José Juan Gómez-Becerra LP 4

Gómez-Becerra, José Juan

José Juan Gómez-Becerra, orundio de Compton, California, cursa su segundo año de doctorado en Arizona State University, Tempe. Entre sus intereses académicos están los estudios culturales chicanos, la literatura de la revolución mexicana y el teatro, en específico el teatro chicano. El activismo social y la literatura son dos aspectos importantes que han influenciado su vida e intereses academicos. En estos momentos se encuentra explorando las teorías de la creación de espacios en resistencia dentro de la producción cultural chicana.

FRONTERAS MEXICANAS:
PROPUESTA PARA ZURCIR EL MANTO CULTURAL EN LA NUEVA NARRATIVA
Por Gómez-Becerra, José Juan

Después del bicentenario de la independencia política de México, el centenario de la Revolución Mexicana y grandes avances sociales, la desigualdad e injusticia socio-cultural sigue latente. México, al igual que otras naciones, es reflejo del espejo con el que se mira al continente americano que es víctima de omisión identitaria; ante el mundo “América” significa Estados Unidos, el resto es “Latinoamérica” definida desde afuera. Se puede asegurar que México es un país que tiene una identidad mundialmente reconocida, pero aunque se conoce a México, no se conoce a los mexicanos. Los mexicanos, como el resto de América, existen en una constante búsqueda de tendencias de pensamiento propio y de respuestas que ayuden a asentar una cohesión nacional justa ante la heterogeneidad cultural. La revolución congelada, una democracia sistemáticamente corrupta y la adopción de sistemas económicos y culturales extranjeros complican esa búsqueda. Una búsqueda que tuvo sus albores en el “cese de fuego” de la Revolución Mexicana, y que evolucionó concomitantemente a la renovación narrativa de la novela mexicana. La literatura sirve como el espacio donde se proyecta la cultura y el imaginario común de un nuevo despertar de la nación. Por ende, la nueva narrativa mexicana discursa las posibilidades de una cultura de justicia donde la homogeneidad cultural solo puede consistir en la integración de las fronteras internas y la aceptación de su condición heterogénea.

México en su historia.

Para hacer un análisis profundo sobre la identidad mexicana es necesario que nos remontemos hasta la vida pre-colonial autóctona en lo que hoy conocemos como México, hace más de 500 años, a las sociedades y culturas indígenas. El haber unificado distintos pueblos indígenas en una organización social bajo la alianza conocida como la “triple alianza”, el pueblo indígena-mexicano enraizó fuertemente su presencia cultural en toda su extensión topográfica (es importante reconocer que la triple alianza es una, quizás las más avanzada, de las varias sociedades culturalmente solidificadas). A pesar de los filtros católicos, aun se pueden admirar la cosmovisión desarrollada por esas culturas. También, por medio de los amoxtlis o xochitl in Cuicatl (Flor y canto) conocemos un poco de lo que posiblemente (por no imponer el término eurocéntrico de literatura) es la literatura indígena que nos cuenta de su existencia, las vivencias de su pueblo, los huhuetlahtolli y las guerras. Hoy podemos evidenciar la influencia indígena en la producción cultural y en el imaginario colectivo de México y de la comunidad chicana; empero, también es necesario reconocer que existe una literatura indigenista de la que no se puede hablar como una mera influencia temática, sino de una literatura hecha por comunidades indígenas. Las declaraciones de la Selva Lacandona del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional son solamente un ejemplo, ya que este mismo movimiento ha estimulado la producción cultural indigenista autónoma. Aunque es más que meritorio observar los cambios en las perspectivas indigenistas en México, el enfoque del ensayo se centra en la nueva narrativa mexicana por ser el espacio donde se comenta una posible convergencia social de las tres raíces: indígena, africana y española.

La invasión Española y la hispanización de tierras indígenas causó una casi exterminación de la población amerindia, de esto atestiguan los códices escritos sobre la población indígena, como en el códice Madrid. Se podría inferir que la persecución a los pueblos indígenas ha sido más inhumana en la historia norteamericana, pero, sin duda alguna, se debe rescatar la similitud de la violencia dirigida a los pueblos amerindios en todas sus manifestaciones. La masacre de Cholula, que aunque muchos hablan de ella como “la batalla de Cholula”, es un ejemplo del inhumano y salvaje trato que recibieron los indígenas a manos de los conquistadores (también, la masacre de Cajamarca, los indios Pueblo, los yaquis en el norte mexicano, y más recientemente las comunidades de la Selva Lacandona).

