Ricardo Reyes LP 4

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció. A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya. Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad. Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

EL OJO DE LAS AGUJAS

Camilo se tropezó con uno de esos obstáculos que la vejez inventa para persuadirnos de que todavía queda pan por rebanar, y cayó sobre el polvo del camino. Lentamente abrió los ojos y pudo ver los granos finos, aferrados a sus pestañas, nublándole la vista. Sintió el sabor de la tierra en donde había nacido, ahora incrustada entre sus dientes y amalgamada con la saliva de su paladar. Escupió el sedimento lo más lejos que pudo, que resultó ser su mentón y el cuello de su camisa dominguera de lino blanco. Parpadeó varias veces y entonces pudo ver más claramente la senda que lo había llevado de su casa al pueblo por ya más de ocho décadas. Se enfadó por su torpeza y por haber manchado su ropa, justo ahora que iba rumbo a la casa de Doña Mercedes, la viuda que un día, hace mucho tiempo, pudo haber sido su esposa. Sin embargo, el enojo le cedió el paso a sentimientos más nobles después de percibir las caricias de su memoria, el deleite de los recuerdos plácidos y la singular satisfacción a la que éstos conllevan. Sentado todavía a la vera del camino, intentó evocar aquel recuerdo que lo desconcertaba tanto y que había intrigado a su mente cansada. No podía ser el labrar de los campos, porque aunque esta actividad lo dejaba siempre igual de empolvado, nunca fue de su agrado; llegaba a casa convertido en un adobe humano capaz de pronunciar los más terribles improperios. Se le ocurrió que podía provenir de aquella época en la que amansaba caballos, en la que al final de cada día debía fregarse el cuerpo en el río para quitarse la mugre de encima. No quedó muy convencido, pero sintió que se acercaba a la esencia del recuerdo. Fue entonces cuando un niño pasó a su lado arreando media docena de terneros y el viento le trajo más polvo hacia su rostro. Sin embargo, el polvo llegó acompañado del olor a vacuno; de piel curtida al sol, de pezuña que ha pisado excrementos, de saliva espumosa de mediodía… ¡de toros! Simplemente un olor a toros del que su mente se aferró para transportarlo a aquellos momentos de su vida en los que le importó muy poco estar cubierto de tierra, cuando no le molestó mancharse la ropa ni caer al suelo. Recordó, con una ligera sonrisa, sus tiempos de novillero y las varias temporadas en las que pudo entrar, como subalterno de algún torero de renombre, al grande y prestigioso ruedo de Acho. Un buen samaritano que pasaba por el camino cargando unos costales le extendió la mano y lo ayudó a levantarse. ¡Gracias, don Antonio, usted siempre tan amable! Sin siquiera verlo a los ojos, sacudiéndose las rodillas, el viejo murmuraba cuán caballeroso había sido este señor. Camilo se ajustó el saco, levantó la mirada y giró sobre sí, arqueando su espina rígida por la vejez y agitando las palmas de sus manos en señal de agradecimiento. Para cuando reaccionó, notó que se encontraba solo nuevamente y que se había quedado sin agradecer propiamente el gesto gentil del matador; porque reconoció, en esa realidad colmada de recuerdos que lo abrumaba, las manos firmes del mismísimo Ordóñez. De eso estaba seguro, pues había visto esas manos sujetar capotes y muletas muy de cerca en muchas tardes de euforia durante su juventud, y por eso la conocía bien y las recordaba como si fuera ayer mismo que las vio por última vez. Será para la próxima, matador, será para la próxima, cuando me toque a mí darle una mano. Usted es todo un caballero, necio muchas veces en el ruedo, pero un gran torero y un gran caballero al fin y al cabo, don Antonio. Camilo continuó caminando por el polvoriento camino sumido en una nube de recuerdos confusos y tribulaciones propias del último tercio de la vida, del que se espera más, reacio a ser arrastrado por las mulas y convencido de que todavía no era su tiempo para enfrentarse al estoque.

