo y todos los hombres de Rosamonte con él, blandiendo palos, rastrillos, cuchillos, guadañas y hasta bielgos, trabaron encarnizada lucha con los asaltantes, no sin haber perdido más de la mitad de los compañeros, pero al mismo tiempo poniendo fuera de combate a las cuatro quitas partes de los embozados. El resto fue obligado a rendirse, por el argumento convincente de las armas de don Justo. Entre los supervivientes se contaba uno que destacaba por su estatura. Desenmascarado, se descubrió ser Luis.

En ese momento se comprendió todo, los sencillos campesinos de Rosamonte levantaron sus manos amenazadoras sobre el extraño traidor, fueron atados todos los embozados rendidos, que no sabían el idioma del lugar y se les arrinconó en un ángulo del patio de la casa de don Justo .Todas las iras, todo el resentimiento y todos los deseos de venganza, tanto de la familia de don Justo como del robusto “hijo del la loca” se concentraron contra Luis, quien mal la hubiera pasado a no haber sido por la autoritativa orden del Cura, que prevaleció misericordiosa sobre las iras del grupo, aconsejando que se reunieran todas las armas quitadas a los asaltantes encabezados por Luis y se preparara más serenamente la defensa de Rosamonte, pues era lógico pensar que el grupo del que era capitán el “diabólico” Luis, fuera solamente la avanzada de un poderoso ejército. Pero no sucedió así. Las horas pasaron, encontrando la alborada a los valientes hijos de Rosamonte apostados en diversos puntos en derredor del pueblo y sobre las alturas. Entrada la mañana, se descubrieron numerosas cabalgaduras atadas entre lo más espeso del bosque por los asaltantes de Luis; se encontraron también bestias de tiro y con gran sorpresa, un cañón de grueso calibre, emplazado sobre una plataforma de cemento, construida por Luis durante su permanencia en Rosamonte.

Poco a poco fue entrando la calma y la gente pensó en construir abrigos de madera, pues la mayor parte de las casas habían sido arrastradas por la corriente. Se recogieron los ahogados, se dio pan y abrigo a los niños, y más tarde se procedió a juzgar a los asaltantes de la pandilla de Luis. Se reunió el jurado de los más ancianos de Rosamonte con el Cura y don Justo a la presidencia. Después de largas y acaloradas discusiones, se les condenó a permanecer en Rosamonte como labradores o a ser enviados al Gobierno bajo cuya jurisdicción se encontraba el pueblo, y en cuanto a Luis, se le determinaron dos alternativas. El casarse inmediatamente con Erlinda la loca, o perecer bajo el duro castigo de la ira colectiva de Rosamonte. Se llevó Erlinda a la presencia de Luis; tanto fue el contento que experimentó al verlo, que recobró la razón .Luis no tuvo más remedio que optar por unir sus destinos con la que había hecho padecer tanto y el Cura los casó .En viendo esto, los compañeros de fechorías de Luis, optaron por quedarse en Rosamonte, y adoptar la vida sencilla, ayudando a reconstruir al pueblo. Se bautizó solemnemente al “hijo de la loca” a quien se puso el nombre de Bienvenido, y ese sencillo pueblo, subyugando sus pasiones, tomó venganza tan noble, la venganza de los benditos del Cielo, la venganza de los amorosos hermanos de la Humanidad .Más tarde todo fue explicado por Luis “el arrepentido”,como le llamaron en adelante. Luis, como sabemos, había pertenecido a una nación poderosa, a la que servía proporcionándole datos geográficos. Cuando abandonó a Rosamonte, llevando sus informes a su Gobierno, este determinó invadir la nación de la que era parte integrante Rosamonte, encomendando a Luis y a un grupo de filibusteros la toma del referido pueblo.

Hemos visto como terminó esta expedición; ahora bien, la nación invasora no pudo llevar a cabo sus designios pues tras del Gobierno de la nación que intentaba invadir, encontró a un pueblo fuerte, decidido y sereno, dispuesto a sacrificarse por su Patria. En vista de esta imposibilidad y el fracaso de la primera avanzada con Luis a la cabeza, optó por entrar en arreglos y se llevó a un completo entendimiento, con beneplácito de Rosamonte y de todos sus habitantes.

