Alberto Ríos LP 4

Ríos, Alberto

Nacido en Nogales, Arizona, el laureado escritor y poeta Alberto Rios se tituló con una licenciatura y maestría en Literatura Creativa en la Universidad de Arizona, Tucson. Es autor de varias colecciones de poesía, incluyendo The Dangerous Shirt (2009); The Theater of Night (2006); The Smallest Muscle in the Human Body (2002), el cual fue nominado para el Premio Nacional del Libro en EE.UU.; Teodora Luna’s Two Kisses (1990); The Lime Orchard Woman (1988); Five Indiscretions (1985); y Whispering to Fool the Wind (1982), el cual ganó el Premio Walt Whitman en 1981, seleccionado por Donald Justice. Otros libros de Ríos incluyen Capirotada: A Nogales Memoir (1999), The Curtain of Trees: Stories (1999), Pig Cookies and Other Stories (1995) y The Iguana Killer: Twelve Stories of the Heart (1984), con el cual obtuvo el Premio de los Estados del Oeste de Libro.

Desde 1994, Ríos ha sido Profesor Regents de Literatura en Inglés en la Universidad Estatal de Arizona en Tempe, en donde ha enseñado desde 1982. En 2013, Ríos fue nombrado el poeta inaugural del Estado de Arizona. En 2014, Ríos fue elegido Consejero de la Academia de Poetas Americanos. Para más información, visite: http://www.poets.org/poet.php/prmPID/50

EL CORRIDO DE BERNARDO

No por descuido, sino más bien por seguir ‘tal cual’ los señalamientos del camino, un auto dio una vuelta algo abierta impactando a Bernardo, el perro. El golpe generó un leve, pero inconfundible estruendo. El auto tambaleó un poco antes de detenerse totalmente. Había sido algo totalmente accidental, pero como todos los accidentes, una vez ocurrido, ya no se podía evitar.

Toda la gente, que pasaba por el lugar, se detuvo para ver lo que pasaba. La silueta tras el volante se veía desesperada. Intentaba frenéticamente, dominar la palanca a su costado para poder abrir la puerta del auto. Por fin, se rindió hundiéndose en el respaldo del asiento. Su cuerpo estaba totalmente desvanecido, igual que el perro que yacía directamente de bajo de su ventana. “Estoy bien”, dijo en voz baja. Tras lo cual, toda la atención se volcó de nuevo hacia el animalito. La identidad del conductor se aclararía a su debido tiempo. Pero el perro, él estaba tirado en el suelo. No estaba inerte, pero apenas respiraba. Todos sabían que era Bernardo.

“Gracias a Dios que no se murió”, dijo alguien, pero nadie más dijo ni media palabra. Nadie sabía exactamente qué hacer y cada uno parecía esperar que alguien más tomara la batuta. Bernardo no sangraba, al menos así parecía. Pero la lengua sí le colgaba mucho, se extendía demasiado como para ser normal. Su respiración no aumentaba como debería.

Un obrero le allegó una toalla vieja y lo envolvió en ella. Bernardo parecía no darse cuenta. Fue un gesto muy noble, pero el obrero no daba indicios de que fuera a hacer algo más por él. La gente los fue rodeando, casi cerrándole el paso, como para evitar que el hombre se alejara de él.

“Hay que llamar al médico”, dijo alguien. “Sí, llamen al médico”, dijo alguien más. Era lo lógico, al menos tan lógico como cualquier otra cosa. Bernardo era un perro, claro. Pero de seguro el médico sabría qué hacer. El médico que acababa de llegar al pueblo, el Doctor Bartolomeo, seguramente sabría cuál debía ser el siguiente paso. Varias personas fueron a buscarlo. El consultorio no estaba lejos de ahí y el Doctor llegó pronto al lugar.

Todo mundo le abrió paso al Doctor y el obrero que había envuelto al perro en la toalla por fin pudo alejarse un poco, le hizo una señal en dirección a la toalla que cubría a Bernardo. El Doctor Bartolomeo dirigió su mirada al suelo, se arrodilló y retrajo un poco la toalla para después decir, “pero si es un perro”.