Aun después de que el ejército español por medio de enfermedades y ataques sorpresivos venciera al ejército azteca, los indígenas siguieron resistiendo la colonización. Con las revisiones históricas que se llevan a cabo hoy en día, es imposible negar la constante resistencia organizada por los indígenas. Tradicionalmente, la historia nos habla de cómo los indígenas fueron sometidos al yugo conquistador, pero el indígena, como un signo histórico en la narración de la historia mexicana, es visto a través de significantes que proyectan pasividad y aceptación. De la colonización hacia la independencia de México, históricamente, se le presta poca atención a los eventos que evidencian la resistencia a la hegemonía cultural y la ausencia de una cohesión nacional-cultural. Adecuadamente, Yanga y su rebelión en el estado de Veracruz, México, sirve como un ejemplo de la lucha socio-cultural en la historia mexicana (Castañón González; Querol y Roso). Ya en la guerra de Independencia los indígenas, negros y criollos lucharon contra la corona española, y México se consolidó como nación, pero no como una cultura homogénea.

De ninguna manera se debería entender a la independencia de México como símbolo de unión o la culminación del mestizaje. Claramente, la independencia no es un movimiento que busca la integración socio-cultural, más bien es un proceso de rubros socio-políticos. En La evolución política del pueblo mexicano de Justo Sierra, se observa como entre el periodo de la independencia y la Revolución Mexicana se presentaron varios motines civiles, dos invasiones extranjeras y una dictadura militar. Pero para Justo Sierra la independencia solo es un momento transitorio y no la consolidación nacional, según Sierra, tras la victoria sobre la invasión francesa, “la republica [mexicana] había conseguido el indisputable derecho de llamarse a sí misma una nación” (Sierra 343). La historia de México atestigua que la nación cayó en un círculo vicioso de guerras, violencia y corrupción. Siguiendo el camino trazado por Octavio Paz en el Laberinto de la soledad, la cultura mexicana se vuelca hacia adentro para verse en el espejo, pero en esta ocasión el humo de la guerra en la Revolución Mexicana deforma la imagen en el espejo para que el mexicano se vea descubierto de la falsa imagen que hasta entonces se habían formado por el positivismo. México, como símbolo, se descubre y quedan a la intemperie sus vergüenzas, sus secretos, su lado obscuro. Dice Sierra, que la población mexicana estaba, se puede alegar que aun está, acostumbrada tanto a la violencia que “ellos [mexicanos/as] preferían pelear como guerrilleros, o como bandidos”, pero que preferían pelear (Sierra 348).

Aunque previo a la revolución mexicana ya se hacían preguntas sobre la identidad de la nación, estas propuestas eran meramente racistas. Justo Sierra creían tener la solución para resolver la cuestión identitaria, “necesitamos atraer inmigrantes europeos para que se crucen con la raza indígena, ya que la sangre europea puede mantener el nivel de civilización que evite el hundimiento de nuestra nacionalidad” (Sierra 368). Durante el Porfiriato, México experimenta los cambios introducidos por la modernidad, el telégrafo y el tren son ejemplos de ello, pero socialmente las condiciones no cambian y la división de clase sigue ligada al color de piel. No solamente se despreciaba socialmente al no europeizado, sino que dentro de la estructura económica, los más pobres eran los más obscuros de piel. Los pensamientos racistas plagaban el sistema político de México oprimiendo la identidad indígena y exaltando las culturas extranjeras en base de la subyugación de la identidad interna.

Con los albores de la Revolución Mexicana se emprende una búsqueda de lo que es verdaderamente mexicano tanto política, cultural y socialmente. ¿Qué es Mexico? ¿Quiénes los/as mexicanos/as? ¿Qué es lo mexicano? Como resultado de esto, el mexicanismo intenta rechazar la inclusión de filosofías estadounidenses, aunque adopta corrientes de pensamiento europeo, al tratar temas de relevancia nacional. Se comete el error de intentar consolidar ante el universo una filosofía de lo mexicano, una unificación cultural homogénea. Podemos ver una variedad de pensamiento en la época, pero toda apuntaba a esa búsqueda que explicara la deformación del rostro mexicano ante el espejo de humo (José Vasconcelos; Abelardo Villegas; Samuel Ramos; Leopoldo Zea y Octavio Paz). El mexicanismo puede ser entendido como una ciega teoría nacionalista que busca exaltar cualquier cosa que tenga sus raíces en México por sus críticas tajantes a los Estados Unidos, pero a la vez podemos considerarlo una tarea indispensable para la fundación de una nación, por ende, una necesidad.

Algunos de los filósofos previamente mencionados cuestionaban el rumbo que México iba a tomar después de la revolución de 1910. Aunque se desarrollan conceptos como la raza cósmica de Vasconcelos, estos están cargados de menosprecio a lo indígena.   Según Anamaría González Luna, “la fuerte crisis después de las cuatro décadas del llamado ‘milagro mexicano’ (1940-1980), llevó inevitablemente al debate sobre la identidad nacional y el destino de la nación”. Esta misma es la preocupación de varios escritores dentro de la nueva narrativa mexicana.