Hoy día Rosamonte es una gran ciudad, llena de vida e industrias. Don Justo, Luis, el Cura, y los mayores del pueblo, con los asaltantes de antaño han muerto todos, pero la nueva generación marcha progresivamente adelante con Bienvenido a la cabeza, que tiene una numerosa familia y es muy rico.

Todo progresa en la hoy ciudad de Rosamonte, las sementeras y los labrantíos han cedido su lugar a monumentales edificios, a numerosas líneas de tranvías y en el centro de la plaza principal, se levanta un alto monumento sobre el cual está colocado un grupo de bronce, simulando los hijos de Rosamonte haciendo frente a la invasión, a la adversidad y a la desgracia. Todo eso coronado por una inscripción en estos términos: “Los buenos ciudadanos del antiguo Rosamonte a sus héroes que unidos, hicieron la valerosa defensa de la Patria en los momentos aciagos. Supieron vencer, y su única venganza fue la enseñanza de la virtud, su único anhelo la grandeza de su Madre Patria. ¡Gloria a los benditos, a los sencillos padres de esta gran nación, a los esforzados fundadores de la progresista ciudad de Rosamonte.”

Al pie del glorioso monumento yace inofensivo el famoso cañón de la historia que está marcado por una inscripción extrajera.

Sixto Spada

Los Ángeles, Cal., diciembre 11, 1917.
(La Prensa, Los Ángeles, Cal. 15 y 22 – XII – 1917).

 DON FERNANDO EL MANSO

Este era el sugestivo nombre de un ciudadano de estatura media, regordete, que llevaba con orgullo y muy levantada, una redonda cabeza sobre grueso cuello, bien sentada en la mitad de la gran distancia que mediara entre hombro y hombro. Su cara matizada con el color rojo bronceado, que indica salud, estaba siempre iluminada por el destello de dos ojos vivarachos, francos y temblones, los que no obstante ir a la cabeza de sus cincuenta años, sabían de vez en cuando dar un guiño a la hermosa que se atreviera a ponerse “ a tiro”, según expresión del mismísimo Don Fernando. En esto mucho cooperaban al éxito las zalamerías de una boca diminuta a modo de la de un pedazo, coronada por negro y abundante bigote, echado para arriba y completamente peinado a la manera como está dispuesto el zacatón en las escobas, y que por lo largo, bien pudieran haber hecho oficio de parapeto óptico o atrapa-moscas.

La frente ancha de Don Fernando, indicaba desde luego un criterio posado, bien distribuido entre su familia y sus muchos negocios .Porque Don Fernando era un astuto comerciante, que sabía sacar partido hasta del aire. Su nariz, bien proporcionada, aunque algo gruesa y colorada, mostraba vestigios dejados por sus muchas luchas para disputar el placer a dios Baco. Como sólida y resistente defensa a todo esto, y sobre la ovalada cara, Don Fernando el Manso portaba una abundante e hirsuta cabellera, a la moda antigua, distribuida en dos partes iguales por una raya recta, tan recta como pudiera haberla trazado el más célebre de los ingenieros de la época y del lugar. De andar majestuoso y señorial, Don Fernando hubiera de seguro atraído por su porte, la atención de una corte dictatorial de la Edad Media, y es por todas estas razones que nuestro sujeto gozaba de mucha popularidad, no sólo entre los vecinos de su pueblo natal, sino entre todos los forasteros que habían tenido negocios, con él, y que en más de una ocasión, se habían solazado en esforzadas expediciones a todas las cantinas del lugar.

