Arturo Jiménez LP 4

Jiménez, Arturo

Arturo Jiménez nació y creció en Tamaulipas, México, en donde obtuvo una licenciatura en ingeniería electromecánica. Obtuvo su maestría en física antes de hacer una transición a la literatura ya que siempre ha tenido un corazón humanista. Actualmente es un doctorando en la Escuela Internacional de Letras y Culturas en la Universidad Estatal de Arizona con la disertación “Anti-mimetic Narratives in Contemporary Latin American short story”. Su estudio se enfoca en narrativas experimentales cuya apertura transgresiva y/o personajes fuera de la realidad crean un nuevo paradigma narrativo.

LA FRONTERA NORESTE MEXICANA: ENTRE LA LITERATURA ULTRAMARINA DE SCIASCIA Y LA ERA DE LA CRIMINALIDAD.

Cómo se puede conectar la obra literaria de un escritor siciliano con la realidad de las ciudades fronterizas del noreste mexicano. Esas ciudades que se alinean a lo largo y por debajo del Río bravo. Ciudades como Matamoros, Reynosa, Laredo y San Fernando. Este conglomerado de municipios formando una franja imaginaria que, lo mismo que otras regiones del país, se encuentran abatidas por la descomposición social y la violencia. Una locación de fronteras indefinidas en la que se transfiguran, de manera rutinaria, una serie de prácticas sistemáticas y siniestras: secuestro, extorción, tráfico humano, tortura, asesinato y desaparición.

El universo literario de Sciascia y la frontera tamaulipeca comparten sin duda un tema en común, las mafias y el crimen organizado. Sciascia, estudioso del fenómeno de las mafias, plasmó en sus obras, con rigurosa meticulosidad, un fenómeno propio de Sicilia, es decir, esa forma de ser mafiosa, exponiendo las relaciones que dicho proceder guarda con el poder. El siciliano vaticinó una nueva condición del orden moderno, la “sicilianización” del mundo: “Sicilia ofrece una síntesis, una representación de tantos problemas, de tantas contradicciones, no sólo italianas sino también europeas, que muy bien puede constituir la metáfora del mundo moderno” (La memoria de Sciascia 10). En este estudio se busca sugerir, con un rigor menos sociológico y más anecdótico-cultural, que la crisis humanitaria de estos páramos fronterizos puede interpretarse como un fenómeno de sicilianización o lo que el recién fallecido escritor y crítico literario Federico Campbell consideró la llegada y permanencia de una nueva era: la Era de la criminalidad.

En dónde nace pues esta criminalidad organizada y cómo se propaga. En Italia, al menos, según señala Sciascia en una entrevista realizada por Marcelli Padavoni, como un fenómeno de tipo rural que administra justicia de manera paralela al estado por medio de un mafioso rural que “había trepado simplemente la escala social porque de arrendatario había llegado a propietario que ejercía a su vez derechos de naturaleza feudal sobre sus empleados” (56). Con su contacto con los Estados Unidos y su incursión en el mercado de la droga, la mafia aumenta su nivel de sofisticación y el alcance de su poder. Sciascia señala en cuanto a la expansión de la mafia en Estados Unidos: “La mafia ofrecía entonces tantas analogías con el capitalismo que no fue nada difícil para el capitalismo asimilarla” (71). Paradójicamente, una organización criminal como la mafia, encuentra su homologo y adversario más grande en el estado totalitario o fascista. Ninguna dictadura acepta competencia de grupos contra-hegemónicos cualquiera que sea su procedencia, “por la comprensible razón de que dos mafias no pueden coexistir en el mismo país con carácter duradero” (50). Por lo anterior, Sciascia hace una afirmación controversial pero incisiva: “la democracia proporciona un terreno favorable a la mafia. Es muy triste, pero es así. Democracia y desarrollo económico son las vías maestras de la mafia” (55). Esto lo dice Sciascia por la mutación que la mafia hizo de fenómeno rural a organización criminal con la industrialización y modernización de Sicilia. En todo caso cualquier organización criminal que intente sobrevivir tiene que mimetizarse con el aparato de poder, “la mafia está por definición siempre del lado del poder” (52). Debe por tanto controlar sus procesos democráticos o, en su defecto, la simulación de los mismos.