En La región más transparente, Carlos Fuentes revela una fuerte crítica social al México reformado por la revolución. La revolución mexicana había generado grandes esperanzas de crear un México de culturas integradas dentro de una sola cara mexicana ante el universo. Una de las críticas constante dentro de ésta etapa literaria es, en México, la percepción de una revolución congelada (Zavala 15). En torno a la revolución se esperaba alcanzar la igualdad social y la unificación racial. Margarita López López explica que se trunca la revolución por no “incorporar y reconocer la herencia africana en la ideología de mestizaje nacional, en la literatura, en la historia, en el arte y entre registros culturales de México” (López López 113). El México que emerge de la revolución, es un México de más unión nacionalista, pero que por su interés homogenizaste del mestizaje perpetua una represión interna en la conciencia del mexicano, un desprecio por sus fronteras internas.

Además de una revolución que fracasó por haber fallado en integrar la población mexicana dentro de una sola cultura, los escritores hacen mención de una revolución sin principios y una revolución traicionada. Angélica Silva, en su artículo “Pancho Villa en una historia de mujeres en Como agua para chocolate de Laura Esquivel” nos confirma que mamá Elena estaba muy desconcertada con la actitud de los rebeldes, y “desde ese día prefirió no opinar de los revolucionarios” (Silva 20). Mamá Elena representa un sentimiento similar al que familias como los “De la Garza” experimentaban, un desprecio y apatía ante la revolución.

Las familias hacendadas tanto como las familias pobres se daban cuenta de que la revolución era caótica. En Hasta no verte Jesús mío, según Jesusa, “son [los revolucionarios] puros bandidos, ladrones de camino real, amparados por la ley” (Poniatowska 137). Esta interpretación nos lleva a asumir que la crisis del país era realmente gravey que los guerrilleros peleaban más por afición que por ideales. En La región más transparente, cuando Pedro, un guerrillero, le pregunta a Gervasio Pola sobre el futuro de ellos en la revolución, Gervasio le contesta “no hay que pensar ahora, hay que luchar” (Fuentes 212). Gervasio Pola es ese personaje de la revolución que lucha por luchar, “no preguntes, no hay que andarse haciendo preguntas cuando te metes a la revolución” (Fuentes 213). El que los revolucionarios no pelearan a causa de ideales abrió paso a la corrupción y permitió que muchos bandidos se aprovecharan del momento sumándose a la Revolución, mas no a la lucha armada. Es aquí donde se pueden posicionar los políticos, militares de rango y algunos intelectuales mexicanos.

En Pedro Páramo, Pedro Páramo convence a Tilcuate, un campesino trabajador de él, para que se sume a la revolución con fines de alejar a los revolucionarios de Comala y proteger su hacienda. El Tilcuate, contento por el terreno, dinero y ganado que Pedro Paramo le ofreció, le contesta “pero si hasta se me hace tarde. Con lo que me gusta a mí la bulla” (Rulfo 126). Aunque las novelas son trabajos de narración creativa, mucha de la información está basada en documentos y realidades históricas. En el libro “Lecturas básicas: A civilization reader” Frederick J. Zierten confirma que “campesinos, estudiantes, obreros, abogados y artistas pelearon hombro a hombro sin tener una visión clara de lo que querían obtener”; por otro lado, también agrega que “sin embargo, estaban unidos en su odio de la dominación extranjera de las riquezas Mexicanas, del poder de la iglesia y de los ricos hacendados, dueños de inmensas tierras” (Zierten 51). He aquí la importancia de la Revolución Mexicana, es un momento histórico donde, el mexicano se vuelca sobre sí mismo, pero al final en lugar de respuestas solo quedan preguntas.

Este es el periodo histórico que prometía una mexicanidad ante el resto del mundo, nos abre las puertas para que observemos el rasgado manto cultural mexicano, pero en lugar de reconocerse como una manta de muchos cuadros, prefiere el encubrimiento que no da resultado. Más aun, la revolución mexicana sirve para demarcar las fronteras mexicanas, que no solo son las geopolíticas del sur y el norte, sino que también son las culturales que unen y separan a México en su extensión humana: La indígena, la africana, la europea y la chicana.

Las raíces indígenas y negras.

Los escritores de la novela contemporánea mexicana han obrado trabajos de gran importancia y de gran utilidad para analizar la historia desde un punto crítico. Estos escritores se enfocan en temas de identidad nacional, feministas, existencialistas, e indigenistas entre otros temas. Juan Rulfo, Laura Esquivel, Elena Poniatowska, Elena Garro y Carlos Fuentes son solo algunos de los muchos escritores y escritoras de la “nueva” novela mexicana (nueva por insertarla con la corriente narrativa conocida como la “nueva novela latinoamericana”, resulta mejor que utilizar el boom, ya que este término es problemático desde su naturaleza). Los trabajos de estos autores nos presentan parte de la plétora que llamamos México. Sin embargo, aunque los autores/as de estas novelas presentan enfoques y narraciones distintas, la temática se entrelaza. Resalta el tema de la cultura heterogénea en México, en específico la multiculturalidad frente a la noción de estado-nación monocultural.