“Sí”, dijeron todos. “Es Bernardo”.

El Doctor titubeó un poco. Era nuevo en el pueblo, pero captó rápidamente que ese momento iba mucho más allá que el bienestar de la mascota. Él no era veterinario, pero eso no quería decir que no pudiera ser de alguna ayuda. No tenían a nadie más a quien recurrir, eso saltaba a la vista al mirarles el semblante a todos. Levantó sus brazos al aire decisivamente indicándoles que le llevaran el perro al consultorio: “Lo revisaré y haré lo que se pueda. ¿Tiene dueño?” preguntó.

En coro, el grupo aludió a Miguel Torres, agregando que algo debía haberle pasado, que Miguel Torres y su perro siempre andaban juntos. “Bueno, vayan y busquen al Señor Torres. Pero antes levanten a su perro, con cuidado. No vayamos a causar más daños”.

Durante todo ese tiempo, Bernardo escuchó pacientemente. No tenía ánimos de discutir, ni de moverse. Quedarse recostado le parecía lo mejor y así prefirió quedarse. Cuando alguien comenzó a levantarlo, él habría preferido que no lo hicieran, pero no tenía la energía suficiente para impedírselo. Al igual que las voces que escuchaba, la sensación de que lo levantaban le parecía más bien un eco muy distante, a pesar de que eso le estaba pasando en ese mismo momento y en ese mismo lugar.

De cualquier manera, y ¡qué curioso!, pensaba Bernardo, todo parecía estar entre sombras. Cuando le llegaba la curiosidad, Bernardo siempre se detenía, y su cola parecía actuar como el barómetro de su interés. Se paraba, meneaba la cola y así se concentraba. En ese momento, su cola no se movía. Lo cual estaba bien. Así debía ser. Le había pasado algo. Entonces, en esa penumbra y en ese momento de curiosidad, en vez de que Bernardo se levantara escudriñándolo todo para entender qué cosa era todo aquello, éste simplemente se quedó dormido.

* * *

“Bernardo”– ¡Que nombre tan distinguido! Rara vez llamaba tanto la atención el nombre de un perro. Pero es que aunque fueran dignos de ella, el “quítate perro”, el “condenado perro” y el “sácate de aquí” eran mucho más prácticos. Hasta una fuerte palmada en la cabeza o la espalda, al igual que el puntapié en la cola o en la panza eran nombres reales que cumplían su función si el perro así lo entendía.

“Bernardo”. Nadie sabía de dónde había salido el nombre, de hecho ni siquiera sabían de donde había salido el perro. Allí había estado desde siempre. Por mucho tiempo había pasado desapercibido, tan invisible como puede llegar a ser un perro que sobrevive como puede en las esquinas y en los callejones, siempre buscando algo para mantener vivo a la bestia que llevaba dentro.

La suya era una vida salvaje, correteaba conejos en los prados cuando no encontraba nada más en el pueblo. Era un perro con limitaciones caninas, pero siempre se salía con la suya, más lento que muchos otros animales con una anatomía más ágil con piernas más largas, alas impresionantes, así que lo único que le quedaba al perro Bernardo, era ponerle seso a las cosas para llegar al día siguiente. Tenía que ser inteligente, aunque no fuera rápido, fuerte aun cuando se sentía flaquear en una larga persecución, hasta de buen corazón cuando menos lo deseaba, aunque los obreros le manotearan las orejas.

Al principio, Bernardo no tenía historia. Pero con los años se convirtió en parte de la historia de todos. Así que de cierta manera, siempre terminaba con más importancia de la que tenía. En realidad, Bernardo, por sí mismo, era común y corriente. Tenía una fuerte predilección por el pollo y le encantaba acurrucarse donde encontrara algo de calorcito. Gravitaba siempre hacia las personas que sentían algo de simpatía por él. Esa era la buena vida.

Miguel Torres, su amo de los últimos años, se encargaba de que la tuviera. La buena vida era lo que los dos se aportaban el uno al otro, y Bernardo era feliz.