Surge la pregunta de si es sólo el desarrollo económico lo que propicia la propagación y el empoderamiento de la criminalidad o si, en cambio, son los huecos que dicho desarrollo deja detrás de sí ¿Bajo qué condiciones logra el crimen organizado manifestarse como poder capaz de competir y eclipsar al estado? En primera instancia, parece haber una relación de estrecha coexistencia entre globalización y delincuencia organizada. Por globalización se entiende, siguiendo a David Harvey, una “compresión espacio-temporal” de las relaciones entre los distintos agentes globales, o lo que Anthony Giddes llama la “intensificación de las relaciones sociales mundiales que vinculan locaciones remotas” (64). Como sugiere Carol Hernández, hay una íntima relación entre la expansión e infiltración corrosiva del narcotráfico en el núcleo de la sociedad mexicana y la aplicación de modelos económicos que han perpetuado las diferencias económicas extremas, excluyendo de manera histórica a un amplio sector de la población. Aquí se vislumbran los aspectos oscuros de la globalización. Como señala Castells, la sociedad global presenta una naturaleza que es “extraordinariamente —y simultáneamente—inclusiva y exclusiva” (9), pues en su avance crea regiones desconectadas de la corriente de progreso económico.

En este caso, la frontera noreste, con su larga tradición de dependencia económica sobre industrias maquiladoras extranjeras reciente el reacomodo de los flujos económicos globales. La consolidación de los mercados asiáticos desacelera el crecimiento económico. La movilización de las industrias maquiladoras que buscan reducir sus costos no atienden a las consecuencias sociales que dejan detrás de sí; la crisis económica estadounidense contribuye también. Los que no pierden su empleo, ven reducido su salario a la mitad y las jornadas de trabajo incrementadas. El resultado final es un salario promedio que va de poco más de un dólar a dos dólares por hora en una sociedad cuyo costo de vida equivale al 66% con relación al de EE.UU (“México: tragedia obrera en las maquiladoras). Se estima que el 70% de la población vive en pobreza extrema.

El complejo industrial crea una estructura frágil y efímera, un espejismo económico. Es por eso que a partir de los reposicionamientos económicos a nivel global la sociedad local se reorganiza. El comercio informal se expande notoriamente, los llamados «tianguis», los puestos de «discos piratas» y una increíble proliferación de fondas de comida, que compiten rabiosamente entre sí, aparecen y desaparecen. Esta economía informal de alguna manera suple las deficiencias del estado para prever las consecuencias de las medidas neoliberales, de la inestabilidad producto una modernidad líquida e inestable. Una gran parte de la población comienza a asociarse y a realizar actividades para el crimen organizado que es, durante este periodo, una industria creciente. Por otro lado la guerra contra el narcotráfico, iniciada en diciembre del 2006, lo transforma todo, despierta a un gigante, o tal vez a un monstruo. A partir de entonces el crimen organizado, que hasta entonces sólo se encargaba del transporte y tráfico drogas hacia EE.UU., comienza paulatinamente a absorber, y proclamar para sí, esta nueva estructura económica informal, constituyéndose en la entidad regulatoria de un número increíble de actividades económicas relacionadas con el comercio, algo que el estado oficial nunca había logrado. Las afirmaciones de Leonardo Sciascia resuenan cuando afirma que todo grupo mafioso es una organización que se enriquece de manera ilícita, e impuesta por medio de la violencia, interponiéndose “entre la propiedad y el trabajo, entre la producción y el consumo, y entre el ciudadano y el Estado” (La memoria de Sciascia 110).

De esta manera el crimen organizado comienza a demandar de algunos comerciantes informales el llamado «derecho de piso», una renta mensual a cambio de «protección». Bajo esta nueva denominación entra un gran número de individuos de todos los extractos sociales que si hasta ese entonces habían eludido el pago de impuestos al Estado, se veían ahora confrontados por un nuevo poder. Pronto comienzan a controlar el comercio de una variada denominación de productos básicos, espectáculos y eventos. Esta expansión quasiempresarial y acaparadora los llevó muy pronto a controlar todas las actividades consideradas ilegales, entre ellas la prostitución, la concesión de “derechos de piso”, el robo de autos, etc. El sistema informal, lo mismo que el ilegal, fue finalmente puesto bajo un sistema de recaudación meticuloso y draconiano. Para poder continuar con sus actividades informales o ilegales muchos tuvieron que adquirir la «franquicia» y «protección» del grupo local. No hacerlo así equivalía a operar «fuera de la ley».

