Kathie Zhang LP 4

Zhang, Kathie

Tengo 21 años este año y estoy en mi tercer año en la Universidad Estatal de Arizona. He vivido en Arizona toda mi vida, con mi hermano mayor y mis padres, quienes vinieron de China hace más de veinte años. El resto de mi familia todavía reside en China y, por eso, he tenido el privilegio de navegar en dos culturas al mismo tiempo—la de China y la de los Estados Unidos. El estar expuesta a una cultura diferente desde que era una niña me ha ayudado tener una sensibilidad mejor de los idiomas y las costumbres de otra gente. Estudio la bioquímica y el español (lingüística) con la esperanza de estudiar la medicina algún día. Además de mis estudios, trabajo como una tutora y como una funcionaria en un hospital. En mi tiempo libre, me gusta hacer ganchillo, hacer como que puedo tocar la guitarra y escribir.

EL CONSEJO FINAL

Se quedaban en silencio, ninguno de ellos se miraba. El reloj hacía tictac rítmicamente al fondo. El anciano estaba sentado en la cama, sostenido por una almohada. Parecía pesar no más de cuarenta kilos. La piel cubría sus huesos como papel de seda, revelando por debajo la red intricada de venas y arterias. A pesar de los tubos de la máquina que le habían puesto para ayudarle, respiraba con dificultad. Sus ojos, turbios por las cataratas, parecían estar fijos en algo invisible en la lontananza.

―¿Va a decir algo?―

Al sonido de la voz el anciano movió su cabeza un grado casi imperceptible. Ciento ochenta años había vivido. Cien años demasiados, creía él. Ya no sentía cómo podía pertenecer al mundo, pero siempre lo necesitaban, y ahora lo necesitarán otra vez. Antes eran más como él. Los asesores se llamaban. Cada país poseía por lo menos uno de ellos, quienes, por cualquier razón, tenían la capacidad de adquirir información como las esponjas semejantes a las mentes de los niños. Las computadoras no podían competir con la complejidad de las conclusiones hechas por estos consejeros humanos, precisamente porque les faltaba la intuición humana.

Al principio, los países los contrataron a ellos para hacer la guerra—formular estrategias con la sola aplicación de sus talentos enormes. Pero el estado del mundo rápidamente se convirtió en caos. La brillantez misma de los asesores resultó en la ficha ahogada más grande en la historia del mundo. Los países grandes formaron alianzas con los pequeños y pronto el mundo no era nada más que una red de acuerdos entre países a punto de su propia destrucción. El inicio de un ataque por un sólo país hubiera causado una serie de eventos que terminara, por fin, la existencia de los seres humanos.

Por supuesto, los asesores ya sabían que esto sería el resuelto final, pero los líderes necesitaban ver por sí mismos que eso sería lo que iba a pasar. Al fin, todos se vieron forzados a negociar y firmar un acuerdo de paz internacional, conocido como “La Concordancia Internacional de La Paz de 3000.” Y con eso, había comenzado una época de paz. Sin guerras, los consejeros tenían ahora la oportunidad de emplear sus destrezas en otras cosas—desarrollar una tecnología nueva, escribir textos enormes de filosofía y enseñar todo esto, estableciendo así durante este tiempo algunas de sus múltiples actividades.

Todo parecía estar bien. Pero pronto empezaron los cuchicheos entre ciertos países que querían más poder, más riquezas. Querían abolir las reglas de la Concordancia. Los asesores tenían miedo, especialmente los más viejos, porque se acordaban del antiguo estado del mundo, cuando era como una olla a presión a punto de explotar. ¿Ya habían olvidado todo eso los líderes? Algunos de los asesores empezaron a desaparecer, incluso algunos de sus amigos. Su esposa quería también que ellos se escondieran, pero él no estaba de acuerdo. Él se había concentrado más en sus proyectos. No le hacía caso a la voz que brotaba del fondo de su mente y que le murmuraba sobre el peligro inminente, hasta que, por fin, se convirtiera en un grito. Pero ya era demasiado tarde.

En un día, se mataron todos los asesores que quedaban con sus familias. La única razón por la que no lo encontraron a él fue porque no estaba en su laboratorio, como siempre solía estar. Había estado visitando a un amigo cuando veía las noticias en su casa. Quería salir inmediatamente para buscar a su esposa, pero el amigo no le permitió. No podía contener sus lágrimas. Ella no era una consejera, pero lo había sabido todo. Había sabido mucho más que él. Su muerte fue la culpa de él. A pesar de toda su sabiduría no podía descartar esos pensamientos. Su culpa. Su culpa.

El hombre joven tosió. El viejo abrió sus ojos otra vez para mirarle.

―Diga.”

―Sólo tengo la misma pregunta, señor. Aquí están los mapas, las listas de máquinas disponibles y las ordenes especiales de los comandantes. Le están depositando en usted una cantidad enorme de confianza. No entiendo exactamente por qué están solicitando la ayuda de un anciano como usted, pero estoy seguro que tienen sus propias razones. Por favor, señor. Ayúdenos.―

El viejo sonrió. No entendía exactamente por qué estaban solicitando la ayuda de un aciano, se había dicho el hombre joven. ¿Cuándo se había convertido un asesor, respetado por todo el mundo, en simplemente un anciano? Movía su mano. Desplazado por las imágenes proyectadas en frente de él. Rio amargamente.

