María Eugenia García Ramírez LP 4

García Ramírez, María Eugenia

Me llamo María Eugenia García Ramírez y trataré aquí de compartir con mis lectores algunas de las experiencias de mi vida. Pero me limitaré solamente a unas cuantas. Lo primero que me gustaría mencionar es que nací en La Colorada, Zacatecas. En cuanto al tema de la educación, además de la primaria y secundaria, estudié en instituciones universitarias. Fui, por algún tiempo, profesora de educación primaria y, seguidamente, de educación media en el campo de la psicología. Continué más tarde con mis estudios superiores y, por fin, obtuve el título de ingeniera-mecánica. Ahora mismo estoy empleada por una empresa que se ocupa en el desarrollo de parques industriales. Vivo en Monterrey, Nuevo León. Por otra parte –y además- me encanta leer mucha literatura, asistir a conferencias, a conciertos de música y a museos y, por qué no, bailar, cantar y escribir. Y, como prueba de esto último, aquí les regalo mi segundo cuento que “La Palabra: revista de literatura y cultura hispanense” tiene a bien publicármelo.

LAS FLORES

El día parecía ser normal. El bullicio y la algarabía de los niños se escuchaban hasta la calle. Algunos pequeños entraban en tropel riendo y jugando entre ellos. Otros, platicaban preguntándose por sus respectivas tareas. Se ponían nerviosos cuando se enteraban de que sus resultados a los problemas encargados por el maestro, no eran iguales. Se preocupaban sabiendo que uno de ellos tenía mal resuelta la tarea y que, al finalizar el mes, se reflejaría en una baja calificación. Al patio escolar parecía envolverlo una nube de polvo que era levantada por los pies de los múltiples alumnos al jugar su deporte favorito o quizá sólo por correr de un lado a otro persiguiéndose entre sí.

Sin embargo, algo en el ambiente estaba diferente. No atiné a precisar por qué lo sentía así. Tal vez porque los rostros del grupo de maestros lucían serios y estaban hablando entre ellos casi murmurando, como si no quisiesen que nosotros nos enteráramos de alguna de las palabras de su charla.

Sonó el timbre. Todos corrimos a ponernos en formación, listos para entrar a nuestro respectivo salón de clase en orden. Sacudimos el polvo de nuestro uniforme y zapatos, porque sabíamos que la comisión de higiene nos revisaría a detalle y nadie quería que lo sacaran de la fila por no cumplir con la norma establecida en referencia a la presentación personal.

Tomó la palabra la directora y, con voz entrecortada nos dijo que ese día y el de mañana no habría clases, que todos deberíamos ir a la casa de Félix a llevar flores blancas, porque ese amigo nuestro, que cursaba el primer año de primaria con nosotros, simplemente se había quedado dormido para siempre.

No comprendí bien a qué se refería; pero, al igual que los demás, corrí al jardín de mi madre a cortar las blancas margaritas que ella cultivaba en él. Ya con el pequeño ramo de flores en las manos, volví a la escuela donde, en formación similar a la de los desfiles de los actos cívicos, partimos a la casa de Félix, la cual no estaba lejos del plantel educativo, pues el pueblo en sí era pequeño.

En el trayecto, nos encontramos con más personas que emprendían un camino similar al nuestro abandonando los quehaceres del día. No se escuchaban voces, sólo el roce de nuestros pies en la superficie del sendero; supongo que los niños de quinto o de sexto año, sí sabían a qué íbamos; pero los pequeños no entendíamos bien lo que estaba aconteciendo y nos limitábamos a actuar con disciplina esperando comprender todo cuando, por fin, estuviéramos allá.
Llegamos ante una barda de adobe aparente que estaba al frente de la vivienda. En ella había una puerta hecha de tablones de madera rústica la cual lucía algo destartalada. La directora abrió con facilidad; pues por cerradura tenía un mecate de ixtle que se enganchaba a un clavo en el marco de la puerta. Desde mi sitio en la fila, observé un patio grande en cuyo centro estaba un árbol que me pareció gigante. Bajo ese árbol aprecié una mesa con flores sobre y bajo ella. En el centro de la misma vi que estaba acostado Félix, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y en sus manos le habían puesto un crucifijo.