Al llegar a su casa, dejó su sombrero de pana sobre la mesa del comedor; boca abajo, tal como siempre dejaba su montera de novillero supersticioso sobre el ruedo de los pueblos insignificantes donde le tocó torear décadas atrás; de la misma manera como veía que los grandes maestros de Acho lo hacían antes de sus faenas. Por hábito, por costumbre, sin darse cuenta, como tantas cosas más que continuaba haciendo sin pensarlo demasiado, colgó su saco en la percha de la entrada y casi dice “ya llegué”, cuando recordó con algo de nostalgia que vivía solo. Pensó en cómo se justificaría con Doña Mercedes al día siguiente por haberla dejado plantada, la pobre seguro que se arregló y lo estuvo esperando inútilmente. Le gustaba conversar con ella, y estaba bajo la impresión de que era la única quien escuchaba con interés sus historias de viejo melancólico. Detrás de una botella de tinto, empezaban las anécdotas que estremecían a Camilo, las historias que le escarapelaban el cuerpo, las leyendas gloriosas que lo hacían sentir insignificante y, sin embargo, más hombre y más valiente de lo que creía merecer. Ya era un anciano y a veces sin querer repetía las mismas historias, pero Doña Mercedes siempre las escuchó como si fuera la primera vez que Camilo las contaba, pues la emoción que le causaba a él contarlas, la llenaba de alegría. La pobre ya sabía de memoria de cuando asistió a Antonio Ordóñez en una tarde de magistrales verónicas y de alguaciles cargados de orejas ante un público eufórico, o de aquella sombría faena, después de la que insultaron a este matador y un aficionado le lanzó al ruedo una bota llena de gasolina que lamentablemente el temperamental torero recogió en un acto de reconciliación con el furioso público, y que bebió un sorbo que nunca habría de olvidar. Camilo se llenaba la boca con Ordóñez, claro, pues no sólo fue su torero favorito, sino que fue con quien compartió más tiempo, dentro y fuera del ruedo. Los toreros españoles llegaban a Lima atraídos por el alto prestigio de la plaza de Acho y por su Escapulario de Oro, cada fin de octubre y por un mes, disfrutando de una estadía llena de compromisos sociales, de noviazgos escandalosos, de buena comida, hoteles de lujo y demás. Contaba sobre los presuntos y rumoreados encuentros amorosos que se daban entre Luis Miguel Dominguín y una señorita limeña de alto abolengo, cuyo anonimato se presume que costó grandes sumas de dinero. Narraba las faenas espectaculares de Curro Romero, que casi siempre terminaban en trompadas una vez acabada la corrida. Y era imposible que Camilo no haya sabido de estas cosas y otras más, pues desde muy joven Acho se convirtió en su segundo hogar. Su padre fue matarife del camal de la plaza, y antes de haber completado su secundaria, ya pasaba los domingos de feria como el monosabio más entusiasta que se había visto en mucho tiempo. Acompañaba a su padre y lo ayudaba a destazar los toros, separando las cabezas muy cuidadosamente del cuerpo, pues no faltaban aficionados a la taxidermia que llegaban por ellas al final de la tarde. Pero eso lo hacía entre cada toro, pues no se perdía de ninguna faena, sea el torero de su agrado o no. Conocía muy bien la plaza y sabía siempre cómo encontrar los mejores lugares para ver el coso desde sus mejores ángulos. A sus 18 años recién cumplidos y, contra la voluntad de sus padres, Camilo inició su camino hacia el toreo… ¡Si supieras, Mercedes, el gran miedo que tuve la primera vez! …fue en la plaza de Cajamarca, en un espectáculo al que la gente iba más por tradición que por afición, donde la cartelera se llenaba de nombres desconocidos, de los cuales muy pocos alcanzaron a plasmarse en el de la Feria del Señor de los Milagros, en Lima. Pero igual tuve miedo, aunque sólo era un novillo, era la primera vez que le daba capotazos a uno de verdad. Tuve la suerte de que mi padre me pudo presentar a algunas de las figuras del toreo nacional, a quienes no le molestaron enseñarme a dar mis primeras verónicas, a plantarme en el ruedo con valentía mientras lidiaba al animal y, en especial, a poner banderillas. Pero esa primera vez, a pesar de mi temor, logré no hacer el ridículo cuando me tocó mi turno. Es más, me animé a poner un par de banderillas, sin muchas maromas pero con un aplomo que no sé de dónde me salió. La cosa es que éstas quedaron perfectamente sobre el morrillo del novillo, y la gente aplaudió mucho. El recuerdo del resto de aquella tarde lo tengo nublado por la euforia del momento, porque sé que no hice una mala faena, aunque claro, nadie me sacó en hombros al final de la tarde, ni me sentí invitado a dar la vuelta triunfal al ruedo, pero eso parece que no me importó mucho, pues el alguacil me había entregado una oreja, negra y peluda, aún ensangrentada, que para mí representó la gloria y el inicio de mi carrera como novillero. Lamentablemente, a esa tarde le siguieron muchas otras en las que mi destreza con el capote dejó mucho que desear, y ya era sabido que no me darían la alternativa para cumplir mi sueño de ser matador. ¡Pero te digo, Mercedes, que las plazas se venían abajo cuando me veían poner las banderillas! Algo que siempre me pareció secundario; un tercio que sólo complementaba la faena del matador, que le daba a la lidia del toro un poco de acrobatismo y gallardía, de dramatismo y valentía, ahora, resultaba que era lo que mejor sabía yo hacer. ¡Imagínate Mercedes, fueron las banderillas las que me llevaron a Acho! Pero no creas que me fue fácil; ¡no señor! En esa época, Romerito era el rey de las banderillas en Lima. Los matadores españoles llegaban y pedían que él esté a cargo de ese tercio. Y claro que no los culpo, pues Romerito fue un maestro de las banderillas a nivel nacional. Pero créeme Mercedes, que poco a poco todos supieron de mi nombre y pronto me encontré entrando a Acho por la puerta grande, siguiendo a los grandes maestros y a sus subalternos, y seguido por picadores a caballo y por mulas de arrastre jaladas por los monosabios, como lo había hecho yo en mis tiempos de adolescente. Aquél momento marcó mi vida; por primera vez, entrando a Acho como parte del séquito de Ordóñez, para quien puse las banderillas esa tarde por primera vez. Las puse al quiebro, lo recuerdo, y Don Antonio me dio una palmada en el hombro y me dijo: ¡bien hecho, chaval! La plaza se puso de pie y aplaudió con ánimos; yo creo que porque otra figura nacional se lucía, y desperté el orgullo nacional de algunos. Desde ese momento, Don Antonio me contrató para ser su banderillero oficial durante todos los años que toreó en la afamada feria del Señor de los Milagros, incluyendo aquella espectacular temporada de 1962, en la que ganó el máximo reconocimiento que esta plaza da a los maestros del ruedo: el Escapulario de Oro.