¿Por qué le llamaban el Manso?… lo vamos a descubrir sin temor a cometer una indiscreción, pues Fernando el Manso no es sino una pícara concepción de la tradición sátira popular .Pues bien, le llamaban el manso por su carácter despreocupado en apariencia. Don Fernando jamás discutía de política doméstica, nacional o internacional, y eso que tuvo la desgracia o la fortuna de caer en este pícaro mundo “lleno de biznagas en que todos nos espinamos”, como él mismo decía: porque cuando niño todavía en estado de lactancia, no había sido “chillón” y en más de una ocasión había sabido resignarse chupando el trapo con mantequilla y azúcar en lugar del pezón. Su madre lo había amamantado ella misma y no había empleado nodrizas para criarlo, pero Nandito era un goloso y si no le hubieran dado el trapo muchas veces, se hubiera indigestado con frecuencia. De niño escolapio, había sido estudioso aunque muy travieso por lo que a menudo le untaban las partes posteriores, primero “con ungüento de zorrillo” para prevenir la inflamación que de seguro le hubiera sobrevenido después de los tremendos centenares de “reatazos mojados” que le aplicaban, no sólo con el objeto de aumentarle la circulación sino a título de castigo y para que no se fuera acostumbrando a estar siempre sentado.

Pero Nandito no era pendenciero, jugaba mucho, ponía de vez en cuando una que otra lagartija en el cajón del escritorio de la maestra, hacía volar moscas con un papel de china prendido, a través de la sala de clase, y cuando en casa, soltaba las llaves del agua de la cocina o se preocupaba por la salud de los perros falderos, dándole su copita de aguardiente y purgándolos. Ya hombre se casó con la más bella y virtuosa señorita del lugar, de la que había tenido doce robustos hijos; seis varones y seis hembras. Don Fernando el Manso era muy partidario de la procreación ilimitada de la especie y es por eso que no había descansado ni un solo año, y cuando se sentaba a la mesa, se sentía un Jesús en medio de sus doce apóstoles. Todos sus hijos estaban bien educados, bien comidos y bien vestidos, gozando además de una salud de hierro. La única preocupación del ahora feliz Don Fernando era el enojo que le causaba el que le llamaran el “manso” o le pisaran los callos, otra veces se resignaba con su apodo y hasta se sentía ángel de paz en medio del turbulento andar de las revoluciones. Don Fernando el Manso nunca había tratado de investigar orgullosamente la procedencia de su antepasados, y lo único que sabía decir cuando le achacaban extranjería, era: ” que él era buen ciudadano sobre todo y sobre todos”, tales declaraciones habían ayudado en gran parte a aumentarle las simpatías de sus amigos; Don Fernando no tenía enemigos, quien le trataba le amaba, con excepción de su esposa que de vez en cuando le daba dos o tres golpes con el plumero para quitarle un poco lo enamorado.

En todas sus discusiones del estado de cosas, y especialmente cuando llegaran a sus oídos improperios contra cualquier pueblo o Gobierno existente en la tierra, Don Fernando se concretaba a decir.” Ellos saben lo que hacen, déjenlos que se las arreglen, tienen el Gobierno y es él quien sabe qué debe hacerse” Por esto muchas veces le llamaron gallina, pero sin causarle esto gran preocupación, pues lo tomó siempre como cariñosa broma.