―¿Una guerra otra vez? En otra planeta, parece, ― dijo él en tono áspero. ―¿Todavía no han aprendido? ― Dejó caer pesadamente su mano, apagando la proyección. El hombre joven estaba sorprendido de que este viejo supiera usar el Holograma. Sin pensarlo, dejó la boca abierta.

―No soy tan estúpido como piensas, muchacho.― Tenía un acento, no muy grave, pero perceptible.

―¿De dónde es usted?―, preguntó el joven, posiblemente para cambiar el tema y quitarle la vergüenza.

―Ya no existe el lugar de donde soy. Fue destruido. Por una guerra. Como siempre.―

Usaba frases incompletas. No quería gastar los recursos de su mente hablando con este joven, quien, aunque inocente en sus intenciones, era culpable de su ignorancia. No tenía el tiempo suficiente para enseñarle toda la historia.

―No aprenden ustedes. ¿Pues por qué me molestan cuando no escuchan los consejos que les doy?―

Cerró sus ojos otra vez. Sólo quería pasar los últimos momentos de su vida en paz, pero el joven no podía contener su frustración al ver que el viejo se comportaba así. Lo veía como pereza y ya no podía aguantarlo. Explotó.

―Gastamos millones de dólares, ¡millones! En su cuerpo, en su salud. Empleamos sólo la tecnología médica más avanzada de todo el mundo para guardar su vida. ¿Sabe cuántas personas en el mundo le matarían a usted si supieran en donde está usted ahora?” Él estaba temblando de indignación. “¿Y para qué? Un viejo gruñón acostado en una cama, un viejo totalmente desencantado del resto del mundo. Pero yo no. Yo todavía tengo mis ambiciones y planes para el futuro. Y ahora no quiero nada más sino que usted me dé su consejo oficial sobre cómo vamos a derrotar al enemigo para que nosotros dos podemos dejar de perder el tiempo.―

Estaba en pie ahora, sobrepasaba el hombre viejo que quedaba callado en la cama, envuelto en sus cobijas como si fuera un recién nacido. El anciano suspiraba.

―Toma mi mano.”
―¿Perdón?― El joven dijo con incredulidad al ver que el hombre le alargaba su mano arrugada. El hombre sonrió.

―¿Cómo? No soy contagioso. Tómala―.

El joven la tomó ligeramente porque le parecía que podría rompérsela si no fuera suficientemente cuidadoso.

―Cierra los ojos, por favor.”

Por un momento el hombre joven especuló sobre la posibilidad de estar engañado al viejo otra vez y estaba calmado de sus dudas.

Entonces empezó. Primero sólo unos sonidos remotos, como si sus orejas fueran cubiertas por orejeras, pero pronto comenzó a ver las imágenes. Sentía como si estuviera mirando una película por el Holograma, pero cien veces más vívida. Había imágenes de las guerras del pasado, con fusiles y armas ya anticuadas. Oyó los gritos de madres por sus hijos en medio de los continuos disparos. El cielo estaba lleno de humo produciendo una grave contaminación. Cada calle patrullaba por tanques enormes. Quería abrir sus ojos, pero no podía a causa de la arremetida de imágenes. Justo cuando sentía que no podía aguantar ni un momento más las imágenes, el punto de vista cambió. Podía ver ahora las ciudades modernas con que él estaba más familiarizado. Había robots que estaban limpiando las calles como siempre y niños jugando por escúteres. Pero había voces, voces ruidosas. Estaban discutiendo algo. Escuchó las palabras con cuidado. Daños colaterales. Fosa común. Expandir el imperio. Los rascacielos colapsaron, uno por uno, cubriendo las calles de cenizas y desechos.

Parecía esta escena durar una eternidad hasta que el viejo finalmente soltó la mano del joven.

―¿Entiendes ahora?”

Estaba temblando. No tenía más palabras que decir. Miró a los ojos del viejo con una nueva forma de respeto, y de miedo. Asintió con la cabeza.

―Necesitas entender. Necesitas ayudarles. A ellos. Cambiar.―

El viejo cerró sus ojos.

―Ya no tengo la energía de ser un asesor. Es tu responsabilidad ahora, muchacho.―

Con esas palabras, el poco color que quedaba en el cuerpo del viejo desapareció. El joven quedó anegado en llanto al ver que el anciano moría. Cinco minutos antes, no había derramado ni una lágrima por el viejo, pero ahora, sí. Sentía como si hubiera perdido algo irreemplazable.

Salió del cuarto silenciosamente. Las enfermeras llegarían pronto para examinar el cuerpo del asesor muerto. Lo estudiarían con la esperanza de entender cómo funcionaba el cerebro del viejo. Pero no encontrarían nada. El joven tenía ahora el único aspecto de valor que poseía el viejo. Sólo esperaba que pudiera cumplir con sus expectativas y sus últimas palabras. Cambiar.

Necesitará cambiar el mundo.

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