Es aparente que para obrar con total impunidad el crimen debe escalar peldaños de manera progresiva hasta mimetizarse con el poder político y en complicidad con él. Jürgen Roth reconoce tres factores para el desarrollo y propagación del crimen organizado, estos son: “el desarrollo de zonas sin aparato de justicia […]; la formación de un sistema económico basado en actividades ilícitas […]; y la corrupción” (citado por Schulte-Bockhoult 11). Cuando un sistema judicial se colapsa y es sustituido por la abierta y rampante impunidad, el entrelazamiento entre el estado y la estructura del crimen organizado se totaliza al grado de volverlos indistinguibles. Es en este nivel de empoderamiento que, como señala Henner Hess, el crimen organizado muestra las características y la ideología de los regímenes absolutistas. Es decir, crea alianzas con grupos hegemónicos para ayudarles a conservar el poder. El crimen organizado es, por tanto: “una fuerza reaccionaria utilizada para resistir el cambio, para mantener el privilegio, y para suprimir cualquier intento de redefinir las relaciones de propiedad y los derechos políticos” (128).

Esta es quizás la realidad más perturbadora del crimen organizado. Su capacidad para absorber los sistemas democráticos, o de simulación democrática, y constituirse en un nuevo estado, operando bajo el amparo y protección de las fuerzas policiacas y el poder jurídico. Es esta base y soporte lo que le da actualmente ese carácter de impenetrabilidad, permitiéndole extender sus tentáculos hasta zonas y actividades insospechadas. Federico Campbell reconoce que un nuevo fenómeno comenzó a aparecer en el panorama moderno desde mediados del siglo XX, una nueva era: “la de la sicilianización del mundo, lo que ahora podría traducirse como “globalización del crimen” o “era de la criminalidad” (“La era de la criminalidad”).

La situación en la frontera noreste mexicana es sólo un ejemplo paradigmático de esta nueva condición del mundo. En esas regiones el crimen organizado reclama para sí no sólo el derecho tributario, sino también el derecho de vida de todo aquel que transite por los territorios en los cuales se adjudica, a la manera de Weber, el monopolio del uso de la violencia. Monopoliza actividades como el tráfico de indocumentados, el secuestro de centroamericanos migrantes que transitan a través de México en su viaje hacia Estados Unidos. Quien no tiene un aval que pague su rescate, es asesinado y desaparecido o esclavizado y utilizado para los diversos propósitos criminales que la organización requiera. El épico trayecto en las bóvedas de los vagones de “La bestia”, que va desde Guatemala hasta el norte de México, se ha convertido en la ruta migratoria más peligrosa del mundo.

El secuestro se convierte así mismo en otra actividad rentable. En el 2013 México lideró el ranking mundial de secuestro a nivel mundial. Cinco de las ciudades con mayor número de secuestros y desapariciones se encuentran en el estado de Tamaulipas. Ante el crecimiento de esta nueva industria el narcotráfico encuentra miríadas de voluntarios dispuestos a desfilar por sus filas. Generalmente (aunque no siempre) se trata de adolescentes excluidos del ciclo económico global o que se revelan en contra de un orden establecido que les impone unas condiciones laborales que sólo perpetuarán el ciclo de miseria e inestabilidad económica en el que se encuentran atrapadas sus familias. Sin embargo, la decisión de pertenecer o asociarse con los grupos del crimen organizados equivale a dar un paso al vacío. La desensibilización humana que requiere pertenecer y llevar a cabo las actividades que estas organizaciones demandan de sus adeptos es extrema. Un comportamiento tal, antisocial e inclusive psicopático, es sin duda material de estudio para revelar y comprender las nuevas formas de anomia global.

Sin embargo, para no hacer una conexión trivial entre privación económica y delincuencia se puede hacer la distinción entre la pobreza y percepción subjetiva de pobreza. Currie señala que el individuo sufre una alienación cuando se exalta “la valorización del consumismo en sí mismo—y de la satisfacción de aquello que se desea, o de estar por encima de los demás, independientemente de los medios que se elijan para ello” (163). En todo caso, se dispersa entre la juventud una nueva concepción de la vida y de la muerte (que se divulga y se interioriza desde las etapas más tempranas). De su difusión se ha encargado una narco-cultura que se propaga por medio de la música, los films y el Internet. Ante este embate la sociedad experimenta progresivamente una pérdida de valores para adoptar unos nuevos en los que se justifican acciones que antes se consideraban reprobables si con ello se consiguen ciertos fines. Generaciones de niños y adolescentes se unen al narcotráfico a cambio de una engañosa y vana esperanza de escapar del ciclo de miseria. Pero también está el imán de la impunidad y del poder. No es de extrañar que todos estos jóvenes para siempre perdidos y deshumanizados por la maquinaria del crimen organizado manifiesten el llamado “síndrome del emperador”. Al observar el fenómeno se reconoce un gesto inconsciente y ciego de venganza socio-económica, por parte de los grupos menos favorecidos que colaboran con el crimen organizado, en contra de los grupos económicos medianamente privilegiados.