Camilo llegó al mercado sujetando su canasta de paja trenzada, como cada domingo desde que el cáncer lo dejó viudo tres años antes. Era en los días en que iba al mercado en los que le pesaba más no haber podido tener hijos quienes pudieran ayudarlo ahora a cargar esas cebollas tan pesadas, esos tomates que llegaban a casa tan maltratados, y claro, evitarle a la espalda de Camilo cargar ese peso hasta su casa, que tantos dolores le causaba. Esa espalda, que un día fue tan ágil como para ponerle a un toro de lidia banderillas al quiebro con gran elegancia y destreza, ahora padecía de una lastimosa artritis coyuntural, y ya era bastante que pudiera mantener su cuerpo erguido. ¡Qué buena postura tiene, don Camilo!, le decía siempre una verdulera coqueta, quien llevaba el espinazo torcido tras tantos años de maltratar sus pobres vértebras. Y es que Camilo necesitó de joven una gran elasticidad para banderillear, ya que debía arquear su cuerpo estéticamente mientras mantenía una precisión impecable. Romerito seguía siendo un banderillero prominente, pero Camilo había traspasado la barrera del anonimato y se convirtió en el favorito de muchos. La frustración por no haber podido convertirse en un matador le dio paso a un gran orgullo propio al haberse convertido en un buen banderillero, lo que a su vez se convirtió pronto en orgullo nacional, aunque algunos críticos taurinos dijeran en algún momento que el Perú sólo sabía producir banderilleros.