* * *

Al despertar, el primer impulso de Bernardo fue saltar y correr a toda costa. Lo cual era una lección que había aprendido muy bien de los conejos. ¡Córrele! ¡No importa a dónde ni por dónde! ¡Córrele, pero ya! Aunque cuando trató de levantarse y medio acomodarse para dar el salto, sus piernas le fallaron. Sus piernas. Sus jets de propulsión a chorro. Nunca antes le habían fallado.

El hocico se levantó primero, después el cuello, pero el resto del cuerpo se quedó inmóvil. Los hombros casi se le enderezaron, pero fue más por el fuerte suspiro que tomó para llenar sus pulmones, que por su propia fuerza. Sentía como si los hombros no estuvieran conectados a nada más, parecía como si sólo fueran unas grandes pesas, como si el resto de su cuerpo fuera algo en lo que se encontraba sumergido y totalmente atrapado.

Pero había todavía más y él ni lo veía. Tenía una cosa rara, como una hoja grande de papel que le rodeaba la cabeza, de repente se veía como un gran girasol a pleno florecer. Comenzó a agitar la cabeza de adelante hacia atrás, pero el Doctor Bartolomeo lo calmó. Bernardo no sabía qué era lo que estaba pasando. Lo que sí sabía era que más le valía no hacer algo que nadie quería que hiciera. Si algo había aprendido con el pasar de los años, era eso, hacía lo que se le mandara, y luego se iba tan rápido como le fuera posible hasta donde nadie pudiera hacerle daño.

Bernardo no hizo aspavientos, al menos por el momento. Se quedó mirando hacia la ventana, pero estaba cerrada. Miró también hacia la puerta, pero también estaba cerrada. El médico lo calmaba, pero ver las puertas y ventanas cerradas no le ayudaba para nada a relajarse. Le daría gusto al Doctor y se comportaría debidamente, pero sólo porque no tenía otra opción. Aunque no le costó trabajo hacerlo, ya que moverse significaba cierto esfuerzo y él tenía todo el cuerpo adolorido. A pesar de que no era lo que él quería, quedarse quieto, era lo que más le convenía. Eso era lo mejor.

Después de unos minutos, el médico tomó a Bernardo en sus brazos y se dirigió con él hasta la puerta. Bernardo alcanzó a ver un cuarto lleno de niños, todos se rieron de él. La risa siempre tenía para él un tono mucho más agradable que cualquier otro sonido. Le dieron ganas de reír a él también. Trató de agregar también un ladrido, pero no le salió muy fuerte.

El Doctor Bartolomeo pronunció el nombre de Miguel Torres. Bernardo lo reconoció enseguida. ¡Miguel Torres! Allá era donde tenía que estar. En su casa. ¿Dónde estará Miguel Torres? Beranardo sabía que Miguel Torres debía estar preocupado por él. A esta hora ya debería estar en casa. Pero una vez más sus piernas no se movieron como deberían. Decidió tomar las cosas con calma y esperar el momento más oportuno. El Doctor Bartolomeo lo puso cuidadosamente sobre un sofá.

Bernardo no estaba totalmente seguro de que debiera quedarse en el sofá, así que decidió no llamar la atención. El Doctor Bartolomeo se entretuvo haciendo algo, después se dio la vuelta y colocó a Bernardo sobre lo que había construido. La plataforma que hizo era algo parecida al sofá. El doctor les hizo señas a los niños para que lo colocaran sobre el pequeño sillón. Bernardo no estaba muy seguro de que fuera una buena idea. Pero no estaba en posición de ponerse a discutir. Sus piernas, con suerte, estaban debajo de él, y el enorme collar que llevaba lo entorpecían tremendamente. Bernardo no tenía otra alternativa más que aguantar.

Lo levantaron con bastante cuidado, pero aun así, cada pequeño movimiento le provocaba ganas de dar un salto, aunque no pudiera darlo. Lo llevaron hasta afuera. Bernardo encontró la manera de acomodarse para no estar tan incómodo mientras lo cargaban, recargó su peso sobre la espalda, un poco inclinado hacia un costado, todavía sostenía el cuello y el hocico levantados. Pudo controlar una pata lo suficiente para usarla como codo. Estaba de vuelta en la calle donde había comenzado todo.

