Susana Valenzuela LP 4

Valenzuela, Susana

Susana Valenzuela tiene 20 años y está en su tercer año en Arizona State Uniersity. Susana estudia dos carreras simultáneamente: Human Communication, Spanish Phonetics y un menor en francés. Es nativa de Nogales, Sonora, México. La familia se instaló más tarde en Nogales, Arizona y, después, se trasladó a Tempe, para asistir a la Universidad Estatal de Arizona. La carrera que ella quiere estudiar es la de representante de relaciones públicas. Dado que es multilingüe, Susana también quisiera aspirar en el futuro a una carrera de intérprete, ya que estudia farsi, árabe y, posiblemente más tarde, chino. Además de aprender idiomas, a Susana le gusta sobre todo pintar con acrílica, cantar y escribir. Tiene gran afinidad al estudio de las culturas y se encuentra bastante involucrada en la comunidad universitaria. Este cuento representa la primera publicación creativa de su carrera.

TUS PIES ENTRE LAS OLAS

La mente es un laberinto, y es fácil perderse. Yo conocí el sufrimiento, conocí la soledad. La mente se pierde, y ahora en mis años de viejo conozco mucho y sé poco. Las guerras me tienen harto, los hombres no dejan de matar y las mujeres no dejan de parir. Es inevitable, para esta raza de ser humanos no hay resolución. He vivido, visto y soportado bastante. En mis 89 años, nunca sentí tanta tristeza como en estos días de soledad y autorreflexión. Las cosas que he visto, y las que me faltan para ver; no me impide el deseo del final de mi larga, triste vida. No soy una persona muy interesante, pero creo que en estas alturas de mi vida, mi mente tiene más sabiduría que cualquier cacharro de tecnología que los chavos compran hoy en día. Como digo, la tristeza y la soledad me tienen loco, la depresión ha extenuado la poca felicidad que tenía. Creo que ahora entiendo el dicho que identifica al hombre como un idiota por perseguir el amor en vez de su mente, ahora no tengo ni amor ni mente estable ¡Carrajos, qué vida tan hermosamente traicionera que me ha robado todo! Y a pesar de todo, creo que me he convertido en un sociópata viejo antisocial con cara de muerte. Tal vez no de muerte, porque la muerte ni se me acerca, me ignora la maldita egoísta. Soy su juguete de mi voluntad, encuentro felicidad en mis propios castigos.

Consecuentemente, el gobierno de estos Estados Unidos de América me puso a vivir en una casa de esas que son comunidades de esqueletos que todavía caminan. Cuando ven que los veteranos de guerras ya casi caen al piso, los mandan aquí al lado del mar en la Florida. Para ellos, tengo tatuado “héroe” en mi frente, pero con mis verrugas ya no se puede leer muy bien. Ya sabía que aquí iba a dar. Después de la muerte de Marie ya no tuve esperanzas de vivir una vida normal. No la culpo por haberse suicidado. Marie me perdonó bastantes errores; errores y pendejadas que alguien comete en cinco cursos de vida. Pero no puedo sentir un poco de vergüenza que fue mi pistola la que Marie encontró para volar los sesos de su cabeza blanquísima por toda la pared de la cocina. Claro, la amé mucho y tal vez un día consideré la maravillosa imagen de envejecer con ella. Obviamente no fue así, porque sé que ella me odió por no haberle dado un hijo, quien ella pensaba podría ser un ser humano a quien podía amar, ya que yo no era lo que ella quería. Si me arrepentí de haberme casado con Marie meses después de regresar de la guerra en 1945, sólo tenía 20 años. Aunque sólo estuve en Europa un año, en ese año vi cosas que no me dejaron suficientemente estable, emocionalmente, claro.

Pero regresé, conocí a Marie con sus ojos azules, pelo de güera bien hecha y nos casamos un mes después de nuestra primera cita. Me acuerdo muy bien, porque mis moretones y cortadas todavía estaban frescas y no soportaba estar solo. Marie era una gran distracción para mis salidas y no me casé con ella por amor sino por egoísta. Creo que, al final, ella se dio cuenta de mi egoísmo, por los años que ella me aguantó fueron por su amor y me dejó ser mujeriego y un maldito borracho.

Enterré a Marie ya hace dos años y tenía las esperanzas de viejos, como cualquiera otro matrimonio, morirme después de ella. Pero como el amor entre nosotros no existía, tendría que esperarme un poco más. Estoy seguro que la vida se está cobrando mis errores por dejarme vivir, ni la guerra me mató en mis años de juventud. Una guerra que fue tan inservible e innecesaria. No sé por qué me quejo si los pobres judíos fueron a los le fueron mal. Todavía me acuerdo de las montañas de cuerpos desnudos, maltratados y esqueletos que vi en ese año de mi servicio. Me mandaron a los 19 años a Aushwitz en los meses después de la caída del régimen nazi en Alemania y la mayor parte de Europa. Yo ni sabía lo que estaba pasando, venia de un pueblo muy chico en Oregon y esas noticias no me importaban mucho. Fue mi madre la que insistió en que me apuntara en el servicio militar. Claro, con mi infortunada suerte, me tocó mi turno de ir a limpiar el desmadre que tenía Alemania. Me acuerdo de casi toda mi vida, pero ese año en Aushwitz lo tengo hecho pedazos. Mi memoria trató de eliminar ese año de mi vida. Me acuerdo del olor que me pegaba en la cara como un puñetazo de carne seca, quemada. Mi tropa se encargaba de buscar a agentes militares nazis que se escondían en el bosque y entre los judíos que apenas estaban vivos. Casi me caí en unos de los hoyos que contenían cuerpos sobre cuerpos negros ya, sangrados y flacos. Una mujer, sin pelo, extendía la mano de uno de esas zanjas. No había muerto y la tiraron entre los montones de muertos. No pude hacer nada porque su cara desapareció entre cadáveres. Ese año maté a 52 alemanes. ¿Quién eran? No sé, y no quería saber; sólo hacia lo que mi comándate nos decía y eso fue todo.