Los textos hacen eco en la falsa identidad homogénea a la misma vez que subordinan a los pueblos indígenas. En Hasta no verte Jesús mío de Elena Poniatowska el personaje principal, aunque proviene de raíces indígenas, constantemente usa la palabra “indio” peyorativamente. La palabra “indio” es considerada negativa a causa de que históricamente la política e “inteligencia” mexicana favoreció conclusiones como la de Justo Sierra. Lo cual se traslada al imaginario social y convencional, indio es sinónimo de culturalmente retrasado. En la presente obra se encuentra evidencia de cómo este término se considera ofensivo cuando Jesúsa se refiere a su hermana como “Salió más indita que yo” (Poniatowska 31). El uso del diminutivo es indicativo de la suavización de una palabra de denotación o connotación ofensiva, sirve como para caramelizar el sentido. En México, entre menos parecido tenga una persona con la raza indígena, la persona es considerada menos ignorante, menos sucia y cercana a lo moderno, por eso podemos explicar dichos populares como: “es mucha tecnología para el indio”.

En La región más transparente, Carlos Fuentes, por medio de las palabras de Federico Robles evidencia el racismo latente en México. También existe una tendencia de menospreciar la capacidad de los indígenas, Federico Robles sugiere que “el indio nunca hubiera hecho por sí sólo la revolución” (Fuentes 229). La literatura sirve como herramienta para el análisis social del ser humano y para el entendimiento de patrones sociales en un país que en ocasiones la teoría no ha logrado. Los autores de estas novelas fielmente nos presentan a un México racista y clasista tras la utopía cultural. En El laberinto de soledad, Octavio Paz propone que uno de los problemas en México es la necesidad “de integrar el México subdesarrollado y marginado al otro” (Paz 276); se ha de suponer que al “otro México” al que Paz se refiere es al no subdesarrollado. Por ende, esta conceptualización del desarrollo y subdesarrollo trae consigo un bagaje eurocéntrico de la civilización vs la barbarie. Esta cita no solo evidencia la división clasista de la cultura mexicana, como bien observa Manuel Hernández, en el “centro culturalmente hegemónico mexicano” de la ciudad, sino que también evidencia la relación de clase-economica y clase-racial en el estatus social (Manuel Hernandez 399). Es imposible hablar del desarrollo y subdesarrollo sin promover el respeto racial y cultural, el entendimiento neoliberalista del desarrollo lleva a confundir una integración cultural con una aculturalización del sector subdesarrollado al sector desarrollado. Sería detener, sin duda, lo que podemos entender en la modernidad como un genocidio cultural, proceso que comenzó y continua hace más de 500 años.

La opresión hacia el pueblo indígena no solamente resulta del rechazo de el Otro o la Otra, sino que también resulta en un rechazo internalizado. La opresión internalizada es un desprecio hacia lo que compone nuestro ser, nuestra propia persona. Esta opresión internalizada no es más que el resultado de la larga historia de la marginalización de la otredad. En Hasta no verte Jesús mío, Jesusa demuestra su consciencia de valorización en base al color de piel, al darse menos valor que otras personas por ser más “prieta” demuestra la convencionalidad de la discriminación social internalizada. Jesusa se rebaja al decirle a su esposo que por lo menos se “busque una cosa buena, que no sea igual a mí de india… una cosa que costieé” (Poniatowska, 104). Claramente se puede reconocer el contexto del uso de la palabra “india” en la oración que Jesusa dirige a su marido, si la contraponemos con el calificativo de una cosa buena, Jesusa sugiere que ella no lo es. Al parecer, el hecho de que ella sea una “india” hace que no valga la pena ya que le sugiere a su esposo se busque alguien que “costieé” El color es definitivamente la razón por lo que existe este deprecio a sí misma. En otro episodio de la vida de Jesusa se nos confirma sus prejuiciosos ante la gente de color como ella, comentarios como “¿Quién lo iba a querer? ¿Quién ve a un prieto?”, sin ella darse cuenta, son actitudes racistas. En esta cita vuelve una vez más el menosprecio hacia lo que no conforma la norma del centro cultural hegemónico. Eventualmente en la novela observamos como Jesúsa es el personaje típico de la ciudad de México, un personaje justo en el centro hegemónico de la cultura, el cual está relacionado con ser la sede del poder nacional, ella es el “indio civilizado” que se auto-rechaza y rechaza a todo aquello que le recuerde o lo acerque a lo indígena y por consecuencia lo aleje de la norma cultural hegemónica.