Los años pasaron y con éstos cayó sobre la negra cabellera de Don Fernando la blanca nieve de la vejez, sus hijos e hijas crecieron, se casaron y las cosas parecieron ir bien hasta que una mañana temprano, a la hora en que los gallos del vecindario, con canto agudo entonaban su himno a la creación que despierta, y los arrieros de la región aparejaban a sus recuas para dedicarse a sus faenas cotidianas, llegó jadeante y echando espumas un brioso corcel que caracoleando encabritado, trataba de detener al robusto mancebo que lo montaba, en el patio de la casa de Don Fernando el Manso. Apeóse el jinete y atando su cabalgadura de un pilar del corredor, tocó nervioso la aldaba de la chapeada puerta. A los golpes salió presuroso y en paños menores el manso Don Fernando. El mancebo le miró de pies a cabeza preguntándole con gesto insistente:”¿Usted es Don Fernando el Manso”—Sí , señor–¿Qué deseaba tan temprano?… ¿Pues no ha sabido que hay intervención?… Ya vienen los ejércitos enemigos arrollándolo todo, pues dados las muchos atropellos que han cometido los malos mexicanos a lo largo de la frontera, han complicado la situación internacional y ya no es posible un arreglo, sólo nos quedará luchar…luchar hasta morir; arrepentidos de nuestra poco falta de patriotismo para sacrificar nuestras ambiciones personales en aras de la Patria, nos remontaremos a las sierra , haremos guerra de guerrillas, nos sacrificaremos todos pro nuestra querida Patria. Pero esto de nada servirá. Dicen que las naciones extranjeras reclamaron los atropellos cometidos durante nuestras revoluciones, y como no hemos sabido apoyar a nuestro Gobierno en los momentos que las naciones luchaban en Europa, cuando el mando atravesaba por una era de luchas y de sangre, ahora la contienda ha terminado, y las naciones marchan coaligadas a pedirnos cuenta de todo, por medio de las armas, las dificultades no se han podido arreglar por medio de la diplomacia por haber surgido por todas partes un sinnúmero de jefecillos ambiciosos con miles de pretextos para atacar al Gobierno y los ingenuos y crédulos los siguieron sin saber que con ello marchaban a la venta de nuestra querida patria.

Tal discurso emocionó sobre manera al manso Don Fernando que si bien no hubo comprendido todo el relato, sí se dio cuenta poco más o menos de la gravedad de la situación. Es menester, antes de seguir adelante, disculpar a Don Fernando el Manso por su ignorancia de los asuntos del día. Cansado por los muchos chismes con los que iban llenos los pocos periodiquillos que llegaban al pueblo, se había resuelto a no leer más nada, y es por eso que vivía completamente ajeno a toda clase de asuntos que tuvieran relación con la política nacional, o internacional. Lo que más molestaba a Don Fernando era la rabia con la que ciertos pasquines atacaban a los que no pensaban con ellos.

Pues bien, volvamos a nuestro estimado y manso Don Fernando. Una vez que se hubo enjugado las lágrimas que a torrentes caían sobre sus sedosas pestañas, Don Fernando dio el toque de alarma a todo el vecindario. En seguida, se reunieron todos los hombres robustos., las jóvenes doncellas y hasta los ancianos y conocida la causa del alboroto, ensillaron todos los caballos disponibles, se armaron con toda clase de armas, y en buen orden salieron a las siete de la mañana del pueblo en número de trescientos, encabezados por Don Fernando el Manso, sus hijos y el mancebo que hubiera traído la noticia alarmante y que en estos momentos les servía de guía. Bien provistos de comida y bebida en cestas y pequeñas tinajas, tomando de vez en cuando los hombres un sorbete de “sotol” para darse valor, después de haber cabalgado diez horas, llegaron a un lugar, entre encrespadas laderas y poblado de mezquites y biznagas y desde el cual se podía oír claramente tanto el nutrido tiroteo de la fusilería como el traqueteo de las ametralladoras y el retumbar de los cañones .Eran los bravos, los pacíficos que se interponían en barrera de carne y de sangre entre el invasor y sus hogares. Apeóse Don Fernando el Manso y con él todos los que lo acompañaban y después de haber tomado un frugal almuerzo, discutieron la manera de esperar al enemigo adoptando la emboscada.

Distribuyéndose en distintas direcciones a lo largo de las veredas y escondiéndose entre los espesos mezquitales, los bravos de aquel pueblo esperaron el avance del invasor, con paciencia, con resignación, soportando el calor abrasador y las moscas que no les dejaban un momento de descanso.