Camilo gozó de varias temporadas en Acho y asimismo en las plazas nacionales, donde lució sus dones decorando los morillos de cientos de toros por poco más de una década. Sin embargo, aquellos momentos de gloria llegaron a su fin el día en que advirtió que Mercedes estaba sentada en la barrera, guapísima y con un clavel en el cabello. Un colega se la había presentado en una recepción de gala en el Grand Hotel Maury y, desde ese momento, no pudo conseguir sacudirla de su mente. Lo uno condujo a lo otro, y en cuestión de semanas, el conocimiento de su noviazgo estaba en boca de los aficionados. Empezaron a escucharse rumores nupciales y, cada vez que Camilo le dedicaba con una venia sutil un par de banderillas, el público se alegraba y silbaba de júbilo. Era en esos momentos en los que a Camilo le pegaba más la frustración de no haber llegado al nivel de matador, o de otra forma podría brindarle el toro a Mercedes como Dios manda, darle su montera y dejarla que decore el muro de su barrera con su capote de paseo. Ya era algo común verla sentada ahí, cada domingo, alentándolo en cada una de sus intervenciones y esperándolo a la salida para salir con el resto de la cuadrilla a celebrar y a comentar los sucesos de la faena en algún bar de la ciudad: la calidad de los toros, las faenas de los matadores españoles, la actitud del público, y claro, a circular cualquier chisme recién salido del horno. Pero esa tarde fue diferente; él estaba a punto de lanzarse sobre el toro con las banderillas en alto, cuando se dio cuenta de que Mercedes no lo estaba mirando. Volvió la mirada al toro, pero no pudo evitar volver a buscar los ojos de su novia, a quien encontró sonriendo y con la mirada perdida en el callejón. Para entonces ya estaba tomando demasiado tiempo para llamar la atención del toro y ya era el momento de invadir sus terrenos. Fue entonces cuando decidió empezar su tercio parado sobre el estribo, con los brazos en alto, gritando ¡toro! Con un tono de voz autoritario, lo cual no es algo común en un subalterno. Camilo, en un intento desesperado por atraer la atención de Mercedes, saltó al coso y fue en busca del animal sujetando ambas banderillas con una sola mano, con la intención de ponerlas al violín, suerte que había practicado antes, pero que estaba reservada sólo para los matadores. Se dejó llevar por la pasión, los celos, y por la posibilidad de un instante de gloria que podía acabar con su carrera, lo cual en ese momento le importó muy poco. Sin embargo, no estaba enfocado en lo que estaba haciendo; antes de que pudiera colocarle las banderillas al toro, éste le colocó el pitón derecho en el vientre. En el quirófano de la plaza le pudieron remendar los intestinos punzados, le cosieron los diez centímetros de piel desgarrada y lo despacharon directamente hacia el hospital nacional en una ambulancia.

Camilo se recuperó de aquél nefasto accidente después de varias cirugías, pero para cuando le dieron de alta en el hospital, él ya sabía que sus días como banderillero, e inclusive como subalterno, habían terminado. La ceguera que produce los desatinos del orgullo le había costado muy caro… no sólo había perdido su trabajo, sino que poco después se enteró de que Mercedes se casaba con un mozo de espadas español que había venido con la cuadrilla de Dominguín, y quien se la llevó consigo a vivir a un pueblito al sur de Andalucía. Mercedes no habría de marcharse de este lugar hasta que enviudó, hecha ya una señora mayor y deseosa de regresar a su patria. Al no tener a quién heredárselas, le regaló a la beneficencia pública las tierras que le dejó su marido y decidió nunca más regresar. Cuando Mercedes llegó al pueblito polvoriento donde creció y dejó tantos recuerdos, se echó a llorar con esa nostalgia de anciana que ya muy tarde se da cuenta que nunca debió de haberse ido. Un par de mujeres mayores la reconocieron y otras personas se quedaron observándola, como tratando de adivinar dónde la habían visto antes. Sin embargo, en general, Mercedes pasó como una forastera recién llegada, quien tuvo que reconciliarse con su pasado y hacer las paces con tantos cabos sueltos que había dejado detrás aquella tarde en la que se fugó con el mozo de espadas. De todas sus cargas de conciencia, la más pesada tenía un nombre: Camilo. Lamentablemente, ella no sabía cómo enfrentarse a ese toro, al que había dejado en plena plaza y a medio torear, adornado con las 6 banderillas en el morrillo y corriendo desbocado por el albero que ya llevaba los trazos desordenados de sus pezuñas inquietas. Nunca tuvo el valor de escribirle una carta, ni mandarle un saludo con alguno de los toreros que iba cada octubre a Lima para participar en la feria del Señor de los Milagros. No se atrevió a perturbarle más la vida, ni lo quiso hacer cuando regresó al pueblo, ya vieja y afligida. Fue más bien por los azares del destino que tuvo que cruzar unas palabras con él durante un evento social. Ha pasado mucho tiempo, dijo él, no pudiendo ocultar su emoción. Sí, mucho, le respondió ella, algo avergonzada. Y así empezó la torpe e incómoda conversación que los llevó a los terrenos de la tregua, del perdón y, un tiempo después, al de las cenizas dormidas que al ser atizadas vuelven a producir calor, o inclusive fuego. Fue así como llegaron al tercer tercio, ya maduros y listos para lucirse, para brindar lo mejor de sí, en una entrega mutua en la que se respetaban los espacios ajenos sin soltar la vista, en la que se incitaba con la muleta teniendo cuidado de no quedar vulnerable, en la que el dolor era superado por algo que no supieron distinguir ni etiquetar sino hasta mucho más tarde como amor. Sin embargo, este tercio se prolongó por más de lo normal, ya que ninguno de los dos se atrevía a terminar con la faena. Una vez acabada ésta, había un mundo de incertidumbres que no estaban ni dispuestos ni preparados para enfrentar. Una estocada bien centrada o una cornada fatal; no importaba al fin y al cabo quién salía victorioso de esta empresa, lo que importaba era el temor de estropearla, de macularla con lastres del pasado, de transformarla en algo que no representara la realidad, o de trastocar esta realidad que parecía ideal con las expectativas que cada uno traía consigo. En realidad, lo que más temían era verla desvanecerse hasta perderla por completo. Sabían que estaban en el mejor tercio, en el que se definen las cosas, en el que se muestra el trapío, en el que se ganan orejas o se pierde el respeto del público, en el que o se sale victorioso en los hombros de aficionados fervorosos o se sale en los brazos de algunos colegas, rumbo a la enfermería. Y mucho peor aún, lo que todo humano teme, torero o no, es el tercio de donde a veces se sale sin dejar huella; sin trascender.