El dominio de la civilización europea sobre la sociedad y conciencia de México nos ha llevado a despreciar un pasado del cual no nos podemos desatar, a reprimir nuestras raíces, a la exaltación de lo extranjero en el eurocentrismo y a una colonización latente. El color de piel es de suma importancia para desarrollar una conciencia estable y nacional sobre los valores sociales, el blanco es el rico y el prieto el pobre. Para esto no hace falta más que ver las populares novelas televisadas mexicanas, son un buen ejemplo de la dicotomía social entre ricos y pobres, amos y sirvientes, blancos y prietos. En Pedro Paramo, por ejemplo, Pedro Paramo abusa de su poder para hacer lo que le plazca por los alrededores de su hacienda, la división social tan demarcada le permite abusar fácilmente de su poder. En una de esas ocasiones, el abogado de Pedro Paramo al abogar por su patrón con una muchacha que quedó embarazada, le dice a la muchacha “date de buenas que vas a tener un hijo güerito” (Rulfo, 134). No solamente se puede evidenciar que tan marginalizada está la mujer ante el centro del poder, sino que el machismo no sólo es chauvinista, sino que discriminador y sistemáticamente opresor a todo lo que no se aleje de “ser hombre blanco”. Como si la muchacha se tuviera que alegrar de haber sido burlada por Pedro Paramo solamente porque su hijo iba a poder estar menos alejado del centro del poder.

En Como agua para chocolate, Laura Esquivel utiliza las recetas no solamente para darle estructura a su novela, también sirve para marcar la constante presencia indígena en la vida de Tita. Las comidas que Tita prepara son “recetas prehispánicas” (Esquivel 47). El título del libro como agua para chocolate es muy significativo ya que el chocolate es una bebida de orígenes puramente indígenas. Laura Esquivel hace del mismo título un lugar para la reinvindicación de la latencia cultural indígena. También se hacen otras múltiples menciones del chocolate, de un “chocolate [que] estaba preparado como en los viejos tiempos” (Esquivel 180). En Pedro Paramo también se puede apreciar una escena donde a los revolucionarios “solo se les oyó sorber el chocolate cuando les trajeron el chocolate…” (Rulfo 123). En símbolos tan pequeños y tan normales de nuestras vidas podemos encontrar parte de la identidad mexicana, la comida es uno de los lugares donde más se ha preservado las raíces indígenas. Es por eso que las tradiciones son fundamentales para explorar la cuestión de la identidad mexicana, y esas tradiciones podrán servir para plantear nuevas sendas hacia la realidad de la utopía cultural mexicana.

Las influencias culturales más fuertes en México es la mezcla de amerindios y españoles. Sin embargo, históricamente en México no se le ha prestado tanta atención al estudio de la raza negra o los afro-mexicanos, son víctimas de omisión a pesar de que su cultura es tan vibrante e influyente en la cultura mexicana. Los rasgos más visibles de la raza negra se encuentran en áreas costeras como Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Colima y Campeche. Quizás la negación se deba a que México ignora las fronteras culturales internas, en Hasta no verte Jesús mío Jesusa describe a su hermana Petra como “trigueña, más prieta que yo [Jesusa]. Yo tengo la cara quemada del sol y los otros dos fueron prietitos” (Poniatowska 31). El uso del diminutivo en México que normalmente se utiliza para mostrar afección, también es utilizado para denigrar a una persona, o en este caso para que no suavizar la denotación y connotación de la palabra. Jesúsa lo utiliza con la intensión de no ofenderlos ya que “prieto” puede ser algo negativo, mientras “prietitos” o “inditos”, como lo dice Jesusa varias veces, ya está suavizado, ya no suena tan feo (Poniatowska 259). Es esta clase de actitud la que ha dificultado la aceptación, en su totalidad, de la raza indígena y que por consecuencia dificulta aún más la aceptación de las raíces negras.

Las raíces negras de México vienen de dos fuentes, la época de la esclavitud y la guerra civil de Estados Unidos. La esclavitud durante la colonización de América trajo miles de esclavos a México por medio de la costa de Veracruz. También, Muchos negros emigraron a México formando “una colonia de negros, huyendo de la guerra civil en U.S.A. y del peligro que corrían de ser linchados” por la agresión en contra de ellos (Esquivel 138). En Como agua para chocolate, Gertrudis, la hermana de Tita, es una mulata hija de Juan Treviño y mamá Elena, es hija bastarda ya que los padres de mamá Elena le prohibieron casarse con Juan Treviño porque estaban “horrorizados” de que él fuera mulato (139). Laura Esquivel se refiere al sentimiento de los padres de mamá Elena como horrorizados no por falta de otro adjetivo, sino porque ese realmente es el sentimiento de desprecio que el mexicano siente hacia la piel obscura, un terror. Gertrudis “había heredado [Gertrudis] el ritmo y otras cosas”, eventualmente, Gertrudis tiene un hijo que también hereda sus facciones mulatas (181). Las sugerencias son claras, hay una tradición que en veces de perecer, sigue renaciendo no solo culturalmente, sino también genéticamente. En la novela de Francisco Rojas Gonzales, La negra Angustias, es otro buen ejemplo de la influencias de la raza negra sobre la cultura mexicana.