Cuando regresé, sabía que el olor de Europa nunca se me iba a quitar de mi piel. Mi piel que no estaba quemada de ninguna manera, mi piel blanca y áspera como la de un hombre, nunca iba a oler a paz. Marie me dio un cariño que ahora, aquí de viejo, lo extraño. No hay nada más horrible en este mundo tan cruel que la soledad. Los años pasaron, viví como un loco enterrado en el whisky y el pecho de mujeres que no me veían como Marie. Con tanta seguridad que aunque mi corazón y mente estaban rotas, Marie entendía mi dolor. Nunca fui capaz de amar a nada más que a mi botella y mi bienestar. Mi vida, después de la guerra, consistió en tratar de borrar las imágenes de lo que la humanidad es capaz de hacer. Traté de darle razones relevantes a la humanidad para tratar de entender por qué nos matamos y nos odiamos tanto. Trato de justificar por qué le disparé a 52 hombres entre los ojos. Me acuerdo de sus miradas, segundos antes de que mi pistola les acabara con la vida, me miraban con tranquilidad. Aceptaban su castigo por haber matado a más hombres que yo. No me arrepiento de lo que hice, porque maté a hombres malos que cometieron atrocidades inexplicables. Si yo no los hubiera matado, ¿quién lo hubiera hecho? Nosotros, seres humanos, nos creemos invencibles. Si tienes una pistola y apuntas entre los ojos de otro, te crees dios. Yo me sentí así, y no extraño ese sentimiento de poder. Pero obviamente todo fue en vano. Hoy en día siguen las guerras. Los políticos buscan maneras para crear problemas, la religión ya no es sagrada, es opresión. Y los últimos sobrevivientes de la segunda guerra mundial se mueren cada día. Pobres, para qué vivir si la guerra realmente nunca terminó.

Creo que mi tiempo que viví en este mundo ha sido para sufrir. Nadie nos entrenó para vivir con la propia angustia y ver las caras de cada persona a quien tocó el cañón de mi pistola. Se dijeron palabras que nadie escuchó, y nos dieron medallas hechas en china. Capitalistas ignorantes. Mi familia siempre me amó, eso no les reprocho, pero culpo a mi madre por no amarme bastante. Ella me mandó a la guerra, para no estarme viendo la cara. Y ahora sin hijos, esposo, amigos y familia aquí estoy. De vez en cuando salgo a la playa, la playa es mi única condolencia. Dejo que las olas hundan mis pies entre la arena. El aroma de la espuma salada del mar me distrae del olor a carne quemada que nunca deja la parte entre mi labio y mi vieja nariz. Aquí sentado, con los pies entre las olas, soy humano. Ya no extraño cosas materiales, el gobierno me da dinero de “compensación,” pero en verdad es dinero para mantenerme callado. Para que me guarde los secretos de los eventos que ocurrieron hace 68 años. Nadie cuenta sus historias de lo que vimos en esa tierra del diablo. Nunca le conté a Marie lo que vi, pero cuando ella me miraba en los ojos y las ocasiones que no le volteaba la cara, ella veía mi tristeza. Juro que un día, miré en los ojos de Marie la cara de la mujer en el hoyo que murió asfixiada por los cadáveres. Fue imposible amar a Marie. por esa razón creo que hubiera estado mejor sólo. Pero fui egoísta, como cada ser humano que camina este mundo. Nadie lo admite, pero secretamente todos harían lo que podrían hacer para sobrevivir. Es el instinto humano que tenemos. Pasaron veces que estaba tan ebrio que traté de entrar a una iglesia. Pero no entré. Tocaba en las puertas de Dios y hasta él no me aceptó. A lo mejor El me abandonó cuando le disparé y maté a la primera persona que encontré. No lo culpo, yo también me quise abandonar. Sé que hay hombres más fuertes que yo, que nunca fui, y me gusta pensar que no viviré para ver otro amanecer. Pero la suerte no me quiere, mis esperanzas son que mi último suspiro sea uno lleno de perdones, y de empatía. No por las personas que maté, o por Marie, sino por el cruel mundo en que me tocó vivir. No hay propósito para tantas guerras, no sé qué tratan de salvar. Sólo espero que cuando muera, despierte en un lugar sin emociones porque las emociones claramente no son para seres humanos. No somos capaces de amar, llorar o reír. Sólo para destruirnos a nosotros mismos.

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