Camilo empezó a visitar a Mercedes una vez por semana después de esa reunión en la que se reencontraron. No más sólo porque su cuerpo no le daba para esas caminatas tan largas sin empezar a quejarse. No le importó ensuciarse los zapatos recién lustrados con el polvo del camino, ni sudar sus camisas domingueras, pues la ilusión de verla era tal, que olvidaba las incomodidades y los achaques. Después de aquél día en el que se tropezó y cayó aparatosamente sobre la tierra fina y seca del camino, Camilo decidió que era tiempo de que vivieran juntos. Mercedes lo escuchaba cada semana con entusiasmo y le había devuelto al viejo una parte de su vida que ya había dado por muerta, pero él deseaba más; deseaba terminar lo que habían empezado décadas atrás y que había quedado suspendido en esa tarde fatídica en la que él vertió sus intestinos y ella escapó con el mozo de espadas en un arranque de temor por lo concreto y de entusiasmo juvenil e impulsivo por lo novedoso. Nunca hablaron sobe lo que ocurrió esa tarde; ambos sabían que resultaría inútil hurgar en los oscuros vericuetos del pasado o revivir resentimientos ya sanados por el tiempo y el olvido. Sin embargo, había momentos de silencio en los que alguna lágrima desenmascaraba los residuos amargos del desamor.