Otra gran trabajo que le da continuidad a este tema es el de Rachel Graves, quein hace un estudio donde demuestra la influencia de la comunidad negra sobre las fiestas de algunas regiones de Veracruz y Guerrero, por ejemplo, en Costa Chica del estado de Guerrero se celebra la “Danza de los diablos” que intenta permanecer fiel a sus raíces negras (Rachel 1). El folklor mexicano, danzas, música, fiestas, vestimentas y comidas con el paso del tiempo han absorbido las culturas y tradiciones que confluyen entre esas fronteras culturales. Rachel Graves hace mención de la falta de reconocimiento histórico y social de la raza negra en México, pero en las novelas de Hasta no verte Jesús mío y Como agua para chocolate podemos observar que esa falta de conocimiento histórico es paralela al racismo presente en México. Por otro lado, estos autores, aparte de dar testimonio de esta injusticia social, también integran la cultura negra e indígena dentro de la literatura con el propósito de exaltar la heterogeneidad de la cultura y una necesaria reivindicación de la misma.

Las tradiciones acarrean con miles de años de historia y en la mayoría de ocasiones sirven para unirnos en una sola creencia, justo como lo explica Octavio Paz, “nuestras herencias españolas tanto como indígenas influyen nuestra afición hacia ciertas ceremonias, formulas y orden” social (Paz 32). Es difícil acercarse a la basílica de la Virgen de Guadalupe sin apreciar la mezcla de culturas que se unifican alrededor de este símbolo cultural y religioso mexicano. Tonantzin o Virgen de Guadalupe, la mujer de una mano morena y la otra blanca, las cuales están unidas en símbolo de devoción, nos propone la unión y confluencia de estas culturas. Una confluencia que claramente está marcada por la unión y la división de las fronteras culturales, las cuales erróneamente han llevado a la injusticia social. La reivindicación de las fronteras como una costura que unes respetando las diferencias, en lugar de separarnos por nuestras diferencias, es de suma necesidad para la orientación del futuro mexicano y el “Gran México”.

La modernización mexicana

En La región más transparente los personajes de Ixca Cienfuegos y Manuel Zamacona son los portavoces de esta crítica social. Estos dos personajes nos presentan visiones de rumbo distinto, pero que apuntan hacia la misma dirección y tienen el mismo propósito de encontrar la fórmula que ha de zurcir el manto cultural mexicano. Estos dos personajes muestran al lector dos soluciones para un mismo problema identitario, así que en realidad no hay una esperanza clara de concordancia cultural porque algunos se reflejan en Ixca, mientras que otros en Zamacona.

Ixca Cienfuegos abre la novela con un discurso que nos demuestra su filosofía amerindia; además, en su discurso también vemos reflejada la búsqueda del mexicanismo “… y no cejan en la búsqueda de lo suave: la patria, el clítoris, el azúcar de los esqueletos, el cántico frisado, mímesis de la bestia enjaulada” (Fuentes 145). En este discurso se percibe una cierta desesperación por encontrar el punto decisivo que crea un clímax social de unificación. Para Ixca, el mexicanismo se encuentra al retroceder a la vida pre-hispánica, la vida pre-hispánica sería la solución para los problemas de la falta de identidad. Sin embargo, “las culturas de las sociedades azteca, tolteca o maya son tan ajenas al espíritu del mexicano moderno como a las de la China” (Lewald 218). Pero a la misma vez es necesario agregar que la cultura euro-céntrica, en México, es tan lejana a la realidad de los pueblos indígenas existentes que es un crimen cultural propagarlas e imponerlas institucionalmente.

El mexicano es una mezcla de culturas que se unen sin desaparecer completamente, pero que sigilosamente se ha intentado borrar las diferencias por medio de la aculturalización y no de la integración cultural que aumente las posibilidades significantes del signo México. Mientras eso no suceda, la mexicanidad seguirá siendo una cultura ficticia e incompleta que pretende “ser” en la plataforma del mundo moderno y neo-liberalista. Carlos Fuentes nos presenta la trágica realidad de un México indígena fugaz, un México indígena que está presente sin ser o existir si no más que de una forma superficial, “Y vio el paso fugaz de una familia indígena, flotante y cabizbaja” (Fuentes 195). Aunque es difícil defender cualquier sentido de indigenismo en Fuentes, queda claro que su trabajo toca la llaga de la incoherencia cultural mexicana. La novela también permite que se evidencien las diferencias sociales y culturales que existen en México, por ejemplo: Ixca lo indígena, los Zamacona lo intelectual, Los De Ovando la burguesía porfirista, Robles la nueva burguesía, Gabriel y Gladys el pueblo. El problema de México es que el mexicanismo reside en una pluralidad de identidades, culturas y costumbres que esporádicamente se unen para gritar gol o para votar por el PRI. La nacionalidad mexicana reside en la noción de desarrollo “under the hegemony of the center” (Hernandez 399).