La desaparición, el reclutamiento forzado, la esclavitud, y los falsos positivos: el asesinato y la exhibición pública de cuerpos desmembrados pertenecientes a civiles no relacionados con el crimen organizado, con el fin de transformarlos en símbolos de la retórica macabra que mantienen entre sí los grupos divergentes, se vuelve parte de este panorama. Todo esto da una idea―al mismo tiempo que una imagen cruda— de los alcances del crimen organizado. Del grado de penetración que ha alcanzado en la región noreste en el núcleo de una sociedad abatida moral y económicamente, pero que, como señala Edgardo Buscaglia, muestra señales de propagarse al resto del territorio mexicano ante la ausencia de un auténtico estado de derecho.

Se puede decir que el crimen organizado se proyecta como el rostro más oscuro de las relaciones mercantiles neoliberales actuales. Obedece a una lógica utilitaria que busca maximizar sus ganancias, siempre con miras a corto plazo y sin la más mínima consideración ética, lo que Sciascia consideraba “una explotación a rapina, desencadenada, salvaje […]” (54). En ese sentido no se diferencia mucho de otras corporaciones transnacionales. Una estructura tal es incapaz de dirigir y de implantar una auténtica cultura hegemónica en el sentido gramsciano. Tiene por ello que recurrir al terror y a la violencia extrema que se propaga, sobre todo, a través de imágenes y videos que circulan por Internet y que se convierten en símbolos de terror, Sciascia diría “el militarismo como mando, la violencia como ley” (57). Lo mismo que otros fenómenos económicos globales, avanza y se propagada en donde quiera que encuentra las condiciones propicias: estados incapaces de ofrecer un liderazgo socio-económico y muestran un elevado nivel de corrupción e impunidad. Por su poder de fuego y su carácter represor se asemeja en mucho al estado totalitario. Horkheimer identifica algunas similaridades entre la estructura del crimen organizado y la del estado fascista, comparte con este “la extracción parasitaria de pagos, […] una distorsión conspirativa del lenguaje, […] y la monopolización de las funciones sociales necesarias” (citado por Schulte-Bockholt 27).

Las preguntas que este complejo fenómeno social presenta son múltiples. No es fácil responder si esta era criminal es un mero periodo turbulento y transitorio de nuestra historia, o, como sugiere Campbell, una nueva condición del mundo moderno, una nueva forma de corporativismo parasitario que lucra descaradamente con la condición humana, la llegada y permanencia de la criminalidad global. Las palabras de Sciascia ante la siempre presente injusticia resuenan y llegan hasta nosotros:

Los errores y los males del pasado nunca son pasado. Es preciso vivirlos y juzgarlos de continuo en el presente si queremos ser de veras historiadores. El pasado que ya no existe —la institución de la tortura abolida, el fascismo como pasajera fiebre de vacunación— pertenece a un historicismo de profunda mala fe, cuando no de profunda estupidez. Todavía existe la tortura. Y el fascismo sigue en pie, cuando menos hasta ahora (La memoria de Sciascia 64)

Obras citadas
Borja, Jordi, and Manuel Castells. Local and Global: The Management of Cities in the Information Age. London: Earthscan Publications, 1997. Print.
Campbell, Federico. “La Era De La Criminalidad.” Letras Libres. N.p., Jan. 2010. Web. 21 Mar. 2014.
Campbell, Federico. La memoria de Sciascia. México: Fondo de Cultura Económica, 1989. Print.
Currie, E. “Market, Crime and Community: Toward a Mid-Range Theory of Post-Industrial Violence.” Theoretical Criminology 1.2 (1997): 147-72. Print.
Giddens, Anthony. The Consequences of Modernity. Stanford, CA: Stanford UP, 1990. Print.
Harvey, David. The Condition of Postmodernity: An Enquiry into the Origins of Cultural Change. Oxford: Blackwell, 1990. Print.
Hess, Henner. “The Traditional Sicilian Mafia: Organized Crime and Repressive Crime.” Ed. Robert J. Kelly. Organized Crime: A Global Perspective. Totowa, NJ: Rowman & Littlefield, 1986. N. pag. Print.
Schulte-Bockholt, Alfredo. The Politics of Organized Crime and the Organized Crime of Politics: A Study in Criminal Power. Lanham, MD: Lexington, 2006. Print.
Sciascia, Leonardo. Leonardo Sciascia: Sicilia como metáfora. Conversaciones con Marcelle Padovani. Mexico, D.F.: Fondo De Cultura Económica, 1983. Print.
Vigna, Anne. “México: tragedia obrera en las maquiladoras”. La Alianza Global Jus Semper. Salarios dignos norte sur. (Septiembre, 2010), Web.

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