Cristina Vázquez LP 5

Vázquez, Cristina

Nacida en Madrid. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. He trabajado como psicóloga en el Hospital Clínico de Madrid, fui directora de la Editorial del Instituto de Empresa y durante años he desarrollado una labor empresarial en la fundación de dos empresas. He realizado dos cursos de Escritura Creativa en la Escuela de Letras de Madrid y otro en la Escuela de Humanidades de Madrid. Desde el 2007 al 2013 he acudido al Taller de Escritura de Clara Obligado y mis relatos han sido publicados en antologías como. Apenas unos minutos (2007), Jonás y las palabras difíciles (2010), Los inquilinos del Aleph (2011), Futuro imperfecto (2012). Y Usted ¿De qué se ríe? (2013). En Marzo de 2013 se ha publicado mi libro de relatos “Las buenas intenciones” por la editorial Pez Volador del que se han hecho tres ediciones. Tengo ejemplares del mismo en la librería Mc Nally Jackson de Nueva York y colaboro con la revista digital Akelarre Literario de publicación mensual

 ACCENT AÌGÛ

Me llamo Anita Risquéz, con acento en la é. Esto, aunque parezca frívolo, para mí es muy importante, porque permite entender mi lado francés. Soy una mujer profesional, no sé muy bien de qué, pero cada cosa que hago la hago con profesionalidad. Ahora vendo tabaco y, aunque parezca algo simple, no es fácil tener la tabaquera bien colocada, los paquetes por colores y tamaños, las cerillas en degradé. Y siempre, se me ha notado una diferencia que me hace destacar, pero esa diferencia, por pequeña que sea, no me deja integrarme del todo.

Ahora no soy guapa, tengo charme, clase, pero ya se pasaron los años del esplendor, aunque está la ventaja de que ya te miren con respeto, sin turbiedad. Yo noto que los hombres piensan, ahí viene una dama, y ese señorío, seguramente por la cosa francesa, que viene de mi padre, siempre lo he tenido. Cuando él se marchó, de una manera inesperada por cierto, el desconsuelo de mi madre fue a la española. Lloró tantas noches como alfileres pinchaba en su alfiletero, tantos días como hilvanes hacía para las señoras del pueblo.

Al principio de su ausencia, venían más, para sonsacar, para ser testigos de una mujer desgraciada y ser más felices ellas, al volver a su casa con unos maridos vulgares, que me pellizcaban cuando iba a entregar los trajes.

―Ven preciosa, ven francesita.

El más insistente, fue Don Julio. Olía a colonia dulce y a puro, pero me daba buenas propinas, a cambio de un manoseo y sabía decir merci ma petite. A mí, que lo dijera en francés, me reconfortaba. Yo volvía a casa, aguantando un nudo en el estomago y repitiéndome cancioncillas que me enseñó mi padre Sur le Pont D´Avignon… y otras así, infantiles, aunque ya fuera casi una mujer.

Poco a poco me fui acostumbrando a los olores de los hombres, poco a poco, empezó a no importarme que me tocaran y me besaran, siempre sacaba buena tajada y decía merci monsieur. A los hombres lo del acento extranjero les hace soñar, y como ya entonces yo era una profesional, pues les hacía soñar.

―Márchate – me dijo mi madre, tú aquí ni encajas ni encajarás y una mezcla de ternura y desaliento se grabaron en sus ojeras de dolorosa.

Me marcharé a Francia, ese será mi destino natural. Y con la decisión sostenida por la maledicencia de las mujeres y la desolación de mi madre, me largué. Llegaré a encontrar un buen trabajo, con mi “accent” y ese don para la profesionalidad no me faltaran ocasiones. Y los paisajes dulces, verdes y monótonos se deslizaron por la ventanilla. El futuro en francés ¿no era hermoso? Mi madre me había dado una dirección de una parienta de mi padre, a la que nunca conoció.

¿Será todo tan bonito como este campo? Es un regalo y me prometí… me prometí tantas cosas en ese tren que a veces quería que se parara en un espacio, mejor espace, sin contornos. Y sería como mi padre, pero al revés, la hermosa extranjera que sabría aportar ese toque de gracia, esa españolidad, profesional por supuesto, que removería su rutina.

Me costó encontrar a la parienta de mi padre. Una mujer con sotabarba de grasa, cejas espesas y unas manos carnosas sometidas a unas sortijas vulgares ¿et alors la finesse? Me dijo que no sabía nada de mi padre, que fuera al pueblo dónde estaba su familia, su mujer y sus hijos.

Oh lala, carajo – dije yo con un bilingüismo impecable.

 

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