Con el personaje de Manuel Zamacona Carlos Fuentes nos presenta su perspectiva sobre la realidad de un México decadente y plantea su propuesta de formar lo propio con la inclusión del pasado, pero sin retroceder; “El progreso debe encontrarse en un equilibrio entre lo que somos y nunca podremos dejar de ser y lo que, sin sacrificar lo que somos, tenemos la posibilidad de ser” (Fuentes 199). En este personaje el mexicanismo está en oponerse a las influencias extranjeras que se hacen presentes desde la clase pudiente hasta la clase pobre “… hay que ver hacia adelante. Sólo que “hacia adelante” no significa “formas de vida europea y norteamericana” (Fuentes 201). Es muy importante destacar que mirar hacia el futuro, como propone Zamacona, tendría que ser anticipado por el día en que el signo México se amplié a su pluralidad, y se respete la voz del pobre al igual que la del rico, la de la mujer, la del hombre, la del indígena, la del negro y la del chicano.

La frontera norte

El “Gran México”, es entendido como la extensión de la mexicanidad más allá de sus límites geo-políticos, una extensión cultural que rebasa fronteras. Se podría argumentar que quienes proyectaron este sentido en una mayor escala han sido los zapatistas con sus congresos y comunidades intergalácticas. La cultura mexicana no se ha definido en su totalidad por su cercanía a los Estados Unidos, como se lamentara hace una vez Porfirio Díaz, los devenires históricos del país han ido tejiendo una manta cultural que se rasga por la falta cohesión cultural. El tratado de Guadalupe Hidalgo, la Revolución Mexicana, la segunda Guerra Mundial, Operación Mojado (Operation Wetback), el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la olas de inmigrantes, el narcotráfico y una injustificada militarización de la frontera son algunos de los hechos históricos que configuran los significantes de la frontera norte. La frontera norte no solo prefija los limites geopolíticos de México, sino que crea otra frontera cultural interna del mexicanismo.

Este tema, aunque la frontera física lleva existiendo más de un siglo, es relativamente nuevo en cuanto la importancia que se le ha dado a la frontera desde el centro del poder mexicano. Ese centro de poder hegemónico, según Manuel Hernández, se extiende hasta los límites de dos fronteras, México/Estados Unidos y Yucatán/Guatemala, comprobando una “ideological limitation on the part of the nation-state subject” (Hernandez 401). Lo que lleva a la ficticia e incompleta ideologización de que existe una cultura mexicana homogénea, de la cual la literatura ha tenido gran parte. Hernández propone la teoría de Terry Eagleton para la producción literaria como su base teórica para entender la relación cultural fronteriza entre la literatura chicana y la mexicana. En su análisis podemos evidenciar que injustamente existe la deformación simbólica del mexicano migrante en los Estados Unidos, de la transculturalidad fronteriza, aún más la del chicano. Hernández cita la La muerte de Artemio Cruz Y La región más transparente para evidenciar las limitaciones culturales de Carlos Fuentes en referencia al Chicano y la frontera norte.

Estados Unidos y sus teorías expansivas son responsables de que México perdiese la mayor parte de su territorio norteño con la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo. Después, con la industrialización y la mecanización de la mano de obra, México se convirtió en una “mina de oro” para los inversionistas extranjeros por medio de maquilas, entre otras industrias y empezó a ceder terreno en el campo cultural y económico. En el artículo “El pensamiento cultural mexicano en “La región más transparente” de Carlos Fuentes”, H. Ernest Lewald cita a José Vasconcelos:

“lo más triste de nuestra historia mental es que hayamos podido aceptar como ‘la filosofía’ la doctrina pseudo científica del evolucionismo, armadura del imperio, excusa de las violaciones y los atropellos al derecho de gentes… fetiche del proceso expansivo de los anglosajones: la evolución (Lewald 218).”