Comienzan a verse en lontananza las negras columnas de polvo que levantan los corceles, los carros de artillería y vituallas del enemigo, se oye el tocar de los clarines y el redoble de tambores y luego los acordes de las bandas militares, poco a poco se van distinguiendo la caballería y los automóviles, los tanques monstruos. Es el enemigo, el invasor que avanza pausadamente .De pronto se oye una detonación…y cae uno de los jinetes que marchan a la vanguardia de los cuerpos de exploración, es un oficial…el tiro ha salido del fusil de Don Fernando. A este tiro se siguen otros muchos y el tiroteo comienza con marcada parsimonia por parte de los guerrilleros de Don Fernando; no quieren desperdiciar ni una sola bala. El enemigo se sorprende primero por lo inesperado del ataque, se repliega, se forma en línea tendida y comienza el avance. De cada “huizache” salen bocanadas de muerte para el enemigo que no ha podido descubrir a los defensores y que convencidos de la inutilidad de los ataques en líneas cerradas, procede a poner en práctica movimientos envolventes retardados, sólo guiado por el ruido de las detonaciones. Prosigue la resistencia encarnizada hasta que a Don Fernando el Manso y a sus valientes se les acaba el parque y entonces viene el avance. Don Fernando se muerde los dedos de coraje al ver que se le va tan buena oportunidad para seguir haciendo bajas al enemigo, pero se resigna y desde su puesto ordena en voz alta que se espere al enemigo con los machetes. Pocos minutos después la lucha se traba cuerpo a cuerpo, los defensores hacen prodigios de valor, pero los asaltantes son muy numerosos y el primero en sucumbir es Don Fernando el Manso, que ha causado muchas bajas y que cae abrazado de muerte con un contrario. En iguales o parecidas circunstancias mueren todos los que en la mañana le hubieron seguido en su patriótica empresa y el invasor sigue avanzando.

No pudiendo llegar a un acuerdo por causa de la intransigencia con el Gobierno y el radicalismo ambicioso que animaba a las diversos jefecillos “rebeldes” de las numerosos facciones no fueron capaces de oponer la resistencia suficientes al enemigo y esto por falta de cohesión, por sempiterna anarquía e instinto de criticarlo todo, sin pensar en el deber y en las cosas que más importaban a la Patria, y a las mezquinas acciones de los que trataron de hacer de la revolución una manera de vivir. Con la maldición en el alma y el remordimiento de no haberlo pensado antes, todos sucumbieron. EL Gobierno intentó un armisticio, se le concedió. Se trataron los preliminares de paz, las naciones coaligadas en contra de la Patria exigieron recompensa de todos y cada uno de los actos de bandidos antipatrias .El Gobierno impotente por la fuerza de las circunstancias para afrontar la situación y pensando en el bien de la patria, que de “dos males hay que coger el menor” entró en arreglos .Los contrarios exigieron como pago, las regiones más ricas de la aquella célebre República, que de esta manera quedó reducida a la mitad de su extensión. Es así como por obra de la discordia de sus hijos, quedó reducida casi a la nada una de las primeras repúblicas del mundo, que con la cooperación, concordia y unión de todos sus hijos pudiera haber sido también una de las más poderosas y respetadas. El pueblo de donde eran originarios Don Fernando el Manso y sus valerosos compañeros, quedó en el territorio arrebatado por los invasores. Más tarde los amigos de los héroes, que sobrevivieron a la catástrofe, pidieron permiso de erigir un monumento en memoria de Don Fernando el Manso y guerrilleros. Les fue concedido .Sobre macizo pedestal colocaron una estatua representando a un horrible dragón que destrozaba las entrañas de una mujer en defensa. El dragón significaba la discordia y el odio entre hermanos, y la mujer sangrante y destrozada , a la antigua Patria .En uno de los costados del pedestal estaba incrustada una lápida que tenía inscritos con letras de oro, las nombres de todos los héroes que murieron al lado de Don Fernando y sobre todos éstos un ángel …el ángel de la muerte, que abrazaba una placa de bronce con la figura de Don Fernando el Manso de busto con esta inscripción adicional:” Aquí yace Don Fernando, a quien en vida se llamó Manso, pero por defender a su patria, dio su sangre ,dio su vida y murió como un león” Y más abajo:” Gloria a los unidos”

Sixto Spada

Los Ángeles, Cal, diciembre 3 de 1917.
(La Prensa, Los Ángeles, Cal., 8-XII-1917.

 

 

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