Llegó octubre, y con él, la Feria del Seños de los Milagros en Acho. Camilo quiso enfrentarse a los fantasmas de su pasado y compró dos entradas en barrera, en el mismo tendido de sombra donde Mercedes solía sentarse a verlo banderillear. Mercedes no sabía si esto sería una buena idea, pero aceptó la invitación con agradecimiento. Viajaron a Lima y llegaron a la plaza de Acho algo temprano, dispuestos a gozar del ambiente palpitante que se vive antes de una corrida. Tomaron algunos tintos y Camilo se encontró con varios de quienes fueron sus compañeros de cuadrilla y que ahora ya jubilados, del mismo modo que Camilo, se dedicaban a recordar las anécdotas del pasado. Camilo tomó a Mercedes del brazo y juntos fueron a llenar la bota de vino, comprar un par de puros y rentar las almohadillas de espuma. Nadie había podido reconocer a Mercedes, y así, se dirigieron a sus asientos, colocando frente a ellos un mantón de Manila que ella había traído consigo desde España. Ninguno de los dos reconoció los nombres listados en el programa; ambos se habían desligado del toreo por tanto tiempo, que no conocían a los nuevos talentos. Vieron que esa tarde torearían José Mari Manzanares, El Niño de la Capea y José Ortega Cano: una cartelera de lujo, según lo que escucharon de los aficionados que se encontraban sentados a su alrededor. Camilo encendió un puro y Mercedes bebió un poco de vino de la bota, sin derramar ni una sola gota. La Banda Republicana afinaba sus instrumentos desde lo alto del tendido. El ambiente festivo los puso de buen humor y al aspirar profundamente, Camilo recordó con agrado el día en que se cayó de bruces sobre el camino empolvado que lo conducía al pueblo, y cómo el perfume intenso a cagada de ganado le había traído una sonrisa al rostro. Aquél rostro, otrora terso y joven, volvía a regocijarse con los placeres de la tauromaquia; ese gozo que es tan difícil de explicar pero tan fácil de sentir, se plasmó en cada una de sus arrugas al esbozar una sonrisa tierna y sincera mientras expulsaba el cálido humo de su habano. Mercedes nunca lo había visto así de feliz y le cogió la mano con la zurda, mientras la derecha refrescaba elegantemente su rostro con el movimiento de un abanico sevillano que hacía juego con su peineta alta y cubierta de tul. Resultaba tan anacrónica ya para esos tiempos y aquél lugar, pero de hecho trasladó a más de un aficionado a aquellas épocas de antaño en las que una corrida de toros era mucho más que la lidia en sí; era todo un conjunto de elementos culturales y estéticos que se complementaban y que regalaban al espectador no sólo un espectáculo, sino una experiencia indeleble.

Una vez acabado el paseíllo, cada matador tomó su lugar y echaron unos cuantos pasos al viento con el capote. Corría una brisa ligera, pero no les fue necesario mojar las telas. El cartel ya estaba en su lugar, anunciando el primer toro de la tarde: “Gavioto”, de una ganadería nacional y que pesaba unos decentes 525 kilos. Fue una buena tarde, en la que en varias ocasiones la afición gritó ¡música maestro!, y ole, y ole, y ole. Se agitaron pañuelos blancos reclamando las consagradas orejas del triunfo, se lanzaron al ruedo los claveles rojos de la gloria, y hasta se sintió la protesta de un público enardecido que pedía el indulto de uno de los animales. Mercedes había continuado estando en contacto con el mundo taurino después de su mudanza a España y hasta siguió asistiendo a las corridas que se llevaban a cabo en su comunidad, sobre todo en las tardes en las que su marido trabajaba como mozo de espadas. Por el contrario, Camilo se desligó por completo de la tauromaquia aquella fatídica tarde en la que perdió a Mercedes y en la que, por un descuido provocado por sus celos, casi pierde la vida. Para él, éste fue un momento muy emocionante; de la mano de la mujer que amaba y viendo el espectáculo que más gustaba, deleitado con cada pase, eufórico al ver el trapío y bravura de los toros, y un par de veces enojado, extremadamente enojado al ver que algunas banderillas yacían inertes sobre el albero y no llenas de vida, clavadas sobre el morrillo del bovino. Mercedes sonreía cuando veía al viejo levantar los brazos disimuladamente, como indicándole al banderillero en qué posición debía poner los rehiletes. Luego volvía a tomarla de la mano, después la soltaba para aplaudir, para llevarse los dedos a la boca y silbar, para saludar a uno que otro que lo reconocía y le hacía una venia; pero al final, después de terminada su gestión, volvía siempre a descansar su mano sobre la de Mercedes.

El sexto de la tarde fue un jabonero robusto y bien armado de pitones que inicialmente no prometía mucho por su mansedumbre, pero que sin embargo supo regalarle a los aficionados momentos de entusiasmo y de coros armónicos, de ¡Ole! consecutivos que levantaron a muchos de sus asientos para terminar las series de quites con remates elegantes y arriesgados de pie y aplaudiendo. Camilo ahuyentó una mosca que posaba sobre su camisa dominguera de lino blanco, la misma que había ya lavado mil veces, aunque siempre reluciente para visitar a Mercedes y contarle sus historias, dentro y fuera del ruedo. Recordó algo ruborizado el día en que tropezó con un recuerdo y la dejó empolvada, los codos raspados y la ayuda de quien ahora dudaba si había sido realmente el mismísimo Ordóñez, o un simple fruto de su imaginación decrépita. ¡Ole! Gritaba el viejo con cada chicuelina, le presionaba las manos a Mercedes cuando algún matador ejecutaba magistralmente una gaonera; siempre disfrutó la faena de capote más que la faena de muleta. Quizá fue porque su puesto de subalterno nunca le permitió sujetar una muleta y la cornada que recibió por parte de aquél toro por distraído y celoso durante su juventud, lo dejó con el sinsabor de un desafío frustrado e incompleto. Sin embargo, su talento como banderillero le había dado breves pero inmensas satisfacciones, tan significativas que con ellas había aprendido a vivir resignado al capote, a las banderillas, y después de un tiempo, simplemente al olvido y al polvo de su desolado pueblo.