 

Después de la revolución mexicana, México siguió bajo la tutela de potencias extranjeras, en este último caso de la mano de Estados Unidos. Carlos Fuentes muestra evidencia de esto, por ejemplo, cuando Gabriel el jornalero regresa a México hablando un inglés mal aprendido. En el artículo “Consolidación y transgresión, desde la fiesta, en La región más transparente” de Yvette Jiménez de Báez la autora cita al texto de la novela para comprobar esto “En La región más transparente, el taxi (nuevo “coche de alquiler”) acapara la atención y subraya el proceso de norteamericanización (Jiménez de Báez 9).” Sin embargo, es necesario recalcar que el significante solo puede dar a entender el signo cuando el receptor comparte un código de interpretación con el sistema que produce el significante. Por ende, Gabriel regresa a la ciudad de México, desde un centro-nación a otro centro-nación que comparte el mismo sistema codificante, la modernidad neoliberal. Este sistema codificante, crea simultaneamente un rechazo y una aceptación del significante Gabriel, y por ende del signo Estados Unidos. Por ende, se internaliza un desprecio del mexicano por todo lo que tenga que ver con los Estados Unidos, inclusive contra los mismos mexicanos en el norte, pero sobre todo, contra los chicanos. Mas Gabriel no es para nada representante de una realidad fronteriza, mucho menos de una realidad chicana, pero sirve para observar la significación de la frontera, justo como Hernandez lo propone. El mayor error de Fuentes en relación al mexicanismo es no haber reconocido la importancia de la cultura mexicana de frontera y en específico los devenires de la cultura mexicana en los Estados Unidos, es una conceptualización del mexicanismo limitada. Hernandez concluye con el entendimiento que “Both Fuentes and Chicano writers share one element: the recognition that one common hegemomic center has historically impacted and now determines their respective societies” (Hernandez 432). El fantasma de la hegemonía cultural central de los aparatos ideologizantes mexicanos hace su aparición, fantasmalmente, en los trabajos de Carlos Fuentes, en su exclusividad cultural y marginalización de la periferia.

La identidad de México se enfrenta a una población de raza, culturas y relación topográfica diversas. Aunque en cualquier nación haya diferencias culturales y raciales, siempre existe lo que identifica a ese país y a toda su diversidad en conjunto; México las tiene, pero la hegemonía cultural centralizada en la vida urbana neoliberalista mexicana las marginaliza. Por ejemplo, los campos mexicanos, periféricos al centro, son constantemente relegados y los campesinos tomados por incultos. De igual manera, para el centro cultural mexicano, el chicano es el pocho, el que habla mal el español, el mexicano menos mexicano por haber expandido su sentido cultural.

La incoherencia identitaria, se da por la ficticia homogeneidad cultural que opaca la cultura que nace, se hace y se deshace, naturalmente. Por otro lado, la cohesión no solo depende del color de piel, lengua u orígenes, sino también el status social y la relación geográfica con el centro cultural hegemónico. Aunque usualmente el status social es cómplice del color de piel de una persona, también existe una sociedad rural y una sociedad urbana ajenas en la formas de vida la una de la otra, marginalizadas como significantes de incultos y cultos respectivamente. A lo cual cabe añadir otras fronteras que se extienden más allá de la dicotomía del mestizo o las tres culturas (como se proyecta en “La plaza de las tres culturas” en Tlatelolco), la relación geográfica con el centro hegemónico cultural, la cual determina el nivel de marginalización, es una frontera más que unifica y separa. Se requiere un gran esfuerzo de ambos lados de la franja para que la herida, que continúa sangrando, comience el proceso de cicatrización y sea posible zurcirla culturalmente.

Conclusión

La pregunta clave es ¿cómo logramos una multiculturalidad justa? La literatura es un campo fértil para lograr esta cohesión cultural y respeto a la multiculturalidad, sirve para el dialogo e intercambio cultural que es el catalizador para el cambio. Empero, la cultura es un ente social y sociable, por ende, limitarse a la cultura representativa sería ser cómplice del genocidio cultural; por otro lado, lo que es necesario es la cultura participativa, el desarrollo de espacio donde se promueva la múltiple participación cultural y no se privilegie la centralizada cultura hegemónica. En dado caso que fuese así, nuestro rostro sería un rostro arcoíris, un rostro de muchos rostros, mientras ese no sea el caso, tendremos comunidades sin un rostro, justo como lo simbolizara el EZLN con sus pasamontañas.

El mexicanismo concreto reside en el respeto a su pluralidad cultural, a la igualdad de espacio representativo y participativo en los sectores sociales, políticos y educativos, lo que llevaría a la concretización de la utopía cultural. Se dice que “al mexicano le gusta soñar”, pues entonces es necesario soñar con un proceso de justicia social por medio de la cultura. La descentralización cultural es necesaria para la reivindicación de las culturas relegadas a los márgenes. La creciente globalización y urbanización aumentan el tamaño de la producción cultura, lo cual es fácil observarlo en las calles de las ciudades, pero igual de fácil es olvidarse de las culturas que colindan con el centro, como una onda de círculos que gradualmente es olvidada conforme más se aleja del centro. Los mexicanos han intentado zurcir las culturas, pero como podemos evidenciar en los textos literarios y ejemplos sociales de la actualidad, esta empresa sigue inconclusa porque es necesario generalizarla y ampliarla. Zurcir la tela cultural del mexicanismo, indica precisamente una unión y separación de entes distintos dentro de un todo sin el privilegio de uno sobre del otro.

 

 

 

 

 

 

 

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