M. R. Rodríguez LP 4

Rodríguez, M. R.

El taller de creación literaria para principiantes del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO, impartido por la escritora Mariana García Luna; tiene el gusto y el honor de presentar el siguiente cuento de M. R. Rodríguez estudiante que participó en este taller. El museo fue fundado el 28 de junio de 1991. Está ubicado en la Calle Zuazua y Jardón  S/N, Centro, Monterrey, N. L. En donde orgullosamente radicamos. Su misión ha sido desde entonces, difundir en la comunidad las artes en general, es por eso que se crearon talleres y diplomados diversos entre los que destaca precisamente el que nos ocupa en este momento. Esperamos en el futuro ofrecer más obras literarias de sus alumnos que la dedicación a la obra artística como miembros de la comunidad donde radicamos.

 PRÓLOGO

Cuando Dios creó al ser humano, lo destinó a ocuparse en distintas profesiones dándole los instrumentos necesarios para ejercerlas. Estos descienden de las nubes cayendo junto a la persona designada a utilizarlos: martillos, pinceles, telescopios, micrófonos e innumerables herramientas bajan del firmamento.

Los hombres observan cómo se precipitan cada una de ellas, algunos no esperan a que lleguen al suelo y extienden sus manos para recibir en el aire aquello que los acompañará en su travesía por la tierra. La mayoría desaira el objeto predestinado y eligen utensilios llamativos que los ayuden a ser fuertes y a distinguirse sobre los demás.

Un hombre solitario observa desde el costado la lucha entre ellos por los instrumentos más grandes, éste no está interesado en unírseles, por lo tanto sus ojos siguen recorriendo el cielo en busca de algo especial. No tarda mucho en encontrarlo, su mirada es atraída por un objeto semejante a una vara frágil que va precipitándose lentamente cerca de él. De uno de sus extremos vierte líneas tenues de diferentes tamaños que se juntan unas con otras formando trazos. Éstos a su vez se funden en figuras que el hombre reconoce como letras. Es ahí cuando se percata de que la delicada vara es una pluma. El rastro que deja a su paso se hace más intenso, las letras ya libres flotan cerca y se adhieren unas con otras formando palabras y oraciones. Los párrafos originados se acomodan por instinto alrededor de la pluma creándole una estela que le da una apariencia de cometa. Así, la pluma-cometa va cayendo de manera solemne llenando la hoja en blanco del firmamento de innumerables historias.

Cuando la pluma aterriza, la cola de letras desaparece dejando sólo una pieza ordinaria en la superficie. El hombre, emocionado por la visión de la que fue testigo, se acerca para tomarla, mas otro se anticipa y la arrebata del suelo. Éste trata inútilmente de recrear lo que vio en la atmósfera. Maneja la pluma con tosquedad e incita a que emerjan garabatos de su punta. El individuo se esfuerza en darles forma provocando así diversos caracteres, sin embargo, estos se conectan antes de tiempo produciendo palabras que se juntan en sitios equivocados. Frustrado por el desempeño, el sujeto arroja la pluma para ir en busca de algo más que lo satisfaga. Entonces, el hombre aprovecha el momento y recoge del suelo el elemento menospreciado.

Parece una pieza común y corriente pero por algún motivo, al acariciarla, se siente la criatura más poderosa del mundo. Se acopla muy bien a sus dedos y a sus sentimientos, así que con reverencia la desplaza sobre el aire. La pluma toma aliento por primera vez entre sus manos. Frases completas brotan sin esfuerzo alrededor de él, éstas lo envuelven como alas; el hombre se goza maravillado en medio de ellas porque parecen extraídas directo de su alma. No ve a la pluma como algo ajeno, se ha convertido en una extensión de su brazo. Con decisión se pone a escribir, concibiendo nueva vida a su andar. Circula así la tierra bendiciendo cada día este admirable don.

Sabe también que es un gran compromiso, pues sus palabras quedarán plasmadas en la eternidad. Unas serán tratadas con desaire y se perderán en el olvido, otras no verán la luz, mas las indicadas rejuvenecerán a través de los años y se convertirán en la alegría de generaciones. Serán vehículo a nuevos mundos y a lugares inimaginables.

Dios decidió que no cualquiera poseerá este talento. Solamente será para aquel que es especial. Y esa persona tendrá el privilegio de llamarse: escritor.

 

 

 

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