Prendió un puro y se lo convidó a Mercedes, quien lo rechazó con delicadeza. Ella se acomodó la peineta de carey sobre el cabello y acarició los claveles rojos que había llevado consigo. Sabía que el sexto toro había hecho merecedor al matador de sus claveles y de sus aplausos, en el paseo triunfal alrededor del ruedo, cuando volaban sombreros y almohadillas, el matador con la mano en alto, sonriente, agradecido por el furor y satisfacción del público, bebiendo vino de sus botas, sus subalternos lanzando de regreso a los tendidos todo tipo de prendas y de ofrendas. Cuando tuvo al matador frente a ella, se puso de pie y le lanzó los claveles, los que quedaron dispersos en la periferia del matador, adornándolo como un ramillete de flores. El matador tomó uno de ellos, lo besó mientras agradecía con la mirada a la dama ubicada en barrera, la que se encontraba detrás del mantón de Manila que combinaba con su vestido, y continuó su camino, saboreando la ovación del público. Esta vez Camilo no sintió sus acostumbrados celos; en cambio, se sintió orgulloso de estar en la compañía de aquella bella mujer que la vida le había devuelto. Al salir de la plaza, entraron a un bar taurino y pidieron un tinto para conversar y comentar la corrida, envueltos en una nube de humo de habano y de discusiones acaloradas de quienes criticaban y de quienes alababan las faenas de la tarde. Se comentó mucho sobre el sexto toro, aquél jabonero que cayó casi inmediatamente después de que el matador le clavara el estoque en el ojo de las agujas, hubo quejas sobre el juez, quien se hizo de rogar para conceder el merecido indulto a aquél toro excepcional que terminó por regresarse a los corrales siguiendo a los cabestros, se habló del buen peso con que habían llegado los toros de aquella ganadería nacional al ruedo, se murmuró sobre aquel matador que después de un bajonazo, tuvo que descabellar a su segundo toro, se dijo que los banderilleros nacionales ya no eran tan buenos como los de antes, lo que causó una tibia satisfacción transformada en sonrisa en las mejillas agrietadas de Camilo, se discutió sobre la gente que con carteles protestaba en contra de la tauromaquia afuera de la plaza, y cómo cada año aumentaban en número. Esa tarde, en aquél bar del Rímac cuyas paredes se encontraban empapeladas con carteles taurinos antiguos y que estaban atiborradas de capotes autografiados, banderillas multicolores, botas de cuero y cabezas de toros disecadas, entre copa y copa, Mercedes empezó pidiéndole disculpas al viejo banderillero, quien le tomó las manos y le obstruyó las palabras con un beso. No perdamos más tiempo, le dijo él, que no hay para desperdiciar. Pero te debo una explicación, le contestó ella, con un remordimiento muy hondo y antiguo que gracias al vino había empezado a aflorar. No hace falta, le respondió Camilo, y siguieron acurrucados en una esquina del bar, escuchando con gusto cómo los aficionados vociferaban y expresaban su pasión por el arte de los toros mientras ellos brindaban por este último tercio que la vida les ofrecía generosamente y que prometía ser el mejor, celebraban este indulto que el destino les había obsequiado como una alternativa a la soledad y al olvido, se regocijaban con la idea de vivir juntos lo que les quedara de vida en el pueblo empolvado de Camilo, ahora ya en la misma casa, para evitarle la penosa caminata al pobre viejo, la que le causaba tanto agotamiento y tantas alucinaciones sobre tiempos pasados, en un intento de su mente por arraigarse a una época incompleta de su vida que ahora sentía plena, ahora que le había atinado al esquivo ojo de las agujas. Fue por esto que ya no volvió a ver a Antonio Ordóñez ni a ningún otro de aquellos fantasmas de su pasado y se dedicó simplemente a amar.

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