Él no se movía. Él no reía. Él ni siquiera nos veía, tenía los ojos cerrados. Los rayos de sol se filtraban por entre las ramas del árbol y daban a la escena una brillantez especial. Era algo radiante que nunca había visto, las flores eran blancas, la sábana que cubría la mesa era blanca, Félix estaba vestido de blanco también. Cuatro cirios con luz blandengue, colocados uno en cada esquina, encuadraban la mesa y su contenido. El aroma de los nardos impregnaba el ambiente llegando a mi olfato con un olor dulzón.

Bajo la mesa había una cruz hecha con cal, “que para que no oliera al paso de las horas”, dijeron los mayores.
Entonces, a mis oídos llegó un llanto. El más desgarrador que recuerdo haber escuchado nunca. Era la madre de Félix lamentando que éste se hubiera ido al cielo a tan corta edad. Uno a uno nos introdujimos en ese patio y, acercándonos a la mesa, dejamos nuestra ofrenda de flores cerca, muy cerca de su cuerpo.

En ese momento comprendí lo que la directora nos quiso decir con “se ha quedado dormido para siempre”, la rigidez de su cuerpecillo lo decía todo. Estuvimos en el lugar gran parte del día. Los vecinos y amigos se organizaron en un coro y cantaban con voz plañidera y matizada de altibajos, entre rezo y rezo. Eso cargó la escena de pesadumbre. Nosotros no entendíamos mucho, pero imaginar que ya nunca jugaríamos con Félix y que su banco vacío en el salón de clases sería por el resto del año testigo mudo de su partida, nos hacía llorar también.

Escuché a las vecinas comentar que él estaría en esa mesa hasta que el carpintero del pueblo terminara de fabricarle su ataúd. Por la tarde nos retiramos a nuestras respectivas casas. Esa noche no pude dormir, pues a lo lejos seguí escuchando los cánticos y alabanzas, lo que me produjo una sensación de temor terrible que me espantó el sueño.
La mañana me encontró despierto. Sin embargo, estuve listo para acompañar al cortejo en su trayecto al viejo panteón donde el pequeño ataúd fue bajado lentamente en la fosa que lo albergaría para siempre.

Todos nos acercamos a lanzarle un puñado de tierra sobre el féretro. Pensé que el ruido lo despertaría y nos gritaría que nos detuviéramos. Pues sonaban como golpes de tambor en la madera; pero no pasó nada. Él no gritó. Los sepultureros lo cubrieron a paladas de tierra hasta formar un montículo. A la cabecera del mismo clavaron una cruz de madera pintada de azul en la que se podía leer en letras blancas: Niño Félix Nava López 1980-1986. Para finalizar, el sacerdote del pueblo dijo una sentida oración donde nos explicó que Félix desde ese día era uno más de los ángeles en el cielo.

Cubrimos el montículo con las flores que habíamos llevado un día antes, el viento levantaba polvo y se llevaba uno que otro pétalo; el sol seguía tan resplandeciente como el día anterior, enviándonos su luz tan ajena a nuestra pena.
Emprendimos el regreso a nuestras casas, consternados. Los cactus y matorrales que bordeaban el camino se veían a contraluz espectrales, como embargados del mismo sentimiento nuestro. Sin embargo, en esos momentos percibir el roce cariñoso de la mano de mi madre al tomar la mía me confortó y me hizo sentir tranquilo. Caminaba pensando que, mientras yo regresaba a la seguridad del hogar, Félix se quedaba ahí completamente solo…sería acompañado únicamente del silbido del viento y la obscuridad de la noche. Entonces pregunté a mi madre: ¿quién cuidará que Félix no tenga frío? ¿Quién evitará que el agua de la lluvia llegue hasta él y moje su cuerpo? ¿Quién lo abrazará cuando tenga miedo? ¿Quién, mamá, quién?

Monterrey, N.L. 01 de noviembre de 2010

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