Los niños lo cargaban con más soltura y las risas aumentaban. Bernardo parecía ir flotando, como si nadie lo llevara cargando. Pero todas las pequeñas manitas que lo sostenían ponían su granito de arena. Los gestos de Bernardo dibujaban una gran sonrisa en su cara, la cual se veía más claramente de abajo hacia arriba desde el ángulo en que los niños lo veían. A Bernardo le gustaba ese sonido. Cuando lo cargaban por arriba de ellos mismos, el sonido de sus risas viajaba de abajo hacia arriba y eso le provocaba cosquillas. Todo eso lo hacía sentirse mejor, aún en sus condiciones. Caminaban a la par de los autos. Bernardo lo sabía y para su tranquilidad, iban en la dirección correcta. Toda la gente los miraba. Bernardo los reconoció a todos, aunque era más bien algo de su esencia que los rasgos de sus rostros lo que le resultaba conocido.

Curiosamente, la Señora Belmares, quien se encontraba en la acera, parecía como espantada cuando pasaron junto a ella, del otro lado del auto estacionado que los separaba. Algunos adultos se acercaron a ella rodeándola. Bernardo pensó que sería bueno que la llevaran con el Doctor Bartolomeo, quien a pesar de todo, le había parecido alguien de mucha utilidad. Pero si la llevaban o no, no era su mayor preocupación por el momento. A Bernardo, lo que le interesaba era volver a casa.

* * *

Miguel Torres estaba esperando a Bernardo. Para ser sinceros, Miguel Torres no era tanto que lo estuviera esperando, sino más bien que había salido a ver qué era aquel escándalo.

Las risas y todo aquel desfile, la algarabía de los niños y -cuando por fin lo distinguió- el misterioso centro de atención, al llevarlo como a todo un héroe sobre los hombros, parecía que todo el pueblo lo seguía era el retorno de Bernardo, un retorno tan dramático como si hubiera estado lejos por años y, de repente, hubiera regresado para alegría de todo el pueblo.

En realidad, Miguel Torres estaba tan acostumbrado a que el perro estuviera ahí, que no se había dado cuenta que Bernardo aún no había llegado a casa, así que resultó tan sorprendido como todos los demás al ver a Bernardo en su cama flotante. Los niños bajaron cuidadosamente la plataforma y Bernardo logró reunir suficiente fuerza como para pararse, aunque completamente débil, se sostuvo lo suficiente como para que los brazos de Miguel Torres pudieran rodearlo.

“¿Qué pasó?”, preguntó Miguel Torres, aunque antes de que terminara la pregunta ya le relataban más de veinte versiones distintas sobre lo ocurrido.

“Bueno, amigo, hay que dormir”. Miguel Torres les dio las gracias a los niños, quienes le preguntaron si podrían venir de vez en cuando a ver cómo estaba Bernardo. “Claro, claro, aunque estoy seguro que él mismo irá a buscarlos primero”, dijo Miguel. En ese momento, entre toda esa felicidad infantil, misma que él también compartía, Miguel se sintió joven de nuevo. Era algo que todos compartían. Los niños habían regresado al perro que el pueblo había salvado y eso había convertido a ese día en uno muy feliz.

Miguel Torres tenía a su perro a quien habían salvado y estaba dichoso, misma dicha que había aumentado con cada paso que los niños daban hacia él en ese momento. Era así de sencillo y Bernardo mismo sentía que todo estaba bien.

Miguel Torres lo llevó al interior de la casa. Lo colocó en su lugarcito sobre el tapete al lado de la cama, lo calmó hablándole suavemente y sobándole un poco su enredado pelo. “Te ves ridículo con ese gorro”, le dijo Miguel Torres a Bernardo, “pero veo que tiene su función. ¿Tú también, no?”

Bernardo sabía que no tenía respuesta. Todavía con la sensación de que Miguel le acariciaba la espalda, una vez más, Bernardo se quedó dormido.

* * *

La persona que iba al volante se sentía muy mal por lo ocurrido. Ofreció pagar las cuentas médicas, aunque el doctor se había rehusado a cobrar sus honorarios, así que todo se resolvió sin complicaciones. Esa misma noche una vecina les llevó sopa de pollo. Era para él, para Miguel, dijo ella, pero también le recomendó darle un poco a Bernardo. Miguel se lo agradeció muy sinceramente. Todos sabían que a Bernardo le encantaba el pollo. Para entonces Miguel Torres ya había escuchado toda la historia y estaba muy contento de que hubieran rescatado a Bernardo. Sin embargo, el incidente y el desfile a casa cambiarían la vida de Bernardo para siempre.

Pero, por ahora, Miguel Torres y Bernardo sabían lo que esto significaba. O sea, que les recordaba otro día, el día que se conocieron. Muchos años antes, Miguel Torres había llegado cojeando al pueblo. Lo habían atacado unas jabalinas en las afueras del lugar donde se encontraba haciendo unos trabajos. El encuentro había sido totalmente por casualidad. Miguel simplemente estaba perdido, caminaba en la dirección equivocada, en el momento equivocado, mirando hacia el suelo, tan absorto que se desconectó totalmente de lo que lo rodeaba. Su trabajo lo apasionaba, eso le generaba una tenacidad que lo hacía terminar todo lo que comenzaba, a veces a costa de sí mismo.

Las jabalinas, no tenían ninguna intención de hacerle daño, por lo menos al principio, él lo sabía. En ningún momento escuchó alaridos y su pelaje se confundía con la aridez del desierto. Aunque sí percibió su olor, ese denso olor que cualquier otro día le había sido inconfundible, así que sí debería haberse dado cuenta. Iba siguiendo un arroyo cuando de repente se le vinieron encima, con los colmillos apuntando hacia abajo, y clavándolos como garfios sobre él. Mientras recordaba el ataque, recordaba también sus gestos, sus marcas que se parecían bastante al collar que el pobre de Bernardo llevaba ahora. Es como si las jabalinas todavía estuvieran tras él, pensó, manifestándosele hasta en ese momento.

El incidente no fue gran cosa, en cuanto a ataques de jabalina se refiere -fuerte, musculoso, sin aliento, arrastrado y herido por las ásperas y filosas púas de su pelaje mientras arremetían contra él por todo el suelo. Probablemente tenían crías o algún hermanito a quien estaban protegiendo, porque así no sucedían las cosas regularmente. Por su puesto que Miguel no quería hacerles ningún daño. Continuar debatiendo con la razón ya no tenía mucho sentido. No importa cuántas hayan sido, Miguel, con toda la intensidad que llevaba dentro, vio sólo a la primera de ellas y se defendió como pudo con sus brazos. Los animales hicieron lo único que saben hacer cuando están asustadas y se les provoca.

Miguel hizo lo que los seres humanos saben hacer mejor, sobrevivir. El ataque no duró más de unos cuantos minutos, pero en su mente, el ataque se extendió durante años, como una herida que permanecía fresca en su memoria. Las jabalinas siguieron su camino, dejando atrás ese pequeño tropiezo en su camino. Miguel Torres reunió las fuerzas para ponerse de pie y finalmente llegó al pueblo. El cansancio pesaba más que las heridas, pero en ese momento todo parecía ser la misma cosa.

Ese día, sin embargo, así como el peligro había llegado a él de una fuente inesperada, la ayuda que necesitaba, también había llegado a él de manera intensa y plena de una fuente igualmente inesperada del perro Bernardo, a quien antes de eso, Miguel sólo había visto deambulando por el pueblo. El perro y el hombre se tenían una desconfianza mutua, pero Bernardo entendía lo que el hombre no podía decirle -necesitaba ayuda. Si Bernardo era feroz en algo, no era luchando, sino ayudando. Así como Miguel Torres tenía una sola mira cuando estaba trabajando, Bernardo trabajaba de la misma manera.

Bernardo conocía los arroyos del lugar tan bien como cualquiera hombre o animal, y había vivido en ellos sus primeros meses cuando la gente del pueblo aún no lo toleraba. Regresaba a ellos de vez en cuando sólo para ver, oler y admirar la naturaleza de las aves. Algún animalito de repente terminaba en su pancita, pero era una situación algo incómoda, no era algo que hiciera por placer.

Ocasionalmente, Bernardo rescataba a Paquita, la becerra a quien en aquel tiempo le daba por pasearse sin rumbo conocido. La pastoreaba de regreso a casa cuando se perdía. Paquita era del mismo color que Bernardo, negro pálido con blanco. A lo mejor eran parientes, aunque a Bernardo le parecía que ella no tenía muchos rasgos de perro. Aunque Paquita parecía ponerle atención cuando ladraba e iba a donde él le decía sin mucho protestar, ella entendía lo que le decía, aunque él no podía descifrar exactamente lo que ella le contestaba con su lento y grave ladrido. Bernardo se había auto-encomendado la tarea de alejarla de los problemas, al darse cuenta de que necesitaba ayuda, especialmente en vista de que no podía comunicarse por sí misma. Juntos habían vivido muchas aventuras.

Aunque hoy, la cuestión no era con Paquita, sino con aquel hombre.

Al principio, Miguel y Bernardo se miraron el uno al otro con desconfianza, y comenzaron a rondarse como lo hacen todos los animales cuando se topan con un desconocido. Pero Miguel Torres no podía participar en la danza en ese entonces así que, en ese momento, se entregó por completo al ritual. Bernardo podría devorárselo o dejarlo ir- en ese instante eso era algo que estaba fuera del control de Miguel Torres. Se encontraba débil y las piernas le fallaban, obviamente sentía mucho dolor. Totalmente sin intención, emitió un sonido como el de Paquita, largo y grave, e inmediatamente se arrepintió de ello.

En vez de seguir haciendo círculos, Bernardo se acercó a Miguel Torres y, después de escuchar ese sonido, mirando primero a los ojos del hombre, le lamió la mano.

Bernardo sabía dónde se acumulaba el agua en ese desierto y la manera más rápida de llegar al pueblo, ambas cosas serían invaluables para Miguel esa tarde.

El perro guiaba y después casi empujaba al hombre hacia el agua, fue sólo hasta ahí donde llegaron esa tarde antes de que la oscuridad lo cubriera todo. La tarde había sido cálida y la noche no estaba muy fría. Después de que Miguel bebió hasta llenarse y después de asearse un poco, Bernardo tuvo el cuidado de dirigirlos a un lugar retirado del agua para que el resto del mundo tomara su turno durante la noche. El hombre no opuso resistencia. Bernardo cuidó a Miguel, lo cuidó mientras dormía. Durante esa tierna misión, Bernardo se dio cuenta que tenía que quedarse con ese hombre que no podía cuidarse mejor a sí mismo.

Bernardo caminó en círculos, finalmente se paró frente al hombre y se acomodó a su lado, con cuidado, con la cara hacia afuera, con un ojo abierto y el otro cerrado, con una oreja parada y la nariz totalmente alerta.

***

El Doctor Cano, ya un anciano, atendió a Miguel Torres, pero eso no fue hasta el día siguiente. Aún entonces, no hizo mucho más que Bernardo. Aunque sí reprobaba la situación con la cabeza mucho más que Bernardo, a pesar de que Bernardo tenía mayor razón para hacerlo.

Como todavía era joven y fuerte, Miguel Torres se recuperó con facilidad e hizo su informe ante el consejo de la ciudad, quienes lo habían invitado para ver si era necesaria su intervención.

“No, a menos que quieran declararle la guerra al mismo desierto. La culpa fue mía. De cualquier manera, la advertencia está ahí. Uno debe tomarla como lo que es”.

Los concejales se echaron a reír, pero entendieron bien profundidad sus palabras. Miguel rindió su informe con Bernardo a su lado, condición en la que permaneció a través de muchos, muchos años. Era como un matrimonio y los dos eran felices.

Ahora, sin embargo, después de todos esos años, con Bernardo herido, Miguel Torres sabía lo había se debía hacer. Mientras le daba la sopa, misma que Bernardo intentaba probar, pero por primera vez estaba demasiado cansado como para seguir intentándolo, Miguel Torres le dijo que estaba bien, que le guardaría la sopa para después y que quería que Bernardo supiera una cosa: gurante un rato, mientas Bernardo trataba de mantenerse despierto, Miguel Torres le relataba su primer encuentro.

El perro pronto se quedó dormido, Miguel sabía lo que tenía que hacer. Fue por una cobija y la extendió al lado del perro, entonces se acomodó a su lado. El perro abrió brevemente los ojos y captó rápidamente la escena. Miguel Torres, primero con el brazo sobre el perro, y después cada uno con el brazo totalmente a merced de la noche, durmió a lado de Bernardo con la única intención de que no le pasara nada que le causara más daño.

Ambos amanecieron adoloridos, y Miguel pensó que tal vez había sido un error dormir así. La expresión en la cara de Bernardo era como si asintiera con la cabeza y, al mismo tiempo, se estuviera riendo de él. Pero la noche ya había quedado atrás y un nuevo día estaba por comenzar. Ese día traía una sensación de sobriedad, era una mañana limpia y clara, con una sinfonía de sonidos. En comparación a otros perros, Bernardo viviría una larga vida y cada uno de sus días sería como éste, cada uno de ellos sería un buen día.

La recuperación fue lenta, pero completa. Esa noche había sido especial, porque había ocurrido algo curioso y todos querían saber cómo estaba Bernardo. Los niños seguían visitándolo y a su puerta llegaban cantidad de pollos preparados de distintas maneras.

El Doctor Bartolomeo se los explicó unas semanas después cuando le pidió a Miguel Torres que llevara a Bernardo al consultorio, aparentemente para revisarlo, aunque en realidad era para que Bernardo volviera a vivir el día que un auto lo atropelló. Claro que no se trataba para nada de recrear el accidente, se enfocarían únicamente en su curación y todo lo que ocurrió después de eso.

Aparentemente, la Señora Belmares pasaba por ahí ese día y había visto a Bernardo volando en una alfombra mágica. Todo el pueblo había escuchado ya su relato. Explicarle las cosas era bastante sencillo, dijo el Doctor Bartollomeo, pero él quería demostrarle a ella -demostrárselo a todo el pueblo, de hecho- lo que en realidad había pasado. Aunque al hacerlo, también quería revivir algo de la algarabía de ese día. No tenía mucha urgencia por corregir la versión de la señora Belmares, pero por respeto a la ciencia, sentía la obligación de aclarar las cosas. De cualquier manera, hacerlo le causaba algo de melancolía. Una alfombra mágica era una idea mucho más emocionante, aun para un científico.

Demostraron cómo cargaron los niños a Bernardo, explicaron que estaba herido por lo tanto se había recargado sobre la espalda por comodidad, y que el auto entre la señora Belmares y él bloqueaba de su vista a los pequeños -fue muy fácil demostrárselo a todos, incluyendo a la Señora Belmares, quien simplemente arrugó la nariz diciendo que obviamente eso era lo que había pasado.

Pero ese momento cobró vida por sí mismo. Cierto o no, el vuelo de Bernardo en su propia alfombra mágica era la verdadera historia. La ciencia simplemente le ponía algo de sazón con sus interrogantes. No pasó mucho tiempo para que la gente comenzara a construir piñatas de Bernardo sobre su alfombra, que los niños comenzaran a hacer dibujitos de él al margen de sus cuadernos, que los cantantes de un establecimiento al lado norte del pueblo -que todos conocían, pero nadie mencionaba por nombre- compusieran “El corrido de Bernardo”, mismo que incluía por lo menos una rima medio colorada con “Belmares”, un verso que todos, o más bien casi todos, consideraban la rima más chistosa del mundo. Cómo llegaban a escuchar la canción era ya otra historia aparte.

Pero Bernardo, el perro de nombre distinguido, Bernardo en sí, comía lo que le placía, caminaba por donde quería y escarbaba hoyos en cualquier parte que se le ocurría y fue así por el resto de sus días.

 

-Traducción del inglés a cargo de Nacela García Abner

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